Desconexión humana

02 DE JUNIO DE 2026 Desconexión humana

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

La humanidad atraviesa un momento profundamente contradictorio. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil convivir, y esto se debe en parte a que vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, plataformas digitales y algoritmos diseñados para mantenernos permanentemente conectados; empero, emocionalmente cada vez más distantes, porque basta observar cualquier restaurante para entenderlo: mesas llenas de personas mirando teléfonos en lugar de mirarse entre ellas, parejas enteras desplazándose en silencio mientras alguna red social absorbe toda su atención y grupos completos incapaces de sostener una conversación sin interrupciones digitales constantes. Lo verdaderamente inquietante es que esta desconexión dejó de parecernos anormal, nos acostumbramos tanto al aislamiento cotidiano que comenzamos a buscar desesperadamente experiencias capaces de hacernos sentir vivos otra vez.

Por eso el crecimiento global de festivales inmersivos, experiencias sensoriales, turismo emocional y eventos multitudinarios resulta tan revelador, ya no se trata únicamente de asistir a un concierto o viajar por entretenimiento; muchas personas están intentando recuperar sensaciones que la vida diaria dejó de ofrecerles. El éxito de espacios como el Festival de los Sentidos no puede entenderse solamente desde la música o la gastronomía, el verdadero fenómeno ocurre en otro nivel: la necesidad humana de volver a experimentar cercanía, pertenencia y conexión real. Miles de personas viajan enormes distancias para compartir mesas comunitarias, cantar con desconocidos, abrazarse durante una canción o simplemente sentir que forman parte de algo colectivo ya que, en un mundo donde la rutina cotidiana se volvió silenciosa y distante, estos espacios funcionan casi como refugios emocionales temporales.

Resulta profundamente simbólico observar cómo muchas de las experiencias más buscadas actualmente giran alrededor de estímulos humanos básicos que antes formaban parte natural de la convivencia diaria. Comer lentamente, conversar durante horas, caminar sin prisa, escuchar música en vivo rodeado de personas, compartir historias con desconocidos o desconectarse del teléfono móvil dejaron de ser hábitos normales para convertirse en lujos emocionales; el turismo incluso ha comenzado a transformarse bajo esa lógica, lugares remotos, silenciosos y alejados del ruido digital adquieren valor no por ostentación sino porque permiten recuperar una sensación que la vida urbana moderna parece haber destruido: la presencia genuina. Cada vez existen más personas dispuestas a gastar cantidades exorbitantes de dinero con tal de pasar unos días lejos de las pantallas, lejos del estrés y lejos de la velocidad permanente de las ciudades.

Quizás, ahí aparece una de las señales más extrañas de nuestra época, la humanidad está intentando reconstruir artificialmente, mediante experiencias extraordinarias, algo que antes surgía naturalmente en la convivencia cotidiana, antes, las personas encontraban sentido colectivo en espacios simples: plazas públicas, sobremesas familiares, mercados, cafés, parques, vecindarios o reuniones improvisadas, no era necesario comprar una experiencia inmersiva para sentirse acompañado porque la convivencia todavía formaba parte orgánica de la vida diaria. Hoy, en cambio, parece que la conexión humana necesita ser organizada, vendida, producida y convertida en evento.

Hablar de festivales donde desconocidos cantan abrazados mientras edificios enteros viven sin que nadie conozca al vecino resume perfectamente la paradoja contemporánea. Personas capaces de llorar junto a miles de extraños durante un concierto regresan después a departamentos donde ni siquiera saben el nombre de quienes viven a unos metros de distancia; individuos que pagan viajes enteros para encontrar autenticidad son incapaces de levantar la mirada del teléfono mientras esperan el elevador. Resulta brutal observar cómo la humanidad busca desesperadamente pertenencia colectiva en espacios extraordinarios mientras destruye lentamente las formas más básicas de convivencia cotidiana.

Todos los días al llegar a mi trabajo ocurre una escena que parece pequeña, pero que retrata perfectamente el deterioro de nuestra civilidad. Desde la puerta de entrada hasta mi escritorio probablemente me cruzo con más de un veintenar de personas, por simple educación, por costumbre y porque sigo creyendo que reconocer la presencia del otro representa una forma mínima de respeto, digo “buen día” prácticamente a cada persona con la que me encuentro, lo verdaderamente sorprendente no es hacerlo, sino descubrir que si recibo respuesta de tres o cinco personas ya puede considerarse un excelente día y, el resto, simplemente continúa caminando, evita contacto visual, permanece inmerso en el teléfono o actúa como si el saludo jamás hubiera existido. Y no hablo de enemistad ni agresividad; hablo de indiferencia absoluta.

Ese detalle aparentemente insignificante dice muchísimo sobre la sociedad que estamos construyendo. El saludo representa probablemente la forma más elemental de reconocimiento humano. Cuando alguien responde un “buen día”, aunque sea durante un segundo, está validando la existencia del otro. Está diciendo silenciosamente: “sé que estás aquí”, por eso su desaparición resulta tan simbólica; poco a poco comenzamos a convivir físicamente sin relacionarnos emocionalmente. Compartimos oficinas, edificios, transporte, cafeterías y espacios públicos mientras vivimos encapsulados dentro de pequeños universos individuales que rara vez se cruzan realmente con los demás.

La pandemia aceleró enormemente este fenómeno. Durante tan solo un par de años, aprendimos a mantener distancia, evitar cercanía, desconfiar del contacto y refugiarnos en espacios personales, muchas de esas conductas eran necesarias en aquel momento; empero, el problema es que la emergencia terminó y gran parte del aislamiento emocional permaneció instalado como hábito social. Nos acostumbramos demasiado a convivir sin convivir. El miedo sanitario desapareció gradualmente, pero la distancia emocional se quedó instalada en la rutina diaria; dejamos de mirarnos, dejamos de conversar espontáneamente y dejamos incluso de reconocer la presencia de quienes tenemos enfrente.

De cierta manera, es por ello,  que los festivales, conciertos y experiencias colectivas comenzaron a adquirir una importancia emocional tan fuerte en todo el mundo, la gente no solamente compra boletos; compra momentos de pertenencia, compra la sensación de sentirse acompañada otra vez, y resulta impresionante observar imágenes de miles de personas abrazándose durante una canción, saltando al mismo ritmo o llorando juntas frente a un escenario mientras, fuera de esos espacios, la vida cotidiana se vuelve cada vez más silenciosa y distante. Hay algo profundamente humano detrás de esa necesidad de reunirse. No se trata únicamente de entretenimiento, se trata de una sociedad intentando recuperar emociones que ha ido perdiendo lentamente.

También es interesante observar cómo el lujo moderno ha comenzado a cambiar de significado. Durante décadas el éxito estaba asociado principalmente con posesiones materiales: autos, relojes, ropa o propiedades, hoy existe una tendencia distinta, muchísimas personas consideran más valioso desconectarse unos días en un lugar remoto, convivir alrededor de una fogata, compartir una cena larga o asistir a un festival donde puedan sentirse presentes; la experiencia empezó a desplazar a la posesión porque la vida diaria se volvió emocionalmente pobre; el problema es que muchas veces buscamos recuperar en eventos extraordinarios lo que seguimos destruyendo en nuestras conductas más cotidianas.

Basta entrar a cualquier elevador para notar el cambio cultural que hemos normalizado. Cuatro o cinco personas compartiendo apenas unos metros cuadrados mientras todas evitan mirarse, nadie habla, nadie sonríe, nadie saluda; cada individuo permanece refugiado en su pantalla como si reconocer al otro fuera una invasión incómoda. Hace años el silencio en un elevador podía representar simple timidez, hoy, parece convertirse en norma social. Lo verdaderamente preocupante es que ya ni siquiera nos incomoda.

Las redes sociales también contribuyeron a transformar profundamente la manera en que convivimos; paradójicamente, plataformas creadas para conectar personas terminaron incentivando dinámicas profundamente individualistas y, vivimos obsesionados con documentar experiencias en lugar de habitarlas plenamente, personas enteras atraviesan conciertos grabando videos que probablemente jamás volverán a ver; familias completas interrumpen conversaciones para responder mensajes irrelevantes; amigos se reúnen para observar teléfonos compartiendo silencios incómodos disfrazados de convivencia, poco a poco comenzamos a reemplazar presencia por exposición digital.

Lo más triste es que muchos de estos comportamientos ya ni siquiera son percibidos como falta de educación, saludar parece opcional, interrumpir conversaciones para mirar el teléfono se volvió aceptable, ignorar a quienes prestan servicios cotidianos comenzó a verse normal; meseros, recepcionistas, personal de limpieza, guardias de seguridad o trabajadores que vemos todos los días terminan convertidos casi en mobiliario humano invisible y, una sociedad comienza a deteriorarse justamente cuando deja de reconocer humanidad en las personas que la rodean.

Hay generaciones enteras creciendo en contextos donde la convivencia espontánea ocurre cada vez menos, antes las personas permanecían más tiempo en las calles, visitaban vecinos, convivían en parques o compartían sobremesas larguísimas, hoy, gran parte de la interacción ocurre filtrada por dispositivos electrónicos, incluso el entretenimiento se volvió profundamente individual, cada integrante de una casa consume contenido distinto, escucha música distinta y vive dentro de una burbuja algorítmica personalizada; compartimos techo, pero no necesariamente experiencias.

Por eso resulta tan poderoso observar festivales donde miles de desconocidos cantan abrazados. Durante unas horas desaparecen muchas barreras sociales que dominan la vida cotidiana, personas de diferentes edades, países y contextos conviven alrededor de una emoción común; se miran, se hablan, se reconocen y se permiten sentir colectivamente algo que fuera de ese espacio muchas veces resulta imposible. Hay una especie de liberación emocional temporal que explica por qué estos eventos generan recuerdos tan intensos.

La pregunta incómoda sigue ahí: ¿por qué necesitamos escapar tan lejos para recuperar algo que antes formaba parte natural de nuestra vida diaria? Esa es probablemente la verdadera discusión detrás del auge de las experiencias inmersivas contemporáneas, no estamos pagando únicamente por música, gastronomía o turismo, estamos pagando por volver a sentir cercanía humana.

“El ser humano está gastando miles de dólares para volver a sentir conexión… mientras ignora a las personas que tiene literalmente a un metro de distancia.”

Esa frase resume probablemente una de las contradicciones más dolorosas de nuestra época. Miles de desconocidos pueden abrazarse durante horas en medio de un festival mientras habitantes del mismo edificio pasan años enteros sin intercambiar una sola conversación, personas capaces de viajar a otro continente buscando autenticidad son incapaces de responder el saludo de alguien que ven diariamente, individuos que publican mensajes constantes sobre empatía ignoran por completo a quienes trabajan a su alrededor todos los días; la humanidad comenzó a convertir la conexión humana en una experiencia extraordinaria porque dejó de practicarla como parte natural de la vida cotidiana.

Y aquí aparece otro elemento fundamental: la educación desde casa. Porque muchas veces intentamos explicar este fenómeno únicamente desde la tecnología, las redes sociales o la pandemia, cuando también existe una pérdida gradual de hábitos básicos de cortesía y convivencia, porque el saludo no debería depender del estado de ánimo, de la jerarquía social ni de la conveniencia personal, saludar representa un acto mínimo de reconocimiento mutuo, es una manera simple de demostrar respeto, presencia y civilidad.

Resulta impresionante observar cómo algunas personas pueden pasar diariamente frente a las mismas caras durante años sin desarrollar siquiera la costumbre de reconocerlas, no se trata de construir amistades profundas con cada individuo que encontramos; se trata de entender que convivimos en comunidad y que esa convivencia necesita pequeños gestos para mantenerse humana. Un “buen día”, una sonrisa o una conversación breve pueden parecer insignificantes, pero son precisamente esos actos mínimos los que sostienen el tejido social cotidiano.

La pérdida de estos hábitos también tiene consecuencias emocionales enormes; una sociedad donde nadie saluda, nadie conversa y nadie mira a los ojos termina convirtiéndose en un entorno profundamente frío y, los seres humanos no estamos diseñados para vivir emocionalmente aislados, por eso, después aparecen fenómenos masivos de ansiedad, sensación de vacío y búsqueda desesperada de pertenencia, necesitamos sentirnos vistos, necesitamos sentir que formamos parte de algo, necesitamos reconocimiento humano.

Incluso muchas dinámicas laborales actuales reflejan esta transformación; oficinas enteras llenas de personas trabajando juntas mientras cada individuo permanece completamente aislado dentro de audífonos y pantallas, lugares donde el silencio dejó de representar concentración para convertirse en distancia emocional; antes los espacios de trabajo también funcionaban como lugares de convivencia cotidiana, hoy, muchas veces parecen estaciones temporales de productividad individual donde cada persona intenta terminar el día interactuando lo menos posible.

No se trata de romantizar el pasado ni de negar los beneficios tecnológicos. La tecnología facilitó comunicación, información y oportunidades enormes, el problema aparece cuando la hiperconectividad digital sustituye completamente la convivencia humana presencial porque ningún algoritmo puede reemplazar realmente la sensación de una conversación genuina, una carcajada compartida o el simple reconocimiento que produce un saludo sincero.

También resulta interesante observar cómo muchas personas comienzan a sentirse incómodas frente al silencio natural de una conversación presencial, necesitan revisar el teléfono constantemente, llenar pausas con estímulos digitales o escapar inmediatamente de cualquier momento de quietud, como si permanecer plenamente presentes frente a otro ser humano se hubiera convertido en algo difícil de sostener y, quizás, ahí se esconde uno de los mayores problemas contemporáneos: estamos perdiendo capacidad de presencia.

La velocidad actual tampoco ayuda, todo ocurre demasiado rápido porque consumimos información, conversaciones, entretenimiento y relaciones con una ansiedad permanente, queremos respuestas inmediatas, gratificación instantánea y estímulos constantes; bajo esa lógica, incluso la convivencia humana comienza a percibirse como una interrupción incómoda, escuchar verdaderamente a alguien requiere tiempo, conversar implica paciencia, convivir exige presencia emocional y muchas personas parecen haber olvidado cómo hacerlo.

Por eso los espacios donde todavía existe convivencia auténtica generan tanto impacto emocional; una sobremesa larga, un concierto en vivo, un viaje sin conexión permanente o una conversación profunda terminan sintiéndose casi revolucionarios dentro de una sociedad obsesionada con la velocidad y la distracción constante; lo paradójico, es que gran parte de esas experiencias podrían existir diariamente si recuperáramos pequeñas formas de civilidad que hemos ido abandonando poco a poco.

Tal vez el ejemplo del saludo resulta tan poderoso precisamente porque es extremadamente simple, no requiere dinero, tecnología ni condiciones especiales, solamente requiere disposición humana y, aun así, cada vez más personas parecen incapaces de sostener incluso ese gesto mínimo de convivencia. Cuando alguien ignora sistemáticamente a quienes lo rodean, no solamente evita una interacción; contribuye lentamente a construir espacios sociales más fríos, más impersonales y más aislados.

Hay algo profundamente inquietante en una humanidad que necesita festivales multitudinarios para recordar cómo se siente convivir, porque eso significa que la vida cotidiana dejó de ofrecer aquello que durante siglos sostuvo naturalmente nuestras relaciones humanas, tal vez por eso, tantas personas regresan emocionalmente transformadas después de ciertos viajes, conciertos o experiencias colectivas y durante unos días logran sentir cercanía, presencia y comunidad; el problema es que después vuelven a entornos donde nadie responde siquiera un “buen día”.

También resulta revelador observar cómo muchas campañas publicitarias actuales giran alrededor de conceptos como autenticidad, conexión, experiencias reales o bienestar emocional, y es que las marcas entendieron algo importantísimo: la sociedad contemporánea tiene hambre de humanidad, y cuando una necesidad emocional se vuelve tan grande, inevitablemente termina convirtiéndose en producto. Hoy se venden retiros de desconexión, experiencias inmersivas, turismo consciente y espacios diseñados específicamente para que las personas vuelvan a sentirse presentes. La pregunta incómoda es por qué dejamos que algo tan básico tuviera que convertirse en industria.

Es altamente probable que la verdadera crisis contemporánea no sea tecnológica sino profundamente humana, perdimos hábitos pequeños que parecían insignificantes y no entendimos que justamente esos actos cotidianos sostenían gran parte de nuestra convivencia social. Saludar, conversar, escuchar, compartir tiempo o mirar a los ojos parecen detalles mínimos hasta que desaparecen y, cuando desaparecen, comenzamos a sentir un vacío que intentamos llenar mediante experiencias extraordinarias.

Finalmente, quizá la pregunta más importante no sea por qué el mundo entero busca tan desesperadamente volver a sentir conexión humana, sino ¿en qué momento dejamos de practicar diariamente las formas más simples de civilidad que podían recordarnos que nunca estuvimos realmente solos?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 455 en Roma, Imperio Romano de Occidente (actual Italia), se presenta el segundo de los tres grandes saqueos de Roma por conducto de los vándalos (tribus germánicas orientales originarias del norte de Europa) comandadas por Genserico contra el entonces emperador romano Petronio Máximo, quien vio caer su imperio en tan solo 14 días no sin antes suplicar por la vida de los ciudadanos por lo cual, se abren las puertas de la ciudad y los romanos logran huir; en 1740 nacía en París, Francia, el activista político, aristócrata, cuentista, dramaturgo, ensayista, escritor, filósofo, novelista y prosista Donatien Alphonse François de Sade quien, fuera repudiado por sus obras ya que sin excepción alguna, sus líneas describían los escenarios más desagradables para aquella época por estar cargados de erotismo, ficción y sadomasoquismo, por lo que fue tildado de enfermo sexual. Entre sus obras encontramos “Les Crimes de l’amour” (Los crímenes del amor – 1800), “Justine ou les Malheurs de la vertu” (1787) y por supuesto su obra magna “Les Cent Vingt Journées de Sodome, ou l’École du libertinage” (Los 120 días de Sodoma o la escuela de libertinaje – 1785). Esta última obra fue publicada póstumamente en 1904; en 1899 nacía en Berlín, Alemania, la cineasta Charlotte Reiniger quien de una manera sumamente peculiar; es decir, a base de tijeras y papel, consiguiera aportar al mundo el primer largometraje de lo que posteriormente recibirá el nombre de cine de animación intitulado “Die Abenteuer des Prinzen Achmed” (Las aventuras del príncipe Achmed – 1926), el cual, tardó tres años en poderlo producir.

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Una situación preocupante ciertamente. Yo considero que el haber llegado a ésta situación mucho tiene que ver el trabajo de los medios controlados por los "amos del mundo". Ese modelo del ser humano enajenado de su realidad es muy conveniente para el capitalismo, donde el papel del hombre se reduce a un mero consumidor. La prensa sensacionalista con sus verdades a medias o mentiras, va conformando un público que ya no conoce su realidad y mucho menos la del mundo. Para tener voz propia consecuente con el panorama actual hay que salir de esa pantalla que ponen delante de nuestros ojos, y pensar y repensar todo.
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La normalización del absurdo

26 DE MAYO DE 2026 La normalización del absurdo

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

El mundo atraviesa nuevamente una etapa de reconfiguración ideológica cuya magnitud todavía no termina de dimensionarse por completo, porque aunque gran parte de la conversación pública continúa reduciendo los acontecimientos internacionales a disputas locales, elecciones nacionales o confrontaciones partidistas aisladas, lo cierto es que detrás de muchos de los movimientos políticos actuales comienza a consolidarse un proceso mucho más profundo relacionado con la reorganización de bloques narrativos, intereses estratégicos y posicionamientos ideológicos que progresivamente vuelven a dividir al escenario internacional bajo una lógica de alineamientos cada vez menos disimulados, por ello, las tensiones contemporáneas ya no pueden interpretarse únicamente desde la óptica tradicional de la diplomacia o la cooperación económica, sino también desde la construcción de discursos globales que intentan definir qué modelo económico, político y social debe prevalecer en los próximos años, particularmente en un contexto donde las democracias occidentales enfrentan niveles crecientes de polarización interna mientras potencias como China y Rusia impulsan esquemas alternativos de influencia política, militar y tecnológica capaces de alterar el equilibrio internacional construido tras el fin de la Guerra Fría.

Bajo esta lógica, resulta cada vez más evidente que las izquierdas y derechas contemporáneas dejaron de limitarse a la competencia electoral doméstica para comenzar a operar también como comunidades ideológicas transnacionales que construyen alianzas, respaldos simbólicos, plataformas discursivas y mecanismos de legitimación mutua, derivado de esto, los encuentros internacionales, los foros políticos, las declaraciones conjuntas y las narrativas de resistencia o defensa democrática ya no funcionan únicamente como actos protocolarios, sino como mensajes cuidadosamente observados e interpretados por otros actores globales, particularmente cuando las tensiones internacionales atraviesan uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas; sin embargo, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de estas redes ideológicas, sino en el momento histórico en el que resurgen, porque coinciden con un escenario internacional marcado por guerras abiertas, amenazas de escalamiento militar, disputas energéticas, confrontaciones tecnológicas y presiones diplomáticas que convierten cualquier posicionamiento político en una variable susceptible de ser leída bajo claves geopolíticas mucho más amplias que las reconocidas públicamente.

La guerra entre Rusia y Ucrania constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación, no solo por el conflicto militar en sí mismo, sino porque terminó reactivando una lógica internacional que durante años pareció parcialmente contenida, particularmente la reconstrucción de bloques políticos y estratégicos enfrentados que vuelven a dividir al mundo bajo esquemas de influencia ideológica, militar y económica, por ello, el conflicto dejó de ser exclusivamente una disputa territorial para convertirse en una confrontación que involucra narrativas democráticas, intereses energéticos, expansión de alianzas militares y control geopolítico regional; empero, el verdadero impacto del conflicto quizá no radique únicamente en sus consecuencias materiales, sino en la manera en que logró normalizar nuevamente conceptos que hace apenas algunos años parecían lejanos para gran parte de la sociedad contemporánea, como amenazas nucleares, militarización fronteriza, espionaje internacional, propaganda política masiva y discursos permanentes de confrontación global.

Algo similar ocurre con la tensión creciente entre Estados Unidos e Irán, particularmente en Medio Oriente, donde cualquier movimiento militar, declaración diplomática o ataque indirecto posee la capacidad de alterar cadenas completas de estabilidad regional y económica a nivel global, especialmente cuando el control energético continúa desempeñando un papel determinante dentro del equilibrio internacional, por ello, la confrontación ya no puede entenderse únicamente como un desacuerdo bilateral, sino como parte de una disputa mucho más amplia relacionada con influencia regional, seguridad internacional y capacidad de proyección política sobre zonas estratégicas del planeta, mientras paralelamente China incrementa su presión sobre Taiwán bajo una lógica que combina demostración militar, competencia tecnológica y disputa económica global, introduciendo un escenario donde las principales potencias comienzan a exhibir cada vez menos disposición para ocultar sus intereses estratégicos reales detrás de discursos diplomáticos cuidadosamente moderados.

América Latina tampoco permanece al margen de esta reconfiguración internacional, particularmente porque distintos gobiernos de la región han comenzado a reforzar vínculos ideológicos, narrativos y políticos que inevitablemente son observados por Washington bajo criterios de seguridad, estabilidad regional e influencia estratégica, derivado de esto, las reuniones internacionales entre liderazgos de izquierda latinoamericana, los discursos sobre soberanía regional, las posturas frente a conflictos internacionales y los posicionamientos frente al modelo económico occidental adquieren una dimensión que trasciende lo meramente simbólico, especialmente en un contexto donde Estados Unidos enfrenta simultáneamente tensiones con Rusia, presión económica y tecnológica por parte de China y una creciente fragmentación política interna; por lo tanto, asumir que estos movimientos son completamente neutros o que carecen de implicaciones geopolíticas representa una lectura excesivamente ingenua de la realidad internacional contemporánea.

Lo verdaderamente inquietante de este escenario no es únicamente el nivel de confrontación política e ideológica que comienza a consolidarse a nivel global, sino la manera en que la sociedad parece haber desarrollado una capacidad extraordinaria para acostumbrarse a ello, porque mientras las tensiones internacionales aumentan, las contradicciones políticas se multiplican y los discursos públicos se radicalizan, la reacción colectiva parece cada vez más débil, más breve y más emocionalmente anestesiada, como si la sobreexposición permanente al conflicto hubiera terminado erosionando la capacidad social de sorprenderse frente a acontecimientos que en otros momentos históricos habrían provocado una conmoción mucho más profunda, derivado de esto, guerras, amenazas militares, manipulación narrativa, espionaje, polarización extrema, discursos de odio y contradicciones institucionales comienzan a consumirse socialmente con la misma velocidad con la que desaparecen dentro del ciclo informativo cotidiano.

Tal vez el síntoma más delicado de esta transformación no sea la polarización política en sí misma, sino la pérdida progresiva de la capacidad de indignación, porque la indignación funciona como uno de los últimos mecanismos morales capaces de recordarle a una sociedad que todavía existen límites éticos, contradicciones intolerables y conductas públicamente inaceptables; sin embargo, algo comenzó a romperse cuando la incongruencia dejó de generar rechazo para convertirse en parte normal del paisaje político y social, por ello, hoy los gobiernos pueden sostener discursos opuestos a sus propias acciones sin enfrentar necesariamente consecuencias reales de credibilidad, pueden condenar prácticas que simultáneamente replican, defender principios que aplican selectivamente o prometer transformaciones que jamás terminan materializándose, mientras la reacción pública rara vez supera algunos días de indignación momentánea antes de ser sustituida por la siguiente controversia.

El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando esa pérdida de indignación deja de dirigirse únicamente hacia el poder político y comienza a reflejarse también en el comportamiento cotidiano de la propia sociedad, porque el ciudadano contemporáneo igualmente empezó a normalizar prácticas que durante años criticó en la clase gobernante, derivado de esto, mentir estratégicamente, justificar la simulación, actuar bajo conveniencia, incumplir compromisos, manipular discursos o relativizar principios dejó de percibirse como una anomalía moral para comenzar a integrarse progresivamente dentro de las dinámicas normales de convivencia pública, lo cual introduce una contradicción especialmente peligrosa, ya que una sociedad difícilmente puede exigir congruencia institucional cuando ella misma ha comenzado a perderla en su comportamiento cotidiano.

Nos encontramos en una época donde la incongruencia de pensamiento se puede presentar en dos o, incluso, tres vías diferentes; es decir, la manera en que pensamos y posteriormente actuamos es muy diferente cuando se presenta exactamente el mismo caso y esta incongruencia mental tampoco nos indigna, es más, algo que me parece sumamente delicado es que el mundo hoy se indigna mucho más por la decisión que el VAR pueda tomar en un partido de fútbol que en las acciones que nuestros líderes, padres, compañeros de trabajo o cualquiera que sea de nuestro ámbito más próximo pueda generar y solo considero indispensable que pongamos en una balanza y nos planteemos esta pregunta ¿Pueden las dudas en el fútbol tener mayor relevancia en nuestra vida diaria que las acciones que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos?

En este contexto, quizá el riesgo más grande no sea únicamente la confrontación ideológica mundial que lentamente vuelve a dividir al planeta bajo nuevas narrativas políticas, económicas y estratégicas, sino el hecho de que la humanidad parece estar perdiendo la capacidad emocional y moral para reaccionar frente a ella, porque cuando la mentira deja de sorprender, la simulación deja de incomodar y la contradicción deja de indignar, los límites éticos comienzan a desplazarse silenciosamente hasta volver aceptables conductas que anteriormente habrían resultado inadmisibles, por ello, el verdadero deterioro quizá no se encuentre solamente en los gobiernos, en los conflictos internacionales o en los intereses geopolíticos que hoy reorganizan al mundo, sino en la normalización colectiva de la incongruencia como forma habitual de convivencia pública.

Finalmente, el problema de una sociedad que pierde la capacidad de indignarse no radica únicamente en su pasividad frente al poder, sino en algo mucho más profundo y peligroso: la gradual desaparición de los criterios internos que permiten distinguir entre lo correcto y lo conveniente, porque cuando la contradicción deja de generar conflicto moral, las sociedades comienzan a adaptarse emocionalmente a cualquier narrativa, a cualquier abuso y a cualquier simulación siempre que resulte compatible con sus afinidades ideológicas o intereses inmediatos, derivado de esto, quizá la pregunta más inquietante no sea hacia dónde se dirige la nueva confrontación política mundial, sino ¿en qué momento dejamos de reaccionar frente a ella como si ya nada tuviera la capacidad de sorprendernos o indignarnos realmente?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1816 en Montevideo, Uruguay, la Biblioteca Nacional abre sus puertas por primera ocasión y se convierte en la primera biblioteca pública del país, motivo por el cual, en Uruguay, se celebra en esta fecha, el “Día Nacional del Libro”; en 1914 en París, Francia, el Teatro de la Ópera de París se convierte en el recinto para el estreno mundial de la ópera “Le Rossignol” (El ruiseñor), de la autoría del célebre compositor, director de orquesta, libretista y pianista ruso Ígor Fiódorovich Stravinski, en 1989 en Casablanca, Marruecos, culmina la 16º edición de la cumbre de la Liga Árabe, con un reconocimiento “implícito” del Estado de Israel y con una petición para asentar una conferencia internacional para la paz en Oriente Próximo.

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Desastres lingüísticos normalizados

19 DE MAYO DE 2026 Desastres lingüísticos normalizados

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

El lenguaje no es un accesorio de la inteligencia ni un simple canal por el cual transitan ideas previamente formadas; es, en realidad, el andamiaje mismo sobre el cual esas ideas se construyen y ordenan por lo que realmente adquieren sentido, y por ello, cada palabra que utilizamos arrastra consigo no sólo una definición, sino una historia, una intención y una forma particular de mirar el mundo que rara vez nos detenemos a examinar ya que, en la vida cotidiana hablamos como si nombrar fuera un acto automático, casi mecánico, desligado de cualquier responsabilidad intelectual, como si bastara con que un término sea comprendido superficialmente para que su uso quede justificado, cuando en realidad el lenguaje exige una relación mucho más consciente, más crítica, más exigente, una relación que hemos ido debilitando hasta el punto de normalizar expresiones cuyo origen desconocemos, cuyo significado apenas intuimos y cuyas implicaciones jamás cuestionamos, y es precisamente en esa normalización donde comienza a configurarse un fenómeno más profundo que un simple descuido: una renuncia sistemática a pensar lo que decimos.

Nombrar no es inocente porque no sólo describe la realidad, también la organiza, la delimita y la jerarquiza, y en ese proceso cada término se convierte en una herramienta que puede aclarar o distorsionar dependiendo del nivel de comprensión con el que se utilice; sin embargo, en la práctica social, el lenguaje tiende a funcionar bajo una lógica de repetición más que de reflexión, lo que provoca que muchas palabras se mantengan vigentes no por su precisión o su pertinencia, sino por la costumbre de usarlas, por la comodidad de no cuestionarlas, por la inercia colectiva que transforma convenciones históricas en supuestas verdades naturales, y esa transformación es particularmente peligrosa porque desactiva la capacidad crítica, convierte el discurso en un terreno aparentemente estable y elimina la necesidad de revisar aquello que damos por hecho.

Uno de los casos más evidentes de esta dinámica es el uso extendido del término “Latinoamérica”, una palabra que se ha integrado de tal manera en el discurso cotidiano que rara vez se percibe como una construcción, como una categoría histórica que responde a intereses específicos y no como una descripción objetiva de la realidad; se utiliza para agrupar a una serie de países que comparten ciertas raíces lingüísticas derivadas del latín, pero en su uso común se convierte en una etiqueta que pretende sintetizar realidades profundamente distintas, que borra matices, que simplifica procesos complejos y que termina por instalar una idea homogénea de lo que en realidad es diverso, contradictorio y cambiante; lo más relevante no es si el término es correcto o incorrecto, sino la forma en que su uso acrítico lo convierte en una herramienta de reducción, en un atajo discursivo que sustituye el análisis por la generalización.

Esa generalización no surge de manera espontánea, se ve reforzada por estructuras institucionales que, aunque operan bajo lógicas técnicas, terminan influyendo en el lenguaje cotidiano; organismos como la Organización de las Naciones Unidas o la CEPAL utilizan categorías como “América Latina y el Caribe” con fines analíticos, buscando agrupar países que presentan ciertas similitudes económicas o históricas para diseñar políticas o estrategias de desarrollo, y en ese contexto la categoría tiene sentido, cumple una función específica y permite trabajar con marcos comparativos relativamente útiles; el problema aparece cuando esa categoría sale del ámbito técnico y se instala en el discurso general sin el contexto que la justifica, porque entonces deja de ser una herramienta de análisis para convertirse en una etiqueta que simplifica, que homogeneiza y que, en muchos casos, termina asociándose con una narrativa dominante que no siempre corresponde a la realidad.

En ese tránsito del lenguaje técnico al lenguaje cotidiano se produce una distorsión que rara vez se reconoce, una especie de desgaste semántico en el que la precisión inicial se pierde y es sustituida por una interpretación más vaga, más cargada de supuestos y menos consciente de sus propios límites; empero, esa pérdida de precisión no genera resistencia, no provoca una revisión crítica del término, sino que se integra con naturalidad en el uso común, como si el simple hecho de ser repetido por instituciones o medios de comunicación fuera suficiente para garantizar su validez, y en ese proceso se consolida una percepción del mundo basada en categorías que no hemos elegido conscientemente, pero que utilizamos como si nos pertenecieran.

Algo similar ocurre con expresiones como “Oriente Medio” u “Oriente Próximo”, términos que revelan con claridad cómo el lenguaje puede estar profundamente condicionado por la perspectiva desde la cual se construye; hablar de “oriente” implica necesariamente la existencia de un punto de referencia que define esa orientación, y ese punto, históricamente, ha sido Europa, lo que convierte a estas denominaciones en construcciones que no describen una realidad geográfica objetiva, sino una forma particular de organizar el mundo desde una mirada específica, una mirada que responde a procesos históricos vinculados con la expansión imperial, con la diplomacia del siglo XIX y con eventos como el declive del Imperio Otomano o la reconfiguración global posterior a la Primera Guerra Mundial.

Utilizar estos términos sin reconocer su origen presupone adoptar, de manera implícita, la lógica que los generó, reproducir una forma de ver el mundo que coloca a ciertos espacios como centro y a otros como periferia, aunque esa jerarquía no sea evidente en el uso cotidiano; el lenguaje, en este sentido, no sólo refleja la realidad, también la construye, la ordena y la interpreta, y cuando dejamos de cuestionarlo, dejamos de cuestionar también las estructuras de pensamiento que lo sostienen, lo que convierte la repetición en un mecanismo de conservación de ideas que, en muchos casos, ya no responden a las condiciones actuales.

La división entre “Europa del Este” y “Europa Occidental” ofrece otro ejemplo de cómo las categorías lingüísticas pueden sobrevivir más allá del contexto que les dio origen, funcionando como si describieran una realidad permanente cuando en realidad responden a un momento histórico específico; durante la Guerra Fría, esta división tenía un sentido claro, delimitaba bloques económicos, ideológicos y políticos que estructuraban el orden mundial, pero una vez transformado ese escenario, la persistencia de la terminología no necesariamente refleja la misma realidad, sino la inercia de un lenguaje que se resiste a desaparecer, que se mantiene vigente por costumbre más que por precisión.

Esa resistencia del lenguaje a actualizarse no es un defecto en sí mismo, es parte de su naturaleza, pero se vuelve problemática cuando va acompañada de una falta de conciencia sobre su origen y su alcance, porque entonces las palabras dejan de ser herramientas flexibles para convertirse en estructuras rígidas que limitan la forma en que interpretamos el mundo, que nos llevan a encajar la realidad en categorías preexistentes en lugar de cuestionar si esas categorías siguen siendo pertinentes, y en ese proceso se produce una especie de congelamiento conceptual en el que el lenguaje ya no acompaña la evolución de la realidad, sino que la retrasa, la simplifica y la distorsiona.

El problema no se limita a categorías geopolíticas o construcciones regionales, también se infiltra en el lenguaje cotidiano que creemos dominar, en palabras que usamos todos los días sin sospechar siquiera la carga histórica que contienen, términos que parecen simples pero que en realidad son cápsulas de tiempo que revelan cómo pensaban, organizaban y vivían otras civilizaciones; basta observar cómo “salario” proviene del latín (salarium), vinculado a la sal con la que se pagaba a soldados romanos, lo que transforma un concepto moderno de remuneración en un vestigio de subsistencia básica, o cómo “trabajo” deriva de (tripalium), un instrumento de tortura, insinuando que la actividad laboral estuvo asociada desde su origen con el sufrimiento, mientras que “familia” no nace del afecto sino del control, del latín (familia) que designaba al conjunto de esclavos bajo la autoridad de un pater familias, y no a un núcleo emocional como hoy lo concebimos; por otro lado, “escuela” proviene del griego (scholé), que significaba ocio, tiempo libre dedicado al pensamiento, una idea que contrasta brutalmente con su percepción actual como obligación, en tanto que “negocio” surge de (negotium), la negación del ocio, es decir, la renuncia consciente al tiempo libre para ocuparse en actividades productivas, y finalmente “sincero”, derivado de (sincerus), entendido como pureza o ausencia de mezcla, asociado incluso con la idea de algo sin artificios ni correcciones, lo que evidencia que incluso las nociones de autenticidad que hoy damos por sentadas tienen un origen profundamente material y concreto; todas estas palabras conviven en nuestro discurso diario como si fueran evidentes, como si siempre hubieran significado lo mismo, cuando en realidad son recordatorios silenciosos de que el lenguaje no sólo cambia, sino que arrastra consigo formas de entender el mundo que seguimos repitiendo sin darnos cuenta.

La normalización de estas expresiones no es un fenómeno aislado ni exclusivo de ciertos términos geopolíticos, es una manifestación de una relación más amplia con el lenguaje en la que predomina la repetición sobre la reflexión, la familiaridad sobre la comprensión, la inercia sobre el análisis, y esa relación tiene implicaciones que van más allá de la comunicación, porque el lenguaje no sólo transmite ideas, también configura la manera en que las construimos, las organizamos y las interpretamos, lo que significa que un uso superficial del lenguaje conduce inevitablemente a un pensamiento superficial.

En ese sentido, la renuncia intelectual no se manifiesta en errores evidentes, en equivocaciones gramaticales o en fallas de pronunciación, sino en algo mucho más sutil y, por lo mismo, más difícil de detectar: la falta de cuestionamiento, la ausencia de curiosidad por entender lo que se dice, la aceptación automática de términos cuya historia desconocemos y, por ende ignoramos su carga semántica, una aceptación que se convierte en hábito y que, con el tiempo, termina por consolidar un discurso en el que las palabras se utilizan más por costumbre que por convicción.

Esa costumbre no es inocente porque contribuye a la construcción de una percepción del mundo basada en simplificaciones, en etiquetas que reducen la complejidad de los fenómenos y que, al hacerlo, limitan nuestra capacidad de análisis; cuando hablamos de “Latinoamérica”, de “Oriente Medio” o de “Europa del Este” sin cuestionar lo que implican esos términos, no sólo estamos utilizando palabras, estamos adoptando marcos de interpretación que condicionan la forma en que entendemos esas realidades, que influyen en nuestras opiniones, en nuestras valoraciones y en nuestras decisiones, y todo ello ocurre de manera casi imperceptible, precisamente porque el lenguaje se presenta como algo dado, como algo que no requiere explicación.

La solución a este problema no pasa por eliminar términos ni por sustituirlos de manera arbitraria por otros que pretendan ser más precisos, porque el lenguaje no funciona bajo criterios de pureza, sino de uso y de consenso; empero, sí pasa por recuperar una relación consciente con las palabras, por entender que cada término que utilizamos tiene un origen, una intención y un alcance que no desaparecen por el simple hecho de que los ignoremos, y que al usarlos participamos en la reproducción de ese significado, lo reforzamos, lo validamos y lo mantenemos vigente.

Recuperar esa conciencia implica asumir una responsabilidad que no siempre resulta cómoda, porque exige detenerse, cuestionar, investigar, dudar, es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que la inercia del lenguaje nos invita a hacer, y en un contexto donde la velocidad de la comunicación es cada vez mayor y la profundidad del análisis cada vez menor, esa exigencia se percibe como un esfuerzo adicional, como una carga innecesaria, cuando en realidad es una condición indispensable para mantener una relación crítica con el mundo.

No se trata de convertir cada conversación en un ejercicio académico ni de exigir una precisión absoluta en cada palabra, sino de desarrollar una sensibilidad lingüística que nos permita reconocer cuándo estamos utilizando términos que simplifican en exceso, que arrastran significados que no comprendemos o que responden a contextos que ya no son vigentes, una sensibilidad que no busca paralizar el discurso, sino enriquecerlo, hacerlo más consciente, más honesto y más preciso.

Finalmente, el desastre lingüístico no consiste en la existencia de palabras imperfectas ni en la presencia de categorías discutibles, sino en la naturalización de su uso sin comprensión, en la aceptación de un lenguaje que ya no interrogamos, que ya no analizamos y que utilizamos como si fuera transparente cuando en realidad está cargado de historia, de intención y de poder, y en esa naturalización se esconde una renuncia silenciosa pero profunda, porque si el lenguaje es la herramienta con la que pensamos, entonces dejar de cuestionarlo equivale a dejar de pensar plenamente, ¿cuántas de las palabras que utilizas todos los días entiendes realmente más allá de su uso inmediato?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1643 en las nuevas tierras americanas de la Corona Británica, se funda la Confederación de Nueva Inglaterra conformada por las recién creadas colonias de Connecticut, Massachusetts, New Haven y Providence, que a la postre, serán integradas a las denominadas 13 colonias fundacionales de los Estados Unidos de Norteamérica. Con esta Confederación, el Imperio Británico se convierte en la cuarta gran potencia mundial al contar con territorios en el continente americano; en 1822 en la CDMX, México, el Congreso Constituyente declara al militar y político mexicano Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu como monarca del Imperio Mexicano. Esta proclamación se suscitó ante una feroz presión militar acompañada de la voz de gran número de civiles; en 1960 en Washington D.C., Estados Unidos en la sede de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), perteneciente al Banco Mundial, la República de Islandia es aceptada como Estado Miembro.

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Intervencionismo conveniente

12 DE MAYO DE 2026 Intervencionismo conveniente

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

La soberanía, entendida en su dimensión más estricta y no como un recurso retórico adaptable, constituye uno de los pilares fundamentales sobre los cuales se edifica el orden constitucional mexicano, por ello, de los numerales 39 al 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no solo establecen que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, sino que además delimitan el origen, la legitimidad y el propósito del poder público, lo cual implica que cualquier forma de influencia externa que pretenda incidir en las decisiones internas del país debe ser observada bajo un criterio de excepcionalidad y cautela; es decir, no basta con invocar la soberanía como un principio abstracto cuando conviene al discurso político, sino que se exige coherencia en su aplicación práctica, ya que en la medida en que se relativiza o se interpreta de manera flexible, se corre el riesgo de vaciarla de contenido, convirtiéndola en un concepto maleable que pierde su capacidad de operar como límite frente a actores externos y como garantía frente a los propios excesos del poder interno, por lo tanto, hablar de intervencionismo extranjero no puede reducirse a una etiqueta circunstancial, sino que debe entenderse como una categoría que implica la transgresión de un principio constitucional claramente definido.

Desde esta perspectiva, y bajo una visión estrictamente personal, el momento político actual en México presenta la confluencia de, al menos, tres acontecimientos que han sido utilizados para “apelar” —ya sea de manera directa o indirecta— a la noción de intervencionismo extranjero dentro del discurso público, comenzando por el tratamiento institucional dirigido hacia Maru Campos, continuando con el contexto que rodea a Rubén Rocha Moya y culminando con la presencia en territorio nacional de Isabel Díaz Ayuso; empero, en medio de esta construcción narrativa que parece defender con firmeza la soberanía frente a cualquier forma de injerencia externa, se omite un elemento que, lejos de ser anecdótico, adquiere relevancia política en un entorno internacional particularmente sensible, y es la participación de Claudia Sheinbaum en un encuentro de liderazgos de izquierda latinoamericana en Barcelona, lo cual introduce una variable que no puede analizarse de manera aislada cuando las relaciones entre México y ciertos sectores de poder en Estados Unidos se encuentran en un punto de tensión que, aunque no siempre explícito, resulta innegable en su trasfondo.

El caso de Maru Campos permite observar con claridad cómo la lógica de la soberanía no se limita a la defensa frente a actores externos, sino que también se proyecta hacia el interior del sistema político como un mecanismo de control y de narrativa institucional, por ello, el citatorio emitido desde el Senado, cuidadosamente presentado bajo la figura de una “invitación” a comparecer, no puede interpretarse únicamente como un ejercicio ordinario de rendición de cuentas, sino que debe analizarse en el contexto político en el que se produce, particularmente cuando el trasfondo del caso se encuentra relacionado con versiones que comenzaron a surgir posteriormente sobre la participación directa de agencias norteamericanas en acciones para desmantelar un narcolaboratorio dentro del estado de Chihuahua, inicialmente presentado bajo una narrativa públicamente contradictoria respecto a las circunstancias en las que fallecieron dos agentes estadounidenses; ya que mientras las versiones oficiales intentaron reducir el hecho a un accidente aislado, distintas filtraciones y reportes posteriores apuntaron a la existencia de coordinación previa entre autoridades mexicanas y personal extranjero, lo que introduce una contradicción adicional, porque el ingreso y actuación formal de agentes internacionales dentro del territorio nacional únicamente puede producirse mediante autorización federal, lo cual revela una utilización estratégica de los instrumentos institucionales para generar presión pública bajo un lenguaje que pretende mantener una apariencia de neutralidad, derivado de esto, se configura una primera señal de selectividad, porque mientras se activa el aparato institucional frente a ciertos actores, se construye paralelamente una narrativa que legitima dicha acción como parte del funcionamiento democrático, cuando en realidad responde a una lógica de oportunidad política, lo cual implica que la soberanía, en lugar de operar como un principio uniforme, comienza a fragmentarse en su aplicación.

Al trasladar el análisis al caso de Rubén Rocha Moya, el escenario adquiere una complejidad mayor, ya que en él convergen factores internos y externos que no pueden entenderse de manera aislada, por lo tanto, la existencia de un marco jurídico y operativo norteamericano orientado a combatir estructuras criminales bajo esquemas de seguridad ampliada introduce una dimensión que rebasa el ámbito nacional y que abre la puerta a presiones diplomáticas, cooperación reforzada e incluso a interpretaciones con capacidad de impactar a distintos actores políticos, particularmente después de la publicación de la nueva estrategia estadounidense contra el tráfico de drogas, un documento de más de 190 páginas orientado a homologar y coordinar el actuar de distintas agencias de seguridad bajo una lógica de combate transnacional al narcotráfico; empero, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de este instrumento, sino en el momento en que adquiere protagonismo dentro del discurso y la acción política, particularmente porque las versiones y documentos difundidos alrededor del caso no se limitan exclusivamente a la figura del gobernador sinaloense, sino que incluyen solicitudes norteamericanas de detención y posterior extradición dirigidas contra un grupo más amplio de actores políticos del estado de Sinaloa, alcanzando presuntamente a diez funcionarios tanto del ámbito ejecutivo como legislativo vinculados con estructuras criminales, lo que transforma el asunto de un señalamiento individual a una posible red de protección política, derivado de esto, la licencia solicitada por Rocha Moya bajo el argumento de facilitar las investigaciones terminó generando todavía más cuestionamientos ante la ausencia de información clara sobre su ubicación y sobre el verdadero alcance de la cooperación entre autoridades mexicanas y norteamericanas, ya que es precisamente en este tipo de escenarios donde se vuelve pertinente preguntarse bajo qué condiciones determinadas herramientas internacionales se activan con mayor intensidad, lo cual permite sostener, desde una lectura personal, que ciertos acontecimientos políticos pueden funcionar como detonadores contextuales que facilitan la utilización de mecanismos previamente establecidos, no como resultado de una relación causal automática, sino como consecuencia de un entorno geopolítico que vuelve más viable su aplicación, por ello, no se trata de afirmar que un hecho específico genere una reacción inmediata, sino de reconocer que en el ámbito internacional los movimientos políticos se interpretan, se acumulan y, eventualmente, se utilizan.

En el caso de Isabel Díaz Ayuso, el análisis se desplaza hacia una dimensión simbólica y discursiva que resulta particularmente reveladora, por lo tanto, su presencia en México no puede reducirse a un ejercicio de intercambio político o académico, sino que debe entenderse como la inserción de una figura extranjera en el debate interno de un país que, al menos en su narrativa oficial, ha sostenido una postura de rechazo frente a cualquier forma de intervención externa, lo cual genera una tensión evidente entre el discurso y la práctica, especialmente al considerar que la visita fue impulsada y respaldada por un grupo empresarial que desde hace tiempo mantiene una confrontación pública con el gobierno mexicano y cuya postura política resulta diametralmente opuesta a la narrativa encabezada por Claudia Sheinbaum, por ello, desde una lectura estrictamente personal, resulta difícil interpretar esta coincidencia como un hecho completamente casual, particularmente cuando la figura elegida para encabezar dicha gira fue precisamente una dirigente española identificada con posiciones conservadoras y con discursos que históricamente han confrontado las posturas impulsadas por distintos sectores de la izquierda iberoamericana, derivado de esto, la visita deja de percibirse como un acto aislado y comienza a insertarse dentro de una lógica de posicionamientos ideológicos que inevitablemente terminan proyectándose sobre el debate político mexicano.

La tensión alrededor de este episodio adquirió una dimensión todavía más reveladora tras el retiro de la invitación que originalmente había sido extendida a Ayuso para participar en un evento organizado por Grupo Xcaret en Quintana Roo, ya que la explicación pública ofrecida por la propia empresa terminó exhibiendo una contradicción difícil de ignorar, particularmente cuando se argumentó que la decisión obedecía a declaraciones realizadas por la dirigente española “meses anteriores”, pese a que una visita internacional de esta naturaleza necesariamente implicó un proceso de coordinación y planeación previo durante el cual dichas posturas ya eran ampliamente conocidas por quienes organizaron y avalaron su presencia en México, lo cual vuelve poco congruente sostener que el verdadero detonante surgió repentinamente de expresiones que ya formaban parte de su perfil político público; por ello, desde una visión estrictamente personal, resulta complicado desvincular la cancelación del contexto político y mediático que se intensificó tras las declaraciones emitidas ya en territorio mexicano, especialmente cuando distintos sectores afines al oficialismo reaccionaron de manera inmediata y cuando el costo político de mantener su participación comenzó a crecer públicamente, derivado de esto, el episodio termina proyectando la percepción de que ciertas expresiones políticas extranjeras pueden ser toleradas o desplazadas del espacio público dependiendo de la narrativa dominante del momento, lo que vuelve todavía más difusa la línea entre la defensa legítima de la soberanía y la administración selectiva de las voces consideradas políticamente aceptables.

A partir de estos tres casos, el análisis permite identificar un patrón que trasciende los hechos aislados, dicho esto, la soberanía no opera en la práctica como un principio rígido, sino como una herramienta que se adapta a las necesidades del momento político; sin embargo, adquiere una dimensión aún más relevante cuando la narrativa oficial comienza a mostrar una fisura, porque mientras se invoca la soberanía como principio inquebrantable frente a cualquier forma de intervención externa, se omite señalar con la misma claridad que la participación de la propia presidenta en espacios como la IV Reunión “En Defensa de la Democracia”, realizada en Barcelona el pasado mes de abril, no es un acto neutro, no es un gesto diplomático aislado, es una toma de postura, y en un contexto de tensiones con actores internacionales relevantes, esa postura no solo se observa, se interpreta y eventualmente se utiliza, particularmente cuando se incorpora el contexto internacional en el que se inscriben estos acontecimientos, ya que la participación en foros de carácter ideológico fuera del país no puede desvincularse de la manera en que dichos movimientos son leídos por otros actores globales, especialmente en un entorno donde las relaciones bilaterales se encuentran sujetas a tensiones constantes, por ello, las decisiones políticas no se producen en el vacío, sino dentro de marcos de interpretación que influyen en la activación de determinadas herramientas jurídicas o diplomáticas.

Este entramado se vuelve aún más evidente cuando se traslada al terreno electoral, donde los incentivos políticos adquieren una relevancia determinante, por lo tanto, el contexto rumbo a 2027 introduce una variable que no puede ignorarse, ya que los movimientos observados en el presente parecen responder a una lógica de posicionamiento anticipado que desborda los tiempos formales establecidos por la ley, lo cual se refleja en la proliferación de figuras como “Coordinadores de la Defensa de la Transformación” para el caso del oficialismo y, en el caso de partidos como PAN y PRI, bajo la denominación “Coordinadores de la defensa del voto”, cuya función resulta difícil de desvincular de una estrategia de construcción de presencia territorial con fines electorales, derivado de esto, la discusión deja de ser estrictamente jurídica para convertirse en un análisis de coherencia política.

No hace falta probar jurídicamente que son actos anticipados; basta exhibir la lógica: cambiar el nombre para evitar la consecuencia. Y cuando esa lógica se normaliza, el problema deja de ser una posible infracción aislada para convertirse en una práctica sistemática que erosiona la equidad del proceso democrático, dicho lo anterior, no puede atribuirse exclusivamente a un solo actor político, ya que, distintos partidos han incurrido en estrategias similares, evidenciando que la simulación no es una anomalía, sino una constante dentro del sistema, por ello, el lenguaje deja de ser un instrumento de claridad para convertirse en una herramienta de evasión que permite sortear las restricciones legales sin modificar la esencia de la conducta.

En este contexto, la relación entre soberanía, selectividad política y simulación electoral adquiere una coherencia que no puede ignorarse, por lo tanto, los distintos casos analizados no deben entenderse como episodios aislados, sino como manifestaciones de una misma lógica en la que los principios se adaptan a las necesidades del momento, lo que revela una transformación profunda en la manera en que se ejerce el poder, ya que, en lugar de operar bajo criterios absolutos, se ajusta a una racionalidad estratégica que privilegia la utilidad política por encima de la consistencia normativa, derivado de esto, la soberanía pierde su carácter de límite y se convierte en un recurso que se activa o se desactiva según convenga.

Lo que comenzó como una discusión sobre intervencionismo extranjero termina revelando algo más profundo, por ello, el problema ya no radica en quién interviene o deja de intervenir, sino en quién decide cuándo nombrarlo y cuándo ignorarlo; los principios ya no son absolutos; empero, son administrados.

Finalmente, esta realidad obliga a replantear no solo la manera en que se interpreta la soberanía, sino también el uso que se hace de ella dentro del discurso político contemporáneo, porque en la medida en que se convierte en un recurso flexible, pierde su capacidad de funcionar como un principio rector y se transforma en una herramienta de legitimación, lo cual plantea una interrogante inevitable ¿la soberanía sigue siendo un principio o se ha convertido en un recurso discursivo estratégicamente permisivo, activado o ignorado según la conveniencia política, incluso cuando el tablero electoral ya comenzó a moverse mucho antes de que la ley lo permita?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1521 fallecía en Texcoco (posiblemente), México, el tlatoani, guerrero y militar Tlaxcalteca, Xicohténcatl Axayacatzin, quien luchó contra las fuerzas españolas durante el periodo de la Conquista y tras haber sido vencido generó alianzas para continuar su lucha; sin embargo, Hernán Cortés tuvo conocimiento previo de sus intenciones de provocar un golpe de estado en Tlaxcala y ordenó su captura y muerte; en 1820 nacía en Florencia, Italia, la enfermera, escritora, estadista y profesora Florence Nightingale, quien a temprana edad mostró su pasión por ayudar en la atención a los enfermos y modificar un poco el trato que se les brindaba;  fue altamente reconocida por su labor en la Guerra de Crimea en el hospital de Scutari; sin embargo, la prensa de la época pareciera haber exaltado de más dicho trabajo con lo que le valió convertirla en una imagen pública en el Reino Unido. El reconocimiento del día internacional de la enfermera se estableció debido a la fecha de nacimiento de esta notable mujer; en 1910 nacía en El Cairo, Imperio Británico, la bioquímica Dorothy Mary Crowfoot Hodgkin, quien descubrió la técnica para visualizar las estructuras moleculares en tres dimensiones en forma de cristales a la que se llamó “Cristalografía”, con la cual, se consiguieron avances importantes en las investigaciones sobre la estructura de la vitamina B12 y la penicilina lo que le valió ganar el Premio Nobel de Química en 1964 “por sus determinaciones mediante técnicas de rayos X de las estructuras de importantes sustancias bioquímicas».

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El otro rostro del 5 de mayo

05 DE MAYO DE 2026 El otro rostro del 5 de mayo

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

Hablar del 5 de mayo en México implica enfrentarse no a un hecho histórico aislado, sino a la forma en que ese hecho ha sido repetido, seleccionado y, con el tiempo, transformado en una pieza central de la identidad nacional, una identidad que no se construye necesariamente a partir de la totalidad de lo ocurrido, sino de aquello que resulta funcional para sostener una narrativa cohesionada, emocionalmente eficaz y políticamente útil, porque la historia no se impone por sí misma sino que es acomodada, administrada y filtrada según las necesidades de cada momento, y en ese proceso la Batalla de Puebla ha sido convertida en una victoria emblemática que, sin ser falsa, ha sido presentada como si explicara más de lo que realmente explica, como si su carga simbólica bastara para comprender un periodo complejo que en realidad desborda por completo ese episodio puntual, dejando de ser problemático solo en apariencia, ya que ese símbolo ha desplazado sistemáticamente la discusión sobre lo que vino después, sobre aquello que no se celebra porque incomoda, porque contradice la narrativa heroica y porque obliga a reconocer que el resultado final de aquel proceso histórico no fue la consolidación de una victoria, sino la instauración de un imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo, situación que desarma por completo la idea de triunfo definitivo que suele acompañar al recuerdo del 5 de mayo y que rara vez se coloca con la misma fuerza en el centro del discurso público; empero, lo verdaderamente incómodo no es la existencia de esa contradicción, sino la persistencia de un relato que decide ignorarla, que la bordea, que la minimiza y que, en última instancia, la vuelve irrelevante para efectos de la narrativa dominante, generando una memoria selectiva que privilegia el instante de gloria y descarta el desenlace que lo contradice, como si la historia pudiera fragmentarse sin consecuencias, como si el orgullo pudiera sostenerse sin verdad y como si la repetición constante de un símbolo bastara para legitimar su significado sin necesidad de someterlo a revisión.

Pensar en esa contradicción obliga a ir más allá del dato histórico y entrar en el terreno de la construcción de la memoria, porque no se trata de cuestionar si hubo o no valor en el campo de batalla, ni de restar mérito a una resistencia que efectivamente existió, sino de analizar por qué ese momento específico ha sido elevado a la categoría de símbolo nacional mientras otros episodios, igual o más determinantes, permanecen relegados a un segundo plano, casi como si fueran notas al pie que no alteran el relato principal, cuando en realidad lo transforman por completo, revelando una lógica que pocas veces se discute de manera abierta: las naciones no recuerdan todo, recuerdan lo que necesitan recordar para sostener una idea de sí mismas que resulte coherente, defendible y emocionalmente rentable, y en ese sentido la historia deja de ser un espacio de exploración para convertirse en un mecanismo de validación que privilegia la claridad del símbolo por encima de la complejidad del proceso, una lógica que no surge de la casualidad, sino de la necesidad de construir relatos que puedan ser transmitidos con facilidad, interiorizados sin resistencia y defendidos sin cuestionamiento, lo que implica necesariamente dejar fuera aquello que complica, aquello que contradice y aquello que obliga a pensar más allá de lo evidente, creando así una narrativa funcional que, lejos de explicar la historia, la simplifica hasta hacerla operativa.

Esa preferencia por lo simbólico no surge de manera espontánea, responde a una estructura que se reproduce a través del tiempo mediante instituciones que tienen la capacidad de definir qué se enseña, cómo se enseña y, sobre todo, qué se omite, incluyendo conmemoraciones oficiales, discursos políticos y sistemas educativos que, desafortunadamente, operan como canales de transmisión de una versión específica del pasado, una versión que no necesariamente miente, pero que ordena y selecciona los hechos de tal manera que el resultado sea aceptable, comprensible y, sobre todo, funcional, porque una narrativa que exige demasiado cuestionamiento pierde eficacia como herramienta de cohesión, mientras que una narrativa que simplifica, que ofrece un punto de identificación claro y que evita las zonas incómodas, se vuelve mucho más fácil de interiorizar y repetir, consolidando una memoria colectiva que no es necesariamente falsa, pero sí incompleta, una memoria que se transmite de generación en generación como si fuera incuestionable, como si su repetición bastara para validarla y como si su permanencia en el tiempo fuera prueba de su veracidad, cuando en realidad es prueba de su utilidad.

Cuando esa incompletitud se normaliza, deja de percibirse como una limitación y comienza a asumirse como la forma natural de entender la historia, generando implicaciones profundas, porque no solo condiciona la manera en que se interpreta el pasado, sino también la forma en que se procesan los problemas del presente, ya que una sociedad acostumbrada a relatos simplificados tiende a buscar explicaciones igualmente simplificadas para fenómenos complejos, reduciendo su capacidad de análisis y volviéndola más susceptible a aceptar versiones que privilegian la claridad aparente sobre la precisión real, creando así un círculo en el que la narrativa domina sobre la comprensión, un círculo que no se rompe por acumulación de información, sino por cuestionamiento, por incomodidad y por la voluntad de ir más allá de lo que se ha dado por hecho, lo que implica reconocer que muchas de las certezas que se han repetido durante años no son más que versiones parciales que han logrado imponerse por su capacidad de simplificar lo complejo.

Llegados a este punto, la pregunta deja de ser por qué se recuerda la Batalla de Puebla y pasa a ser cómo se recuerda, porque ahí es donde se define el verdadero problema, no en el hecho en sí, sino en la forma en que ha sido integrado al imaginario colectivo como una especie de punto culminante que no requiere mayor explicación, como si su repetición bastara para sostener su significado, impidiendo que se analicen las condiciones que hicieron posible la intervención extranjera, las decisiones internas que facilitaron ese escenario y las consecuencias que derivaron de ello, generando una narrativa que se sostiene más en la emoción que en el análisis, una narrativa que, al centrarse en un momento específico, evita deliberadamente conectar ese momento con el desenlace que lo contradice, lo que permite sostener la idea de triunfo sin tener que confrontar la realidad de un proceso que terminó de manera muy distinta a como se suele recordar.

Esa emoción no es casual, es el resultado de una construcción que busca generar identificación, orgullo y sentido de pertenencia, elementos que son fundamentales para cualquier proyecto nacional; empero, se vuelven problemáticos cuando sustituyen por completo la reflexión crítica, porque entonces la historia deja de ser una herramienta para entender errores y se convierte en un recurso para reafirmar certezas, limitando la posibilidad de aprender de los procesos pasados e impidiendo identificar patrones que podrían repetirse en el presente, creando una ilusión de comprensión que en realidad encubre una falta de profundidad, una ilusión que resulta particularmente peligrosa porque ofrece respuestas simples a preguntas complejas y porque refuerza la idea de que no es necesario cuestionar aquello que ya ha sido establecido como verdad, generando una relación pasiva con la historia en la que el individuo deja de ser un sujeto crítico para convertirse en un receptor de narrativas.

Al observar la persistencia de este tipo de narrativas a lo largo del tiempo, resulta evidente que no dependen de un solo gobierno ni de una ideología específica, sino de una lógica que atraviesa distintas administraciones, independientemente de su color político, porque el control del relato histórico no es un recurso exclusivo de un grupo, sino una práctica que se mantiene precisamente porque resulta útil para construir identidad, evitar cuestionamientos estructurales y sostener legitimidad, explicando por qué ciertas versiones del pasado permanecen prácticamente intactas incluso cuando cambian los discursos oficiales, demostrando que la administración de la memoria es un elemento constante dentro de la dinámica del poder, una constante que no se rompe con alternancia política ni con cambios de discurso, porque no responde a una ideología específica, sino a una necesidad estructural de control simbólico que trasciende a quienes ocupan temporalmente el poder.

Esa aceptación, en muchos casos inconsciente, es lo que permite que la historia funcione como un instrumento de estabilidad en lugar de un espacio de revisión, sin ser necesariamente negativa en todos los contextos, pero volviéndose problemática cuando impide la incorporación de elementos que complejizan el relato, porque entonces se genera una especie de resistencia a cualquier intento de reinterpretación, como si cuestionar el pasado implicara traicionar una identidad que en realidad ha sido construida sobre una base parcial, limitando la posibilidad de evolucionar hacia una comprensión más completa, una resistencia que no se impone desde fuera, sino que se reproduce desde dentro, a través de hábitos de pensamiento que privilegian la certeza sobre la duda y la comodidad sobre la crítica.

Existe, sin embargo, una consecuencia adicional que revela con mayor claridad la fragilidad de esta construcción: cuando una sociedad no define con precisión el significado de sus propios símbolos, deja espacio para que estos sean reinterpretados desde el exterior, pero esto no ocurre necesariamente por una intención de distorsión, sino por la simple dinámica de apropiación cultural que caracteriza a un mundo interconectado, y en ese sentido el caso del 5 de mayo resulta particularmente ilustrativo, ya que en Estados Unidos esta fecha ha adquirido una relevancia que no se explica por su contexto histórico original, sino por su capacidad de ser transformada en una celebración asociada al consumo, a la representación simplificada de la identidad mexicana y a una narrativa que privilegia lo festivo sobre lo histórico, generando una versión que, aunque popular, carece de la profundidad necesaria para entender el proceso que le dio origen, una transformación que no solo implica una reinterpretación cultural, sino una resignificación completa en la que el contenido histórico se diluye hasta volverse irreconocible.

Lejos de ser un fenómeno anecdótico, esta transformación evidencia cómo la falta de una apropiación crítica del pasado puede derivar en una reinterpretación que responde a intereses distintos, donde la historia se convierte en un recurso cultural adaptable, flexible y, sobre todo, comercializable, implicando una reducción significativa de su complejidad, porque los elementos que no encajan en la lógica del consumo tienden a desaparecer, dejando únicamente aquellos que pueden ser fácilmente reconocidos, replicados y vendidos, creando así una imagen que, aunque basada en un hecho real, termina siendo una representación distorsionada, una representación que, en muchos casos, es aceptada sin cuestionamiento incluso por quienes forman parte de la cultura que está siendo simplificada.

Aceptar esa representación sin cuestionarla implica, en cierta medida, validar el proceso que la hizo posible, porque no se trata únicamente de lo que otros hacen con una fecha, sino de lo que se permite que ocurra cuando no se establece una narrativa suficientemente sólida y completa desde el origen, reforzando la idea de que el problema no está en la reinterpretación externa, sino en la debilidad interna del relato; empero, esa debilidad no es irreversible, puede ser atendida mediante un ejercicio consciente de revisión que permita incorporar los elementos que han sido sistemáticamente omitidos, lo que implica no solo revisar el pasado, sino replantear la forma en que se construyen y se transmiten las narrativas que lo explican.

Revisar la historia en ese sentido no implica desmontar símbolos por el simple hecho de hacerlo, sino reubicarlos dentro de un contexto más amplio que permita entender su verdadero alcance, reconociendo tanto su valor como sus limitaciones; sin embargo, requiere abandonar la idea de que una narrativa clara es necesariamente una narrativa correcta y aceptar que la complejidad es un componente inevitable de cualquier proceso histórico que aspire a ser comprendido en su totalidad, lo que implica un cambio de enfoque que no siempre resulta cómodo, pero que es indispensable para construir una relación más honesta con el pasado.

Esa transición hacia una lectura más compleja no es sencilla, porque implica renunciar a ciertas certezas que han sido interiorizadas durante años, pero es precisamente en ese proceso donde se abre la posibilidad de construir una relación distinta con el pasado, una relación que no dependa de la repetición acrítica, sino de la reflexión constante, fortaleciendo la capacidad de análisis frente a los desafíos del presente y permitiendo identificar patrones, cuestionar decisiones y evitar la reproducción de errores que, de otra manera, permanecerían invisibles bajo el peso de una narrativa simplificada.

Finalmente, ¿Qué parte de nuestra memoria sigue dispuesta a ser administrada por el poder, sin importar el color que lo encabece, desde Maximiliano de Habsburgo hasta hoy? ¿Cuándo dejaremos de aplaudir relatos incompletos en lugar de exigir que no se nos trate como si no pudiéramos entender nuestra propia historia?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1818 nacía en Tréveris, Prusia (actual norte de Alemania), el economista, filósofo y militante comunista Karl Marx que lideró el movimiento social denominado “marxismo” o “socialismo científico”, autor de publicaciones como “Manifiesto Comunista” y “El Capital”; en 1821 fallecía en la isla británica de Santa Elena uno de los líderes mas trascendentales de Francia, Napoleón Bonaparte, quien fungiera como militar durante la mayor parte de su vida y que escalonara posiciones hasta hacerse con el poder del pueblo galo tras el golpe de estado del 18 de Brumario (noviembre) de 1799; en 2000 en Estados Unidos, se estrena en las salas de cine de todo el país, la multipremiada película protagonizada por Russell Crowe y Joaquín Phoenix intitulada “Gladiator” (Gladiador). 

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Trabajar hasta morir

28 DE ABRIL DE 2026 Trabajar hasta morir

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

Resulta profundamente inquietante observar cómo, en un momento histórico donde el discurso sobre el bienestar laboral ha alcanzado niveles de sofisticación inéditos, la experiencia cotidiana del trabajo parece moverse en sentido contrario, normalizando el agotamiento, la ansiedad y la presión constante como si fueran elementos inevitables de la vida productiva y, no se trata de una contradicción superficial ni de una simple disonancia entre lo que se dice y lo que se hace, sino de una estructura mucho más compleja donde las normas existen, los marcos regulatorios están definidos y las intenciones institucionales parecen claras; empero, su materialización se diluye al enfrentarse con los límites reales de un sistema que opera bajo tensiones económicas, políticas y sociales simultáneas; en este contexto, el problema no es la falta de reglas ni la ausencia de diagnósticos, sino la incapacidad colectiva de sostener en la práctica aquello que en el discurso se presenta como indispensable.

Este tema viene a colación derivado de que precisamente hoy, 28 de abril, se conmemora el “Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo”, siendo instituido en el año 2003 por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que dicho sea de paso, esta agencia presenta dos cualidades significativas, siendo la primera de ellas, que es la única agencia de las Naciones Unidas que es tripartita; es decir, que congrega a los gobiernos, empleadores y empleados de 187 de los Estados Miembros representados en la Asamblea General y, que es el primer organismo especializado de la ONU tras la Segunda Guerra Mundial, ya que su fundación data de 1919 gracias al Tratado de Versalles.

Al revisar el caso mexicano, esta tensión adquiere una forma particularmente evidente precisamente en esa lógica tripartita que la propia Organización Internacional del Trabajo promueve, al trasladarse a las normas oficiales que buscan regular las condiciones laborales, no solo por su contenido, sino por lo que revelan en su aplicación. La NOM-035-STPS representa uno de los intentos más ambiciosos por incorporar la salud mental como un eje central del entorno laboral, obligando a las organizaciones a identificar, analizar y prevenir riesgos psicosociales que afectan directamente a los trabajadores, lo cual, en teoría, implicaría una corresponsabilidad clara entre Estado, empleadores y empleados. Su entrada en vigor en dos etapas, primero en 2019 con la atención a eventos traumáticos y posteriormente en 2020 con la identificación de riesgos y la implementación de medidas de control, parecía marcar un punto de inflexión en la forma de entender el trabajo; sin embargo, la realidad ha sido menos contundente de lo que el marco normativo sugería, no porque el problema haya desaparecido, sino porque su atención implica una complejidad que supera la capacidad operativa de muchos de los actores involucrados.

Lo verdaderamente incómodo aparece cuando se reconoce que esta dificultad no es exclusiva del sector empresarial, sino que se extiende al propio aparato gubernamental. La exigencia de evaluar de manera constante los riesgos psicosociales, de generar mecanismos de intervención y de dar seguimiento a la salud mental de los trabajadores no es un proceso menor ni fácilmente implementable, especialmente cuando implica la incorporación de especialistas, la modificación de dinámicas internas y la asignación de recursos que compiten con otras prioridades; en ese punto, la discusión deja de ser técnica para volverse estructural, porque no se trata de si se debería cumplir la norma, sino de si existe la capacidad real para hacerlo de manera sostenida en todos los niveles. “El Estado regula lo que no puede garantizar.”, y cuando esa afirmación deja de ser una crítica y se convierte en una descripción, el problema adquiere una dimensión mucho más profunda.

La NOM-001-STPS, vigente desde hace años y centrada en condiciones básicas como iluminación, ventilación, temperatura, orden y limpieza, ya había evidenciado esta distancia entre la norma y su aplicación, particularmente en espacios gubernamentales donde las deficiencias son visibles y recurrentes, porque es altamente posible y probable encontrarnos oficinas con hacinamiento, infraestructura limitada y condiciones que difícilmente podrían considerarse óptimas, con lo que ponen en evidencia que la exigencia normativa no siempre va acompañada de la capacidad de cumplimiento; sin embargo, si la NOM-001 revela una brecha en lo físico, la NOM-035 la expone en un terreno mucho más complejo, porque ya no se trata de elementos visibles, sino de procesos internos que requieren una transformación organizacional profunda, costosa y sostenida en el tiempo.

Bajo este parámetro, la ley existe, pero su cumplimiento es selectivo, lo cual, no solo describe lo que ocurre, sino que sintetiza la lógica bajo la cual operan tanto el sector público como el privado. No se trata de una negativa absoluta a cumplir, sino de una aplicación parcial que responde a lo que es viable dentro de las condiciones existentes, y es que la implementación de la NOM-035 implica costos que no siempre pueden ser absorbidos, especialmente en empresas que se encuentran en etapas de crecimiento o que operan con márgenes reducidos, donde cada decisión de gasto tiene un impacto directo en la supervivencia del negocio, pero incluso en estructuras más grandes, la transformación que exige la norma no es menor, porque implica intervenir en la forma en que se organiza el trabajo, en las relaciones internas y en la cultura laboral, elementos que no se modifican de manera inmediata ni sin resistencia.

El problema no es que las normas no tengan “dientes”, es que aplicarlas plenamente tendría costos económicos y políticos que ni el sector empresarial ni el político están realmente dispuestos a asumir, sobre todo porque uno no podría sostener esa evasión sin la permisividad del otro. Esta afirmación rompe con la idea de que el incumplimiento es unilateral y obliga a entenderlo como un fenómeno compartido, donde las decisiones de un actor están condicionadas por las del otro; es decir, el sector empresarial opera dentro de los márgenes que la regulación permite o tolera, mientras que el sector político ajusta la exigencia normativa en función de los costos que su aplicación podría generar, por ello, en ese equilibrio, el cumplimiento absoluto deja de ser un objetivo realista y se convierte en una referencia que se adapta a las circunstancias.

Desde esta perspectiva, el bienestar laboral compite contra la viabilidad económica, tensión que resulta para entender por qué las normas no se aplican en su totalidad, incluso cuando existe un reconocimiento generalizado de su importancia, porque mejorar las condiciones laborales implica invertir en infraestructura, en procesos y en personal especializado, lo que a su vez impacta en la estructura de costos de las organizaciones, ocasionando un entorno donde si la competencia es alta y los márgenes pueden ser reducidos, estas decisiones no se toman en abstracto, sino en función de su impacto en la continuidad del negocio, resaltando que la lógica empresarial no necesariamente se opone al bienestar, pero sí lo somete a un cálculo donde la viabilidad económica tiene un peso determinante.

En este punto, el marco fiscal adquiere un papel central, porque define en gran medida los incentivos que orientan las decisiones de inversión, y debemos resaltar que la ausencia de estímulos fiscales claros para la mejora de condiciones laborales limita la capacidad de muchas empresas para implementar cambios significativos, especialmente cuando se trata de adecuaciones físicas o de la incorporación de programas de atención psicológica, porque en un escenario donde estas inversiones no generan beneficios fiscales relevantes, el costo recae directamente en la empresa, lo que reduce el atractivo de realizarlas, incluso cuando son necesarias; empero, si existieran mecanismos que permitieran canalizar estos recursos hacia la mejora interna en lugar de destinarlos al pago de impuestos, es probable que el comportamiento empresarial se modificara de manera significativa, no por convicción, sino por incentivo.

La transformación del trabajo a partir de la pandemia introdujo nuevas variables en esta ecuación, particularmente a través del teletrabajo y su regulación mediante la NOM-037-STPS. La incorporación del derecho a la desconexión digital buscaba establecer límites claros entre el tiempo laboral y personal, reconociendo que la disponibilidad constante no es sostenible ni saludable; sin embargo, la implementación de este derecho ha sido limitada, en parte porque la dinámica del trabajo remoto ha generado beneficios que tanto empresas como trabajadores están dispuestos a conservar, el home office no eliminó el desgaste, lo trasladó,  y en ese desplazamiento se sintetiza un cambio profundo en la forma en que se experimenta el trabajo, donde los costos y las responsabilidades se redistribuyen sin que necesariamente se reduzca la carga.

Las empresas han encontrado en el teletrabajo una forma de reducir gastos operativos relacionados con infraestructura, mantenimiento y servicios, mientras que los trabajadores han asumido costos que antes no formaban parte de su realidad cotidiana y, a cambio, obtienen ventajas como la eliminación de traslados y una mayor flexibilidad, pero también enfrentan jornadas más largas y una dificultad creciente para desconectarse; sin embargo, este intercambio no siempre se percibe como negativo, porque se inscribe en una lógica donde los beneficios inmediatos compensan las desventajas estructurales, generando una aceptación que contribuye a la estabilidad del modelo y, donde me arriesgaría a asegurar que no todo es imposición, también hay aceptación porque, lejos de ser pasiva, forma parte activa del equilibrio que permite que el sistema funcione.

Normalizar el desgaste laboral no es el resultado de una falla puntual, sino de la convergencia de múltiples factores que operan de manera simultánea, porque si bien es cierto que, las normas establecen un ideal, pero su cumplimiento se ajusta a lo que es posible dentro de un entorno donde los recursos son limitados, las decisiones tienen consecuencias y los incentivos no siempre están alineados con los objetivos declarados; en este contexto, el incumplimiento deja de ser una anomalía para convertirse en una constante que, aunque reconocida, no genera una ruptura suficiente para transformar el sistema de fondo; empero, esa misma normalización es la que permite que el problema persista sin ser atendido en su totalidad.

A medida que estas dinámicas se consolidan, el desgaste se integra en la experiencia laboral como un elemento esperado, no como una excepción, la ansiedad, el cansancio y la presión constante dejan de ser señales de alerta para convertirse en indicadores de compromiso o productividad, redefiniendo la forma en que se valora el trabajo y a quienes lo realizan, haciendo que esta transformación no ocurra de manera explícita, sino a través de prácticas cotidianas que refuerzan la idea de que el esfuerzo extremo es necesario para mantenerse vigente en un entorno cada vez más competitivo, pero esta lógica también contribuye a invisibilizar los costos que implica sostener ese nivel de exigencia de manera prolongada.

La evolución tecnológica ha jugado un papel determinante en este proceso, facilitando la conectividad y la eficiencia, pero también ampliando las expectativas sobre la disponibilidad y el rendimiento de los trabajadores. La posibilidad de acceder al trabajo desde cualquier lugar y en cualquier momento ha eliminado barreras, pero también ha diluido límites que antes eran más claros, generando una integración constante entre la vida laboral y personal que resulta difícil de regular de manera efectiva; empero, esta integración no es únicamente una imposición externa, sino también una adaptación a un entorno donde la competencia y la inmediatez definen las reglas del juego.

Finalmente, la pregunta que se impone no es si existen las herramientas para mejorar las condiciones laborales, ni si las normas son adecuadas en su diseño, sino si hay una disposición real para asumir los costos que implica su cumplimiento pleno, porque transformar el sistema no pasa únicamente por endurecer la regulación o por exigir su aplicación, sino por modificar las condiciones que hacen que ese cumplimiento resulte, en muchos casos, inviable o políticamente inconveniente y, esto implica reconocer que el problema no es la falta de voluntad individual, sino la forma en que las decisiones colectivas configuran un entorno donde el desgaste se vuelve una consecuencia constante. Si el equilibrio actual permite que todos los actores continúen operando, aun con sus deficiencias, la verdadera cuestión es si ¿existe una voluntad compartida para redefinirlo o si, en el fondo, ya hemos aceptado que trabajar hasta morir es un costo asumible dentro del sistema?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1686 en Londres, Inglaterra, el astrónomo, catedrático, escritor, físico, inventor, matemático, entre muchas otras cosas, Isaac Newton, publica en latín la primera parte de una serie de seis de su obra cumbre “Philosophiæ naturalis principia mathematica” (Principios matemáticos de la filosofía natural), conocida también simplemente como “Principia”, en el, se contienen los principios fundamentales de la astronomía y la física sentando la formulación de las tres leyes del movimiento. El texto completo fue publicado el 5 de julio de 1687; en 1877 en Londres, Inglaterra, se inaugura uno de los estadios más antiguos de la nación británica, el legendario “Stamford Bridge”, el cual, en sus inicios fue pensado para albergar cualquier tipo de disciplina deportiva y se convertiría de manera exclusiva como sede del equipo de futbol “Chelsea FC” tras su fundación el 10 de marzo de 1905; en 1919 en París, Francia, al término de la “Conferencia de Paz de París” y de manera anexa al “Tratado de Versalles”, que ponía fin a la Primera Guerra Mundial, se reunieron 42 países (29 vencedores y 13 neutrales) para dar vida a un organismo internacional que velara por la paz en el mundo, la entonces denominada “League of Nations” (Sociedad de Naciones), la cual, fue el órgano precursor de la actual Organización de Naciones Unidas (ONU).

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Lenguaje como imposición

21 DE ABRIL DE 2026 Lenguaje como imposición

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

Aguascalientes ha colocado una frontera clara en un terreno donde casi todos han preferido moverse con ambigüedad, y esa claridad ha generado incomodidad porque rompe con una narrativa dominante que asume que toda expresión social emergente debe ser absorbida automáticamente por las instituciones, y, en ese sentido, lo que realmente se está cuestionando no es una medida en particular sino la idea misma de que la presión social puede sustituir al criterio, porque cuando cualquier demanda logra convertirse en norma sin atravesar procesos de validación, lo que se debilita no es el orden, es la capacidad de distinguir entre lo que se siente legítimo y lo que ha demostrado serlo.

El pasado 12 de marzo, el Congreso local aprobó una reforma a su Ley de Educación (ámbito local claramente), y, lo que se estableció no es menor, ya que se determinó que el lenguaje dentro de las aulas de educación básica pública y privada debe mantenerse dentro de parámetros estructurados, verificables y funcionales para el aprendizaje, excluyendo formas lingüísticas que no cuentan con respaldo científico sólido en términos pedagógicos; es decir, no podrá utilizarse el lenguaje inclusivo en documentos oficiales, materiales didácticos ni procesos pedagógicos, y esto obliga a observar la medida desde una lógica que ha sido constante en la historia de la educación: no todo lo que existe en el ámbito social tiene cabida en el proceso formativo de los menores, especialmente cuando dicho proceso se encuentra en etapas críticas de desarrollo cognitivo, porque enseñar no es reflejar, es seleccionar, y seleccionar implica necesariamente excluir aquello que no ha demostrado utilidad formativa.

Bajo ese parámetro, resulta indispensable desmontar una de las ideas más repetidas en la crítica pública: que esta decisión implica desconocer identidades o invisibilizar a ciertos grupos, porque esa afirmación no resiste un análisis riguroso, ya que reconocer la existencia de una experiencia no obliga a institucionalizarla como contenido educativo, de hecho, la escuela no está diseñada para validar percepciones individuales sino para construir estructuras de pensamiento que permitan, en etapas posteriores, comprender y debatir dichas percepciones con criterio propio, no se desconoce; empero, las instituciones educativas son y deberán ser de formación, y en ese sentido no pueden incorporar como norma aquello que no cuenta con un sustento biológico, científico y neuronal sólido, ya que hacerlo implicaría transformar el proceso educativo en un mecanismo de legitimación simbólica en lugar de un sistema de transmisión de conocimiento estructurado.

Conviene entonces observar con detenimiento qué es lo que realmente se está pidiendo cuando se exige la implementación del lenguaje inclusivo en las aulas, porque no se trata únicamente de permitir que ciertos estudiantes se expresen de determinada manera, sino de validar institucionalmente una estructura lingüística que modifica categorías básicas del idioma, y este punto es crucial porque desplaza el debate de la libertad individual hacia la normatividad colectiva; es decir, cuando una forma de hablar se convierte en expectativa pedagógica deja de ser una opción para convertirse en una obligación implícita, y es en ese momento cuando el aula deja de ser un espacio de aprendizaje estructurado para convertirse en un entorno de adhesión a determinadas formas de entender la realidad.

Resulta particularmente revelador que quienes defienden la incorporación de este tipo de lenguaje rara vez presenten evidencia empírica que respalde sus beneficios en el ámbito educativo, y es que las investigaciones disponibles que cuentan con algún tipo de sustento científico, muchas de ellas difundidas por organismos como la American Psychiatric Association o la American Educational Research Association, se concentran en analizar efectos de percepción o visibilidad, pero no demuestran mejoras sostenidas en el desarrollo académico, cognitivo o emocional de los estudiantes; es decir, pueden sugerir que ciertos individuos se sienten más representados en determinados contextos; empero, no prueban que esa representación se traduzca en beneficios tangibles dentro del proceso formativo, porque la diferencia entre percepción y resultado es fundamental, y confundir ambas dimensiones no es un error menor, es una distorsión que permite justificar la incorporación de contenidos sin evidencia suficiente.

Desde la perspectiva de la psicología del desarrollo, la fragilidad del argumento inclusivo es aún más evidente, ya que diversos estudios longitudinales han documentado que la identidad en la infancia no es fija sino altamente plástica y susceptible a influencias externas, y, en particular, investigaciones sobre incongruencia de género en menores han señalado tasas de desistimiento que oscilan entre el 60% y el 80%, lo que indica que una proporción significativa de niños que en etapas tempranas manifiestan una percepción distinta de su identidad no la mantienen en la adolescencia o la adultez; por ello, este dato no invalida la experiencia de quienes sí consolidan esa identidad, pero sí cuestiona la pertinencia de introducir categorías complejas como base lingüística en una etapa donde la estabilidad psicológica aún no está definida, porque enseñar sobre estructuras inestables no amplía el conocimiento, introduce ruido en su formación.

Frente a esta evidencia, la insistencia en incorporar el lenguaje inclusivo en educación básica adquiere un carácter problemático, ya que no responde a criterios pedagógicos sólidos sino a demandas sociales específicas, y, cuando la educación comienza a responder a la presión en lugar de a la evidencia, se produce un desplazamiento peligroso en su función, porque deja de ser un sistema de formación para convertirse en un mecanismo de validación, y ese cambio, aunque sutil en apariencia, tiene implicaciones profundas en la manera en que se construye el pensamiento en etapas tempranas.

En este contexto, surge un punto que ha sido sistemáticamente ignorado: la posibilidad de que la inclusión, cuando se convierte en obligación, genere nuevas formas de exclusión, ya que la narrativa dominante plantea que el uso del lenguaje inclusivo es una forma de respeto hacia ciertas identidades; empero, omite considerar el impacto que esa exigencia puede tener en quienes no comparten esa visión, porque el estudiante que percibe el mundo a través de categorías biológicas tradicionales —que siguen siendo la base del conocimiento científico— se ve obligado a adoptar una forma de expresión que no corresponde con su comprensión de la realidad, y esa imposición no es neutral, es una forma de presión que redefine qué pensamiento es aceptable dentro del aula.

Dicho de otra manera, la inclusión de unos no puede implicar la invalidación obligatoria de otros, porque cuando el sistema educativo exige el uso de determinadas formas lingüísticas está estableciendo un marco de legitimidad que favorece ciertas percepciones sobre otras, y el problema no es que existan distintas formas de entender la identidad, sino que una de ellas se convierta en estándar dentro de un espacio donde debería prevalecer la neutralidad pedagógica, ya que en ese momento la diversidad deja de ser coexistencia para convertirse en jerarquía.

Aunado a lo anterior, es necesario considerar el papel de la presión social dentro del aula, porque en entornos donde ciertas prácticas adquieren legitimidad moral, los individuos que no se adhieren a ellas pueden ser objeto de corrección constante o señalamiento; es decir, el estudiante que no utiliza lenguaje inclusivo no necesariamente lo hace por rechazo o prejuicio, sino porque su estructura conceptual del lenguaje no incorpora esas formas; sin embargo, cuando dichas formas son promovidas institucionalmente, su negativa puede interpretarse como falta de sensibilidad, generando un entorno donde la conformidad se convierte en mecanismo de adaptación y la libertad de pensamiento comienza a erosionarse de manera silenciosa.

Otro elemento que merece atención es la relación entre biología y lenguaje, ya que el modelo biológico humano es, en esencia, binario, y sobre esa base se ha construido históricamente la gramática, lo que no implica negar la existencia de variaciones o excepciones, pero sí reconocer que la estructura lingüística responde a patrones observables y funcionales, y modificar esos patrones sin una justificación científica sólida introduce un elemento de inestabilidad que no ha sido suficientemente evaluado en términos educativos.

En este punto, resulta pertinente recordar que el reconocimiento clínico de ciertas experiencias no equivale a su validación como contenido educativo universal, ya que organismos como la World Health Organization o la American Psychiatric Association han establecido marcos para comprender la incongruencia de género desde una perspectiva de salud, lo cual, permite su atención adecuada, pero esto no implica que dichas categorías deban convertirse en norma lingüística dentro de la educación básica, porque confundir estos niveles de análisis conduce a una expansión conceptual que desborda el ámbito para el cual fueron diseñados.

Por otra parte, el argumento de que permitir el lenguaje inclusivo simplemente amplía las opciones de expresión, ignora el efecto normativo que dicha permisividad puede generar, ya que cuando una institución valida una forma de lenguaje esta tiende a convertirse en referencia obligada, especialmente en contextos donde la evaluación forma parte del proceso educativo, y así, lo que se presenta como libertad termina operando como expectativa, y la expectativa como presión.

Llegados a este punto, es inevitable abordar la cuestión del adoctrinamiento, porque la escuela tiene la responsabilidad de formar individuos capaces de pensar de manera crítica, no de adherirse a una visión específica del mundo, e introducir el lenguaje inclusivo como parte del proceso educativo sin un sustento científico claro implica orientar el pensamiento del alumno hacia una interpretación particular de la realidad; es decir, no se le está enseñando a analizar el lenguaje sino a adoptarlo bajo determinados supuestos, lo que reproduce exactamente aquello que se pretende evitar.

Queda entonces la pregunta sobre cuál debe ser el criterio para incorporar contenidos en la educación básica, y, si la respuesta se basa en evidencia científica, coherencia pedagógica y funcionalidad del aprendizaje, el lenguaje inclusivo no cumple con los requisitos necesarios, porque hasta este momento no existe evidencia científica robusta, longitudinal ni replicable que demuestre que su uso genere beneficios en el desarrollo integral de los estudiantes, y esta ausencia de evidencia no es un detalle menor, es el punto exacto donde debería detenerse cualquier intento de institucionalización.

La discusión sobre el lenguaje inclusivo en las escuelas revela, en última instancia, una tensión más profunda entre reconocimiento social y responsabilidad institucional, porque la sociedad puede —y debe— debatir, cuestionar y redefinir sus categorías; empero, la escuela no puede absorber cada una de esas transformaciones sin evaluar su impacto en el proceso formativo, ya que cuando lo hace sin ese filtro, deja de educar para comenzar a validar.

Finalmente, si aceptamos que la presión social puede definir lo que se enseña por encima de la evidencia, ¿no estamos renunciando al único criterio que permite que la educación siga siendo un espacio de formación y no simplemente un reflejo de aquello que resulta más insistente en el debate público?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 753 a.C. a orillas del Río Tíber, según la leyenda, Rómulo uno de los hijos del Dios Marte que fueron amamantados por una loba, funda la conocida ciudad de Roma, la cual, siguiendo la leyenda, años después de haber sido criados por la loba, en una disputa entre los hermanos gemelos, Remo se encontraba construyendo una muralla y Rómulo lo ensartó con su espada, por ello, en honor a su hermano la ciudad tomó el nombre de Roma; en 2018 en todo el mundo, se conmemora por primera ocasión el “Día Mundial de la Creatividad y la Innovación” el cual, fue declarado por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas mediante su resolución A/RES/71/284 de fecha 1 de mayo de 2017 con la finalidad de reconocer que la innovación es esencial para aprovechar el potencial económico de cada nación y enaltecer la importancia de apoyar el emprendimiento; en 2025 fallecía en Ciudad del Vaticano, Ciudad del Vaticano, en la Casa de Santa Martha (Domus Sanctae Marthae) el papa 266 de la iglesia Católica Francisco, de nombre secular Jorge Mario Bergoglio quien ostentó el cargo durante 12 años 1 mes y 2 días.

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“Check your ego at the door”

28 DE ENERO DE 2025 “Check your ego at the door”

POR: VÍCTOR MANUEL REYES FERRIZ

¿Recuerdas cómo era tu vida hace 40 años?, ¿Recuerdas qué hacías en 1985?, ¿Puedes recordar lo que era vivir en un mundo mucho más aislado que en el que transitamos hoy en día?, ¿Cómo te enterabas de lo que sucedía en el mundo?, bueno pues hoy intentaré llevarlos a un momento específico que, en lo personal, me pone la piel chinita debido a una gran acción, donde afloró la sensibilidad, la humanidad, la cooperación y sobre todo la empatía de los mayores artistas musicales del género pop, es decir, la crema y nata de los grandes hits de la música de los 80’s que, se dieron cita para que juntos, lograran crear la maravillosa canción de “We are the world”, la cual, fue grabada en el A&M Recording Studios en Los Ángeles, California un 28 de enero pero de 1985.

Para llegar a este punto debemos retroceder al menos un año más, situarnos en 1984 y debemos recordar que en aquella incipiente década de los 80’s, todavía se veía lejano, por una parte, la culminación del periodo denominado como “Guerra Fría” (1947-1989), también entre los años 1981 y 1983 se presentaron sucesos que sacudieron al mundo entre los que podemos encontrar los atentados contra el presidente Ronald Reagan y el papa Juan Pablo II o el asesinato de la Primer Ministra Indira Gandhi, el descubrimiento del “Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida” (SIDA), la muerte del legendario cantante y rey del reggae Bob Marley, o la invasión de Argentina en las Islas Malvinas que lo confrontó con las fuerzas armadas de Gran Bretaña y que, de hecho, gracias a dicha derrota fue posible la caída de la dictadura encabezada por Leopoldo Fortunato Galtieri y la nación tuvo de nuevo elecciones abiertas; por si todo esto no fuera suficiente alrededor del mundo, en el continente africano se presentaba una de las mayores crisis alimentarias que lo ha azotado durante décadas y especialmente afectaba a los países de Etiopía y Somalia, por lo que en el mes de noviembre del mencionado 1984, el activista político, actor, cantante y compositor irlandés Robert Frederick Zenon Geldof mejor conocido simplemente como Bob Geldof, encontró una manera de ayudar, de involucrarse en ser una solución para dejar de pertenecer al problema mismo, y su aportación, además de novedosa, francamente impactante, fue reunir a los mayores solistas y algunas bandas de rock británicas para grabar un sencillo intitulado “Do they know it´s christmas”, con la finalidad de que cada “penny” recaudado fuera destinado a llevar alimentos a estos dos países que tanto lo necesitaban.

Este enorme proyecto que encabezó Bob Geldof, además de ser innovador, generoso, solidario, empático y sobre todo humano, nos ubicó en el ánimo de preocuparnos, pero por encima de todo, a ocuparnos de los problemas que se encuentran todos los días en las diferentes latitudes y hacernos consientes que siempre habrá quienes la estén pasando peor que nosotros, por ello, es indispensable sumarse a causas de este tipo para intentar, en la medida de lo posible, contrarrestar las causas que originan esa desigualdad, y es así que este proyecto culminó con la conformación de la banda “Band Aid” que consiguió reunir a 42 artistas británicos, lo más destacado del momento, entre los que se resaltan las participaciones de genios como Paul McCartney, David Bowie, Phil Collins, Sting, Bono, George Michael, entre muchos otros y juntos grabaron, en sus tiempos libres, la canción que se convirtió en un himno para Europa; empero, si ese proyecto fue grandioso, debemos darle una mención y reconocimiento especial a lo hecho “del otro lado del charco” gracias al interés genuino de Harry Belafonte.

Muy bien es momento de regresar a nuestro tema original. Probablemente en muchos de nosotros cuando escuchamos el nombre de Harry Belafonte, nuestra mente en automático comienza a tararear la música de la canción “Day-O” que generalmente la conocemos como “The banana boat song”, e incluso, una canción que es utilizada en el famosísimo largometraje “Beetlejuice” que nuevamente nos remonta a la década de los 80´s pues su lanzamiento fue en 1988; empero, este icónico personaje traspasó las fronteras de la música para posicionarse no solo como actor, cantante y político sino en un asesor y gran amigo de Martin Luther King Jr., a quien apoyó fuertemente. Contestatario, entregado a la causa de los derechos civiles de las personas de color, pero sobre todo un gran ser humano, que peleaba por conseguir una igualdad en todos los estratos sociales en todos los rubros y eso incluyó el enorme problema del hambre en África, y dicho esto, resulta que el artífice de lo que hoy conocemos como el movimiento “USA for Africa” es gracias a este maravilloso ser humano, quien contactó a Ken Kragen, un influyente representante artístico de los Estados Unidos, y le propuso replicar lo hecho por Bob Geldof pero con las voces más reconocidas de la nación de las barras y las estrellas.

Debemos recordar que para aquellos años existían nombres de muchísimo peso en la escena musical; empero, al menos tres de los primeros involucrados era una verdadera bomba, me refiero a Lionel Richie quien recibió la primer llamada para la realización de tan ambicioso proyecto, Stevie Wonder, en quien Richie pensó para la creación de la canción; sin embargo, no tuvo una respuesta a tiempo, y Michael Jackson, quien además de ser un enorme músico, se encontraba en la, tal vez, cima de su carrera y por consiguiente al contar con estos monstruos de la música bajo la dirección de otro grande como Quincy Jones, se pensó que sería más que suficiente para convocar a 43 personalidades entre las que se encontraban artistas de la talla de Tina Turner, Bob Dylan, Diana Ross, Ray Charles, Bruce Springsteen, Billy Joel, Cyndi Lauper, entre muchos otros; sin embargo, el reto fue mayúsculo no solo para coordinar que tantas estrellas estuvieran en el mismo lugar al mismo tiempo, sino porque adicionalmente a ello, se realizó en un lapso de poco más de diez horas, y esas dos condicionantes, únicamente son una pequeña muestra de la complejidad que se tuvo que sortear, porque toda la logística fue perfecta y se cubrieron todos los detalles comenzando por la secrecía; nada más me gustaría adicionar otro “pequeño” detalle, la canción fue realizada en una semana, si, en solo siete días se contaba ya, con la música y la letra, una verdadera locura.

El resultado y desarrollo de todo este proyecto lo pueden disfrutar en la plataforma de streaming Netflix bajo el título “The greatest night in pop”, que es un documental que vio la luz en el 2024, y que muestra lo complejo, pero a la vez satisfactorio que fue llevar a cabo este maravilloso acontecimiento que reunió a lo mejor de la música de la inolvidable década de los 80´s, y que, en palabras de otro pilar indiscutible del proyecto, Lionel Richie nos dice: “There was nothing more chaotic than trying to rope this creative ball of energy together” (No había nada más caótico que intentar unificar esa masa de energía creativa); empero, quizás lo más extraordinario fue una enorme acción que hizo Quincy Jones antes de la llegada de todo el elenco, y fue el colocar un pequeño letrero sobre la puerta de entrada que decía “Check your ego at the door” (Deja tu ego en la puerta), una frase sumamente potente, directa, clara, certera, porque reunir a tanta estrella por supuesto que podría convertirse en una competencia, así que darles a entender que lo importante no eran las personas sino el resultado del proyecto me parece la forma más sabia de preparar el terreno para conseguir el resultado deseado; no pueden ni deben dejar de verlo.

Con base en este tipo de proyectos, la música siempre ha sido un canal perfecto para tocar el alma de las personas y guiarnos para ayudar, para empatizar con los que menos tienen, para unirnos aunque sea por momentos breves pero bastante profundos y para muestras tenemos muchísimas empezando por el concierto “Live Aid” que fue precisamente Geldof quien lo hizo posible en julio de 1985 y nuevamente, en 2005, se lanzó a replicarlo, pero esta vez con una serie de 11 conciertos en 8 ciudades que se desarrolló del 2 al 6 de julio y lo llamó “Live 8”, los cuales, fueron completos éxitos, el resultado no solo fue el de grandes conciertos que miles de almas disfrutaron, sino la recaudación fue enorme, se cumplió con el único objetivo bajo el que fueron concebidos estos espectáculos masivos y muchas personas en Etiopía y Somalia recibieron la ayuda alimentaria que se necesitaba y aunque no sería posible erradicar la hambruna que los aquejaba, el simple hecho de dedicar esfuerzos de tantos meses valió la pena.

Hoy en día, Etiopía y Somalia se encuentran respectivamente en los lugares 61 y 152 en el ranking de la economía con base en su PIB, asimismo, en los puestos 159 y 190 en el ranking Doing Business de un total de 190 países participantes, también cuentan con 38 y 12 puntos bajo el índice de percepción de la corrupción, de tal suerte que la situación no ha mejorado para los poco más de 147 millones de habitantes de ambas naciones, lo que significa solamente el 1,83% de la población mundial, por lo que me es inevitable pensar ¿entre el resto de la población mundial, no existe una manera de sacar de la pobreza extrema y hambruna si nos decidimos a hacerlo?, y me parece que la respuesta es obvia, SÍ, entonces ¿no deberíamos exigirles a los múltiples organismos internacionales como el Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, Banco Interamericano de Desarrollo, entre muchos otros, el involucrar no a los estados sino a la población a que aporten recursos para encontrar una equidad?, ¿de qué nos sirven ese tipo de organismos sino para proteger a los desfavorecidos?.

Finalmente, dentro de la Organización de las Naciones Unidas existen organismos que se enfocan específicamente a combatir el hambre como lo es la FAO, o el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y parece que no han resultado lo suficientemente eficientes por lo que como personas físicas o morales, podemos optar por apoyar ONG´s que hayan demostrado su eficiencia y eficacia como lo son “Food Yoga International” que es una organización sin fines de lucro que sirve 1 millón de comidas diarias y todo su enfoque es vegano procurando gestionar e implementar proyectos agropecuarios en las diferentes comunidades y aunque en mi punto de vista, la utilización de alimentos de origen animal debe ser necesario, seguramente ellos cuentan con mayor información y por algo continúan haciendo su enorme labor; así que si queremos mejorar nuestro planeta, comencemos por ocuparnos de los problemas de los demás que terminan siendo de todos.

Recordemos lo que dice esta hermosa canción:

“We are the world
We are the children
We are the ones who make a brighter day, so let’s start giving…”

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1225 nacía en Roccasecca, Italia, el catedrático, escritor, filósofo, teólogo y presbítero católico Tommaso d’Aquino, mejor conocido como Santo Tomás de Aquino y quien dejó como legado entre muchas otras obras, sus tres síntesis teológicas “Summa Theologiae”, “Summa contra Gentiles” y “Scriptum super Sententias”; en 1813 en Londres, Inglaterra, la escritora Jane Austen publica por primera ocasión la novela que posiblemente marcará su carrera “Pride & Prejudice” (Orgullo y Prejuicio) y en cuyas páginas se puede advertir gran comicidad para tratar temas tan arraigados y añejos como el que nos mantiene aquejando hoy en día como lo es la falta de equidad en las oportunidades de las mujeres; en 1887 en París, Francia, se comienza la construcción de la que en aquel entonces se preveía como la entrada a la “Exposición Universal de París” que se celebraría dos años después para conmemorar el Centenario de la Revolución Francesa y lo que posiblemente no se vislumbró en ningún momento es que esta icónica edificación se convertiría en el corazón de la ciudad, nos referimos a la “Tour Eiffel” (Torre Eiffel).

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