Camagüey no se rinde: conciencia, trabajo y dignidad frente a la provocación
Desde la distancia cómoda de una pantalla, alguien intenta hoy dictarle al pueblo de Camagüey cómo debe comportarse, cómo debe reaccionar, cómo debe sentir. Pretenden medir el coraje de esta tierra con el ruido vacío de una cacerola, con el espectáculo superficial del caos, con la receta importada de la desestabilización.
Qué pobre concepto tienen de la valentía.
Camagüey no es un pueblo improvisado. Camagüey es historia viva. Es herencia directa de Ignacio Agramonte, de su honor, de su firmeza, de su sentido del deber. Aquí no se aprende el coraje en redes sociales; aquí se lleva en la sangre, en la formación, en la conciencia.
Somos un pueblo culto, preparado, resistente. Un pueblo que piensa.
No negamos la realidad. Vivimos momentos difíciles. Los apagones golpean, incomodan, desesperan. Sería absurdo ignorarlo. Pero también es necesario decir con claridad de dónde provienen muchas de esas dificultades: de una política sistemática de asfixia económica, del bloqueo, de una guerra no convencional que busca rendirnos por desgaste.
Y sin embargo, no lo han logrado.
Porque mientras desde fuera nos incitan al enfrentamiento, a la destrucción, al odio entre cubanos, aquí la respuesta sigue siendo otra: trabajar, estudiar, resistir, crear. Aquí nadie levanta la mano contra su propio barrio. Aquí se levantan manos para sembrar, para construir, para sostener.
Ese es el verdadero acto de rebeldía hoy.
El deber impostergable: producir para sostener la Patria
No basta con resistir. Hay que avanzar.
Hoy más que nunca se impone una verdad sencilla pero profunda: tenemos que ser capaces de producir lo que consumimos, lo que vestimos, lo que necesitamos para vivir con dignidad. No podemos aspirar a que todo llegue desde fuera, ni depender eternamente de lo que otros puedan o quieran darnos.
La historia ya nos lo enseñó.
En los años duros del Período Especial, bajo la guía de Fidel Castro, este pueblo no se cruzó de brazos. Cuando parecía que todo se derrumbaba, se convocó a la unidad, al esfuerzo colectivo, a “caminar en cuadro apretado”. Y así se hizo.
Se sembró donde antes no se sembraba.
Se aprendió a producir lo que nunca se había producido.
Se sudó la camisa sin descanso.
Y Cuba no cayó.
Ese espíritu es el que hoy debemos rescatar. Porque ninguna nación se levanta desde la queja constante, ni desde la destrucción de lo propio. La Patria se levanta desde el surco, desde el taller, desde el aula, desde el sacrificio diario.
Contra la manipulación: ni ingenuos ni marionetas
Es demasiado evidente la estrategia: generar descontento, amplificarlo, manipularlo y convertirlo en caos. Usar a cubanos contra cubanos. Convertir la inconformidad legítima en herramienta de destrucción.
Pero hay que decirlo sin rodeos: quien promueve la violencia contra su propio pueblo no está pensando en Cuba.
Está sirviendo a intereses ajenos.
La historia de nuestra nación ha estado marcada por peligros como el anexionismo y el entreguismo, por la falsa ilusión de que otros vendrán a resolver lo que nosotros no queremos construir. Esa es la trampa: hacernos creer que el futuro se regala, que la dignidad se negocia, que el esfuerzo es opcional.
Y no lo es.
Antes de 1959, la realidad de Cuba era otra muy distinta: desigualdad profunda, abandono del campo, pobreza estructural, servicios básicos convertidos en privilegios. La electricidad, el acceso a recursos esenciales, la propia posibilidad de vivir con dignidad, no eran derechos universales, sino mercancías.
Esa es la “solución” que algunos, consciente o inconscientemente, terminan promoviendo.
Una historia para entender el presente
Cuentan que en un pequeño pueblo había dos grupos de hombres.
Unos pasaban el día entero sentados en la plaza, señalando los problemas: que si faltaba comida, que si las casas estaban deterioradas, que si el camino estaba en mal estado. Criticaban todo, exigían todo… pero nunca movían una piedra.
Otros, en silencio, salían cada mañana. Uno limpiaba el camino. Otro sembraba. Otro reparaba techos. No hablaban mucho, pero el pueblo, poco a poco, iba cambiando.
Un día llegaron forasteros y les dijeron a los primeros: —Levántense, protesten, destruyan, todo está mal.
Y ellos, entusiasmados, hicieron ruido, rompieron, gritaron… y al final del día, el pueblo estaba peor.
Entonces miraron a los otros, los que habían estado trabajando en silencio, y comprendieron algo demasiado tarde:
Nunca fueron los que gritaban los que sostenían el pueblo.
Siempre fueron los que hacían.
Conclusión: la verdadera respuesta de Camagüey
Camagüey no se presta para el odio.
Camagüey no responde a provocaciones con destrucción.
Camagüey no olvida su historia ni traiciona su esencia.
Aquí se construye. Aquí se resiste. Aquí se trabaja.
Que se escuche claro:
Camagüey no prende fuego, Camagüey prende conciencia.
Camagüey no cacerolea, Camagüey produce.
Porque Patria no es una consigna vacía.
Patria es sacrificio, es memoria, es dignidad.
Patria es Agramonte.
Patria es Cuba.















