A veces entramos en un bucle peligroso: el de vivir odiando lo que hacemos de lunes a viernes solo para "resucitar" el fin de semana.
Es como si dividiéramos nuestra vida en dos bandos: el tiempo que aguantas por obligación y el tiempo que esperas con ansia.
Al final, te pasas la mayor parte de tu existencia simplemente resistiendo.
Vivir así es como estar siempre a dieta de felicidad, esperando el "cheat meal" del sábado.
Y la verdad es que la vida es demasiado corta para que tu trabajo sea solo una vía de escape hacia el ocio.
No digo que todo el mundo pueda trabajar en su mayor pasión (que a veces el romanticismo nos ciega), pero sí que hay que buscar un camino donde lo que haces cada día no te vacíe por dentro.
Que tenga un sentido, que te haga sentir que no estás regalando tus horas a cambio de nada.
La plenitud de verdad llega cuando no sientes que necesitas huir de tu propia rutina, sino que tanto lo que haces para ganarte el pan como lo que haces para disfrutar, forman parte de una vida que, simplemente, te gusta vivir.
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Nos han vendido una idea de éxito que siempre tiene que ver con lo que brilla, con lo exclusivo y con lo que cuesta un ojo de la cara. 

A veces nos empeñamos en que todo tenga que venir con un manual de instrucciones y garantía de éxito, pero la realidad es que casi nunca sabemos qué estamos haciendo. 



Qué razón tiene eso de que amigos, lo que se dice amigos, hay cuatro y el de la guitarra. 