A veces pensamos que ser sincero es soltar todo lo que se nos pasa por la cabeza, como si la honestidad fuera un concurso de a ver quién dice la burrada más grande.
Y la verdad es que no.
Hay cosas que es mejor guardarse, no por ocultar, sino por pura higiene mental y respeto al que tienes enfrente.
Las palabras tienen un peligro: una vez que salen, ya no hay botón de "deshacer".
Puedes pedir perdón mil veces, pero el pinchazo ya lo has dado.
A veces, por querer explicar nuestra "realidad" con pelos y señales, lo único que hacemos es embarrarlo todo y dejar al otro dándole vueltas a algo que ni le iba ni le venía, pero que ahora le duele.
Aprender a cerrar el pico a tiempo es un arte.
No hace falta dar un discurso para que te entiendan; el que te conoce de verdad te lee en los silencios.
Al final, se trata de madurar y entender que si lo que vas a decir no va a arreglar nada y solo va a hacer daño, lo mejor es tragárselo.
El silencio no es cobardía, es saber elegir qué batallas y qué heridas merecen la pena.
Menos ruido y más cabeza.
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Al final, esto de ser "buena persona" se nos va de las manos y acabamos siendo el felpudo de turno. 
Al final, no es que uno quiera ir de víctima por la vida ni obligar a nadie a pasar por el aro, pero es que hay cosas que caen por su propio peso. 





