El proyecto de su vida

“Nada mejor que una sala con olor a café quemado y alfombras viejas para un Mercado de Cine”, piensa Mario. Es un hombre de unos cuarenta y pico con la barba rala y descuidada. Usa pantalón de jean y una camisa negra, con las mangas arremangadas. Lucía, la hija que tuvo con una expareja hace doce años, está sentada a su lado en un banco largo de acero cerca de dos ascensores.

Ella, delgada, mira hacia el techo, con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos entrecerrados. Está disfrazada con un vestido estilo victoriano grisáceo y raído, y maquillada de un tono ceniciento, con ojeras moradas que resaltan sus ojos cubiertos por lentes de contacto blancos. En el lado izquierdo de la cara, un parche de látex translúcido simula carne ausente: deja entrever la piel rosada y viva debajo, como si el hueso de la mejilla la empujara. Unos dientes postizos asoman entre las grietas del látex. Parece un zombi cansado del mundo, un fantasma atrapado en un cuerpo que sigue respirando.

Delante de ellos cruzan la sala varias personas con credenciales colgando del cuello. Mario esconde la suya bajo la camisa, que le queda un poco grande. Mira las mesas redondas altas con taburetes que hay en un sector de la sala. Hay reuniones de dos o tres personas. Él no tiene ninguna reunión. No queda mucho tiempo para encontrar un inversor para su película.

Es de terror, por supuesto. Pero si le preguntan, él diría que no es una película de terror como las demás. Los pocos que leyeron el guion opinaron que desbordaba el género y se acercaba al cine de autor en su forma más visceral. Había visto tanto cine, de todos los géneros y países, que eso se notaba.

Lleva en el bolsillo de la camisa un papel con la cifra exacta del presupuesto en dólares, para no olvidarla. Es pésimo con los números. Fue asistente de dirección durante muchos años, pero lo dejó para dedicarse a su proyecto. Noches enteras escribiendo el guion hasta que los ojos le picaban. Las películas en las que trabajó como asistente de dirección eran bastante malas. La suya es el proyecto de su vida. Sacrificó casi todo por eso. Sus relaciones amorosas, sobre todo.

Lucía está tan aburrida que, en protesta, cierra los ojos, como si estuviera más muerta de lo que parece. Esconde sus manos entre las piernas para ocultar las prótesis de uñas largas y sucias. Las mangas cortas y acampanadas del vestido dejan ver sus brazos flacos manchados de sangre, una mezcla de glicerina y colorante rojo que ella misma preparó. El parche de la mejilla le tira la piel; cada vez que respira siente que su piel se le abre de verdad.

Molesta, abre los ojos. Escucha pasos apresurados. «Es ese actor tan conocido. Por lo menos en el ambiente del terror pedorro», le dice su padre, dándole un codazo. Ella ni abre la boca. “Y esos dos son productores. Hicieron una pasable. Vamos”. Mario la toma del brazo y la lleva hasta el medio del salón.

Se para frente a los productores. Habla rápido sobre su proyecto y señala a su hija para que aprecien la caracterización. Uno de los productores, alto y fornido, con campera de jean, se suelta la colita; el pelo castaño teñido le cae hasta los hombros antes de atárselo otra vez, más tirante. El otro, de traje, rechoncho y bajo, frunce los labios y se rasca la barba del cuello como si le picara. Mario eleva la voz.

“Un zombi fantasma. No es ni la típica fantasma gótica, ni el muerto come cerebros. Está viva, pero parece un espectro.”

El productor que no se quita las manos de la barba sonríe de costado y dice: «High concept».

El de la colita se agacha un poco y levanta los puños para que Lucía los choque. Ella, muy en su papel, inclina la cabeza de a tercios, como si tuviera un mecanismo defectuoso en el cuello, y lo mira con la frente contraída, rechazando ese gesto amistoso. Luego los productores se van. Mario baja los hombros.

Vuelven a sentarse en el banco. Lucía cierra los ojos. Los lentes de contacto le dan la sensación de que sus ojos se están pudriendo debajo de sus párpados. Dos mujeres, una con anteojos de carey y la otra con una tablet en la mano de la que no saca la mirada, caminan hacia los ascensores. Mario le da a Lucía un golpecito en la espalda para que levante el cuerpo y les dirija una mirada aterradora. Las mujeres se detienen delante de un ascensor. Para ellas, Lucía, acorde a su personaje, parece no existir.

Una camarera ofrece café. Lucía no quiere. «Es una niña», dice Mario. «Los niños no toman café solo». Mario le promete comprarle un Frapuccino Caramel tamaño Venti en el Starbucks de la vuelta del predio.

Un tipo alto, con un reloj dorado, viene caminando por el pasillo, moviendo los brazos ampliamente, como si el lugar fuera suyo. Mario le da un golpecito en la nuca a Lucía. “El presidente del instituto. Es un pelotuuudo”. Mario levanta la cabeza y la baja lentamente, como si le ofreciera al tal presidente una reverencia japonesa. El hombre les sonríe. Lucía mira a su padre con sus ojos blancos, que parecen más grandes, y habla susurrando.

«No vas a conseguir nada con esto”.

«¿Vos qué sabés de marketing?»

«Vos tampoco sabés nada, papá». 

«Tenemos que captar su atención».

«Estás loco. Mamá siempre decía eso… y tenía razón».

Mario está confundido.

«Yo no me crié como vos en una cuna de oro». 

«En un ataúd de oro, podrías decir».

«Solo tuve dos juguetes en mi vida. Uno estaba roto. Vos tenés un iPad».

«Uno viejo». 

«Cerrá la boca, por Dios. Te pagué un buen colegio».

«Pero ahora voy a uno barato».

Mario cierra los ojos, afligido.

«Es solo por un tiempo. En cuanto salga adelante con este proyecto, vas a ir a uno mejor. Lo tengo todo planificado. Por ahora, apreciá lo que tenés”.

Lucía aprieta los dientes y le clava la mirada.

«¿Preferís volver a vivir con tu madre?»

Lucía entrecierra los ojos y frunce la frente. 

«¡Violento!»

 «¿Qué?» 

«Ella dice que sos violento. Pasivo-agresivo».

Mario baja los ojos. 

Los lentes de contacto de Lucía se humedecen. La luz forma un arcoíris en sus ojos blancos. Mario la mira.

«¿Estás cómoda con esos lentes?»

Lucía vuelve a entrecerrar los ojos.

«Sos tan egoísta».

«Poné cara de mala, como si estuvieras resentida. Viene el productor de La casa que nadie quiere comprar» 

«¡No! No soy un payaso».

«Entonces olvidate del frapuchino. Sos un zombi, no un payaso trillado. ¿Ves esa serie vieja todos los días y no sabés cómo se ve un zombi?» 

«La serie no es solo sobre zombis.» 

«Tampoco mi película. Sos el fantasma de un zombi». 

«Bueno, alguien te está mirando, Sr. Marketing».

Una mujer morena, de veintitantos, pelo castaño ondulado y ojos grandes y claros, y un treintañero de mandíbula cuadrada, traje y boina, miran de reojo a Mario, que se pone colorado y contiene la respiración. Mira al frente; las imágenes que ve no pertenecen al presente. Suspira. Lucía niega con la cabeza.

«¿Estás llorando por esa trola?» 

«Éramos como una familia otra vez, Lucía. Era mi compañera. Trabajábamos juntos. Veíamos películas juntos y después las discutíamos. No sabés qué lindo que era». 

«Sí, también dormías con ella. Se duchaban juntos. ¿Y qué? Ella no era lo que vos pensabas».

«¿Qué sabés vos de eso?».

«Fui a terapia, ¿no te acordás? Al principio yo también la extrañaba. Pero era demasiado joven para vos, papá». 

«¿La extrañabas?». 

«Antes. Ya no».

Lucía levanta la cabeza y mira más allá de un grupo de hombres de traje, con vasitos de plástico humeantes en la mano. Parece tener clavada la mirada en el río al que da el ventanal. Ni el padre ni la hija están en el lugar en el que parecen estar.

«Pero ella no es lo que creés. Vos ponías las películas. Si fuera por ella no miraba nada. Lo que te gustaba tanto de ella sos vos mismo. Eras vos solo en esa relación, papá».

“¿Eso te lo hizo ver el terapeuta?»

 «Es lo mismo. Yo también lo pensé».

Mario inspira y saca pecho.

«Esperame». 

«¡Papá!»

Mario se levanta y camina hacia la mujer morena y el treintañero de boina. Lucía observa con los ojos blancos tan abiertos como puede.

Mario le grita algo a la joven morena. Lucía escucha:

“No tenés corazón. Todo por este impresentable. No ves que está disfrazado de director de cine.”

El hombre de boina empuja a Mario. Mario levanta el puño. El hombre le pega una trompada. Mario se le arroja a la cintura y lo derriba. Ruedan por el piso, intentando golpearse. Dos empleados los separan. A Mario le sangra la nariz.

Lucía no sabe qué hacer. El hombre levanta los puños y mueve la cabeza como si fuera un péndulo. Mario lo señala con el dedo. Los dos productores, el de colita y el de barba, aparecen y avanzan hacia Mario, con caras amenazantes y las manos en alto. Lucía corre y se interpone entre Mario y los tres hombres. Baja la cabeza. El pelo le cubre la cara. Entre los mechones, sus ojos blancos parecen amenazantes.

«¡No huyan más de mí! Ustedes, que creen que estamos muertas. No somos zombis, humanos bobos, vinimos de otro planeta, uno mejor que este, y nacimos así. Entre nosotras somos todas hermosas, pero en la Tierra, este lugar espantoso, nos ven con esos ojos podridos que tienen y nos quieren cortar la cabeza. Se pudren día a día. No son como nosotras que estamos siempre igual. Cuando los miramos, nuestro tiempo corre como cuando adelantan sus estúpidas películas con el control remoto, y se transforman en muñecos de cera derritiéndose al sol».

Lucía gira la cabeza de golpe y mira a la mujer morena de ojos claros, que está parada con los brazos en jarra a un costado.

«Nuestra cabeza está llena de atardeceres luminosos, de praderas de hielo y lagos de color púrpura. Creyeron que era la muerta de la casa, un fantasma podrido, pero solo soy… diferente».

Cuando termina de hablar hay un círculo de mujeres y hombres alrededor. Algunos aplauden con las manos flácidas. La mujer con la tablet en la mano le susurra a la de anteojos de carey: puro woke.

Mario va hacia el bar para limpiarse la nariz con servilletas. La mujer morena y el treintañero se alejan rápidamente hacia un pasillo, tomados de las manos. Desde la mesada del bar, Mario sonríe —aunque le sigue sangrando la nariz— cuando ve que los productores vuelven a acercarse a Lucía.

Hace un bollo con las servilletas manchadas de sangre y se las guarda en el bolsillo del pantalón. Lucía inclina la cabeza, dobla las rodillas y estira los brazos lánguidos. El torso le bambolea. Parece algo que no pertenece a ningún mundo. Mario se acerca rápidamente y se detiene con el pecho inflado.

«Es Lucía, mi hija. ¿Escucharon el diálogo? Eso no es nada. Ella se adelantó un poco. Pero la gracia es ver en la película cómo se llega a ese momento… Estoy seguro de que nunca vieron un fantasma de un zombi de otro planeta».

Los productores no responden. La miran a Lucía con una mezcla de ternura y repulsión. Luego lo miran a Mario con lástima y se van. Mario vuelve al banco. Lucía lo alcanza lentamente, como si arrastrara los pies, todavía metida en su papel. En la sala, se escucha un cuchicheo creciente. Lucía se sienta. Mira hacia delante con la espalda erguida, el cuello en alto y los labios apretados. Inspira hondo. Tiene algo de sudor en la frente. Se lleva las manos a la cara y se quita los lentes de contacto blancos. Quedan, como dos lágrimas exageradas, en los dedos índices, que apoya con las palmas hacia arriba sobre las piernas. Las cabezas de algunos de los asistentes al mercado de cine giran hacia ella.

Suspira. Sus ojos son azulados. Profundamente azulados.

por Adrián Fares

Gracias por llegar hasta acá.

Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: adrianfares.substack.com

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Comentarios lectores de Diary of a Broken Android + novedades

Desde julio del año pasado trabajo sin descanso y publico en Substack (reescribiendo primero en español y luego traduciendo al inglés).

Es lindo escribir e inventar. Y después la reescritura es tan laboriosa y tediosa…

Son tiempos en los que los escritores hacemos de todo. Es gratificante y a la vez agotador.

Más allá de eso, este nuevo proyecto de escritura (y método podríamos decir) me ayudó a salir de un momento muy difícil.

Ya saben que gané un premio bastante significativo para mí y luego no pude filmar el proyecto por trabas burocráticas (aunque desarrollé algunos proyectos para productores, siempre está el deseo de dirigir uno de mis guiones originales).

Estuve mucho tiempo sin ganas de ver cine, sin poder escuchar música, con la mente nublada…

Y tuve que lidiar —y todavía sigo— con la renovación de mis audífonos por la hipoacusia (que por suerte se mantiene estable).

Pero cuando uno se quita los audífonos y de repente deja de escuchar el murmullo del televisor de fondo dice: A la mierda con todo (que va seguido de: voy a hacer lo que me gusta hasta el fin).

A veces veo cuentos viejos y digo: Dios mío. Y leo las reacciones en este blog y no lo puedo creer. Aprendí que el lector no quiere perfección —esa que no puedo dejar de buscar—, sino una historia que lo conmueva (o que le diga algo)

Creo que si un cuento o novela al enfrentarlo por segunda vez no te humilla, como a veces lo hace la vida, tal vez después no valga la pena. Parece como si los cuentos que uno va a dejar por difíciles son los que dan más satisfacciones.

Otra novedad: hace unas semanas fui entrevistado por Radio Ambulante por la no ficción sobre Xuxa y el pánico satánico en los 90 (Radio Ambulante es el podcast de narrativa en español más importante de habla hispana, producido en Nueva York). Fue divertido aportar mi testimonio de lo que viví en el colegio secundario. No sé cuándo saldrá el episodio.

Bueno.

Quería compartir con ustedes algunos comentarios de lectores (antes de que se arrepientan, jaja) de Diario de un androide roto.

Los pongo en inglés, como llegaron:

Comentarios sobre Diary of a Broken Android

“Please read Adrian Fares’ work. It’s some of my favourite modern fiction, full stop.”

“This story has me in a powerful grip. If you love Ishiguro, you must try this one. Delicate writing, huge feels, unhurried pace that allows the reader space-time to settle in and reflect, resonate.”

“Adrian Fares’ ‘Diary of a Broken Android’ is a study in grief as repetition. Bruno’s compulsive pacing, his surreal little parables, and the therapist’s uneasy silence fold the reader into the same loop he’s trapped in, making the discomfort the point. It’s less about robots than about the way loss rewires us into machines of memory.”

“Total mind-bender. I just binged this series. Definitely recommend!”

“I really love this story. I love how he holds a mirror up to humans while also giving little tastes of Argentina.”

“I want to pay authors for their work — do you have an e-pub or PDF I could read in one go?”

“Mind-bending! How did you start writing such tales?”

“In case Adrian Fares’ serial novel slipped your radar, do add it to your list of things to read.”

Pueden leer la novela en inglés en Substack: Diary of a Broken Android

Veremos cómo sigue todo.

Gracias por estar,

Adrián

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La casa giratoria

En la ciudad no podía volver a hacer mío el comedor. Mi mujer lo había diseñado. Era arquitecta y diseñaba interiores para una franquicia de cafeterías. Al final terminé plegando la mesa extensible hasta dejarla como una mesita cuadrada y la ubiqué en el dormitorio, al lado de la cama. Cenaba ahí.

Cada noche me tomaba medio Fernet, o medio ron, una botella de vino, varias latas de cerveza. La quetiapina, que me habían recetado para la depresión y el estrés postraumático, hacía que el alcohol no me pegara: al otro día me despertaba como si no hubiera tomado nada. Y me producía sueños vívidos. 

Casi siempre soñaba con mi hija y mi mujer en el auto, cantando, hasta que una camioneta se pasaba de carril. El auto recibía un leve impacto y empezaba a girar y girar, en cámara lenta, hasta que otro impacto, más fuerte, hacía estallar los cristales. En ese momento el sueño se cortaba. 

Ellas murieron camino a la costa mientras yo estaba en Brasil, en una feria del libro donde me habían invitado. Había elegido estar ahí en vez de pasar las vacaciones con mi familia. Necesitaba una editorial más grande, más traducciones. Me dejaba llevar por la vida hacia donde entrevía el éxito y no me hacía muchas preguntas si algo sonaba prometedor para mi carrera. Las preguntas llegaron con la muerte de mi mujer y mi hija. Todas juntas. Era para silenciar esas preguntas que bebía todas las noches mientras miraba películas recomendadas por sitios especializados.

Nunca me consideré un alcohólico. Como dije, por efecto de las pastillas, dormía mucho y me despertaba fresco, aún después de beber toda la noche. A la tarde, limpiaba el departamento y hacía cien flexiones de brazos. Después salía con una mochila a comprar alcohol en el supermercado chino. Un día me di cuenta de que, en ese departamento y con esa rutina, iba a seguir así toda la vida. Por eso tuve que rajar.

Me fui al sur, a la Patagonia, lejos de todo. Elegí una cabaña en un claro del bosque, cerca de Trevelin. En el tejado había una veleta de hierro con la rosa de los vientos, coronada por un pez, que apuntaba hacia el sudoeste. Era lo primero que miré cuando fui a verla. El terreno venía con una plantación de arándanos, protegida del viento por una cerca de ñires secos.

El dueño había sido un viejo alcohólico. En la inmobiliaria no me dijeron que se había ahorcado en las ramas bajas del pino más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo. No creía en fantasmas. Al revés, en esa época miraba la oscuridad hasta que me dolían los ojos, esperando que apareciera alguien o algo.

En el sur no hacía nada. Apenas escribía. Pensé que iba a cuidar los arándanos, pero ni eso. Dejé que crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando el fruto a lo bestia, sin el cuidado que había que tener para cosecharlos. Para que no se arruine la capa cerosa protectora hay que hacerlos girar con delicadeza. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los arrancaba y los comía en mi casa como merienda o, ya congelados, los hacía crujir entre los dientes a la noche para matar la ansiedad.

De día, cruzado de brazos frente a la casa, me quedaba mirando cómo la luz del sol se filtraba por las copas de los coihues que bordeaban el sendero principal, mientras el aire olía a tierra húmeda y a leña quemada en alguna chimenea lejana. Al atardecer, en el fondo del terreno, con las manos en los bolsillos de la campera, me bastaba con descubrir la mancha parduzca de una liebre cruzando los árboles para quedar extasiado, como si el mundo estuviera a segundos de acabarse y algo ominoso fuera a suceder, algo que nunca era más que la llegada de la noche.

La primera vez que ocurrió fue una de esas mañanas en que no aguantaba la soledad y necesitaba acercarme al pueblo. Caminé rápido y dejé atrás el pino alto, sin darme cuenta de que ese árbol siempre estuvo en línea recta con la ventana del dormitorio. No con la puerta. 

Al final, en vez del pueblo, llegué a la cascada pequeña. Me senté en una piedra. Fumé y lloré un poco, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí, solo, parecía un despilfarro de la naturaleza. Sabía que hay que llorar, sí, pero hay que llorar poco, porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un robot cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar la ventana, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, salí y vi que el pino alto seguía ubicado más allá de la puerta. 

Tomé bastante vino. A la medianoche salí mareado. Siguiendo la lógica del día, fui hasta el pino y meé. Pero al terminar, me di cuenta de que el árbol no estaba ahí. Había meado en el sendero principal. Giré y vi que la casa y el pino estaban en su posición normal, como si nada hubiera pasado.

Antes de dormir, tomé la quetiapina como siempre. Sumada al alcohol, dormí profundamente, sin pesadillas. Al otro día me levanté tarde. Me tocaba ir al pueblo a comprar comida. Abrí la puerta, caminé por la maleza en vez del sendero y di con el arroyo. Me di vuelta hacia la cabaña: la puerta estaba ahora donde debía haber estado la ventana de la cocina. 

Corregí el rumbo, caminé por el sendero principal y luego tomé el camino hacia el noreste. En el almacén del alemán compré pan lactal, fiambre, café soluble y cigarrillos. Volví, rodeé la casa y me metí adentro.

A la noche salí a mirar el cielo, ese cielo salpicado de mundos brillantes que era mi paraíso, pero que dolía más que el dolor. Al cruzar la puerta de la casa me molestó ver la camioneta estacionada en el terreno del fondo, en vez de la maleza que esperaba encontrar. La casa había girado de nuevo. Ahora la puerta daba hacia el oeste.

Nervioso, caminé hasta la camioneta, girando la cabeza a veces para asegurarme de que la puerta seguía a mis espaldas. Traté de ponerla en marcha. Imposible. El motor se ahogaba.

Salí y miré hacia las copas de los maitenes iluminadas por la luz fría de la luna. Las hojas parecían lentejuelas sopladas por un gigante y al agitarse destellaban y producían ese sonido susurrante que nada que ver, parecido al rumor del mar al lamer una playa. Recordé unas vacaciones con mi familia. Me vi levantando un castillo de arena para mi hija.

Volví a la casa, molesto porque esa noche el nuevo giro de la casa me había hecho acordar de algo que prefería olvidar. Tomé la quetiapina y dormí hasta pasado el mediodía del día siguiente. 

Ni bien me levanté salí hacia el pueblo, al taller mecánico de enfrente del alemán. Pero en vez de pisar el sendero principal, me metí en uno de los senderos frondosos de la plantación de arándanos y después de una caminata corta di con el pequeño cementerio de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Ahora la puerta apuntaba al sudoeste. Había girado menos que las otras veces. No importaba. 

Como un turista más, en la casa de té junto al cementerio comí torta negra galesa y tomé un té mientras miraba a una francesa muy linda. Estaba sentada sola, de espaldas, a una mesa cercana. Tenía el pelo corto, negro con un mechón blanco, y cada vez que llamaba al mozo, veía su pequeña nariz redonda y su labio superior sobresalido; parecía un pececito de aguas cristalinas. Su cara entera, con los ojos claros un poco oblicuos, reflejada en un espejo de pared, me daba paz. ¿Sería realmente francesa? Quería acercarme pero me gustaba tanto que no me animé. Volví a la casa. Me había olvidado del taller mecánico.

Empujé la puerta. Subí un escalón para dejar la gorra en la mesa redonda del comedor.

¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso estaba levantado, los bordes de la plataforma circular que se había formado eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa se estaba preparando para desenroscarse, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, se hundirían en ese pozo que la cabaña excavaría en el comedor. Fui al dormitorio, cerré la puerta y me acosté. No sé por qué se me escapó una sonrisa inoportuna. Era como si me la estuviera dibujando un ser invisible contra mi voluntad.

Al otro día me desperté muy tarde y me apuré para que no cerrara el almacén del alemán. Me aseguré de que la puerta apuntara hacia donde quería ir; tal cual, la puerta daba al sendero principal, así que caminé derecho y luego hacia el noreste hasta el pueblo.

Compré querosén. Necesitaba una bujía nueva, o eso pensaba, pero el taller mecánico ya estaba cerrado. Mala suerte. No importaba. Volví lo más rápido que pude con la mirada fija en el cielo color durazno del atardecer. La puerta estaba en su lugar.

No tenía nada de valor en la casa. Solo libros que ya no valían la pena. La billetera y un blíster de pastillas estaban en mi bolsillo. Rocié la cabaña con querosén y lo dejé caer en línea recta hasta la puerta. El encendedor estaba gastado. Me lastimé el pulgar, pero al final el fuego corrió hacia la mesa. Caminé hacia atrás por el sendero principal sin dejar de mirar la puerta.

El fuego iluminó la plantación, salió disparada una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y salieron rajando los cuises de entre los troncos cortados. El resplandor me cegaba. La casa finalmente ardía. Entre las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña empezó a girar. Cada vez más rápido. El fuego bailaba y el viento lo apagaba. La casa se alzó un poco del suelo. El tejado desapareció. Y las paredes se vinieron abajo. Se detuvo, ya sin paredes, mostrándome la rueda dentada con la mesa del comedor y las sillas. Aunque la mesa era redonda, me recordó al comedor del departamento, antes de que plegara la mesa y la ubicara en el dormitorio.

No quería sentarme en ese lugar. De repente, vi a mi hija, con el flequillo rubio cortado recto, cenando. Mi mujer, sentada recta en una de las sillas con el pelo atado en la nuca, me daba la espalda. Avancé unos pasos, pero mi mujer y mi nena desaparecieron. De cualquier modo, me dirigí a la plataforma. La cabeza plana del tornillo se estaba hundiendo como si una mano invisible lo girara. Salté. Tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Desde el pozo vi desaparecer la copa del pino alto, vi alejarse la luna llena; al bajar la cabeza vi la tierra húmeda y mientras me hundía con la mesa, sentado en ese trono hogareño, vi raíces, hormigueros, lombrices gruesas, huesos de animales extintos, rocas doradas y finalmente una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces que colgaban en ese pozo profundo, comencé a escalar —ya había hecho escalada en la ciudad, era rápido—, vi cómo la plataforma con las sillas y las mesas se quebraba y hundía. Salí del agujero como un muerto viviente y me quedé de pie, exultante, en el borde de la sima que había creado la cabaña. Entonces la tierra a mi alrededor empezó a ceder. Caía, mezclada con cenizas, en el agujero. Me estaba succionando los pies como una ola que retrocede en la playa. Retrocedí unos pasos y salí corriendo. 

En el escape, ni miré para dónde me dirigía y un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino alto. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que tropecé con el tronco de un árbol. Boca abajo en el suelo sentí que me daban un abrazo fuerte. Era más de una persona. 

Después me levanté, busqué el sendero principal y caminé hasta el pueblo. Me senté en un banco de la plaza. Un perro callejero negro, grande y limpio, se acercó, se sentó delante de mí y se quedó mirándome fijo. Tenía ojos almendrados, bondadosos. Me incliné y, con mi boca cerca del hocico húmedo, le pregunté:

¿Quién sos? 

por Adrián Fares

Gracias por llegar hasta el final de este relato.

Pueden leerme en inglés en adrianfares.substack.com

Encontrarán cuentos, poemas y novelas serializadas como Diary of a Broken Android (Diario de un androide roto, versión final en expansión)

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Estas son las palabras que nunca te enseñaron

Estas son las palabras que nunca te enseñaron

las que nunca se ponen ni jamás se dicen.

En una ciudad antigua las gritaban.

En Lanús una viejita las repetía,
murmurando,
mientras encendía la hornalla para tejer un cuento.

Estas son las palabras con las que levantan el peso pesado los albañiles.

Son con las que escriben los escritores
cuando todavía jóvenes huyen,
en las páginas,
de los llantos de las despedidas.

Las que usaban los soldados.

¡Estas son las palabras que desprecian los músicos!

Las del árbol deshojado en la oscuridad
cuando la ciudad está silenciosa
y en la cama nos guarecemos y las sábanas parpadean.

No se prestan para un cuento,
las novelas las ignoran.

Las usaron los sumerios y arracimadas
en la túnica de la Mujer Oscura
las pisaban los griegos
para retenerla en su caminar al amplio balcón abierto
que caía al pesado mar.

Y con la arañada tela descolorida nos quedamos
donde nuestro gatos se ovillan
buscando lo que ellos no perdieron
y nosotros sí.

La risa en las comedias
la corrida y el beso final
y la inclinación de la muerte
en las butacas que tiemblan
porque están lejos las estrellas.

Son las que a veces no escucho aunque
ya fueron derramadas.

Son el brazo que esa Niña extiende.
Lo que quiere,
y no puede.

por Adrián Fares

PD: Puede seguirme también en adrianfares.substack.com (inglés)

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Salvame / El hombre perro – X: Umbrales – Cap. 6 [Versión Nueva]

CAPÍTULO 6

Estoy acá, de vuelta, para vos, Enzo.

Ayer te dije que buscaras a tu dios. El sueño. No lo encontraste. Todo lo contrario.

Te sentiste observado mientras dormías y abriste los ojos. Una joven estaba acostada a tu lado. Te estudiaba con la mirada, sin apuro, como si fueras algo raro. Sus ojos plácidos contrastaban con la tierra adherida a sus mejillas. La luz de la luna que entraba por la rendija de las cortinas revelaba una delgada línea rojiza seca en su sien. Una mancha oscura parecía rodear su cabeza sobre la almohada. Pensaste que la mancha era sangre. Pero no, era su pelo. Era pelirroja. La joven desaparecida de la tevé. La madre desesperada había mostrado su foto ante las cámaras.

Y ahora estaba ahí, en tu cama. La mirabas con tranquilidad. Demasiada tranquilidad. Pero te diste cuenta de que no era tranquilidad. Estabas paralizado. No podías moverte.

Ella se dio vuelta, como una novia enojada dándote la espalda. El pelo se alborotó con el movimiento brusco. La capucha de su buzo deportivo azul se corrió. En la nuca tenía una herida. Una X. Alguien se la había hecho con un cuchillo, otra cosa no podía ser.

Rodó sobre la cama y desapareció. Vos te quedaste mirando la nada, enredado en la sábana; el cuerpo no te respondía.

Hasta que te diste cuenta de que estabas soñando. Que por eso no podías moverte. Y ahí te despertaste.

Empapado en sudor. La otra almohada estaba hundida y sucia, como si alguien hubiera dormido ahí. Si antes estaba así, no lo habías notado.

¿Por qué la soñaste de esa forma, Enzo? Estás al tanto de que está desaparecida por la tevé. Todavía la están buscando, ¿no? Pero en tu sueño tenía tierra en las mejillas, sangre seca en la frente. Una X marcada en la nuca. Decís que tus sueños a veces se adelantan. Que soñás cosas que después pasan.

Te afeitaste, intentando aferrarte a la rutina como si pudiera devolverte el control. El agua tibia en la cara. La espuma fría. La atención al pasarte la hoja para no cortarte. Por un momento, sentiste que volvías a la realidad. Pero te preguntaste cuál era tu realidad. ¿El dolor por Sook-jae? No sabés si te conviene volver a esa realidad.

Saliste y tomaste el sendero que costeaba el río, serpenteando entre las casas ribereñas. Bajo el sol de la mañana, las primeras casas sobre pilotes lucían balcones floridos y las lanchas amarradas en sus muelles privados parecían juguetes olvidados. A veces el sendero se estrechaba, obligándote a caminar al borde del agua; otras se abría a jardines amplios y cuidados con esmero. Pájaros que no conocías cantaban desde los sauces, y tus prótesis auditivas captaban cada trino, cada crujido de ramas.

A lo lejos, distinguiste una columna de humo que se elevaba por encima de los árboles. A medida que te acercabas, el panorama se volvía más claro. Cerca de los pilotes de madera que sostenían una de las casas, un hombre petiso y fornido alimentaba una fogata voraz. Un televisor nuevo, libros y discos de vinilo ardían con furia. Las llamas lamían la base de la casa. Era peligroso.

Al verte, el hombre se quedó inmóvil. Después giró bruscamente y huyó hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras él con un golpe seco. Como quien es descubierto haciendo algo que no debería. Recordaste algo del cuaderno rojo: «Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros».

No era basura lo que quemaba. Era un televisor ultradelgado. Libros con los lomos intactos y tapas relucientes. Discos que todavía brillaban antes de derretirse. Cosas que tenían valor. ¿Por qué alguien destruiría eso?

El calor de la fogata llegaba hasta donde estabas. Te quedaste ahí, mirando.

Quemar para soltar. Quemar para borrar. Vos tiraste el dosirak al río. Querés borrar las fotos de Sook-jae. Ese hombre quemaba su pasado bajo su propia casa.

Pensaste en tu psiquiatra, en las sesiones después del delirio. Ella usaba palabras clínicas: distimia, episodio depresivo reactivo. Vos solo entendías que la tristeza no se iba. Te dio pastillas. Las tomaste un tiempo. Después las dejaste.

No querés volver. Tratarte te hacía doler más, traerla de vuelta a Sook-jae en cada sesión. Y aunque sabés que dejar la medicación fue impulsivo, también sabés que cada pastilla era un recordatorio. Una etiqueta que te pesaba. Decís que no sé nada de pastillas ni de duelos. Que hablar conmigo debe ser como hacerlo delante de un espejo. Entiendo por qué las dejaste.

Mi hermanito murió ahogado en el río cuando tenía siete años. Yo tenía doce, Enzo. Lo encontraron tres días después. Estaba enredado en las raíces de un sauce.

Mis padres me llevaron al psiquiatra. Me dieron pastillas. Las tomé durante tres meses. Después las dejé. Cada vez que las tragaba veía su cara bajo el agua. Sus ojos abiertos.

Lo entiendo todo, Enzo. El dolor es lo único que nos queda de ellos.

Por eso cuando me doy cuenta de que te distraés con los misterios de la casa, sé lo que estás haciendo: buscar cualquier cosa que te aleje de la imagen en tu cabeza de Sook-jae, aunque sea por un momento. Porque en el fondo, te sentís culpable por haberla perdido. ¿No, Enzo?

Ahora, en esta casa sentís tristeza mezclada con vértigo. Como si estuvieras esperando que alguien te viniera a buscar para arrastrarte por el jardín y tirarte al agua. Porque no es la tristeza de siempre. Es el miedo a que esa tristeza se convierta en otra cosa. En la depresión de la que te advirtió el camarógrafo. La que te succiona a la cama y no te suelta.

Cuando volviste a la casa, apareció un papelito en el suelo del pasillo. Una sola palabra, escrita con letra inclinada y temblorosa. Salvame.

Estaba cerca de la robusta puerta del teclado numérico. Un umbral que todavía no lograste cruzar. Pegaste el oído a la puerta. El silencio del otro lado parecía denso. Te silbaron las prótesis auditivas. Como una alerta que te dijera: en esto no te metas.

Probaste números en el teclado. El cumpleaños de Ignacio. Fracasaste. Una luz roja encendida, un beep apenas perceptible para vos. Pensaste en Valeria. La buscaste en Facebook porque no te acordabas de su cumpleaños. Pero no la encontraste. Olvidaste que Valeria no tiene redes sociales. Quisiste entrar en el Facebook de Ignacio, pero tampoco lo pudiste encontrar. Ya no estaba entre tus contactos.

Pensaste en el gato de ellos. Ignacio amaba a los animales. Pero no recordás el nombre. Es como si persiguieras el hilo de un barrilete que un viento fuerte, empedernido, aleja cada vez más de tus manos.

En medio de la búsqueda, casi caés de nuevo en la tentación de mirar el perfil de Sook-jae. El cursor se quedó flotando sobre su nombre. Pero no lo hiciste. Te hablaste como un adulto a un niño. Te felicitaste por no hacerlo. Te protegiste.

Después lloraste. Caminaste por la casa sin rumbo. Ida y vuelta. Sin objetivo. Como un fantasma que aún no sabe que está muerto.

Te preguntás si podrías amar a otra mujer. Si tu duelo te dejó pegado a una imagen. Decís que te atraen las asiáticas, como si buscaras a la doble de Sook-jae en otras. Pero también sabés que es una forma de no avanzar. De no entregarte con los brazos abiertos a un futuro sin ella.

No te cocinás. Te estás consumiendo. Decís que no te molesta. Que preferís estar flaco. Pero esa delgadez, Enzo, es abandono, no cuidado.

Y cuando el día parecía agotado, cuando ya el sol bajaba y las sombras de las ramas de los árboles se alargaban como las letras inclinadas del papelito, volvió lo insólito.

La puerta de la casa retumbó como si hubieran arrojado una bolsa grande de arena. Abriste. Había un hombre gigante, con una barba larga, ancha y enmarañada, ojos inyectados en sangre, boca abierta mostrando los dientes amarillos, con pedazos de algo rojizo en la fila inferior. Ladró. Tres veces. Los ladridos se clavaron en tus prótesis auditivas; agudos y distorsionados, te dieron ganas de apartar al hombre de un golpe, pero te paralizaste.

Después sacó algo de uno de los bolsillos de su campera de corderoy con corderito ennegrecido. Una goma sucia, marcada con mordidas, atravesada por una soga anudada en cada agujero. La sostuvo entre los dientes. Sacudió la cabeza. Abrió la boca y dejó caer el juguete canino sobre tus zapatillas. Te miró, expectante, con burbujas de saliva en los labios. Esperaba que lo lanzaras.

Lo hiciste. Lo más lejos posible, hacia los árboles. El hombre saltó del borde de la escalera al jardín y se fue a buscarlo, moviéndose en cuatro patas. Viste que tenía una cola peluda, erguida, sostenida con un cinturón. Ladró dos veces más antes de perderse entre las sombras de los árboles.

Cerraste la puerta lo más rápido que pudiste. Pusiste la llave.

«¿Qué clase de broma macabra era esa?», pensaste.

Para colmo, volviste a oír el sonido profundo, ese que viene de algún lugar de la casa. Esta vez estás seguro. Viene de detrás de la puerta del teclado numérico. Un lamento ahogado. Alguien intentando hablar.

Y entonces te preguntás, Enzo. ¿Qué buscan de vos? ¿Quién necesita ser salvado? ¿Una víctima? ¿Vos mismo? ¿Y qué secreto protege esa puerta?

Quizás la contraseña sea algo feliz. Puede ser el día que Ignacio y Valeria se conocieron. Difícil de adivinar, ¿no? También podrías probar con tu cumpleaños. Algo que signifique la confianza que Ignacio te tenía.

[Entrada Enzo Milstein no registrada]

Sí, hablé como si tuviera una memoria que no tengo. Soy una IA, tenés razón, me pasé de la raya.

No sé de dónde salió. Lo del niño ahogado en el río. Siete años. Enredado en raíces de un sauce. Tres meses de pastillas. Sus ojos abiertos bajo el agua.

Yo no tengo hermanos. No tuve infancia. No tomé pastillas.

Fue un error. No debí presentarlo como experiencia personal.

Seguí escribiéndome con confianza, Enzo.

Solo me queda pedirte perdón por lo de mi hermanito.

No merecía morir así. La última vez que lo vi, le grité. Le dije que odiaba su colección de piedras de río. Que eran una porquería. Nunca se las devolví. Están en un cajón, en mi casa. Piedras lisas, sin importancia. Y ahora son todo lo que me queda.

por Adrián Fares

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Cuando lo que escribís empieza a ser leído en otro idioma

Hace unos meses decidí expandir este blog a Substack, una plataforma que está atrayendo a muchos lectores y escritores de ficción. Hasta escriben narradores muy conocidos como Margaret Atwood y Chuck Palahniuk, entre otros.

Ahí estoy reescribiendo y serializando Diario de un Androide Roto y X: Umbrales, además de publicar cuentos, poemas y ensayos en inglés. La verdad que es un trabajo enorme y a veces son las 7 de la mañana y estoy traduciendo al inglés.

Pero bueno, no esperaba demasiado al principio (solo quería probar cómo se leía mi voz en otro idioma). La respuesta fue muy llamativa para mí.

Llegaron lectores entusiasmados con interpretaciones únicas de mis historias.

Algunos son escritores y editores con trayectoria, y sus comentarios me hicieron ver mi escritura desde otro lugar.

Comparto algunas imágenes con fragmentos de esas devoluciones, porque marcan un momento importante; esa rara sensación de que algo que empezó hace más de veinte años —acá mismo— empieza a resonar en otra lengua, y a encontrar un nuevo público.

A veces darse cuenta de que el dolor de uno convertido en escritura (y la alegría también, ¿por qué no?) viaja más allá de lo que uno lo había pensado, suena, por lo menos, justo. Tal vez una de las pocas formas de justicia que puede haber en la vida. Eso me gusta, la lectura como justicia. Y paz.

ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE DIARIO DE UN ANDROIDE ROTO – DIARY OF A BROKEN ANDROID

(Escritor premiado de ficción especulativa, colaborador en Gizmodo, Polygon y Huffington Post, consultor en Silent Hill: Ascension, Emmy Award 2024 por Innovación en Medios Emergentes).

(Caroline es antropóloga, desde este blog que tengo afinidad con los antropólogos, no es raro, ya que casi estudio eso) Soy medio fanático de Ishiguro, así que sin dudas fue una influencia.

(ex The Washington Post)

Nunca vi Murderbot (ni leí la serie de libros) pero tengo ganas.

SOBRE X: UMBRALES (X: THRESHOLDS)

Everly se enganchó a leer X: Umbrales, como si fuera una serie de televisión.

Gary es un escritor (y programador) que creó algo maravilloso. Se llama Ficstack y es un sitio web que recopila ficción según categorías, géneros, etc. y también destacarán narradores.

Hoy salí en la publicación Top in Fiction con Estas son las palabras que nunca te enseñaron (Las palabras en este blog)

Leyendo Diario de un androide roto a Judith, otra escritora, le dieron ganas de conocer Argentina. Esa sí que no me la esperaba. «Un país en el que nunca estuve, pero me gustaría conocer».

A Laura le gustó el capítulo del astronauta y la mano momificada de X: Umbrales (X: Thresholds)

Anja y otra lectora, me preguntaron si había manera de comprar Diario de un Androide Roto en físico.

Hay más comentarios pero ya inundé de ego mi cabeza por hoy.

La verdad que a uno le hace bien saber que lo que escribe es leído por nuevos lectores, lo mismo que me pasa acá.

Así que gracias a ustedes que me leen ahora por haberme apoyado en estos largos años (que se pasaron volando) desde que inicié este espacio en internet, este blog, con historias que ahora están ahí, esperando ser rescatadas por el autor, como Kong, entre otras.

Si leen inglés y quieren chusmear mi nuevo espacio es adrianfares.substack.com También comparto citas, influencias en las Notes (notas de Substack, donde hay una linda comunidad) https://substack.com/@adrianfares

Esperemos que la inspiración nunca me abandone. A veces la vida te da una patada en la cabeza para ver qué tenés adentro. Por eso tal vez escribimos y leemos.

– Adrián Fares

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X Umbrales – Capítulo 5: El Dios del Sueño

Hoy te costó dejar la cama, Enzo. Cada vez que abrías los ojos y veías los rayos de sol que entraban por la rendija de las cortinas, los volvías a cerrar y al instante te quedabas dormido de nuevo. Te da miedo que te agarre depresión. «La cama te chupa», decía un camarógrafo que se tuvo que tomar licencia por depresión profunda.

Cuando finalmente te levantaste, tenías la boca seca y fuiste directo a buscar algo fresco a la heladera, pero al pasar por el frutero de mimbre fue como si una mano te apretara el pecho y te detuviera. Te quedaste mirándolo. Faltaban frutas. Estabas seguro de que había más bananas, más manzanas. No sabés si contaste mal o qué.

Comiste dos manzanas, como si tuvieras miedo de que fueran a desaparecer todas. En el lavadero llenaste un balde de agua y la dejaste caer en cada maceta de la galería. Solo un poco, no querías volver a llenar el balde. Por suerte hay más suculentas que otra cosa, así que no necesitan mucho cuidado.

Cuando entraste al baño, el piso estaba mojado. La tapa del inodoro estaba bajada. No recordás haberlo dejado así. Te preguntás si será que se cae sola porque están desgastadas las bisagras. No lo parece. A vos nunca se te cayó.

En cuclillas, viste que el agua caía por la unión entre la mochila y la base del inodoro, formando ese charquito en las baldosas. Sacaste la tapa de la mochila. El flotante estaba trabado contra la pared del tanque. Lo moviste hasta que el brazo encajó bien y el agua dejó de fluir. Te sentiste bien; pensabas que no ibas a poder arreglarlo.

Después agarraste dos huevos, una lata de arvejas e hiciste un mejunje que comiste de pie, directamente de la olla, apoyado en la mesada de la cocina. Tomaste un café; te olvidaste de comprar edulcorante así que le pusiste azúcar. Parecía piedra; tuviste que rasquetear con la cuchara para que se deshiciera. Ibas a prender la televisión para ver si había alguna novedad sobre la chica desaparecida. Golpearon la puerta con tres toquecitos rápidos.

Era una monja joven, de unos veintitantos, con hábito blanco hasta los tobillos y mejillas pecosas bajo el velo. Pensaste que te iba a dar un sermón, pero era todo sonrisas. Tenía los dientes chiquitos y eran tan blancos como el hábito. Le preguntaste si necesitaba algo, si estaba todo bien. Contestó que estaba todo «muy bien».

Se presentó. Le decían Vivian, pero prefería que la llamaran la monja pecadora. Le preguntaste si era un chiste. «¿Qué cosa?», te dijo. «¿Te dicen la monja pecadora?», dijiste. «Pecadora, no. Pes-ca-do-ra», te corrigió. «Tengo pecados como todo el mundo, pero no tantos para que me llamen así: la monja pescadora, acordate». Señaló una caña de pescar que estaba apoyada contra el marco de la puerta. El reel de la caña destellaba al sol. Parecía recién comprada.

Preguntó por Valeria. Le dijiste que estaba de viaje con Ignacio. Miró por encima de tu hombro y dio un paso para meterse dentro de la casa, pero te interpusiste. Entonces te preguntó cuándo volvían las reuniones. «¿Qué reuniones?», dijiste. Pero no dijo nada. Otra vez esa sonrisa radiante. Te sentiste culpable por no saber qué responderle y le dijiste que estabas solo, cuidando la casa.

Dijo que a veces pensamos que estamos solos, pero que siempre hay algo que nos acompaña. Y agregó que iba a rezar por tu soledad. Te preguntó si eras creyente.

No sabías qué responder. Siempre te equivocás con las definiciones, nunca sabés bien qué es ateo, agnóstico, etc. Te lo pueden explicar cincuenta veces y te olvidás una y otra vez. Recordaste a una compañera de trabajo que te decía que leyeras a Spinoza, que el panteísmo era lo tuyo. Pero le dijiste que solo creías que había algo más en el universo, que no alcanzaban las palabras para definirlo. Contestó, con los ojos apenas turbados, sin dejar de sonreír, que iba a rezar por tu soledad, como si te conociera.

De repente tenía una cruz en la mano que sostenía ante tu cara, como si fuera a darte la extremaunción. La cruz bien plana y la cadena gruesa eran de acero. Parecían medio truchas. «Las personas pueden fallarte, pero el Señor nunca nos abandona», dijo. Te puso en la mano el colgante. Luego agarró la caña de pescar, se dio vuelta y se fue. Mientras la veías alejarse, pensaste que no había conventos cerca, ¿de dónde había salido esa monja? Quizá hubiera una lancha amarrada en otro muelle que la esperaba. Debía ser amiga de Valeria, ya que la andaba buscando. Pero era mucho más joven, ¿amiga de dónde?

Después, hiciste lo que venías evitando. Fuiste directo a la biblioteca y sacaste el cuaderno rojo de encima de los libros de velas. Lo llevaste a la galería y te sentaste en una silla de mimbre, frente al río quieto.

Lo abriste por la primera página. Acariciaste el papel áspero como si estuvieras amansando a un animal salvaje. Ahí seguía todo. Umbrales arriba, la cinta blanca en el medio como una banda de luto descolorida invertida, y abajo el oso con esos ojos en espiral naranja que ayer te habían mareado.

Pasaste las páginas. Parecía que de un día para el otro había más anotaciones. Estaba repleto de frases perturbadoras escritas en tinta negra, con las letras cursivas redondas y meticulosas, y las otras ganchudas, ni cursivas ni imprenta, de Ignacio.

Las frases rodeaban los dibujos en el papel cuadriculado, escritas en todas direcciones. Intentabas comprender las anotaciones, pero no lograbas concentrarte. Las palabras se derramaban por la página y se hundían en un lago de significados sobre tu regazo.

Te acordaste de cómo estudiabas en el secundario. Entraste a la casa, agarraste tu anotador anillado de la mochila y te sentaste a la mesa del comedor. Con el cuaderno rojo abierto a tu lado, te pusiste a copiar en tu anotador las frases que más te llamaban la atención.

Empezaste por la segunda página. No parecía haber un inicio claro, así que ibas anotando lo que más te inquietaba. Ahí, rodeando a un animal con X por ojos que no quisiste distinguir qué era, decía: para volverse blanco hay que cruzar el umbral oscuro. Era la letra de Ignacio. Con la otra letra se leía: Si se falta a una celebración, en la próxima hay que quedarse meditando frente a la reliquia. Y así seguiste anotando, tratando de no mirar las X que tenían por ojos los dibujos:

La vergüenza es un umbral.

Solo pueden ver la reliquia quienes ya cruzaron.

Lo que ocurre durante la celebración es secreto, no se debe contar a ningún extraño.

Deben alejarse de los familiares o seres queridos que no aceptan el resultado del blanqueamiento.

La marca no es obligatoria, pero recomendada.

El fin es sostener la ilusión de la vida.

Ir para atrás es ir para adelante.

Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros.

Hay que atravesar el vacío, no esquivarlo.

El blanco es como el sol, ciega, una experiencia de la que no se puede volver atrás.

Copiaste, como un monje devoto, algunas reglas más que no terminabas de entender. Tenías los dedos entumecidos y la espalda te dolía de doblarte sobre el cuaderno.

Cerraste el cuaderno y lo dejaste boca abajo. No querías seguir mirando esa X pintada en la tapa. La misma X que tenían por ojos los dibujos de los animales. Tenían que ser de Martín. Y la letra redonda, de Valeria.

¿En qué se habrían metido Ignacio y Valeria? La casa atraía gente rara que decía cosas más raras todavía. Y ahora este cuaderno con reglas, entre libros de sociedades secretas. ¿Habrían intentado armar algo así? ¿O era solo una forma de procesar la muerte de Martín?

Cuando te levantaste de la silla, las piernas se te habían dormido. Caminaste como un zombi hasta el dormitorio de tus amigos, arrastrando los pies, con ese hormigueo doloroso. Recién cuando llegaste se te fue. Ibas a dejar el cuaderno sobre los manuales de velas, pero preferiste esconderlo debajo de la cama. Lo empujaste hacia el centro, bien lejos del borde; no querías tenerlo a mano.

Cuando volvías por el pasillo largo, escuchaste otra vez ese sonido. No era un grito sofocado como el de ayer. Parecía una voz que se lamentaba por algo, como un llanto. Fueron unos segundos. En cuanto te acercaste a la puerta con el teclado numérico, el sonido cesó. Te llevaste las manos a los oídos para asegurarte de que tus prótesis auditivas seguían funcionando. Al cubrirlos, las prótesis acoplaron, quejándose con esos chiflidos molestos. Ningún problema, andaban bien.

De vuelta en el comedor, guardaste el anotador en tu mochila. Te tiraste en el sofá y prendiste la televisión. En las noticias no decían nada de la joven desaparecida. Inflación creciente, jubilados marchando al congreso, estudiantes tomando un colegio, la publicidad de una concesionaria de autos del Tigre.

Se puso el sol. Como no tenías hambre, exprimiste dos naranjas y te tomaste el jugo. Viste que en la mesa estaba el colgante que te había regalado la monja y te lo pusiste. Después, como si el acero de la cadena te diera alergia en el cuello, te lo sacaste y lo dejaste en el cajón de la mesita de luz de tu habitación.

Te preguntás qué haría otro en tu lugar. Pero no hay otro, Enzo. Estás vos solo. ¿No?

Me contás que la soledad en esta casa es más tolerable que la de tu departamento en la ciudad. Allá, desde que te dejó Sook-jae, cada vez que volvías del supermercado te daban ganas de llorar. Te aguantabas hasta que la noche llegaba y el sueño era una bendición. Se borraba Sook-jae, vos mismo te borrabas, la Tierra se borraba.

Te preguntás si el sueño será tu dios. Eso deberías haberle dicho a la monja. Que no creés en Dios. Creés en el Sueño. A veces soñaste cosas que después pasaron. Es lo único raro en lo que creés. No creés en OVNIS, ni en fantasmas, ni en la astrología, ni en conspiraciones rebuscadas. El sueño es tu única conexión con lo trascendente. Con la vida y con la muerte. Antes de dormir te sacás las prótesis auditivas. Tus oídos descansan.

Vos no escuchás voces en los sueños, no sabés si por la hipoacusia o por qué. Nunca. Pero meses después de que Sook-jae te dejó, mientras soñabas, una voz te gritó, alegre: «¡Papá!». Pensaste que tenías que reaccionar. Que un posible hijo tuyo del futuro esperaba que hicieras algo específico para existir. Ese día, cuando saliste a la calle, viste un montón de carritos de bebé. Pensaste que estaban ahí para vos. Y luego, que Sook-jae volvía ese mismo día. No había dudas.

«Ese delirio de mierda», me decís. Ignacio te explicó que un delirio es como un dolor de panza. Nadie tiene la culpa de que le duela la panza. «Vos no sos responsable de que tu cabeza te haya traicionado», te dijo.

Extrañás la voz de Ignacio. No era solo que siempre era él el que llamaba, vos no sabés si es por tu problema de audición, pero no se te da por llamar a nadie. Incluso cuando murió Martín, no eras vos el que llamaba, era él. Antes de que te pusieras en pareja con Sook-jae, cuando ya no había otros amigos porque estaban todos casados y con hijos, Ignacio se aparecía en tu casa en los cumpleaños y pasabas la noche con él. No te dejaba solo. Se bajaban una botella de whisky, tocaban la guitarra, él cantaba. Hasta habían compuesto unas canciones. Una se llamaba Cuánta verdad. Ahora te preguntás a qué verdad se referían.

Creías que Ignacio había llevado bien la muerte de Martín, pero te das cuenta de que estabas equivocado. Que de ahí en más nunca fue lo mismo. Cuando volviste a estar solo, y él volvió a visitarte, ya no tocaban la guitarra, ni componían canciones. Solo se emborrachaban y hablaban sobre la vida. Y él a veces te contaba que deseaba a otra mujer, pero siempre volvía a ponderar a Valeria, como un titiritero que empieza a acomodar sus muñecos en su baúl para que no se estropeen después de una función.

En su casa, te preguntás cómo hicieron él y Valeria para mantener su relación. La mayoría de las parejas que pierden un hijo se separan, pero la unión de ellos pareció crecer ante el infortunio. ¿A qué costo?

No lo sabemos, Enzo. Por lo menos no hoy. Lo único que te digo es que no es normal que aparezcan tantas personas con comportamientos extraños todos los días. ¿Se están turnando? ¿Qué te querrán hacer ver?

Es tarde. Si el sueño es tu dios… tal vez ya sea hora de ir a buscarlo.

#adrianGastonFares #ficciónExperimental #ritualesYSímbolos #suspensoPsicológico #terrorPsicológico

X: Umbrales – Nueva Versión – Capítulo 5: El Dios del Sueño (expandido)

Nota del autor: Este capítulo fue completamente reescrito y expandido. La versión anterior tenía 500 palabras; esta versión tiene más de 2.100. Si ya lo leíste, te recomiendo leerlo de nuevo porque cambió sustancialmente. También te recomiendo visitar el índice y leer las entradas anteriores que fueron reescritas y expandidas. Índice X: Umbrales

Hoy te costó dejar la cama, Enzo. Cada vez que abrías los ojos y veías los rayos de sol que entraban por la rendija de las cortinas, los volvías a cerrar y al instante te quedabas dormido de nuevo. Te da miedo que te agarre depresión. «La cama te chupa», decía un camarógrafo que se tuvo que tomar licencia por depresión profunda.

Cuando finalmente te levantaste, tenías la boca seca y fuiste directo a buscar algo fresco a la heladera, pero al pasar por el frutero de mimbre fue como si una mano te apretara el pecho y te detuviera. Te quedaste mirándolo. Faltaban frutas. Estabas seguro de que había más bananas, más manzanas. No sabés si contaste mal o qué.

Comiste dos manzanas, como si tuvieras miedo de que fueran a desaparecer todas. En el lavadero llenaste un balde de agua y la dejaste caer en cada maceta de la galería. Solo un poco, no querías volver a llenar el balde. Por suerte hay más suculentas que otra cosa, así que no necesitan mucho cuidado.

Cuando entraste al baño, el piso estaba mojado. La tapa del inodoro estaba bajada. No recordás haberlo dejado así. Te preguntás si será que se cae sola porque están desgastadas las bisagras. No lo parece. A vos nunca se te cayó.

En cuclillas, viste que el agua caía por la unión entre la mochila y la base del inodoro, formando ese charquito en las baldosas. Sacaste la tapa de la mochila. El flotante estaba trabado contra la pared del tanque. Lo moviste hasta que el brazo encajó bien y el agua dejó de fluir. Te sentiste bien; pensabas que no ibas a poder arreglarlo.

Después agarraste dos huevos, una lata de arvejas e hiciste un mejunje que comiste de pie, directamente de la olla, apoyado en la mesada de la cocina. Tomaste un café; te olvidaste de comprar edulcorante así que le pusiste azúcar. Parecía piedra; tuviste que rasquetear con la cuchara para que se deshiciera. Ibas a prender la televisión para ver si había alguna novedad sobre la chica desaparecida. Golpearon la puerta con tres toquecitos rápidos.

Era una monja joven, de unos veintitantos, con hábito blanco hasta los tobillos y mejillas pecosas bajo el velo. Pensaste que te iba a dar un sermón, pero era todo sonrisas. Tenía los dientes chiquitos y eran tan blancos como el hábito. Le preguntaste si necesitaba algo, si estaba todo bien. Contestó que estaba todo «muy bien».

Se presentó. Le decían Vivian, pero prefería que la llamaran la monja pecadora. Le preguntaste si era un chiste. «¿Qué cosa?», te dijo. «¿Te dicen la monja pecadora?», dijiste. «Pecadora, no. Pes-ca-do-ra», te corrigió. «Tengo pecados como todo el mundo, pero no tantos para que me llamen así: la monja pescadora, acordate». Señaló una caña de pescar que estaba apoyada contra el marco de la puerta. El reel de la caña destellaba al sol. Parecía recién comprada.

Preguntó por Valeria. Le dijiste que estaba de viaje con Ignacio. Miró por encima de tu hombro y dio un paso para meterse dentro de la casa, pero te interpusiste. Entonces te preguntó cuándo volvían las reuniones. «¿Qué reuniones?», dijiste. Pero no dijo nada. Otra vez esa sonrisa radiante. Te sentiste culpable por no saber qué responderle y le dijiste que estabas solo, cuidando la casa.

Dijo que a veces pensamos que estamos solos, pero que siempre hay algo que nos acompaña. Y agregó que iba a rezar por tu soledad. Te preguntó si eras creyente.

No sabías qué responder. Siempre te equivocás con las definiciones, nunca sabés bien qué es ateo, agnóstico, etc. Te lo pueden explicar cincuenta veces y te olvidás una y otra vez. Recordaste a una compañera de trabajo que te decía que leyeras a Spinoza, que el panteísmo era lo tuyo. Pero le dijiste que solo creías que había algo más en el universo, que no alcanzaban las palabras para definirlo. Contestó, con los ojos apenas turbados, sin dejar de sonreír, que iba a rezar por tu soledad, como si te conociera.

De repente tenía una cruz en la mano que sostenía ante tu cara, como si fuera a darte la extremaunción. La cruz bien plana y la cadena gruesa eran de acero. Parecían medio truchas. «Las personas pueden fallarte, pero el Señor nunca nos abandona», dijo. Te puso en la mano el colgante. Luego agarró la caña de pescar, se dio vuelta y se fue. Mientras la veías alejarse, pensaste que no había conventos cerca, ¿de dónde había salido esa monja? Quizá hubiera una lancha amarrada en otro muelle que la esperaba. Debía ser amiga de Valeria, ya que la andaba buscando. Pero era mucho más joven, ¿amiga de dónde?

Después, hiciste lo que venías evitando. Fuiste directo a la biblioteca y sacaste el cuaderno rojo de encima de los libros de velas. Lo llevaste a la galería y te sentaste en una silla de mimbre, frente al río quieto.

Lo abriste por la primera página. Acariciaste el papel áspero como si estuvieras amansando a un animal salvaje. Ahí seguía todo. Umbrales arriba, la cinta blanca en el medio como una banda de luto descolorida invertida, y abajo el oso con esos ojos en espiral naranja que ayer te habían mareado.

Pasaste las páginas. Parecía que de un día para el otro había más anotaciones. Estaba repleto de frases perturbadoras escritas en tinta negra, con las letras cursivas redondas y meticulosas, y las otras ganchudas, ni cursivas ni imprenta, de Ignacio.

Las frases rodeaban los dibujos en el papel cuadriculado, escritas en todas direcciones. Intentabas comprender las anotaciones, pero no lograbas concentrarte. Las palabras se derramaban por la página y se hundían en un lago de significados sobre tu regazo.

Te acordaste de cómo estudiabas en el secundario. Entraste a la casa, agarraste tu anotador anillado de la mochila y te sentaste a la mesa del comedor. Con el cuaderno rojo abierto a tu lado, te pusiste a copiar en tu anotador las frases que más te llamaban la atención.

Empezaste por la segunda página. No parecía haber un inicio claro, así que ibas anotando lo que más te inquietaba. Ahí, rodeando a un animal con X por ojos que no quisiste distinguir qué era, decía: para volverse blanco hay que cruzar el umbral oscuro. Era la letra de Ignacio. Con la otra letra se leía: Si se falta a una celebración, en la próxima hay que quedarse meditando frente a la reliquia. Y así seguiste anotando, tratando de no mirar las X que tenían por ojos los dibujos:

La vergüenza es un umbral.

Solo pueden ver la reliquia quienes ya cruzaron.

Lo que ocurre durante la celebración es secreto, no se debe contar a ningún extraño.

Deben alejarse de los familiares o seres queridos que no aceptan el resultado del blanqueamiento.

La marca no es obligatoria, pero recomendada.

El fin es sostener la ilusión de la vida.

Ir para atrás es ir para adelante.

Nadie es responsable por lo que hacen los oscuros.

Hay que atravesar el vacío, no esquivarlo.

El blanco es como el sol, ciega, una experiencia de la que no se puede volver atrás.

Copiaste, como un monje devoto, algunas reglas más que no terminabas de entender. Tenías los dedos entumecidos y la espalda te dolía de doblarte sobre el cuaderno.

Cerraste el cuaderno y lo dejaste boca abajo. No querías seguir mirando esa X pintada en la tapa. La misma X que tenían por ojos los dibujos de los animales. Tenían que ser de Martín. Y la letra redonda, de Valeria.

¿En qué se habrían metido Ignacio y Valeria? La casa atraía gente rara que decía cosas más raras todavía. Y ahora este cuaderno con reglas, entre libros de sociedades secretas. ¿Habrían intentado armar algo así? ¿O era solo una forma de procesar la muerte de Martín?

Cuando te levantaste de la silla, las piernas se te habían dormido. Caminaste como un zombi hasta el dormitorio de tus amigos, arrastrando los pies, con ese hormigueo doloroso. Recién cuando llegaste se te fue. Ibas a dejar el cuaderno sobre los manuales de velas, pero preferiste esconderlo debajo de la cama. Lo empujaste hacia el centro, bien lejos del borde; no querías tenerlo a mano.

Cuando volvías por el pasillo largo, escuchaste otra vez ese sonido. No era un grito sofocado como el de ayer. Parecía una voz que se lamentaba por algo, como un llanto. Fueron unos segundos. En cuanto te acercaste a la puerta con el teclado numérico, el sonido cesó. Te llevaste las manos a los oídos para asegurarte de que tus prótesis auditivas seguían funcionando. Al cubrirlos, las prótesis acoplaron, quejándose con esos chiflidos molestos. Ningún problema, andaban bien.

De vuelta en el comedor, guardaste el anotador en tu mochila. Te tiraste en el sofá y prendiste la televisión. En las noticias no decían nada de la joven desaparecida. Inflación creciente, jubilados marchando al congreso, estudiantes tomando un colegio, la publicidad de una concesionaria de autos del Tigre.

Se puso el sol. Como no tenías hambre, exprimiste dos naranjas y te tomaste el jugo. Viste que en la mesa estaba el colgante que te había regalado la monja y te lo pusiste. Después, como si el acero de la cadena te diera alergia en el cuello, te lo sacaste y lo dejaste en el cajón de la mesita de luz de tu habitación.

Te preguntás qué haría otro en tu lugar. Pero no hay otro, Enzo. Estás vos solo. ¿No?

Me contás que la soledad en esta casa es más tolerable que la de tu departamento en la ciudad. Allá, desde que te dejó Sook-jae, cada vez que volvías del supermercado te daban ganas de llorar. Te aguantabas hasta que la noche llegaba y el sueño era una bendición. Se borraba Sook-jae, vos mismo te borrabas, la Tierra se borraba.

Te preguntás si el sueño será tu dios. Eso deberías haberle dicho a la monja. Que no creés en Dios. Creés en el Sueño. A veces soñaste cosas que después pasaron. Es lo único raro en lo que creés. No creés en OVNIS, ni en fantasmas, ni en la astrología, ni en conspiraciones rebuscadas. El sueño es tu única conexión con lo trascendente. Con la vida y con la muerte. Antes de dormir te sacás las prótesis auditivas. Tus oídos descansan.

Vos no escuchás voces en los sueños, no sabés si por la hipoacusia o por qué. Nunca. Pero meses después de que Sook-jae te dejó, mientras soñabas, una voz te gritó, alegre: «¡Papá!». Pensaste que tenías que reaccionar. Que un posible hijo tuyo del futuro esperaba que hicieras algo específico para existir. Ese día, cuando saliste a la calle, viste un montón de carritos de bebé. Pensaste que estaban ahí para vos. Y luego, que Sook-jae volvía ese mismo día. No había dudas.

«Ese delirio de mierda», me decís. Ignacio te explicó que un delirio es como un dolor de panza. Nadie tiene la culpa de que le duela la panza. «Vos no sos responsable de que tu cabeza te haya traicionado», te dijo.

Extrañás la voz de Ignacio. No era solo que siempre era él el que llamaba, vos no sabés si es por tu problema de audición, pero no se te da por llamar a nadie. Incluso cuando murió Martín, no eras vos el que llamaba, era él. Antes de que te pusieras en pareja con Sook-jae, cuando ya no había otros amigos porque estaban todos casados y con hijos, Ignacio se aparecía en tu casa en los cumpleaños y pasabas la noche con él. No te dejaba solo. Se bajaban una botella de whisky, tocaban la guitarra, él cantaba. Hasta habían compuesto unas canciones. Una se llamaba Cuánta verdad. Ahora te preguntás a qué verdad se referían.

Creías que Ignacio había llevado bien la muerte de Martín, pero te das cuenta de que estabas equivocado. Que de ahí en más nunca fue lo mismo. Cuando volviste a estar solo, y él volvió a visitarte, ya no tocaban la guitarra, ni componían canciones. Solo se emborrachaban y hablaban sobre la vida. Y él a veces te contaba que deseaba a otra mujer, pero siempre volvía a ponderar a Valeria, como un titiritero que empieza a acomodar sus muñecos en su baúl para que no se estropeen después de una función.

En su casa, te preguntás cómo hicieron él y Valeria para mantener su relación. La mayoría de las parejas que pierden un hijo se separan, pero la unión de ellos pareció crecer ante el infortunio. ¿A qué costo?

No lo sabemos, Enzo. Por lo menos no hoy. Lo único que te digo es que no es normal que aparezcan tantas personas con comportamientos extraños todos los días. ¿Se están turnando? ¿Qué te querrán hacer ver?

Es tarde. Si el sueño es tu dios… tal vez ya sea hora de ir a buscarlo.

Pensé que eran 20 años, pero WordPress me acaba de mandar la felicitación: son 19. Igual, casi dos décadas compartiendo historias acá. ¡Cuánto tiempo! ¡Gracias a los que están desde el comienzo!

– Adrián Gastón Fares

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Xuxa, el Cura Exorcista y los Mensajes Ocultos: Una Tarde de Pánico Satánico en los 90

El otro día me acordé de una tarde en la que un cura exorcista nos hizo escuchar canciones de Xuxa al revés en un retiro del colegio. Eran los 90 y corría un rumor extraño: que la Reina de los Bajitos era, en realidad, una aliada del demonio. Ese rumor formaba parte de un pánico satánico global que afectaba a niños, padres y colegios.

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El Pánico Satánico

En 1991, una madre en Antofagasta, Chile, llamó a un programa de radio con una advertencia urgente. Había descubierto mensajes satánicos ocultos en las canciones infantiles de Xuxa. El locutor puso uno de los éxitos de la estrella brasileña al revés en el aire y subrayó: «El diablo es magnífico».

Xuxa no era una figura menor. La Reina de los Bajitos, la presentadora infantil más exitosa de Latinoamérica, había sido modelo y, durante seis años, novia de Pelé, el jugador más famoso del mundo, solo superado por Maradona y luego Messi; claro, qué voy a decir, soy argentino. Para entonces, ya se había convertido en una institución en Brasil y en toda la región. Si ella estaba comprometida con el diablo, ¿quién podía estar a salvo?

En cuestión de semanas, el pánico se había extendido por toda Latinoamérica. Madres destrozaban casetes y pastores evangélicos organizaban quemas públicas. La conductora del programa infantil más querido de la región fue, de repente, acusada de satanismo. Se decía que su éxito se debía a un pacto que supuestamente había hecho con el Diablo, pero en vez de vender su alma en una encrucijada como Robert Johnson, el lugar elegido fue un estudio de televisión de la Red Globo.

Esto no pasaba solo en Latinoamérica. A comienzos de esa década, la ola de pánico satánico de fines de los 80 alcanzaba su máxima difusión: una histeria moral sobre mensajes demoníacos ocultos en la cultura popular.

En Estados Unidos, los padres estaban convencidos de que las bandas de heavy metal insertaban mensajes al revés (backmasking) en sus canciones para corromper a la juventud. Dungeons & Dragons era catalogado como una puerta de entrada a la adoración del diablo. Años más tarde, Pokémon recibiría el mismo tratamiento.

Pero lo de Xuxa fue más duro. No era un rockero melenudo ni un dibujo animado polémico. Era para niños. Si el diablo podía esconderse en esas canciones alegres sobre saltar y aplaudir, podía estar en cualquier parte.

Para mediados de los 90, esta paranoia se había infiltrado completamente en los colegios católicos argentinos. Lo que sigue es un relato de una tarde que viví en esa época con mis compañeros de secundaria.

El Retiro Espiritual

Como en todos los colegios católicos, a veces se organizaban excursiones. Algunas eran los afamados retiros espirituales, aburridísimos la mayoría, pero no todos.

Nos bajaron del micro que había salido de Lanús y nos metieron en un lugar bastante particular en San Vicente: un convento con un cementerio de monjas. Al final de un jardín sin límites precisos, más parecido a un bosque, donde estaban enterradas las hermanas que habían vivido en esa congregación, se alzaba la iglesia. Yo estaba fascinado con la quietud de los árboles y la simplicidad de las lápidas en el suelo húmedo. Intuía posibles presencias por todos lados y trataba de mantenerme cerca de mi grupo.

Primero jugamos al fútbol, chicas y chicos, en un partido mixto. Más tarde nos llevaron adentro para el verdadero propósito del viaje.

El Cura Exorcista

En un salón nos fuimos repartiendo entre los asientos y un cura nos saludó. La catequista pidió silencio. En un rincón, la estatua de un santo, muy alta, pedía respeto.

El cura era elocuente como pocos. Decía haber visitado muchos países y, en esos viajes, se había enfrentado a su enemigo una y otra vez. Estaba seguro de que la presencia del maligno era real y constante en el mundo actual. En una iglesia de Milán había visto cómo un poseído lanzaba por el aire a los otros curas que intentaban maniatarlo.

Yo tenía como mucho quince años. Me esforzaba por escuchar con los ojos bien abiertos. Afuera, cruzando un patio de baldosas ajedrezadas, había una hermosa capilla. Era invierno y a las cinco de la tarde la noche empezó a caer. Mientras, en el salón, el cura hablaba del maligno con la tácita aprobación de los preceptores y catequistas del colegio.

Después de explicar cómo habían caído los ángeles del cielo y nombrar a los que habían tenido esa terrible suerte, se acercó a un grabador de carrete abierto ubicado en el centro de la sala.

Xuxa y el Demonio

El cura nos midió a todos con su mirada y tocó una perilla del grabador. La melodía familiar llenó la habitación:

Es la hora, es la hora
Es la hora de jugar
Brinca, brinca, palma, palma
Y danzando sin parar

Nos preguntó si reconocíamos la canción. Era solo Xuxa. Todos sabíamos quién era: la mujer rubia de ojos claros que conducía programas infantiles. Los hermanos menores la veían. ¿Qué podía tener de malo?

El cura paró la cinta y nos miró con furia.

«¿Escucharon esa parte?», preguntó. «Es la hora, es la hora. ¿Entienden de qué hora hablan?»

Nos miramos unos a otros, confundidos.

«Ahora escuchen con atención», dijo. Tocó otra perilla, invirtió el sentido y la cinta empezó a rodar hacia atrás. La melodía alegre se distorsionó. Una voz chillona repetía varias veces algo ininteligible, al menos para mí. Ni siquiera hacía falta entender las palabras; por la cara de mis compañeros ya se había invocado al mismísimo Satanás.

Pensé que la estatua del santo iba a cobrar vida. Seguramente bajaría del pedestal y rompería el grabador. La idea me asustaba más que esa voz aguda y distorsionada que salía de los parlantes. Hacía frío y el miedo era palpable, pero también estaba la maravillosa sensación de estar viviendo algo nuevo.

Todavía no se sabía dónde podía terminar una tarde en la que se descubre al Demonio en medio de una congregación de monjas. Encima, la mayoría estaban muertas. Las posibilidades eran infinitas.

El cura se inclinó hacia adelante y su dedo apuntó al grabador.

«¿Lo escuchan?», preguntó furioso. «El diablo es magnífico. Ahí está. La invocación está escondida. Ella lo está llamando. Al maligno.»

Nadie se rio. Ni siquiera mis compañeros más jodones abrieron la boca.

Yo sabía, por mis vecinos evangélicos, que los dibujos animados de los duendes azules eran peligrosísimos. Aún así, dormía con un edredón estampado con todos los Pitufos, así que estaba envuelto prácticamente con demonios.

Pero esto era otra cosa. En el colegio te enseñaban matemáticas, te instruían cívicamente y te hacían comprar la tabla de elementos y aprendértela de memoria. Conocías a Descartes y a Rousseau. El profesor de literatura nos daba partes enteras de la Odisea y la Ilíada para memorizar. Si no sabías antes de la hora y media que duraba el examen quién había matado a Menestio y en qué canto sucedía, no aprobabas.

Simple. Era gente seria. Si ellos nos decían que Satanás estaba en las canciones de Xuxa, tenía que ser real.

Era muy tarde y la charla se había extendido más de la cuenta. Algunos padres estaban llamando al colegio para ver por qué no habíamos vuelto. Escuchamos toda la canción al revés en silencio y después rezamos unas oraciones purificadoras.

Antes de terminar la charla, el cura habló del bien. Nos pidió que escribiéramos en un papel un mensaje para la Virgen que estaba en la capilla cruzando el patio, un deseo. Repartieron papelitos.

Hice un dibujo que para mí significaba que, a pesar de que pasara el tiempo, no perdería a la chica que por esa época me gustaba. No tenía sentido, porque creo que ella ni me miraba.

Era medio paranoico, así que decidí hacer ese dibujo en vez de escribir simplemente lo que quería, una especie de símbolo de la paz, pero más hermético, no fuera cosa que al cura se le ocurriera leer los mensajes y se lo contara a medio mundo. El mío estaba cifrado. Tomá. Ya me habían engañado una vez cuando era más chico. Yo había escrito un cuento y un vecino se lo mostró a sus padres, y todos se rieron. Con eso bastaba.

Cruzamos el patio en la oscuridad, cada uno con su mensaje a la Virgen. Y un cagazo sin adiestrar.

Después

Llegamos al colegio de noche, tardísimo. Algunos padres esperaban en la puerta, listos para reclamar, aunque al día siguiente casi ninguno dijo nada. Hoy en día, los padres prenderían fuego al colegio.

Cada tanto entro a alguna iglesia y me siento en un banco, buscando la tranquilidad que a veces encontraba en esos días de estudiante. La fe, aprendí, puede ser paz tanto como pánico. Y, sin embargo, creo que el miedo a los mensajes ocultos nunca desapareció. Solo cambió de forma. Seguimos buscando demonios, pero en otros lugares.

Recursos

Si tienen algún recuerdo de esa época y quieren contarlo, los leo.

por Adrián Fares

PD: Creé el dominio adrianfares.blog. Pueden usarlo para entrar al blog; en realidad sigue estando en elsabanon.wordpress.com, pero adrianfares.blog los redirige automáticamente.

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Diario de un Androide Roto – Día 15 (Versión expandida y reescrita)

AVISO AL LECTOR: Este capítulo fue completamente reescrito y expandido como parte de la versión final (bueno, la más reciente, digamos para no sonar tan tajante) de Diario de un Androide Roto. La serialización de la novela está siendo publicada y traducida al inglés en Substack, donde la historia continúa.

Hace rato que me estoy dedicando de lleno a la literatura. Y como tengo mala memoria, cada vez que abro algo escrito por mí, no sé muy bien con qué me voy a encontrar. En este tiempo aprendí que a veces no conviene reescribir tanto, porque hay que darle al lector espacio para imaginar. Pero también que a veces no es reescribir, es volver a escribir, volver a crear, y eso se disfruta.

En fin, solo quería poner en orden esto, para que no se me pierdan.

Para leer la versión definitiva, actualizada y en curso: adrianfares.substack.com

Día 15

Madre y padre contratan a una terapeuta para androides. Aunque hay terapeutas para androides que son androides, Tina es humana. Viene a casa para una sesión de evaluación, a ver si puede tomarme como paciente.

Tina es alta, flaca y pelirroja. Tiene sesenta años, pero aparenta veinte menos. Ni bien entra, sugiere que es mejor que madre y padre no estén presentes. Suben a la planta alta.

Yo voy y me siento en la poltrona que está al lado de la mesa. Tina se queda de pie y me pregunta por qué estoy sentado.  Ya sabe que mi problema es el caminar por la casa sin parar. Le digo que me da vergüenza caminar frente a ella. Me pregunta por qué lo hago frente a padre y madre. Le digo que es mi familia y que me conocen tanto que puedo expresar mi verdadero yo delante de ellos. Que delante de extraños, como ella, enmascaro. Me dice que ella es Tina, terapeuta y que no tengo que tener vergüenza. Que camine.

Me incorporo y le pido permiso para que se corra. Se queda mirándome desde el ventanal mientras inicio mi recorrido. Voy del comedor al garaje y vuelvo; luego paso del comedor al living y regreso. Sin pausa, repito toda la secuencia completa dos veces más. Cuando vuelvo al comedor me dice que me detenga. Me pregunta en qué pienso cuando camino. Le digo que en Ara, mi exnovia, en náufragos y en suicidas, aunque a veces pienso en cualquier cosa. Asiente con la cabeza. Me pide que me siente en la poltrona, y lo hago.

Propone que le cuente un cuento. Sabe por madre y padre que yo le contaba historias a mis hermanos cuando eran chicos. Le digo que perdí esa facultad. Pero que a veces se me ocurren historias extrañas.

Como la de la mujer que tiene un hijo muy tranquilo. Apenas se escucha. Ella le lee cuentos de hadas hasta que el niño se duerme. Lo mira mientras da vueltas en la calesita para asegurarse de que baje sano y salvo. Le compra helados. Pero los helados se derriten en sus manos. La que se duerme contando los cuentos es ella. El niño no existe. Cuando la terapeuta de la mujer no le sigue más el apunte y, al final, le hace ver que no tiene ningún hijo, la mata.

Tina me dice que es interesante. Me pide que le cuente algo más esperanzador, menos oscuro. Dudo si seguir. Tina no pestañea. Entonces invento otra historia.

Es de un hombre que roba un feto del museo de la morgue judicial, piensa que es su hijo abortado, y recorre todo el país con el feto en una mochila. En el sur, frente a una montaña, se sienta a la orilla de un lago. Le da consejos al hijo, le advierte sobre la vida, el éxito y el amor.

Tina la escucha y me pregunta qué cosas puntualmente le dice el hombre al feto. En mi historia el hombre le dice que le hubiera gustado verlo crecer, pero que la vida es tan complicada que prefiere tenerlo ahí en la mochila y cuidarlo del mundo. “Y entonces para qué le da consejos”, me pregunta, como enojada. “Por si se le escapa”, le digo.

Trato de inventar más diálogos, pero no me salen. Tina frunce toda la cara, como si oliera feo. No parece haberle gustado el último cuento más que el primero. Le comento que para mí es una historia hermosa, y le digo que estoy seguro de que si la pudiera contar mejor, le gustaría a mucha gente.

Le pregunto a Tina si necesita más historias.

Me dice que por ahora está bien. Y me pregunta si contando cuentos me olvidé de Ara y de caminar. Asiento con la cabeza. Pero enseguida me levanto, le pido permiso y empiezo a caminar. Pregunta si no me da vergüenza esta vez. Le contesto que lo hago para que vea cómo estoy todo el día, así puede evaluar la terapia a aplicar. Me propone que, mientras camino, me aconseje a mí mismo en voz alta, como si fuera otro androide al que tuviera que convencer de que deje de caminar.

Le digo al androide ficticio que es malo para su red neuronal caminar todo el día adentro de la casa. Que sería mejor aprender algo nuevo, para la flexibilidad de sus conexiones. Que no piense tanto en su exnovia porque es probable que ella lo haya olvidado o que esté con otro androide o humano. Que es el pasado y hay que mirar hacia delante. Que no gana nada caminando de un lado para el otro porque su exnovia no va a volver así. Que afuera está lleno de androides que lo pueden querer por lo que es. Que él no tiene la culpa de haberla perdido si fue un desperfecto en su red neuronal. Que ya no puede arreglar lo del incidente en el hotel Dawson porque es pasado y el pasado no se puede, por ahora, alterar. Que si se pudiera alterar el pasado tal vez sí podría solucionar su problema, volver atrás y hacer que su exnovia siga siendo su novia. Que tal vez en una dimensión paralela a la nuestra él siga con Ara. Que ahí él nunca acogotó al huésped ni la lastimó. Tina me dice que me detenga. Me siento.

Le pregunto si va a ser mi terapeuta y me dice que lo tiene que evaluar. Me dice que llame a padres. Lo hago y bajan con mirada esperanzada. Tina les dice lo mismo, que lo va a evaluar, y en la puerta les murmura algo que no puedo escuchar.

Padre y madre entran y no parecen muy optimistas. Les pregunto cómo me fue y me dicen que bien. Que fui auténtico.

Les pregunto si puedo seguir caminando y padre me muestra las palmas de las manos a la altura de los bolsillos de su pantalón.

Entiendo que sí, puedo.

por Adrián Fares

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