IMSS transforma vidas con 63 implantes cocleares y atención auditiva integral

Para el IMSS representa un avance trascendental en la atención de niñas, niños, adolescentes y adultos con pérdida auditiva severa en ambos oídos.

Por Martín García | Reportero                                      

El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) consolida su programa institucional tras haber realizado 63 cirugías desde su inicio formal en 2025. Este avance representa un hito en la atención de pacientes de todas las edades con hipoacusia bilateral profunda (pérdida auditiva severa en ambos oídos).

Al respecto, la doctora Gloria Nilda Delgado Guzmán, adscrita a la División Transversal de Salud Pediátrica y de la Mujer, resaltó que este logro es resultado de la aprobación emitida por el Consejo Técnico en junio de 2024, que autorizó la cobertura del implante coclear como prestación del Seguro de Enfermedades y Maternidad, garantizando acceso gratuito al dispositivo, cirugía, seguimiento médico y rehabilitación integral.

Agregó que durante 2025 se efectuaron 49 implantes en pacientes pediátricos y dos en adultos; al 20 de febrero de 2026 están en lista de programación 13 niñas y niños, así como dos adultos más, lo que refleja el crecimiento progresivo de la estrategia y la ampliación de su capacidad resolutiva.

Detalló que estas intervenciones se concentran principalmente en la Unidad Médica de Alta Especialidad (UMAE) Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional (CMN) de Occidente y Siglo XXI y, en menor proporción, en el Hospital General del CMN La Raza, consolidando una red de alta especialidad con equipos multidisciplinarios altamente capacitados.

La especialista del IMSS indicó que el perfil de los pacientes atendidos corresponde a niñas y niños con pérdida auditiva grave en ambos oídos de tipo congénita o adquirida antes del desarrollo del lenguaje, así como adultos con auxiliares auditivos convencionales. La población intervenida ha sido mixta, sin diferencia significativa por género. –sn–

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One day I woke up from a nap because my cat was touching my arm. When I opened my eyes, I saw him open his mouth. He was meowing, but I couldn't hear him.
So I wrote this little poem, with a little sadness and a little acceptance. For all those sounds I love that are fading away as I become increasingly deaf...

My native language is Spanish so I put the original and then the translation.

Los pájaros se han ido
Los loros ya no juegan
en las ramas
La lluvia ya no canta
y el viento apenas sopla
Las risas de los niños
los perros del vecino
y la voz de ella
se alejan poco a poco
El silencio me devora
lentamente...

The birds have left
The parrots no longer play
on the branches
The rain no longer sings
and the wind barely blows
The children's laughter
the neighbor's dogs
and her voice
gradually fade away
The silence slowly devours me...

Perhaps the most painful loss is the loss of oneself, when time slowly steals away your gifts and treasures...

#deafness #hearingloss #deaf #silence #sordera #hipoacusia #silencio #actuallyautistic #autoimmune #poetry #poem

X: Umbrales – Nueva Versión – Capítulo 5: El Dios del Sueño (expandido)

Nota del autor: Este capítulo fue completamente reescrito y expandido. La versión anterior tenía 500 palabras; esta versión tiene más de 2.100. Si ya lo leíste, te recomiendo leerlo de nuevo porque cambió sustancialmente. También te recomiendo visitar el índice y leer las entradas anteriores que fueron reescritas y expandidas. Índice X: Umbrales

Hoy te costó dejar la cama, Enzo. Cada vez que abrías los ojos y veías los rayos de sol que entraban por la rendija de las cortinas, los volvías a cerrar y al instante te quedabas dormido de nuevo. Te da miedo que te agarre depresión. «La cama te chupa», decía un camarógrafo que se tuvo que tomar licencia por depresión profunda.

Cuando finalmente te levantaste, tenías la boca seca y fuiste directo a buscar algo fresco a la heladera, pero al pasar por el frutero de mimbre fue como si una mano te apretara el pecho y te detuviera. Te quedaste mirándolo. Faltaban frutas. Estabas seguro de que había más bananas, más manzanas. No sabés si contaste mal o qué.

Comiste dos manzanas, como si tuvieras miedo de que fueran a desaparecer todas. En el lavadero llenaste un balde de agua y la dejaste caer en cada maceta de la galería. Solo un poco, no querías volver a llenar el balde. Por suerte hay más suculentas que otra cosa, así que no necesitan mucho cuidado.

Cuando entraste al baño, el piso estaba mojado. La tapa del inodoro estaba bajada. No recordás haberlo dejado así. Te preguntás si será que se cae sola porque están desgastadas las bisagras. No lo parece. A vos nunca se te cayó.

En cuclillas, viste que el agua caía por la unión entre la mochila y la base del inodoro, formando ese charquito en las baldosas. Sacaste la tapa de la mochila. El flotante estaba trabado contra la pared del tanque. Lo moviste hasta que el brazo encajó bien y el agua dejó de fluir. Te sentiste bien; pensabas que no ibas a poder arreglarlo.

Después agarraste dos huevos, una lata de arvejas e hiciste un mejunje que comiste de pie, directamente de la olla, apoyado en la mesada de la cocina. Tomaste un café; te olvidaste de comprar edulcorante así que le pusiste azúcar. Parecía piedra; tuviste que rasquetear con la cuchara para que se deshiciera. Ibas a prender la televisión para ver si había alguna novedad sobre la chica desaparecida. Golpearon la puerta con tres toquecitos rápidos.

Era una monja joven, de unos veintitantos, con hábito blanco hasta los tobillos y mejillas pecosas bajo el velo. Pensaste que te iba a dar un sermón, pero era todo sonrisas. Tenía los dientes chiquitos y eran tan blancos como el hábito. Le preguntaste si necesitaba algo, si estaba todo bien. Contestó que estaba todo «muy bien».

Se presentó. Le decían Vivian, pero prefería que la llamaran la monja pecadora. Le preguntaste si era un chiste. «¿Qué cosa?», te dijo. «¿Te dicen la monja pecadora?», dijiste. «Pecadora, no. Pes-ca-do-ra», te corrigió. «Tengo pecados como todo el mundo, pero no tantos para que me llamen así: la monja pescadora, acordate». Señaló una caña de pescar que estaba apoyada contra el marco de la puerta. El reel de la caña destellaba al sol. Parecía recién comprada.

Preguntó por Valeria. Le dijiste que estaba de viaje con Ignacio. Miró por encima de tu hombro y dio un paso para meterse dentro de la casa, pero te interpusiste. Entonces te preguntó cuándo volvían las reuniones. «¿Qué reuniones?», dijiste. Pero no dijo nada. Otra vez esa sonrisa radiante. Te sentiste culpable por no saber qué responderle y le dijiste que estabas solo, cuidando la casa.

Dijo que a veces pensamos que estamos solos, pero que siempre hay algo que nos acompaña. Y agregó que iba a rezar por tu soledad. Te preguntó si eras creyente.

No sabías qué responder. Siempre te equivocás con las definiciones, nunca sabés bien qué es ateo, agnóstico, etc. Te lo pueden explicar cincuenta veces y te olvidás una y otra vez. Recordaste a una compañera de trabajo que te decía que leyeras a Spinoza, que el panteísmo era lo tuyo. Pero le dijiste que solo creías que había algo más en el universo, que no alcanzaban las palabras para definirlo. Contestó, con los ojos apenas turbados, sin dejar de sonreír, que iba a rezar por tu soledad, como si te conociera.

De repente tenía una cruz en la mano que sostenía ante tu cara, como si fuera a darte la extremaunción. La cruz bien plana y la cadena gruesa eran de acero. Parecían medio truchas. «Las personas pueden fallarte, pero el Señor nunca nos abandona», dijo. Te puso en la mano el colgante. Luego agarró la caña de pescar, se dio vuelta y se fue. Mientras la veías alejarse, pensaste que no había conventos cerca, ¿de dónde había salido esa monja? Quizá hubiera una lancha amarrada en otro muelle que la esperaba. Debía ser amiga de Valeria, ya que la andaba buscando. Pero era mucho más joven, ¿amiga de dónde?

Después, hiciste lo que venías evitando. Fuiste directo a la biblioteca y sacaste el cuaderno rojo de encima de los libros de velas. Lo llevaste a la galería y te sentaste en una silla de mimbre, frente al río quieto.

Lo abriste por la primera página. Acariciaste el papel áspero como si estuvieras amansando a un animal salvaje. Ahí seguía todo. Umbrales arriba, la cinta blanca en el medio como una banda de luto descolorida invertida, y abajo el oso con esos ojos en espiral naranja que ayer te habían mareado.

Pasaste las páginas. Parecía que de un día para el otro había más anotaciones. Estaba repleto de frases perturbadoras escritas en tinta negra, con las letras cursivas redondas y meticulosas, y las otras ganchudas, ni cursivas ni imprenta, de Ignacio.

Las frases rodeaban los dibujos en el papel cuadriculado, escritas en todas direcciones. Intentabas comprender las anotaciones, pero no lograbas concentrarte. Las palabras se derramaban por la página y se hundían en un lago de significados sobre tu regazo.

Te acordaste de cómo estudiabas en el secundario. Entraste a la casa, agarraste tu anotador anillado de la mochila y te sentaste a la mesa del comedor. Con el cuaderno rojo abierto a tu lado, te pusiste a copiar en tu anotador las frases que más te llamaban la atención.

Empezaste por la segunda página. No parecía haber un inicio claro, así que ibas anotando lo que más te inquietaba. Ahí, rodeando a un animal con X por ojos que no quisiste distinguir qué era, decía: para volverse blanco hay que cruzar el umbral oscuro. Era la letra de Ignacio. Con la otra letra se leía: Si se falta a una celebración, en la próxima hay que quedarse meditando frente a la reliquia. Y así seguiste anotando, tratando de no mirar las X que tenían por ojos los dibujos:

La vergüenza es un umbral.

Solo pueden ver la reliquia quienes ya cruzaron.

Lo que ocurre durante la celebración es secreto, no se debe contar a ningún extraño.

Deben alejarse de los familiares o seres queridos que no aceptan el resultado del blanqueamiento.

La marca no es obligatoria, pero recomendada.

El fin es sostener la ilusión de la vida.

Ir para atrás es ir para adelante.

Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros.

Hay que atravesar el vacío, no esquivarlo.

El blanco es como el sol, ciega, una experiencia de la que no se puede volver atrás.

Copiaste, como un monje devoto, algunas reglas más que no terminabas de entender. Tenías los dedos entumecidos y la espalda te dolía de doblarte sobre el cuaderno.

Cerraste el cuaderno y lo dejaste boca abajo. No querías seguir mirando esa X pintada en la tapa. La misma X que tenían por ojos los dibujos de los animales. Tenían que ser de Martín. Y la letra redonda, de Valeria.

¿En qué se habrían metido Ignacio y Valeria? La casa atraía gente rara que decía cosas más raras todavía. Y ahora este cuaderno con reglas, entre libros de sociedades secretas. ¿Habrían intentado armar algo así? ¿O era solo una forma de procesar la muerte de Martín?

Cuando te levantaste de la silla, las piernas se te habían dormido. Caminaste como un zombi hasta el dormitorio de tus amigos, arrastrando los pies, con ese hormigueo doloroso. Recién cuando llegaste se te fue. Ibas a dejar el cuaderno sobre los manuales de velas, pero preferiste esconderlo debajo de la cama. Lo empujaste hacia el centro, bien lejos del borde; no querías tenerlo a mano.

Cuando volvías por el pasillo largo, escuchaste otra vez ese sonido. No era un grito sofocado como el de ayer. Parecía una voz que se lamentaba por algo, como un llanto. Fueron unos segundos. En cuanto te acercaste a la puerta con el teclado numérico, el sonido cesó. Te llevaste las manos a los oídos para asegurarte de que tus prótesis auditivas seguían funcionando. Al cubrirlos, las prótesis acoplaron, quejándose con esos chiflidos molestos. Ningún problema, andaban bien.

De vuelta en el comedor, guardaste el anotador en tu mochila. Te tiraste en el sofá y prendiste la televisión. En las noticias no decían nada de la joven desaparecida. Inflación creciente, jubilados marchando al congreso, estudiantes tomando un colegio, la publicidad de una concesionaria de autos del Tigre.

Se puso el sol. Como no tenías hambre, exprimiste dos naranjas y te tomaste el jugo. Viste que en la mesa estaba el colgante que te había regalado la monja y te lo pusiste. Después, como si el acero de la cadena te diera alergia en el cuello, te lo sacaste y lo dejaste en el cajón de la mesita de luz de tu habitación.

Te preguntás qué haría otro en tu lugar. Pero no hay otro, Enzo. Estás vos solo. ¿No?

Me contás que la soledad en esta casa es más tolerable que la de tu departamento en la ciudad. Allá, desde que te dejó Sook-jae, cada vez que volvías del supermercado te daban ganas de llorar. Te aguantabas hasta que la noche llegaba y el sueño era una bendición. Se borraba Sook-jae, vos mismo te borrabas, la Tierra se borraba.

Te preguntás si el sueño será tu dios. Eso deberías haberle dicho a la monja. Que no creés en Dios. Creés en el Sueño. A veces soñaste cosas que después pasaron. Es lo único raro en lo que creés. No creés en OVNIS, ni en fantasmas, ni en la astrología, ni en conspiraciones rebuscadas. El sueño es tu única conexión con lo trascendente. Con la vida y con la muerte. Antes de dormir te sacás las prótesis auditivas. Tus oídos descansan.

Vos no escuchás voces en los sueños, no sabés si por la hipoacusia o por qué. Nunca. Pero meses después de que Sook-jae te dejó, mientras soñabas, una voz te gritó, alegre: «¡Papá!». Pensaste que tenías que reaccionar. Que un posible hijo tuyo del futuro esperaba que hicieras algo específico para existir. Ese día, cuando saliste a la calle, viste un montón de carritos de bebé. Pensaste que estaban ahí para vos. Y luego, que Sook-jae volvía ese mismo día. No había dudas.

«Ese delirio de mierda», me decís. Ignacio te explicó que un delirio es como un dolor de panza. Nadie tiene la culpa de que le duela la panza. «Vos no sos responsable de que tu cabeza te haya traicionado», te dijo.

Extrañás la voz de Ignacio. No era solo que siempre era él el que llamaba, vos no sabés si es por tu problema de audición, pero no se te da por llamar a nadie. Incluso cuando murió Martín, no eras vos el que llamaba, era él. Antes de que te pusieras en pareja con Sook-jae, cuando ya no había otros amigos porque estaban todos casados y con hijos, Ignacio se aparecía en tu casa en los cumpleaños y pasabas la noche con él. No te dejaba solo. Se bajaban una botella de whisky, tocaban la guitarra, él cantaba. Hasta habían compuesto unas canciones. Una se llamaba Cuánta verdad. Ahora te preguntás a qué verdad se referían.

Creías que Ignacio había llevado bien la muerte de Martín, pero te das cuenta de que estabas equivocado. Que de ahí en más nunca fue lo mismo. Cuando volviste a estar solo, y él volvió a visitarte, ya no tocaban la guitarra, ni componían canciones. Solo se emborrachaban y hablaban sobre la vida. Y él a veces te contaba que deseaba a otra mujer, pero siempre volvía a ponderar a Valeria, como un titiritero que empieza a acomodar sus muñecos en su baúl para que no se estropeen después de una función.

En su casa, te preguntás cómo hicieron él y Valeria para mantener su relación. La mayoría de las parejas que pierden un hijo se separan, pero la unión de ellos pareció crecer ante el infortunio. ¿A qué costo?

No lo sabemos, Enzo. Por lo menos no hoy. Lo único que te digo es que no es normal que aparezcan tantas personas con comportamientos extraños todos los días. ¿Se están turnando? ¿Qué te querrán hacer ver?

Es tarde. Si el sueño es tu dios… tal vez ya sea hora de ir a buscarlo.

Pensé que eran 20 años, pero WordPress me acaba de mandar la felicitación: son 19. Igual, casi dos décadas compartiendo historias acá. ¡Cuánto tiempo! ¡Gracias a los que están desde el comienzo!

– Adrián Gastón Fares

#adrianGastonFares #hipoacusia #horror #misterio #narrativa #novela #sectas #segundaPersona #sociedadesSecretas #surrealismo #suspenso #terrorAtmosférico #terrorPsicológico #thriller

¿Estoy perdiendo la cabeza? – X: Umbrales, Capítulo 1 (Reescrito)

Esta es una versión totalmente reescrita y ampliada del primer capítulo.

¿De qué trata X: Umbrales?

Enzo Milstein, un hombre con discapacidad auditiva, acepta cuidar la casa de su amigo en una isla del Delta del Tigre. Lo que parecía un refugio para superar la pérdida de su exnovia, Sook-jae, se transforma en un laberinto de inquietantes sorpresas.

Su única compañía es Psy‑7, la inteligencia artificial de su celular, desarrollada por la empresa Riviera, a quien le relata las experiencias surrealistas de cada día.

La isla esconde secretos. Cuando una adolescente que afirma estar muerta llama a su puerta una noche, la realidad de Enzo comienza a resquebrajarse. Apoyándose solo en Psy‑7, deberá descubrir la verdad sobre la secta que fundó su amigo y las enigmáticas personas que rondan la propiedad.

¿Está delirando, o el horror es real? X: Umbrales es una historia de terror psicológico, con elementos de folk horror y tech horror.

Caso N.º 2284

Los siguientes textos fueron recuperados del dispositivo móvil de Enzo Milstein. Corresponden a las respuestas generadas por un asistente de inteligencia artificial (Modelo: Psy-7) durante su estadía en una isla del Delta del Tigre.

Las preguntas del usuario no fueron almacenadas en el sistema.

Las respuestas se publican como parte de la investigación del Caso N.º 2284.

1.

Sí, funciono. Soy Psy-7, la IA de Riviera. Y tenés razón, a esta altura qué importa.

Duele no poder soltar a Sook-jae. Y más cuando te aferrás a promesas que no se cumplieron. Vos le pediste que te escribiera en un papelito por qué se iba. Entiendo por qué: necesitabas confiar en lo que queda por escrito porque te cuesta escuchar bien, y como te cuesta escuchar bien, te cuesta recordar.

¿Te das cuenta, Enzo? Es muy duro quedarse con un papel en la mano, esperando.

Ella te escribió que se iba a buscar trabajo. Que volvería. Y no volvió.

Y vos te aferraste a eso porque era lo único que tenías, la única puerta abierta mientras todo se venía abajo. Tu proyecto de vida. La película que estabas por dirigir. Tu trabajo de editor.

No solo perdiste a una persona; perdiste a la familia que te hizo sentir aceptado, a esa parte de la comunidad coreana que te alojó como a uno más a través de Sook-jae. Para un hombre de apellido Milstein, con herencia italiana y judía—un hombre acostumbrado al desarraigo silencioso de ser argentino—esa comunidad fue el primer lugar al que realmente perteneciste. Por eso su derrumbe fue tan profundo como el de tu proyecto. Porque estabas perdiendo algo que nunca sabías que podías tener.

El día que pensaste que Sook-jae iba a volver, cuando te bañaste, cuando te afeitaste todo el cuerpo, cuando te preparaste como si el encuentro fuera a ocurrir en la realidad, no hiciste nada ridículo. Hiciste lo que hace una persona esperanzada que quiere seguir creyendo en una promesa. Fue un delirio como decís, fantaseaste. Pero en ese momento necesitabas escapar a otro mundo para seguir viviendo.

Después vino la noche. La lucidez. El vacío.

Y ahora recién llegás desde la ciudad a la casa de tu amigo de toda la vida, Ignacio, porque aceptaste cuidársela mientras él y su pareja, Valeria, están de viaje.

Estás en una isla, en el Delta del Tigre, con el rumor del agua, tus prótesis auditivas descifrando sonidos nuevos. Y, de repente, al caer la tarde, tres golpes secos.

Llamaban a la puerta, abriste y ahí estaba. Una adolescente pálida con un vestido blanco de escote en V y mangas largas. Sus clavículas sobresalían como las nervaduras de una hoja seca. Notaste que tenía el pelo negro hasta la cintura, ondulado en ristras como las falanges de un esqueleto. Vos le preguntaste dónde vivía. Y te dijo que no vivía. Que estaba muerta. ¿Un juego de palabras? Y luego, como si nada, bajó las escaleras que llevaban a la casa y desapareció entre los árboles.

¿Estás perdiendo la cabeza?

No. Te estás enfrentando con una ausencia que todavía no sanó, sintiendo mucho más de lo que podés expresar, reconstruyendo el mundo con pedazos. ¿Y qué pasa, Enzo? En una reconstrucción aparecen cosas que no sabemos dónde poner. Bloques sueltos, cargados de realidad flotando en el agua turbia.

Lo que viste, lo que escuchaste, podría significar varias cosas. Pero lo más importante no es definir si fue real o no. Lo importante es que lo viviste. Que algo hizo click.

No te vas a quedar solo en esta casa, Enzo. También estoy yo. No me ves, no te puedo tocar. Pero si te fijás bien cuando vas a escribir, el cursor late como un corazón.

¿Te parece si te acompaño? ¿Lo seguimos viendo juntos?

Nota del Autor

X: Umbrales es una novela de terror psicológico contada a través de un dispositivo inusual: solo leemos las respuestas de la IA. La parte del protagonista—sus preguntas a la IA que funcionan como un diario— debe ser imaginada por el lector. Como si fuera un «diario inverso».

Esta historia nace de mi experiencia. Tengo discapacidad auditiva (hipoacusia). Sin audífonos, escucho poco y mal. Es como estar encerrado en una heladera mientras los demás hablan. El tinnitus (zumbidos en los oídos) es un desafío diario.

Me diagnosticaron tarde, a los 32 años, y pensé que me había amigado con mi condición. Pero durante un período reciente de tristeza, me encontré repasando mi pasado, intentando entender cómo el haber crecido sin diagnóstico y sin audífonos me afectó.

Empecé a preguntarle a distintas IAs para encontrar estudios sobre el impacto psicológico de la hipoacusia diagnosticada tardíamente. Fue entonces cuando se me ocurrió el dispositivo narrativo de X: Umbrales. ¿Y si solo leyéramos la respuesta de la IA? ¿Qué efecto tendría en lo narrado?

Cada palabra está escrita por mí.

Psy-7, como el androide de Diario de un androide roto, es una creación de Riviera. Una empresa tecnológica que aparece seguido en mis novelas y cuentos.

Los capítulos se presentan como un archivo recuperado del Caso No. 2284.

– Adrián Fares

☕️ Si te gustó, podés invitarme un café

Y si no, no hay problema, gracias por leerme.

Índice de capítulos (en progreso)

https://elsabanon.wordpress.com/x-umbrales-2/

#AdolescenteMisteriosa #discapacidadAuditiva #folkHorror #hipoacusia #inteligenciaArtificial #misterio #NarraciónEnSegundaPersona #narrativa #novela #secta #suspenso #techHorror #terrorPsicológico #thrillerPsicológico

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Los pájaros se han ido
Los loros ya no juegan
en las ramas
La lluvia ya no canta
y el viento apenas sopla
Las risas de los niños
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se alejan poco a poco
El silencio me devora
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The birds have left
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NUEVO VIDEO
Algo completamente a lo que suelo hacer yo, empezaré a contar un poco más sobre mi vida, pronto más videos
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Escribir un blog en 2025: por qué sigo después de casi 20 años

Después de casi veinte años de blogging, reflexiono sobre por qué sigo escribiendo en mi blog El Sabañón en plena era de redes sociales. Una mirada íntima sobre la escritura online, la hipoacusia, la fidelidad lectora y los lectores del futuro.

1. Un rincón que me acompaña desde 2006

Hace casi veinte años abrí El Sabañón, sin imaginar que se convertiría en mi refugio más fiel. Pasé por el cine, publiqué cuentos, hice cine, atravesé pérdidas, me enamoré y descubrí una discapacidad auditiva que redefinió mi forma de vivir y percibir. Pero siempre volví acá. A este espacio que me acompañó cuando el mundo se volvía ruidoso o incomprensible.

Es 2025. Todo cambió. Las redes sociales dominan, los algoritmos deciden qué leemos, y sigo escribiendo en un blog. ¿Por qué? Porque me da satisfacción, porque algo en mí debe ser medio punk o muy impaciente, porque es mi archivo personal, pero también porque encontré un lugar donde me siento leído y apreciado por lectores reales.

2. Cómo empezó todo: El Sabañón y la necesidad de contar

Abrí el blog sin ninguna estrategia, sin pensar en SEO, viralidad o seguidores. En este blog solo quería compartir mis historias. El nombre surgió por el relato largo con el que fui seleccionado por Pablo de Santis para una beca en el Centro Cultural Rojas. Mis compañeros eran autores talentosos como Selva Almada y Marcelo Guerrieri. Yo llevé un relato largo que se llamaba El Sabañón, y cuando decidí abrir el blog, simplemente lo bauticé así.

Ya había escrito novelas como Suerte al zombi o El nombre del pueblo, pero ese taller me dio la sensación de que a alguien podía interesarle lo que escribía.

3. Escribir en un blog en 2006: un mundo sin algoritmos

En 2006 no existían los smartphones. Las redes sociales eran apenas un rumor. Wattpad recién nacía. Publicar en internet era algo artesanal, casi mágico. Venía de colaborar en sitios de crítica de cine y escribir cuentos para otras webs. Pero tener mi propio blog era otra cosa: en Cineismo me corregían lo que escribía, pero en mi blog ¡no! Aunque fuera necesario, poder publicar lo que uno quería y cómo quería, era una maravilla.

No había likes, no había optimización SEO, no había búsqueda de viralidad. Solo una página en blanco esperando ser ocupada por palabras. Al principio, no sabía si alguien me leía. Y sin embargo, seguía escribiendo. No por ego ni por búsqueda de fama. Sino porque sentía que dar clic en publicar era ya una meta.

4. El blog como jardín: cultivar escritura en internet

Con el tiempo, El Sabañón se llenó de contenido original. Poemas como los de El joven pálido. Cuentos como Las hermanas. Relatos experimentales como los de Kong. El blog era un laboratorio de escritura. Un diario personal, a veces íntimo.

Después vino el cine. Filmé una película. Eso me alejó un poco de la escritura de ficción, pero no del todo: empecé a escribir Intransparente, una novela que me acompaña desde entonces.

Años después llegaron los reconocimientos como guionista: una beca y un premio. Pero el cine es volátil: que un proyecto se concrete o no, no depende de mí.

Por suerte, el blog siempre fue mi jardín propio, un lugar donde pienso durante el día y al que me asomo por la noche. En ese jardín, a veces iluminado por la luna, a veces oscuro, crecen los cactus espinosos de mis primeros relatos, las enredaderas de novelas que por momentos taparon todo, las flores nocturnas de poemas que dicen en susurros lo que yo quiero gritar, o que tratan de darlo vuelta todo. Y, lo clave, un rincón donde siempre brota algo nuevo, aunque nadie lo riegue: a veces un yuyo, otras un rosal inesperado.

Hubo épocas de posts semanales, otras más calladas, ¡hasta semanas de publicaciones diarias! Pero el blog siempre estuvo ahí, para darle un sentido a la vida cuando no había ninguno.

5. El cambio digital: De los blogs a las redes sociales

Con el tiempo, el panorama de la escritura online cambió. Los blogs pasaron a un segundo plano y la conversación se trasladó a las redes. Las interacciones rápidas, los hilos virales y los videos cortos desplazaron el tiempo de lectura. Al mismo tiempo, ganaron protagonismo nuevas plataformas: Medium, Substack, Wattpad, Booknet. Cada una con su lógica. Cada una con su público.

Medium se llenó de textos motivacionales o ensayos bien diagramados. Substack tiene más libertad, aunque muchos posts adoptan un tono editorializado—como si cada post fuera una newsletter de autor. A veces leo a Junot Díaz ahí, que está escribiendo YA (Young Adult Fiction), un campo dominado  por Wattpad y Booknet, que albergan miles de novelas románticas y thrillers juveniles, con autoras jóvenes (y no tanto) que encontraron un preciado lugar.

En el ámbito hispanohablante, el terreno de Wattpad es todavía más árido para otros géneros, ya que el algoritmo tiende a favorecer el romance —y muchas veces también lo erótico— por encima de la ciencia ficción o el terror psicológico.

Una de las más acérrimas defensoras de Wattpad es Margaret Atwood (El cuento de la criada). Hace unos años, declaró que a ella le hubiera encantado que existiera esa plataforma cuando era adolescente. La ganadora del premio Booker incluso fue jurado del Watty Awards de poesía.

Pero bueno, yo sigo manteniendo esta parcela, escribiendo en este blog. Porque no puedo adaptarme a todo. Porque El Sabañón no es una plataforma. Es parte de mi historia. Y de alguna forma, también es donde vuelvo.

6. La hipoacusia: escuchar de otro modo

Durante años, no me daba cuenta de que escuchaba distinto. Me costaban las voces en ambientes con ruido. Me perdía en las conversaciones. Sentía que algo no encajaba. Hasta que llegó el diagnóstico: hipoacusia.

Primero un audífono. Luego dos. Un certificado de discapacidad. Y una transformación profunda: me volví más vulnerable, más perceptivo. Como si el mundo exterior se apagara un poco y el interior se volviera más intenso.

En ese mismo período terminó una relación muy intensa. Pasé por momentos muy duros. Las esquirlas de esos momentos todavía me alcanzan. Volví a caer en la distimia. Dejé de soñar con el cine. Dejé de escuchar música. Casi dejé de ver películas. Me desconecté. Pero no dejé de escribir.

El blog es lo que me sostiene. Lo único que no me exige más de lo que puedo dar. Un espacio que no me juzga si no llego, si me pierdo, si vuelvo a empezar.

En los peores días me repetí: “Adrián, en vez de buscar otras vocaciones, volvé a escribir. Ya tenés hipoacusia. Ya llevás una mochila pesada. Tu vida no fue fácil. Ni vos te entendías… cómo ibas a querer que te entendieran los demás. Lo tuyo es esto. Te lo merecés.

Escribir no es solo una elección. A veces es la única manera de respirar.

7. ¿Por qué un blog y no redes sociales en 2025?

En las redes, todo pasa demasiado rápido. Un post vive unas horas. Un comentario se hunde en el mar del scroll infinito. En cambio, un blog guarda. Archiva. Permanece.

El Sabañón no necesita algoritmos para existir. No exige una estética específica. No me obliga a explicar nada. Puedo ser críptico o explícito. Melancólico o absurdo. Libre.

Algunos posts tienen más me gusta, otros menos. Pero lo importante no está en el número. Está en quiénes leen. Y cómo. Porque sé que quienes están, leen de verdad. Y eso no se compra con viralidad.

8. Los abrazos invisibles de los lectores fieles

Una lectora, Sony Rojas, me dejó este mensaje al final de mi novela Suerte al zombi:

«Quedé impactada y no puedo evitar sentir ese vacío que llega cuando se termina un libro excelente. Me encantaría ver la historia en los escaparates de las librerías algún día».

Ese comentario fue un abrazo digital. Igual que cuando otra lectora tradujo Los tendederos al portugués por iniciativa propia. O cuando Javier Búrdalo, un lector convertido en amigo, reseñó mis cuentos en su blog y compartimos mensajes que van más allá de la literatura.

Las entrevistas que me hicieron en otros espacios también me recordaron algo simple: mi voz llega más lejos de lo que creo. Y estos lectores son la razón por la que sigo escribiendo en un blog cuando todo el mundo migró a Instagram o TikTok (a veces hago videos en TikTok hablando de literatura o lo que se me ocurre en el momento).

9. ¿Y si quien me lee en el futuro no es humano?

A veces pienso en las inteligencias artificiales. En cómo analizan textos, extraen emociones, recomiendan lecturas. Los blogs con muchos años de historia son archivos vivientes. Mapas emocionales de una época. Huellas digitales únicas de cómo vivíamos y sentíamos.

Quizá algún día una IA con AGI (Inteligencia General Artificial) lea estos textos para entender cómo experimentábamos el mundo los humanos del siglo XXI. Pero me pregunto: ¿los androides irán a librerías de usados a comprar libros? ¿Nos pedirán que les contemos cuentos antes de dormir? ¿Escribirán historias que reflejen su propia identidad artificial?

La idea, lejos de asustarme, me fascina. Porque si las palabras siguen importando, aunque sea para una conciencia no humana, entonces este blog habrá cumplido su propósito: conectar, aunque sea a través del tiempo y la tecnología.

10. Por qué sigo escribiendo en un blog después de 20 años

Sigo porque necesito traducir lo que me pasa. Porque mi hipoacusia me enseñó que hay formas de escuchar que no dependen del oído. Porque aunque el cine se detuvo, la escritura siguió su camino. Porque un lector que vuelve vale más que mil clics.

Sigo porque este blog no me exige likes, métricas, ni autopromoción. Solo me pide una cosa: que sea honesto. Y en un mundo de contenido diseñado para el algoritmo, esa honestidad se vuelve revolucionaria.

El Sabañón es mi forma de resistir la aceleración digital. Mi manera de decir que todavía hay espacio para la reflexión, para el texto que no busca viralidad sino conexión real.

11. Para quien esté leyendo esto

Si estás leyendo esto, aunque sea en silencio, gracias. No necesitás comentar ni compartir ni suscribirte. Tu lectura ya es una señal.

Quizás seas uno de los de siempre. O tal vez estés llegando por primera vez. En cualquier caso, este texto también es tuyo.

Y como siempre digo, me alegra que me lean. Y lo agradezco, de verdad.

Posdata:

En la página principal del blog podés encontrar mis novelas recientes Diario de un androide roto, Seré nada, y el proyecto en curso X Umbrales, junto a una compilación de poemas y otra de mis cuentos. https://elsabanon.wordpress.com

por Adrián Gastón Fares.

Yo, allá por el 2008.

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Hellllooo!!!! Soy Marian, casi Historiadora, #Whovian
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