𝑬𝒍 𝒃𝒓𝒐𝒕𝒆 𝒊𝒏𝒗𝒊𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒅𝒆 𝑴𝒆𝒊ß𝒆𝒏  

En octubre de 1905, en la ciudad alemana de Meißen, una estudiante de 13 años empezó a notar algo raro en clase: su mano temblaba mientras escribía.
No era un nervio puntual ni un susto.
Era un movimiento constante que le impedía sujetar el lápiz con normalidad.

Al principio nadie le dio importancia.
Pero en cuestión de días, otros alumnos empezaron con lo mismo.
Primero fueron casos aislados: una mano que tiembla, un brazo que pierde estabilidad, alguien que no puede completar los ejercicios de escritura.
Luego el patrón se repitió en distintas aulas.

El fenómeno se extendió con una lógica inquietante.
No había golpe, no había fiebre, no había infección.
Aun así, los síntomas crecían.
Para febrero de 1906 ya se hablaba de más de un centenar de estudiantes afectados.
Un mes después, el número superaba los 200.

Lo más desconcertante era el comportamiento del “brote”.
Los niños podían jugar, correr o hablar con normalidad.
El problema aparecía casi exclusivamente en el momento de escribir, como si el acto de sostener el lápiz activara algo común en todos ellos.

Las autoridades médicas de la época no encontraron bacteria ni agente físico responsable.
Lo que sí empezaron a observar fue el contexto: presión escolar, ejercicios repetitivos, cansancio acumulado y, sobre todo, el efecto contagioso de la observación.

Ver a otros temblar importaba más de lo que parecía.
El cuerpo de un alumno se convertía en referencia para el siguiente.
El miedo a “ser el próximo” hacía que cualquier pequeño gesto involuntario se interpretara como el inicio del mismo problema.

Hoy este tipo de fenómeno se conoce como enfermedad psicógena colectiva.
No es fingimiento ni simulación.
Es una respuesta real del cuerpo a un entorno de estrés compartido, donde la ansiedad se transmite socialmente y se expresa físicamente.

Hay precedentes similares en la historia.
En contextos escolares, fábricas o comunidades cerradas, pequeños síntomas pueden amplificarse cuando el grupo entero empieza a vigilarlos y temerlos.

En Meißen, la situación empezó a cambiar cuando se redujo la carga de escritura, se apartó temporalmente a los afectados y se rompió el circuito de repetición entre alumnos.
Al dejar de alimentar la atención sobre el síntoma, los casos fueron disminuyendo.

Hacia mayo de 1906, el brote había desaparecido sin antibióticos, sin tratamiento específico y sin una causa infecciosa identificada.

Lo que quedó fue una idea incómoda: el cuerpo también puede reaccionar a lo que ocurre alrededor sin que exista una enfermedad “visible”.

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FREUD Y LA COCAÍNA
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En 1884, Sigmund Freud tenía 28 años, era un médico sin renombre y cargaba una presión económica que lo agobiaba. Quería casarse con Martha Bernays, pero no tenía los medios para hacerlo. Necesitaba, con urgencia, descubrir algo grande. Fue en ese contexto que llegó a sus manos un alcaloide extraído de la hoja de coca, una sustancia sobre la que apenas existía literatura científica en Occidente. Lo que vino después fue, a la vez, un momento de gloria personal y uno de los episodios más controvertidos de su biografía.
Ese año publicó en el Centralblatt für die gesamte Therapie su ensayo Über Coca, conocido en español como Sobre la coca (Freud, 1884). El texto no era un artículo menor, era una revisión exhaustiva de todo lo conocido sobre la planta, sus alcaloides y sus efectos sobre el organismo humano. Freud describía la sustancia con un entusiasmo que hoy puede sorprender, pero que en ese momento tenía una base clínica real, aunque parcial. Escribía que el consumidor percibía "una euforia duradera que en nada difiere de la euforia normal del hombre sano", junto con aumento de la capacidad para el trabajo y supresión del cansancio (Freud, 1884, p. 296). Más adelante, en el mismo texto, afirmaba que la sustancia producía "un aumento de la autoestima y una sensación de que el cuerpo está listo para cualquier esfuerzo" (Freud, 1884, p. 298).
Ante todo, es importante comprender por qué Freud comenzó a consumirla. No fue por placer irreflexivo ni por debilidad de carácter. Lo hizo para combatir sus propios estados depresivos y su fatiga crónica, condiciones que lo acompañaban desde joven. Cabe destacar que también la administró a su amigo Ernst von Fleischl-Marxow, quien sufría una grave adicción a la morfina, creyendo sinceramente que la coca podía ser un tratamiento eficaz. Fleischl-Marxow terminó desarrollando una adicción severa a ambas sustancias y murió años después. Ese fracaso fue una herida profunda en la conciencia de Freud.
No obstante, el ensayo Sobre la coca no debe leerse como una obra de imprudencia científica. En su momento, la cocaína era una novedad terapéutica legítima, utilizada también por el médico Carl Koller para desarrollar la anestesia oftalmológica, uno de los avances más importantes de la cirugía ocular del siglo XIX.
Freud no estaba fuera del paradigma de su época, estaba dentro de él, empujando sus límites.
Ahora, ¿influyó el consumo de cocaína en la construcción de sus teorías? La pregunta es legítima, aunque a muchos no les guste. Algunos historiadores de la psicología, como Sulloway (1979), han señalado que los estados de euforia, claridad mental y desinhibición que la sustancia producía podrían haber amplificado la tendencia de Freud a construir sistemas teóricos totalizantes, con una confianza casi oracular en sus propias intuiciones. En otras palabras, la cocaína no inventó el psicoanálisis, pero quizás lubricó la audacia con que Freud lo formuló. Esto, sin embargo, no invalida el edificio teórico, la interpretación de los sueños, los mecanismos de defensa, la estructura del aparato psíquico y la teoría del inconsciente conforman un sistema de una coherencia interna y una lógica clínica extraordinaria.
Su rigor conceptual no dependió de ninguna sustancia, dependió de décadas de observación, de escucha clínica y de una inteligencia analítica fuera de lo común.
Respecto al cáncer que Freud desarrolló en 1923, cabe aclarar que se trató de un carcinoma del paladar duro y la mandíbula, atribuido principalmente a su hábito de fumar hasta veinte cigarros diarios durante décadas. No existe evidencia directa que vincule el consumo de cocaína con ese diagnóstico. Freud soportó más de treinta intervenciones quirúrgicas y utilizó una prótesis maxilar durante los últimos dieciséis años de su vida, sin abandonar el tabaco ni la escritura.
En fin, llegó el momento en que el propio Freud reconoció haber ido demasiado lejos. A fines de la década de 1880 se distanció públicamente de la promoción de la cocaína, consciente del daño que había causado en su amigo y en otros pacientes. Ese gesto no es menor. Habla de un hombre capaz de revisar sus errores, de asumir sus consecuencias y de seguir adelante sin paralizarse por la culpa.
Freud fue un pionero que pagó el precio de serlo. Su paso por la cocaína no lo disminuye, lo hace más humano, más comprensible, y en cierta medida más admirable, porque de ese episodio también aprendió.
Julio César Cháves
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