A veces te entra una mala leche que te nubla todo.
Estás a un segundo de soltar esa frase que sabes que va a doler, esa que tienes en la punta de la lengua y que te quema.
El corazón te va a mil, notas el calor en la cara y te dan ganas de mandarlo todo a la mierda.
Es una inercia brutal que parece que no puedes frenar.
Pero la realidad es que ese momento de "calentón" es una trampa.
Si sueltas lo que llevas dentro así, a lo bruto, el alivio te va a durar tres segundos, pero el lío que vas a montar igual te dura meses.
No se trata de tragárselo todo y explotar por dentro, se trata de no ser esclavos de un impulso de mierda.
Parar un momento, aunque sea para respirar hondo y contar hasta diez, no es ser débil ni bajarse los pantalones.
Es ser inteligente.
El silencio en medio de una bronca es la herramienta más potente que tienes; te da el control a ti y no a tu mala sangre.
Porque una vez que las palabras salen, ya no son tuyas, y hay cosas que, por mucho que pidas perdón, dejan una cicatriz que no se va ni queriendo.
Mejor quédate un rato a solas, deja que el incendio se apague y, cuando ya no tengas ganas de morder, entonces habla.
Tu paz mental y tus relaciones te lo van a agradecer.
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A veces, cuando alguien nos suelta una bordería o nos hace una jugarreta, nos sale el instinto de saltarles al cuello. 


