Hay lujos que no se compran con dinero, y uno de ellos es el silencio de estas calles.
Mientras medio mundo vive con el cronómetro en la mano y el ruido de los motores de fondo, aquí el único estrés es decidir si vas por la sombra o por el sol.
Me encanta que pasen los años y que esa paz siga intacta.
Es como si el tiempo se hubiera dado una tregua y hubiera decidido no correr tanto por estos rincones.
No hace falta irse al fin del mundo para desconectar; a veces solo hace falta dar un paseo por aquí y dejar que el ritmo del pueblo te baje las pulsaciones.
Es mi refugio particular, donde las prisas simplemente no tienen cobertura.
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A ver, esto es vital: no dejes, bajo ningún concepto, que el caos de los demás se meta en tu zona de calma. 
Aprender a estar no es quedarse tiesa como un poste, es aprender a aguantarte el silencio sin salir corriendo.



Un día, dejas de ver estados, respondes tres horas más tarde, quitas el visto y los grupos se quedan en silencio.