A veces, cuando alguien nos suelta una bordería o nos hace una jugarreta, nos sale el instinto de saltarles al cuello.
Queremos justicia, queremos revancha y, sobre todo, queremos que el otro sepa el daño que ha hecho.
Pero piénsalo un segundo: mientras vas corriendo detrás del que te encendió la mecha, tu propia casa se está convirtiendo en cenizas y tú ni te has enterado.
Si se te está quemando el salón, no te vas a perseguir al pirómano por todo el barrio, ¿verdad?
Pues con los cabreos es igual.
Lo más urgente no es quién tiró la cerilla, sino que tú estás ardiendo por dentro.
Si te dejas llevar por la rabia y te centras solo en el ataque externo, al final el incendio te consume a ti mientras el otro sigue a lo suyo.
Volver a uno mismo no es de cobardes ni de pasotas.
Es puro instinto de supervivencia.
Significa que, antes de lanzar el primer dardo, te sientas un momento a ver qué se te ha roto por dentro.
Cuidar de tu propia ira es como coger la manguera: enfrías el ambiente, respiras y recuperas el control.
Porque si dejas que tu bienestar dependa de lo que haga o deje de hacer el que te ha hecho sufrir, le estás regalando las llaves de tu tranquilidad.
No pierdas el tiempo intentando que el otro "entienda" o "pague".
Céntrate en apagar tus propios fuegos, en lamerte tus heridas y en no dejar que el rencor se mueva por tu casa como si fuera el dueño.
Al final, lo único que tienes que salvar de verdad es tu paz, y esa no se encuentra persiguiendo a nadie, sino quedándote contigo cuando más te necesitas.
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