Hay días en los que el cuerpo no te pide ruido, ni planes, ni explicaciones.
Te pide esto: un camino tranquilo, un paisaje que se apaga despacio y ese silencio que solo se encuentra cuando te alejas de todo el barullo mental que llevamos encima.
A veces pensamos que la paz es algo que hay que buscar fuera, pero en realidad es simplemente dejar de correr y permitir que el momento te atrape.
No hace falta irse al fin del mundo, basta con encontrar ese rincón —aunque sea solo en la cabeza— donde las notificaciones no lleguen y el único reloj sea la luz del atardecer.
Menos prisa por llegar y más ganas de disfrutar del camino, que al final es lo único que nos llevamos.
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Es increíble la energía que gastamos siendo guionistas de nuestras propias tragedias. 

A veces nos pasamos el día planeando el futuro, esperando ese "momento perfecto" para empezar a vivir de verdad, sin darnos cuenta de que la vida no espera a nadie. 

