La vela no se apagaba nunca.
Eso fue lo primero que me dijeron cuando me la regalaron.
“Pide algo y enciéndela. Pero no la apagues. Nunca.”
La usé una noche cualquiera, sin creer demasiado. Pedí paz. Solo eso.
La llama era extraña: quieta, alargada, como si no obedeciera al aire.
Mientras ardía, la casa se quedó en silencio. Un silencio limpio, casi amable.
A la mañana siguiente, encontré la vela consumida hasta la mitad.
Seguía encendida.
La llama quieta, vigilante.
Sabía que no debía apagarla.
Me lo habían advertido.
Las noches siguientes dormí mejor. Demasiado bien.
Y empecé a olvidar cosas pequeñas: nombres, caras, fechas.
Cada madrugada la vela seguía allí, ardiendo como si el tiempo no existiera.
Anoche la miré fijamente.
La cera derretida parecía dedos.
La llama, un ojo abierto.
Hoy ya no recuerdo qué era eso que me dolía tanto.
Supongo que la vela cumplió su promesa.
Ahora solo espero no olvidar también
por qué me dijeron
que nunca debía apagarla.
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/𝑴𝒊𝒄𝒓𝒐𝒓𝒓𝒆𝒍𝒂𝒕𝒐/
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