El mapa al revés: la comodidad de salvar un mundo que no pisas
Es extrañamente fascinante ver cómo nos quita el sueño el drama internacional mientras ignoramos el incendio que tenemos en el patio trasero. Hoy en día, cualquiera se vuelve experto en geopolítica, fronteras lejanas y restricciones económicas extranjeras en cuestión de minutos. Nos desgarramos las vestiduras por conflictos que ocurren al otro lado del planeta y señalamos culpables con el dedo índice bien limpio. Sin embargo, ese mismo dedo no es capaz de levantar la basura de la banqueta ni de señalar las carencias de la propia comunidad. Es la perfecta trampa del ego moderno, donde resulta más cómodo y glamoroso opinar sobre guerras ajenas que aceptar el desastre cotidiano del entorno en el que vivimos.
La verdad detrás de este activismo de pantalla es bastante simple y un tanto cobarde. Preocuparse por tierras lejanas no requiere un compromiso real, no te exige hablar con el vecino que te cae mal ni te obliga a proponer soluciones para la inseguridad de tu propia cuadra. Es facilísimo querer arreglar las fronteras de Medio Oriente cuando tu única trinchera es un teléfono celular. Mientras tanto, las calles locales se caen a pedazos, la indiferencia social devora los barrios y la empatía real se extingue. Si queremos un mundo menos jodido, quizás deberíamos empezar por barrer nuestra propia entrada antes de querer rediseñar los mapas del resto del planeta.
— S.P. Filósofa Urbana
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