El regreso del “Gran Garrote”: del monroísmo clásico al neomonroísmo del siglo XXI
La historia no se repite de forma mecánica, pero sí deja patrones claros. Lo que hoy se presenta como una “nueva estrategia de seguridad nacional” de Estados Unidos hacia América Latina no es otra cosa que la actualización de una vieja doctrina de dominación: la Doctrina Monroe.
Proclamada en 1823 bajo el lema “América para los americanos”, aquella doctrina fue, en esencia, una declaración de hegemonía. Décadas después, el Corolario Roosevelt le dio su verdadero rostro: el derecho autoasignado de intervenir militarmente en cualquier país latinoamericano para “corregir” sus asuntos internos. Fue la era del “Gran Garrote”.
Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a una reformulación de ese mismo principio, que algunos analistas han denominado el “Corolario Trump”, no como documento formal único, sino como una línea estratégica observable en políticas concretas: presión económica, sanciones, guerra mediática y redefinición de América Latina como zona exclusiva de influencia frente a actores emergentes como China y Rusia.
Continuidad histórica: de la intervención militar a la dominación multidimensional
Durante el siglo XX, la Doctrina Monroe sirvió de justificación para intervenciones directas en países como Cuba, República Dominicana, Nicaragua y Chile. Desde la imposición de la Enmienda Platt hasta los golpes de Estado patrocinados durante la Guerra Fría, el objetivo fue siempre el mismo: impedir cualquier proyecto soberano que desafiara los intereses de Washington.
Tras el fin de la Guerra Fría, lejos de desaparecer, esta lógica se transformó. Las invasiones militares abiertas fueron sustituidas progresivamente por mecanismos más sofisticados:
En el caso de Cuba, el bloqueo económico —reforzado por leyes como la Helms-Burton— sigue siendo el ejemplo más prolongado de esta política coercitiva.
El nuevo escenario: el “neomonroísmo” en acción
La estrategia actual hacia América Latina evidencia una combinación de instrumentos que configuran un modelo de dominación integral:
● Restricción de la soberanía
Se intenta limitar la capacidad de los países de la región para establecer relaciones estratégicas con potencias emergentes. La cooperación con China en infraestructura, tecnología o energía es presentada como una amenaza, no por sus implicaciones reales, sino porque rompe el monopolio histórico de Estados Unidos.
● Disputa por los recursos estratégicos
América Latina posee algunas de las mayores reservas mundiales de litio, agua dulce, biodiversidad y minerales críticos. Estos recursos están siendo reinterpretados como activos de “seguridad nacional” estadounidense, lo que justifica presiones políticas y económicas para garantizar su control.
● Guerra híbrida y judicialización de la política
El uso del llamado lawfare —procesos judiciales con motivación política— junto a campañas mediáticas coordinadas, busca desacreditar y desestabilizar gobiernos que no se alinean con Washington. Este fenómeno ha sido visible en varios países de la región en los últimos años.
● Ofensiva cultural e ideológica
Se promueve una narrativa que fragmenta identidades, debilita proyectos colectivos y erosiona conquistas sociales, favoreciendo modelos individualistas funcionales a la lógica de mercado dominante.
Corroboración en el presente
Los acontecimientos recientes confirman esta tendencia:
- Recrudecimiento de sanciones contra países que mantienen posturas soberanas.
- Presión diplomática para frenar acuerdos estratégicos con China y Rusia.
- Reconfiguración de alianzas militares y tecnológicas en el hemisferio.
- Intensificación del discurso de “seguridad nacional” aplicado a América Latina.
No se trata de hechos aislados, sino de una arquitectura coherente de poder que busca reordenar la región en función de intereses geopolíticos externos.
Conclusión: no es doctrina, es dominación
Lo que hoy se intenta imponer no es una asociación entre iguales, ni una cooperación respetuosa. Es la reedición, con nuevos métodos, de una lógica histórica de subordinación.
El llamado “neomonroísmo” no es más que el viejo “Gran Garrote” revestido de tecnología, finanzas y narrativa mediática.
Pero Nuestra América no es la misma del siglo XIX ni del XX.
Es una región con mayor conciencia histórica, con procesos de integración en construcción y con pueblos que han demostrado, una y otra vez, su capacidad de resistencia.
Porque cuando el imperio habla de seguridad, nuestros pueblos sienten la amenaza.
Cuando hablan de estabilidad, esconden control.
Y cuando invocan la doctrina, lo que realmente intentan imponer es la sumisión.
Frente a ello, la respuesta no puede ser la fragmentación ni el silencio.
La única alternativa real es la unidad consciente, la defensa activa de la soberanía y la construcción de un proyecto propio, auténticamente latinoamericano y caribeño.
Porque la historia ha demostrado algo con absoluta claridad:
cada vez que el “Gran Garrote” ha intentado imponerse,
los pueblos de Nuestra América han terminado levantándose.









