Entre apagones y amenazas: la firmeza de una voz comprometida con Cuba
En la madrugada del 19 de marzo, a las 3:00 a.m., comienza una rutina que ya se ha vuelto habitual para muchos cubanos: aprovechar cada minuto de electricidad disponible. Cargar lámparas, tabletas, teléfonos móviles; revisar correos, mensajes y redes sociales con la urgencia que imponen largas horas sin corriente ni conexión. La vida cotidiana, atravesada por los apagones, exige ingenio, disciplina y resistencia.
Pero en medio de esa dinámica marcada por las dificultades materiales, emerge otra realidad más oscura: la violencia verbal y el odio desatado desde el anonimato digital.
Esa misma madrugada, junto a los mensajes pendientes, irrumpen amenazas directas: insultos, vulgaridades, descalificaciones cargadas de intolerancia política. Un lenguaje que no busca debatir, sino intimidar; que no intenta convencer, sino silenciar.
Se trata de un fenómeno cada vez más visible: individuos que, protegidos por la distancia y las pantallas, descargan frustraciones y agendas contra quienes sostienen una postura ideológica clara y pública. Son los llamados “guerreros de teclado”, cuya valentía parece depender exclusivamente del anonimato.
Sin embargo, frente a esa avalancha de odio, hay una respuesta firme: la de quien no se esconde, no se disfraza y no renuncia a su identidad.
Con más de dos décadas de ejercicio profesional —22 años vinculados al periódico Juventud Rebelde—, la voz que narra esta experiencia reafirma su compromiso con Cuba desde el periodismo. Un compromiso que no se limita al oficio, sino que se extiende a una concepción profunda de patria, historia y pertenencia.
No es casual la evocación simbólica del uniforme verde olivo. No se trata únicamente de una prenda, sino de una representación de valores: resistencia, soberanía, dignidad. Es la continuidad histórica de una tradición de lucha que enlaza la Sierra, el llano y la herencia mambí.
Las amenazas, por grotescas que sean, no logran quebrar esa convicción. Al contrario, parecen reforzarla. Porque cuando el discurso del odio sustituye al argumento, queda en evidencia la pobreza moral de quien lo emite.
Este testimonio no es un caso aislado. Forma parte de un contexto más amplio donde la confrontación ideológica se traslada a los espacios digitales, muchas veces con niveles alarmantes de agresividad. En ese escenario, sostener una postura implica también asumir riesgos.
Pero también implica responsabilidad.
Responsabilidad de seguir defendiendo ideas desde la palabra, desde la ética profesional y desde la claridad política. Responsabilidad de no ceder ante la intimidación ni rebajar el nivel del debate.
Porque Cuba, más allá de las dificultades cotidianas, sigue siendo un proyecto en disputa, una nación que se construye también desde la conciencia y la participación de su gente.
Y en esa construcción, hay quienes eligen no callar.
En tiempos donde la oscuridad puede ser tanto eléctrica como moral, la verdadera luz proviene de la firmeza de principios. Frente al odio, la respuesta no puede ser el silencio, sino la dignidad. Y frente a la amenaza, la convicción de que la palabra comprometida sigue siendo, y será, una de las trincheras más poderosas de la Revolución.
Autor original: Yahly Hernández Porto
Representante del Diario de la Juventud Cubana en Camagüey, Juventud Rebelde.















