El dolor de aceptar que algunas personas solo están de paso en nuestra vida
A veces la realidad te golpea de frente, con fuerza y sin anestesia. Es esa sensación helada de vacío que te invade el pecho cuando te das cuenta de que alguien a quien dabas por hecho en tu vida, simplemente, ya no está ahí. Al principio, la reacción natural de nuestra mente es rebelarse: te enojas, te frustras, te cabreas y le das mil vueltas al asunto en la cabeza durante las noches. Buscas un porqué en las conversaciones viejas, en los errores del pasado o en cualquier detalle, intentando encontrar una explicación lógica. Sin embargo, tarde o temprano te topas con una verdad absoluta: la vida no es un examen escolar donde todos los que empiezan contigo tienen la obligación de aprobar y quedarse hasta el final.
Duele muchísimo, pero es la realidad. Desde el punto de vista del crecimiento personal, algunas personas pasan por tu vida con un propósito muy específico que nada tiene que ver con la permanencia. Llegan para enseñarte algo concreto sobre ti mismo, para sacudirte las certezas, removerte los cimientos o, en el peor de los casos, para obligarte a aprender a sobrevivir sin ellas. No aparecieron en tu camino para quedarse a vivir en él; llegaron para dejarte una marca indeleble. A veces esa marca es hermosa y llena de luz, y otras veces es una cicatriz de las que escuecen cuando cambia el clima. Lo más sano que puedes hacer por tu propia salud mental, aunque se te parta el alma en el proceso, es aceptar que el papel de esa persona en tu película ya terminó y que es momento de dejar correr los créditos de ese capítulo.
Dejar de forzar las interacciones y dejar de mendigar atención es, literalmente, el salvavidas que te impide convertirte en una persona amargada, resentida con el mundo. No todo el mundo tiene la madurez, la capacidad emocional o el deseo de quedarse a tu lado, y tú tampoco tienes la obligación ni la responsabilidad de mantenerles la puerta abierta de par en par si el precio que debes pagar por su presencia es tu propia paz mental. Aunque suene contradictorio, muchas veces se aprende muchísimo más de la ausencia de alguien y de cómo reconstruyes tu vida tras su partida, que de su presencia cuando esta ya no te suma absolutamente nada. Soltar no es perder; soltar es hacer espacio para lo que realmente sí quiere quedarse.
M. P., MSc. en Psicología Clínica
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A veces nos empeñamos en retener a alguien como si el simple hecho de que esté físicamente al lado fuese suficiente, aunque sepamos de sobra que su cabeza y su interés están a kilómetros de distancia. 
A veces nos volvemos locos intentando pasar factura por cada gramo de cariño o de tiempo que invertimos en alguien, como si el afecto fuera una transacción comercial. 
