𖤐 𝑪𝒂𝒍𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝑯𝒐𝒈𝒂𝒓 𖤐
Hay gente que nace con el frío metido en los huesos y muere sin haber entrado en calor ni una sola vez.
Julián era de esos.
Un tipo gris, de los que cuentan los céntimos en la caja del súper y escatiman hasta en los buenos días.
Vivía en un tercero sin ascensor que olía a humedad vieja y a desengaño.
Por eso, cuando vio aquel calefactor en el escaparate de la tienda de segunda mano, sintió un flechazo.
Era un Orbegozo de un rojo chillón, casi insultante, con ese brillo de coche de lujo que no pegaba nada con el resto de su casa mugrienta. «Funciona sin apenas luz», le juró el tendero con una sonrisa que tenía demasiados dientes.
Julián, que no creía en milagros pero sí en los chollos, se lo llevó a casa bajo el brazo como quien carga un tesoro.
Esa primera noche, el frío de enero golpeaba los cristales con dedos de hielo.
Julián enchufó el aparato.
El zumbido del ventilador era un ronroneo hipnótico, casi orgánico.
Al cabo de unos minutos, el aire empezó a salir.
No era el calor seco y molesto de otros aparatos; era un calor denso, dulce, que te envolvía como un abrazo que no quieres soltar.
—Al fin —susurró Julián, acercando las manos a la rejilla negra.
Fue entonces cuando empezó a notar el intercambio.
Porque en esta vida, y más en la que yo cuento, nada es gratis.
A la segunda noche, Julián se dio cuenta de que el contador de la luz ni se movía.
El calefactor brillaba con una intensidad sobrenatural, pero su factura seguía a cero.
Sin embargo, al mirarse al espejo del baño, vio algo raro.
Su piel, siempre pálida, tenía un tono amarillento, como el papel viejo.
Las yemas de sus dedos estaban ásperas, sin rastro de esa humedad natural que nos hace estar vivos.
«Será la falta de cremas», pensó con su ironía habitual. «Al menos este cacharro calienta más que mi ex-mujer, y da menos problemas».
Pero el Orbegozo no daba problemas, daba hambre.
Para la cuarta noche, el ambiente en el salón era tropical.
Julián estaba en camiseta, sudando, pero era un sudor extraño: espeso y con un olor que le recordaba a los hospitales.
Intentó bajar la rueda del termostato, esa pequeña pieza circular que parecía mirarlo como un ojo rojo.
La rueda giraba loca. No había resistencia.
El aparato ya no obedecía a sus dedos, sino a su propia lógica interna.
El calor se volvió sólido.
Julián intentó levantarse del sofá, pero sintió un pinchazo atroz en las piernas.
Al bajar la vista, gritó.
Su piel se estaba pegando a la tela del asiento.
No era calor lo que salía de las rejillas, era una succión invisible.
El aire caliente no estaba calentando la habitación; estaba extrayendo, molécula a molécula, toda el agua de su cuerpo.
El zumbido del ventilador cambió de tono.
Ya no era un ronroneo; era una risa sorda, metálica, rítmica. Ja-ja-ja.
Intentó desenchufarlo, pero sus dedos, ya secos como sarmientos, se quebraron al tocar el cable.
No hubo sangre.
No quedaba líquido para sangrar.
Julián era una uva pasa humana, un pellejo que contenía recuerdos y miedo, mucho miedo.
El calor le quemaba los pulmones por dentro, un fuego invisible que le evaporaba el alma.
—Por favor... —quiso decir, pero su lengua, pegada al paladar como un trozo de lija, no emitió sonido alguno.
Lo último que vio Julián antes de que sus ojos se secaran por completo y se convirtieran en dos canicas de vidrio inútiles, fue el brillo rojo del calefactor.
Parecía más grande, más vivo, más alimentado.
El aparato vibraba de placer, irradiando una luz carmín que bañaba toda la estancia.
A la mañana siguiente, el casero entró en el piso.
Hacía un calor delicioso, casi celestial.
En el centro del salón, el Orbegozo rojo descansaba en silencio, brillante y nuevo como si acabara de salir de fábrica.
Frente a él, en la silla, no había nadie.
Solo una montaña de ceniza finísima, blanca, y una dentadura postiza que parecía sonreírle al vacío.
El casero, que también era un poco tacaño, miró el calefactor. —Vaya, qué aparato más bonito.
Parece que funciona bien.
Se lo llevó a su casa esa misma tarde. Total, a Julián ya no le iba a hacer falta.
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