Nadie lo dice en alto porque queda feo,
porque parece frívolo,
porque “hay cosas más importantes”.
Pero el deseo ignorado no se evapora como el vaho del espejo.
Se queda.
Y cuando se queda demasiado tiempo, cambia de forma.
Primero es paciencia.
Luego comprensión.
Después silencio.
Y un día te descubres contestando seco,
abrazando menos,
mirando más el móvil que a la persona que tienes al lado.
El sexo en pareja no es solo cama.
Es complicidad.
Es “te sigo eligiendo”.
Es regulación emocional sin manual de instrucciones.
Es esa descarga que baja el estrés y sube la ternura.
Cuando desaparece durante meses, no es solo que falte algo físico.
Falta contacto.
Falta validación.
Falta sentir que aún hay fuego y no solo logística.
Y sí, lo incómodo:
cuando el deseo no encuentra casa, empieza a buscar ventanas.
No siempre con infidelidades épicas.
A veces con fantasías, con coqueteos inocentes, con conversaciones que no deberían tener tanta intensidad.
No es moral.
Es humano.
Si lleváis meses sin intimidad y nadie habla de ello,
no es madurez: es evasión.
Algo hay que mirar de frente.
O se trabaja.
O se suelta.
Porque el cariño sin deseo se convierte en compañerismo,
y el compañerismo está muy bien…
pero no calienta las sábanas ni el corazón.
Y no, esto no va de frecuencia.
Va de conexión.
Y si duele leerlo… quizá es porque toca.
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