Un contrato conmigo mismo (2026)
Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio —tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día; una cuestión de ego, como dicen algunos filósofos—, firmé el contrato. En las oficinas de Riviera, con paredes color ceniza y una luz desmayada, pálida, casi como mi piel, leí las cláusulas, garabateé mi firma y transferí el pago del servicio. Era todo mi dinero: ahorros acumulados durante años y lo poco que había quedado de la herencia de mis padres. Ellos no habían podido acceder a un reemplazo, pero yo podía.
Luego de firmar me guiaron por un pasillo largo a una habitación blanca, tan iluminada que no había ni una sombra. Empotrado en la pared del fondo estaba el escáner espiral. El hueco era tan parecido al de un caracol que pensé que adentro iba a escuchar el ruido del mar. Me desnudé y me acomodé, en posición fetal, dentro del escáner. Recubierto por la resina pegajosa del interior, me sentí una babosa. En menos de media hora tomaron el molde de mi cuerpo y transfirieron los recuerdos de mi cerebro a una caja neuronal.
Según los médicos, me quedaban cinco meses de vida. Riviera implantaría en el mundo a mi reemplazo en ciento ochenta y dos días. Al despertarlo le explicarían que ya no estaba enfermo. La genética sería impoluta, una copia estándar de la mejor del momento. Todo iría bien. No era algo nuevo.
Familias enteras programaban su renacimiento en esa panacea de Riviera, promocionada por el Estado, en un planeta que ya casi no tenía niños. Coordinaban una fecha futura, un nuevo origen, y cuando el día llegaba la historia empezaba de nuevo.
Todos regresaban a vivir en la misma casa o en una parecida. Los tíos perdidos golpeaban la puerta, los abuelos, los padres, que incluso habían encargado el reemplazo de sus niños por si les ocurría algo. Y esos niños, al crecer, no encargaban nuevas copias. Elegían regresar usando la copia infantil ya existente: el Estado, en su afán de recuperar la niñez, subvencionaba toda la juventud de quienes volvían con menos de ocho años.
Yo no tenía de qué preocuparme. No tuve en cuenta un solo imprevisto. Una mañana al despertar me miré en el espejo del baño y no vi reflejada la palidez habitual. En una semana, ya había recuperado toda mi fuerza. Los resultados de los nuevos estudios dejaron en claro que ya no tenía nada. Me había curado totalmente. Si iba a sobrevivir, no quería ser reemplazado. Y no estaba dispuesto a cometer una locura como habrían hecho otros: iba a seguir vivo.
Lo primero que hice fue llamar a Riviera para dejar sin efecto el procedimiento. Me contestaron que era imposible, que leyera el contrato. Al releer mi copia descubrí una cláusula que había pasado por alto en el momento de la firma. Decía que a las setenta y dos horas el reemplazo desarrollaba actividad sináptica. En ese momento, se convertía en una entidad con derechos. El proceso no podía detenerse. Y estaba prohibido mantener al reemplazo en las instalaciones de Riviera luego de la fecha pactada de implantación.
En los días que siguieron a mi curación, recuperé un entusiasmo creativo que pensé que había perdido para siempre. Un sueño me inspiró la idea de una novela de mi género favorito: frisson ficción. Partía de una premisa: que la realidad es una alucinación coherente creada por nuestros sentidos. Si existieran seres con órganos sensoriales distintos, su mundo —sus casas, sus ciudades, sus puentes— sería para nosotros invisible, pura arquitectura fantasma. Mi historia seguía a un astronauta que llegaba a un planeta aparentemente vacío, sin saber que estaba caminando entre los edificios de una civilización transparente.
Escribí los primeros capítulos y me produjeron las descargas orgásmicas cerebrales propias del género. Trabajaba de madrugada y sentía que mi mente se encendía. Era como si un pastor sináptico guiara mis neuronas a un vergel donde un sol tibio siempre estaba en lo alto.
De pronto, estaba seguro de que podría mantener mi explosión creativa por muchos años. Me sostendría en la vejez. Moriría satisfecho. No necesitaría a nadie. Sin embargo, no la había olvidado. Me refiero a mi exnovia.
Con ella había conocido un sosiego amoroso que ni sabía que existía. La búsqueda incesante del sentido de la vida ya no tenía sentido: lo había encontrado en la paz que me daba verla sentada en el suelo, con la cabeza inclinada y el pelo negro largo cayéndole sobre la cara, absorta en su trabajo.
IlustraciónPasábamos los días trabajando juntos. Ella diseñaba juguetes vivos y yo escribía las tramas de cada personaje. La empresa no pagaba mucho, pero hacíamos lo que nos gustaba. Aunque cada vez nacían menos niños, todos los meses llegaban muchos reemplazos. Al principio, no parábamos de trabajar. Nuestro trabajo dependía de que esos chicos jugaran.
No previmos que los niños que volvían dejarían de jugar. De repente se pasaban la tarde mirando por las ventanas de su habitación al jardín de la casa. O hablaban, las cabezas inclinadas, con un amigo imaginario que parecía estar bajo tierra.
Finalmente, la empresa de juguetes vivos cerró. Cuando ese trabajo se vino abajo, ella cayó en una tristeza que se convirtió en depresión y luego en anhedonia. Un día logró despegarse de la cama y pidió un taxi. Antes de subir posó sus labios en los míos. Fue un beso húmedo que me succionó el alma y dinamitó el último muro que nos distanciaba. Entendí que hasta ese momento no éramos dos. Luego, no la vi más.
Los primeros días, ni la busqué. Llegué a pensar que era yo el que le había propuesto tomarnos un tiempo. Al mes, la esperaba todos los días. Y cuando me di cuenta de que no volvería, la vida se vació de sentido. Dejé de crear historias. De leer. Hasta que enfermé. A partir de ahí ya no era un hombre triste. Era un hombre que se estaba muriendo. Y ese hombre que se estaba muriendo necesitaba que otro siguiera esperando.
Pero ahora que el ímpetu creativo me había salvado de la nostalgia, quería vivir más que nunca. Y me dio pena mi reemplazo. Cuando despertara y supiera que ya no estaba enfermo, seguiría esperando a una mujer que no iba a volver. Tenía que evitar que esa versión nueva fuera implantada en el mundo.
Todos los días, antes de sentarme a escribir, iba a Riviera. Subía al ascensor, caminaba por pasillos idénticos, golpeaba una puerta tras otra, en vano. Cuando aparecía alguien, me derivaban a otro empleado. Y ese empleado, que ya se había enterado por los otros de mi insistencia, solía recordarme que no había rescisión posible. Lo peor de todo, tenía lógica: ¿qué iban a hacer con ese cuerpo almacenado? ¿Quemarlo?
Cuando llegó la fecha en la que yo ya no debía estar en el mundo y sí mi doble, no fue difícil encontrarlo. Una tarde, con las nubes teñidas de naranja pálido, me dirigí a la casa donde había averiguado que vivía. No estaba lejos, caminé sin apuro, como si me supiera el camino de memoria.
La casa era elegante, pero simple; de una planta, casi igual a la mía, pero más chica. Me sorprendió la ausencia de gatos en el jardín delantero. Había un perro detrás de la reja del garaje. Me ladró y luego, como si me reconociera, festejó dando saltitos, clavando las patas delanteras en el suelo.
¿Un perro? A mí no me gustaban. Uno me había mordido cuando era chico. ¿Dónde estaban los gatos que mi reemplazo debía tener? ¿Todavía no habría tenido tiempo para adoptarlos? Vi a una rata cruzar el sendero principal.
Recordé la leyenda del horóscopo chino: durante la carrera hacia el palacio del Emperador de Jade, la rata empujó al gato al agua. El gato quedó fuera de los doce animales del horóscopo. Por eso los gatos odian a las ratas y no les gusta el agua.
Sabía que en ese horóscopo yo era serpiente. En cambio, mi sucedáneo debía ser mono, por el número de año de su activación. Eso me tranquilizó un poco, aunque no creía en la astrología. Si le gustaban los perros, tal vez no fuera tan parecido a mí y la habría olvidado.
Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos hacia atrás, y luego en otros más, hasta que tropecé con las raíces sobresalientes de un ficus enorme.
Tuve miedo de enfrentar al hombre triste que había sido. Y me olvidé de que había ido a contarle mi revelación para salvarlo y que hasta había pensado que podríamos escribir juntos, como si fuéramos hermanos gemelos.
Encorvado bajo las ramas del ficus, asediado por mosquitos, vi a mi reemplazo en el living de la casa, sentado en un sofá, mirando en la pantalla una película recién estrenada que yo no podía reconocer. Sonreía de costado, algo le había parecido inverosímil en la película; seguro, yo hacía lo mismo. En ese momento, mis labios también se estiraron. No podía controlarlos.
Entonces giró la cabeza y me miró. Fue un instante. Después volvió a mirar la pantalla como si nada. Debía estar al tanto de que yo no había muerto. No le parecía importante. Para él, tal vez yo era un animal que se acercaba a su hogar buscando calor.
No tenía sentido esconderme de mí mismo. Me senté al pie del árbol y apoyé la espalda en el tronco. Me quedé dormido. Soñé que estaba ovillado dentro del escáner espiral otra vez. Intentaba deshacerme de la resina pegajosa que envolvía mi cuerpo. Pero no había manera de despegarme y escapar. Entonces la frenada de un auto que estacionó bruscamente me despertó.
A la luz de los faroles de la calle vi a una mujer de baja estatura y pelo largo negro correr por el sendero principal hasta la puerta. Al llegar se detuvo, suspiró hondo, se arregló el pelo y tocó el timbre. Él abrió la puerta y ella se alzó en punta de pies y lo abrazó.
Parecía más joven que cuando me dejó. La mujer que yo había conocido ya no existía en este mundo. Había firmado con Riviera sin que yo lo supiera. Su reemplazo vino a buscarme. Pero no a mí, a él.
Entendí que él ya no me necesitaba. Que su destino no sería la soledad creativa. Y que acababa de experimentar una alegría que, dadas las circunstancias, yo nunca conocería. De repente, el perro me ladró, como si ya no me reconociera.
Me alejé a paso lento. No hacía falta escapar. Nadie iba a perseguirme. Caminé sin rumbo fijo y me crucé con una iglesia, de esas nuevas. La puerta estaba abierta. Entré, y con el corazón desbocado, me senté en un banco.
Miré a Cristo en lo alto. El androide, en la cruz metálica, despegó la cabeza de la pared. Me ofreció su mirada, llena de pena y consuelo. Me acosté en ese banco duro y crucé los brazos sobre mi pecho, como si no quisiera entregarme del todo a la realidad.
A través de la cúpula transparente vi un cohete cruzar el cielo. Y después otro. Me llevé los dedos a las mejillas. Estaban húmedas. Lloraba. No supe si de alegría o de dolor.
Adrián Fares, 2026
Traducción al inglés disponible en Substack:
https://adrianfares.substack.com/p/the-contract-with-myself
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