🔘Dicen por ahí que todos tenemos una mesa en la vida.
La gente que de verdad te valora no se lo piensa dos veces: te sacan la silla, te hacen hueco y notan que estás ahí sin que tengas que soltar un discurso para explicarte.
Es natural, fluye y punto.
Pero claro, luego están esas otras mesas.
Esas que te dejan plantada de pie, las que te miran como si estorbaras o las que te hacen esperar y demostrar mil veces quién eres, como si sentarte con ellos fuera un privilegio real que te tienes que ganar a pulso y no un derecho básico por ser tú.
Y aquí viene la verdad que escuece pero que, al final, te quita un peso de encima: si tienes que andar mendigando tu silla una y otra vez, no es que no valgas lo suficiente... es que simplemente estás en la mesa equivocada.
Me puse a pensar en todas las veces que rogué por un lugar, en lo pequeña que me hice para intentar encajar en sitios que no eran para mí y en todo lo que me autoexigí para "merecer" que alguien se quedara.
Y la conclusión es clara: nunca debí hacerlo.
Porque el que te quiere de verdad no te pone exámenes, el que te valora no te hace competir con nadie y el que te ve de frente no te ignora por sistema.
Así que grábatelo a fuego: no luches por entrar en espacios donde te tratan como un accesorio o un pegote.
No insistas en mesas donde siempre parece que falta tu silla.
Muévete hacia donde te reciban con normalidad, donde tu presencia sume y no incomode a nadie.
Tu silla existe, te lo aseguro.
Solo te falta dejar de perder el tiempo y sentarte en la mesa correcta.
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Si de niña no te sentiste protegida, lo más probable es que hoy vayas por la vida en modo supervivencia sin siquiera darte cuenta. 


No siempre es el tiempo el que cura.




