#314Proyecto. Reflexionamos sobre asuntos pendientes con los aborígenes del Continente Americano.

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 𝑨𝒏𝒏𝒆𝒍𝒊𝒆𝒔𝒆 𝑴𝒊𝒄𝒉𝒆𝒍  

⚠️𝐼𝑚𝑎́𝑔𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑠𝑒𝑛𝑠𝑖𝑏𝑙𝑒𝑠⚠️

Anneliese Michel nació en 1952 en Baviera, en una familia católica bastante estricta, de esas en las que la religión no era algo puntual, sino parte del día a día.
De pequeña llevó una vida normal: colegio, amigas, rutina… nada que hiciera pensar en lo que vendría después.

El cambio empieza en la adolescencia.
Con unos 16 años comienzan episodios raros: convulsiones, pérdida de control, dificultad para hablar, y una especie de rechazo hacia objetos religiosos.
La familia lo vive con miedo y desconcierto.
Los médicos, por su parte, empiezan a sospechar de un problema neurológico serio, y se le diagnostica epilepsia del lóbulo temporal, entre otras posibilidades.
Se le dan tratamientos, pero el cuadro no termina de mejorar.

Con el paso del tiempo, su comportamiento se vuelve más inestable.
Ella misma llega a expresar que “algo dentro de ella no es ella”, y su entorno empieza a interpretar lo que ocurre desde un punto de vista espiritual además del médico.
Aquí es donde todo se complica: se mezclan dos lecturas distintas de un mismo sufrimiento, la clínica y la religiosa, y ninguna termina de imponerse con claridad.

La familia solicita finalmente a la Iglesia católica una intervención.
Tras evaluarlo, se autoriza un exorcismo.
Los sacerdotes implicados fueron Ernst Alt y Arnold Renz.
A partir de ese momento, durante meses, se realizan sesiones en su casa, en Klingenberg am Main, mientras su estado físico y mental se va deteriorando de forma evidente.

Durante ese periodo, Anneliese deja de alimentarse correctamente.
Pierde peso de manera extrema, su cuerpo se debilita y su salud general cae en picado.
En los registros y testimonios del caso se describen episodios muy duros: gritos, resistencia, momentos de agitación y agotamiento total.
Para la familia y los sacerdotes, aquello era parte del proceso espiritual.
Para el entorno médico, que no tuvo un control continuo en esa fase final, era un abandono de tratamiento en una situación crítica.

El 1 de julio de 1976 muere con 23 años.
La causa oficial se establece como desnutrición severa y deshidratación, agravadas por el deterioro prolongado.
Su peso en ese momento rondaba los 30 kilos.

Después de su muerte se abre un juicio en Alemania.
No se debate si existía o no una posesión, sino la responsabilidad de haber mantenido a una persona en ese estado sin tratamiento médico adecuado.
Los padres y los sacerdotes son condenados por negligencia, aunque con penas relativamente leves.

Con el tiempo, el caso se convierte en uno de los más citados cuando se habla del choque entre creencias religiosas y medicina moderna.
Hoy, la interpretación mayoritaria es que se trataba de un trastorno neurológico y psiquiátrico grave mal gestionado, pero sigue siendo un caso incómodo porque no hay una única forma sencilla de leerlo.

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 Los hombres que saltaban sin querer  

En los campamentos madereros del norte de Maine, a finales del siglo XIX, pasó algo que dejó desconcertados incluso a los médicos de la época.

En medio del trabajo duro, hombres fuertes, acostumbrados al frío y al esfuerzo físico, reaccionaban de forma desproporcionada ante cosas mínimas: un ruido seco, una voz brusca, una palmada en la espalda.

No era exageración ni teatro.
Era automático.

El neurólogo George Miller Beard lo documentó hacia 1880 mientras investigaba a los llamados “jumping Frenchmen”, conocidos como los “franceses saltarines de Maine”.
Eran trabajadores franco-canadienses que vivían aislados en campamentos forestales, con jornadas largas y un ambiente bastante áspero.

El patrón era extraño.
Un hombre podía estar cortando madera con normalidad y, de repente, si alguien gritaba “¡lánzalo!”, obedecía sin pensar.
Lanzaba lo que tuviera en la mano.
Si tenía un cuchillo, lo lanzaba.
Si estaba sosteniendo una herramienta, también.

Después venía el desconcierto, como si el cuerpo hubiera reaccionado antes que la mente.

Beard describió también otros comportamientos: repetición automática de palabras (ecolalia), imitación de gestos, sobresaltos exagerados y respuestas físicas imposibles de frenar.
Incluso órdenes absurdas podían activarlos, como si el cerebro “saltara” antes de procesar la intención.

En una ocasión, un trabajador arrojó su pipa al escuchar una orden breve.
Luego volvió a su tarea como si nada hubiera pasado.
Ese es el punto clave: no había pérdida total de conciencia ni locura continua.
Era algo puntual, breve, casi mecánico.

Lo más inquietante es el contexto.
En esos campamentos, asustar a los afectados no era raro.
Era incluso una especie de “broma” entre compañeros.
Sabían que podían provocar la reacción con un grito o un golpe inesperado, y lo hacían.

Eso empeoraba todo.
Porque el cuerpo aprendía a vivir en alerta constante.

Más tarde, estudios en zonas de Quebec, especialmente en la región de Beauce, encontraron casos parecidos.
Allí se empezó a entender que no era algo “misterioso” en sentido sobrenatural, sino una mezcla de sobresalto extremo, condicionamiento y estrés mantenido durante años.

Hoy se suele relacionar con lo que se llama trastorno del sobresalto o respuestas exageradas del sistema nervioso.
Básicamente, el cerebro reacciona antes de que la parte consciente tenga tiempo de intervenir.

No hay una única causa cerrada.
Se habla de ambiente, aprendizaje social, predisposición y presión constante.

Pero hay una idea que se repite en todos los estudios: no era fingido.

El reflejo era real.
Y el entorno lo alimentaba.

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 𝑬𝒍 𝒃𝒓𝒐𝒕𝒆 𝒊𝒏𝒗𝒊𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒅𝒆 𝑴𝒆𝒊ß𝒆𝒏  

En octubre de 1905, en la ciudad alemana de Meißen, una estudiante de 13 años empezó a notar algo raro en clase: su mano temblaba mientras escribía.
No era un nervio puntual ni un susto.
Era un movimiento constante que le impedía sujetar el lápiz con normalidad.

Al principio nadie le dio importancia.
Pero en cuestión de días, otros alumnos empezaron con lo mismo.
Primero fueron casos aislados: una mano que tiembla, un brazo que pierde estabilidad, alguien que no puede completar los ejercicios de escritura.
Luego el patrón se repitió en distintas aulas.

El fenómeno se extendió con una lógica inquietante.
No había golpe, no había fiebre, no había infección.
Aun así, los síntomas crecían.
Para febrero de 1906 ya se hablaba de más de un centenar de estudiantes afectados.
Un mes después, el número superaba los 200.

Lo más desconcertante era el comportamiento del “brote”.
Los niños podían jugar, correr o hablar con normalidad.
El problema aparecía casi exclusivamente en el momento de escribir, como si el acto de sostener el lápiz activara algo común en todos ellos.

Las autoridades médicas de la época no encontraron bacteria ni agente físico responsable.
Lo que sí empezaron a observar fue el contexto: presión escolar, ejercicios repetitivos, cansancio acumulado y, sobre todo, el efecto contagioso de la observación.

Ver a otros temblar importaba más de lo que parecía.
El cuerpo de un alumno se convertía en referencia para el siguiente.
El miedo a “ser el próximo” hacía que cualquier pequeño gesto involuntario se interpretara como el inicio del mismo problema.

Hoy este tipo de fenómeno se conoce como enfermedad psicógena colectiva.
No es fingimiento ni simulación.
Es una respuesta real del cuerpo a un entorno de estrés compartido, donde la ansiedad se transmite socialmente y se expresa físicamente.

Hay precedentes similares en la historia.
En contextos escolares, fábricas o comunidades cerradas, pequeños síntomas pueden amplificarse cuando el grupo entero empieza a vigilarlos y temerlos.

En Meißen, la situación empezó a cambiar cuando se redujo la carga de escritura, se apartó temporalmente a los afectados y se rompió el circuito de repetición entre alumnos.
Al dejar de alimentar la atención sobre el síntoma, los casos fueron disminuyendo.

Hacia mayo de 1906, el brote había desaparecido sin antibióticos, sin tratamiento específico y sin una causa infecciosa identificada.

Lo que quedó fue una idea incómoda: el cuerpo también puede reaccionar a lo que ocurre alrededor sin que exista una enfermedad “visible”.

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¿Con qué sueñan los españoles y qué significa realmente?

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🌱 ■ Celia Incio, psicóloga: "La misofonía es como una botella de Coca-Cola que agitas hasta que la presión salta por el tapón" ■ No son “manías” ni simples molestias, es una reacción neurológica.
https://www.huffingtonpost.es/life/celia-incio-psicologa-la-misofonia-botella-cocacola-agitas-presion-salta-tapon-f202606.html?int=MASTODON_WORLD

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El Poder Oculto de la Oxitocina: Cómo Esta Hormona Transforma Nuestras Relaciones y Bienestar

¿Sabías que una simple caricia o un abrazo pueden tener un impacto profundo en tu salud emocional, tus relaciones y tu rendimiento laboral? En este artículo te invito a descubrir el papel fascinante de la oxitocina, conocida como la «hormona del amor», y cómo su influencia va mucho más allá del afecto romántico. A través de evidencia científica y ejemplos cotidianos, exploraremos cómo esta sustancia puede fortalecer vínculos, fomentar la confianza y mejorar nuestro bienestar integral. Si alguna vez te has preguntado por qué ciertas conexiones humanas te hacen sentir pleno y seguro, este texto te revelará una poderosa explicación biológica que cambiará tu forma de ver el mundo emocional.

El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es.

—Jorge Bucay

La oxitocina es una hormona liberada en el cerebro y el cuerpo en respuesta al contacto social. Su presencia aumenta durante el contacto físico (abrazos, caricias, masajes y orgasmos) y su acción tiene efectos en los procesos cognitivos, sociales y emocionales. Gracias a la sensación de bienestar que provoca, la oxitocina favorece el comportamiento generoso y afectivo, orienta las acciones hacia lo correcto y promueve conductas prosociales y cooperativas.

Esta hormona es fundamental para la supervivencia de la especie a través del amor. En las relaciones de pareja, facilita la atracción inicial, establece un vínculo de amor duradero y ayuda a forjar lazos permanentes entre los amantes después de la primera oleada de emoción. Se encuentra en personas con parejas estables, que disfrutan de relaciones tranquilas donde predomina el compañerismo y existen sentimientos de seguridad, comodidad y unión espiritual.

La oxitocina es también responsable del amor maternal, controla las contracciones durante el parto y es producida en grandes cantidades por el cerebro durante la lactancia, proporcionando a la madre una sensación de tranquilidad y un enfoque en la atención hacia su bebé.

Además de estar relacionada con el amor de pareja y el amor maternal, la oxitocina provoca relajación, vinculación y una sensación de felicidad. El neurocientífico Paul Zak sugiere que las actividades comunitarias promueven la liberación de esta hormona, proporcionando una sensación general de bienestar y fomentando la cooperación y la generosidad.

En el ámbito empresarial, una persona que, a través de su trabajo, logra satisfacer sus necesidades básicas, desarrollar relaciones de alta calidad con sus compañeros y siente que su esfuerzo tiene significado y propósito, tiende a aumentar sus niveles de oxitocina, mejorando así su satisfacción, compromiso y calidad laboral. Por esta razón, para mejorar el desempeño del equipo de trabajo, se recomienda a los líderes implementar las siguientes estrategias:

  • Desarrollar ambientes laborales que promuevan la comunicación, el trabajo en equipo y las relaciones humanas basadas en valores de confianza, respeto y lealtad.
  • Crear equipos colaborativos, comunicando los objetivos de forma clara y transparente, e involucrando a las personas en el logro de los mismos.

En las relaciones humanas, la confianza genera beneficios bidireccionales. El Dr. Zak llama a la oxitocina «la molécula moral». En sus investigaciones, ha encontrado que cuando alguien deposita su confianza en otra persona, quien la recibe experimenta un aumento de esta sustancia en su organismo, lo que modifica su conducta y reduce la posibilidad de que engañe.

En conclusión, para los seres humanos, compartir con otros es tan vital que no hacerlo deteriora nuestra salud física, emocional y social. Debemos esforzarnos por mantener relaciones de calidad en la familia y en el trabajo, y utilizar el tiempo libre en actividades sociales como bailar, hacer deporte y ayudar a los demás, para garantizar nuestro bienestar integral.

Referencias Bibliográficas

Bucay, J. (2003). Amarse con los ojos abiertos. Grijalbo.

MacLean, P. D. (1990). The Triune Brain in Evolution: Role in Paleocerebral Functions. Plenum Press.

Uvnäs-Moberg, K. (1998). Oxytocin may mediate the benefits of positive social interaction and emotions. Psychoneuroendocrinology, 23(8), 819-835. https://doi.org/10.1016/S0306-4530(98)00056-0

Zak, P. J., Stanton, A. A., & Ahmadi, S. (2007). Oxytocin increases generosity in humans. PLOS ONE, 2(11), e1128. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0001128

Zak, P. J. (2012). The Moral Molecule: The Source of Love and Prosperity. Dutton.

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