/𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐/
Llevaba semanas sintiendo que la casa no estaba vacía, pero mi psicóloga insistía en que era la ansiedad jugando con mi cabeza tras la ruptura.
"Son solo síntomas del aislamiento, quédate en calma", me decía.
Por eso decidí grabar.
Quería demostrarme que la noche era pacífica, que el ventanal del salón solo reflejaba la oscuridad del jardín exterior.
Apagué las luces y encendí la cámara del móvil.
Al principio no se veía nada, solo el marco blanco de la ventana recortando la negrura de fuera.
Pero al revisar el vídeo en bucle, el estómago se me hizo un nudo marinero.
A través del cristal, una silueta empezó a tomar forma desde abajo, de manera sutil, casi imperceptible.
No era mi reflejo.
Era una mujer de facciones rígidas, ojos demasiado abiertos que brillaban en la penumbra con una fijeza insana y una boca que se abría en un gesto desencajado, mudo, como si intentara gritar un dolor antiguo o tragarse el aire de mi propia estancia.
Lo peor no fue verla aparecer.
Lo peor fue el movimiento rítmico, un balanceo hipnótico y macabro, como el de un péndulo humano que se mecía lentamente de un lado a otro justo al otro lado del cristal.
Sus manos se apoyaban contra la superficie con una suavidad que resultaba espeluznante.
No golpeaba, no arañaba; simplemente esperaba a que yo me diera cuenta de que la distancia entre las dos era de apenas unos milímetros de vidrio.
La mente intenta buscar una lógica: una vecina, una broma pesada, un efecto óptico de las farolas del fondo.
Pero el balanceo no era humano. Tenía una cadencia mecánica, la misma de un cuerpo que ya no pertenece a este mundo pero se resiste a marcharse del todo.
Sigo mirando la pantalla, congelada en el sitio, sabiendo que si levanto la vista del móvil y miro fijamente hacia el ventanal, ella dejará de balancearse y me mirará a mí.
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