El mundial que mueve mercados

09 DE JUNIO DE 2026 El mundial que mueve mercados

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

México se prepara para recibir nuevamente una Copa del Mundo y, aunque la narrativa oficial insiste en venderla como una fiesta internacional, una oportunidad histórica y un motivo de orgullo nacional, cada vez resulta más evidente que el Mundial 2026 representa algo mucho más incómodo que un simple torneo de fútbol; lo que estamos observando no es únicamente la organización de un evento deportivo, sino la instalación temporal de un modelo corporativo capaz de apropiarse del espacio público, doblegar gobiernos, explotar emocionalmente a millones de personas y modificar ciudades bajo la promesa de pertenecer a un momento “histórico”. La FIFA entendió desde hace décadas que el fútbol dejó de ser solamente deporte y se convirtió en uno de los instrumentos emocionales más rentables del planeta; por ello, el torneo ya no puede analizarse únicamente desde la pasión deportiva, sino también desde la lógica económica, política y simbólica que lo sostiene.

Resulta imposible ignorar el fondo que existe detrás de la decisión de otorgar un Mundial compartido entre tres países, algo que fue vendido como símbolo de cooperación internacional, diversidad cultural y hermandad continental, cuando en realidad parece responder principalmente a intereses económicos y políticos perfectamente calculados. Estados Unidos garantiza infraestructura, capacidad financiera y patrocinadores, muchos, pero muchos patrocinadores; Canadá funciona como extensión comercial ordenada y segura; mientras México aporta estadios históricamente simbólicos, mano de obra barata, pasión popular y turismo emocional. La lógica es sencilla: dividir responsabilidades, multiplicar ganancias y reducir riesgos, bajo ese contexto, el romanticismo deportivo desaparece rápidamente cuando entendemos que la asignación de sedes dentro de FIFA rara vez responde exclusivamente al mérito futbolístico y mucho más a negociaciones geopolíticas, intercambios de favores y fortalecimiento de alianzas económicas. No es casualidad que cada expansión del torneo venga acompañada de mayores contratos televisivos, más patrocinadores, más partidos y más mercados abiertos; derivado de esto, incluso el incremento de selecciones participantes parece responder menos a una intención de inclusión deportiva y mucho más a la necesidad de prolongar artificialmente el negocio durante más semanas.

Basándome en los relatos de quienes efectivamente vivieron las ediciones anteriores de la Copa del Mundo en nuestro país, y lejos de aquella atmósfera que rodeó a las ediciones de 1970 y 1986, donde México sí respiraba ambiente mundialista de manera orgánica; empero,  hoy existe una sensación profundamente distinta, las calles no transmiten entusiasmo colectivo genuino, los aficionados parecen más cansados que emocionados y los costos prohibitivos han provocado que el torneo se perciba como un producto elitista, lejano y prácticamente inaccesible para buena parte de la población. Diversos reportes sobre ocupación hotelera y reservas muestran cifras considerablemente más bajas de las esperadas tanto en México como en Estados Unidos, situación que comienza a derrumbar la idea de un fervor global automático alrededor del evento.

“Podría terminar siendo el primer mundial hipercomercializado pero emocionalmente frío.”

Conviene detenerse también en el simbolismo de las mascotas oficiales porque ahí aparece una de las ironías más grandes de todo el torneo. Canadá presenta a Maple, México a Zayu y Estados Unidos a Clutch, un águila calva que según la propia FIFA representa unión, curiosidad multicultural, inspiración y capacidad para conectar personas de distintos entornos. El problema aparece cuando contrastamos ese discurso con la realidad geopolítica contemporánea. Estados Unidos fue uno de los principales impulsores del veto deportivo contra Rusia tras la invasión a Ucrania y actualmente existen incertidumbres enormes respecto a la seguridad diplomática y logística de selecciones como Irán dentro del contexto político estadounidense; de hecho, algunas alternativas operativas relacionadas con sedes y concentraciones han terminado volteando hacia territorio mexicano para evitar tensiones mayores. La contradicción es monumental: el país que protagoniza endurecimientos migratorios, polarización política y tensiones internacionales es presentado al mundo como símbolo universal de unión y entendimiento cultural. FIFA no construye únicamente mascotas; construye narrativas emocionales cuidadosamente diseñadas para ocultar contradicciones geopolíticas evidentes.

Dentro de ese mismo mecanismo aparece uno de los elementos más preocupantes de todos: la manera en que un organismo privado logra imponer condiciones extraordinarias sobre países soberanos. No hablamos solamente de fútbol; hablamos de apropiación comercial de espacios públicos, cambios en nomenclaturas, control de señalización, modificaciones urbanas, monopolización de boletaje y sometimiento operativo de gobiernos completos para satisfacer las exigencias de una élite corporativa internacional. Mientras todas las mañanas en México el discurso político insiste permanentemente en defender autonomía nacional, resistencia frente a poderes extranjeros y soberanía, la FIFA entra a las ciudades anfitrionas con una capacidad de intervención que pocos organismos internacionales podrían siquiera imaginar. Lo verdaderamente interesante es que la administración actual no fue quien cerró originalmente el acuerdo para que México fuera sede; dicho compromiso nació durante gobiernos anteriores; empero, sí tuvieron ocho años completos para decidir de qué manera enfrentarían el fenómeno política y socialmente. Ahí aparece quizá la oportunidad que tanto corretea la 4T y la desperdició: pudieron confrontar públicamente a FIFA como símbolo máximo del poder económico global, pudieron construirse un enemigo electoralmente rentable, pudieron presentarse como defensores del “pueblo bueno y sabio” frente a una corporación multimillonaria que convierte emociones humanas en mercancía; lejos de ello, terminaron subordinándose completamente al espectáculo.

Surge entonces una discusión todavía más profunda relacionada con el tipo de emoción que realmente moviliza este Mundial. Durante décadas el fútbol sí funcionó como espacio de identidad colectiva auténtica, barrio, convivencia, ritual familiar y orgullo nacional relativamente espontáneo. Hoy el fenómeno parece haberse deformado hacia otra dirección muchísimo más vacía.

“Existe una diferencia importantísima entre identidad colectiva genuina y validación digital desesperada».

Lo que vemos actualmente no siempre es patriotismo ni pasión deportiva; muchas veces es necesidad desesperada de demostrar presencia social. Habrá personas que vendan una motocicleta, empeñen su consola de videojuegos o se endeuden durante meses, no para mirar cómodamente un partido histórico, sino únicamente para subir una fotografía que les permita demostrar que estuvieron ahí, porque en la era digital el individuo ya no siente que vale por lo que es, sino por aquello que puede exhibir públicamente ante los demás. El evento dejó de ser experiencia y comenzó a convertirse en evidencia; ya no basta vivir algo; ahora parece obligatorio documentarlo para obtener validación colectiva.

Aunado a ello, el patriotismo deportivo mexicano atraviesa uno de sus momentos más contradictorios de las últimas décadas. La selección nacional vive un deterioro competitivo evidente desde hace años, el último Mundial terminó con una eliminación vergonzosa en fase de grupos y gran parte de la población percibe que el combinado nacional se encuentra más conectado con contratos publicitarios y por supuesto la desfachatez de querernos convencer que Ochoa es nuestro jugador insignia, que con aspiraciones deportivas reales. Incluso la posibilidad de alcanzar finalmente el famoso quinto partido parece depender más del nuevo formato expandido que de una evolución futbolística auténtica; aunado a ello, debemos sumar que México recibirá solamente trece partidos, las migajas de lo que Estados Unidos no le importaba perder o dejar de tener en su territorio y que muchos aficionados consideran mediocre el calendario asignado, salvo contadas excepciones como el eventual Uruguay contra España; bajo esas condiciones, el sentimiento patriótico pierde fuerza porque el ciudadano promedio percibe que el Mundial realmente importante ocurrirá en Estados Unidos y que México funciona más como extensión logística y turística que como protagonista verdadero del torneo.

Otro punto imposible de ignorar aparece al observar las similitudes entre 1986 y 2026. En ambas ediciones se amplió el número de participantes y en ambos casos la explicación parece mucho más económica que deportiva, porque más selecciones significan más partidos, más patrocinadores, más semanas de consumo y más derechos televisivos; además, el incremento de participantes también favorece indirectamente a ciertas federaciones nacionales porque mejores actuaciones mundialistas elevan rankings, aumentan valor de mercado de futbolistas y fortalecen intereses políticos dentro de FIFA. El problema es que toda esa maquinaria económica choca violentamente contra la realidad mexicana contemporánea, el colapso urbano, las deficiencias en transporte, la incertidumbre pública y la inseguridad, podrían terminar limitando seriamente la derrama económica prometida. Mucha gente en el extranjero no observa a México como destino seguro y eso inevitablemente impactará en decisiones de viaje, permanencia y gasto turístico; empero, reconocer ese escenario parece casi prohibido porque afectaría la narrativa triunfalista alrededor del evento.

“Dejemos de romantizar al decir que el fútbol une al mundo, en realidad el fútbol mueve mercados”

Queda finalmente la pregunta más incómoda de todas: ¿qué imagen le mostraremos al mundo? Porque detrás de los comerciales espectaculares y de las campañas oficiales, existen ciudades colapsadas vialmente, sistemas médicos rebasados, infraestructura incompleta, transporte insuficiente y condiciones de inseguridad que podrían agravarse brutalmente con la concentración masiva de visitantes. La romantización turística suele ocultar algo evidente: un Mundial también multiplica accidentes, conflictos, problemas sanitarios, robos y saturación hospitalaria derivados de la sobreexplotación urbana. Millones de personas llegarán esperando vivir una experiencia extraordinaria y podrían terminar encontrándose con caos operativo, trayectos interminables y vulnerabilidad constante; lo más delicado es que muchas de esas advertencias no provienen del pesimismo, sino de observar honestamente el estado actual del país; sin embargo, quizá el golpe más fuerte no sea organizacional sino ideológico, porque un gobierno que construyó buena parte de su discurso alrededor del humanismo social, la austeridad moral y la defensa del pueblo terminará fungiendo como anfitrión subordinado del evento más corporativo, costoso y comercializado del planeta.

Finalmente, tal vez el Mundial 2026 termine funcionando como un espejo mucho más revelador de lo que imaginamos. No mostrará únicamente el estado del fútbol moderno, sino también el estado emocional de nuestras sociedades, la fragilidad de nuestras identidades y la facilidad con la que el entretenimiento contemporáneo logra obtener obediencia social, silencio político y sacrificio económico disfrazados de pasión colectiva. Quizá durante algunas semanas veremos estadios llenos, banderas ondeando y millones de publicaciones celebrando la experiencia; aun así, debajo de toda esa euforia seguirá existiendo la misma pregunta incómoda: ¿en verdad seguimos amando el fútbol o simplemente aprendimos a consumir emocionalmente aquello que las grandes corporaciones necesitan que deseemos?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en el año 68 (calendario Juliano), fallecía en Roma, Italia a la edad de 30 años el emperador Nerón Claudio César Augusto Germánico, convirtiéndose en el último de la dinastía Julio-Claudia. Su reinado fue marcado por la decadencia de Roma, se le atribuye la muerte de su propia madre y el incendio de la capital del imperio mientras el practicaba con su lira; sin embargo, no existen pruebas fehacientes de este último acontecimiento; en 1817 en Santiago, Chile, se acuña la primera moneda de la época independiente de este país andino, el “Peso de plata”; aunque formal y oficialmente su independencia de España fue proclamada el 12 de febrero del siguiente año; en 1870 fallecía en Gads Hill Palace, Reino Unido, el escritor y novelista británico Charles John Huffam Dickens, simplemente conocido como Charles Dickens y quien además de ser uno de los literatos más conocidos alrededor del mundo, manejó con una maestría inaudita el género narrativo, el humor, la ironía y la crítica social. Entre sus mayores obras encontramos “David Copperfield” (1850), “Cuento de navidad” (1843) y por supuesto “Oliver Twist” (1839).

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El Impacto del Poder en la Neuroquímica del Cerebro y sus Efectos en la Empatía

En este artículo discutiremos los cambios neuroquímicos que ocurren en el cerebro cuando se está en una posición de poder y cómo controlarlos. El poder, además de influir en las dinámicas sociales y políticas, impacta la estructura cerebral y los procesos neuronales relacionados con la empatía y la conducta moral. Estudios del neurocientífico Sukhvinder Obih revelan que el poder puede modificar nuestra forma de pensar y comportarnos, afectando nuestras interacciones sociales y capacidad de comprensión mutua.

La sensación de poder altera la neuroquímica del cerebro. Estudios realizados por el neurocientífico Sukhvinder Obih han demostrado que, cuando una persona ostenta posiciones de poder durante largos períodos de tiempo, la estructura cerebral se modifica, anestesiando las neuronas espejo responsables de la empatía. Las investigaciones de Obih han demostrado que el poder no solo está relacionado con la posición social que ocupamos, sino que también afecta la forma en que pensamos. Ser poderoso modifica los procesos neuronales implicados en la empatía y la comprensión de los demás, y favorece que quien disfruta de esta posición actúe de manera egoísta, viole principios morales y se muestre menos sensible ante las necesidades de sus semejantes.

Estos descubrimientos apoyan la tesis del psicólogo Dacher Keltner acerca de la «Paradoja del poder». Según esta teoría, una vez que las personas alcanzan posiciones de poder, pierden las capacidades que utilizaron para lograrlas (empatía, eficiencia, colaboración, transparencia y trato justo). Ser obedecido magnifica la autoconfianza del poderoso en sus propias habilidades hasta privarle de la capacidad de dudar de sí mismo y aislarle de la realidad, volviéndose así más impulsivo, menos consciente de los riesgos que asume y menos empático.

La buena noticia para los líderes es que es posible controlar la «Paradoja del poder» manteniendo los pies en la tierra y siguiendo las siguientes recomendaciones:

Reflexione sobre los motivos que le llevaron a la posición de privilegio que disfruta ahora y cómo otras personas le ayudaron a alcanzarla.

Conózcase a sí mismo, sea fiel a sus principios y esté alerta para detectar cuándo se incrementa su necesidad de reconocimiento y su orgullo, o cuándo comienza a sentirse todopoderoso.

Sea humilde, reconociendo que todos tenemos virtudes y defectos, y que necesitamos de otras personas para potenciar nuestro talento.

Sea realista y conecte con los colaboradores, estableciendo espacios para compartir y conocer sus puntos de vista.

Sea agradecido, reconociendo con generosidad el trabajo de otras personas y procurando utilizar la palabra “gracias” todos los días.


Referencias bibliográficas

Keltner, D. (2016, December 7). La paradoja del poder. Indra. Recuperado de https://www.indracompany.com/es/blogneo/paradoja

Hogeveen, J., Inzlicht, M., & Obhi, S. S. (2014). Power changes how the brain responds to others. Journal of Experimental Psychology: General, 143(2), 755-762.

Fomentar la Autonomía: Clave para una Vida Adulta Plena y Feliz

Este artículo reflexiona sobre cómo la educación en autonomía e independencia prepara a los niños para una vida adulta significativa y orientada a la felicidad. La familia influye significativamente en el desarrollo, determinando valores y actitudes a través de las relaciones y métodos de educación. Fomentar la autonomía permite a los niños asumir responsabilidades, confiar en sí mismos y ser competentes. Permitirles experimentar y aprender de la realidad, con apoyo y confianza, les prepara para una vida adulta responsable y plena.

La familia es la influencia más significativa en el desarrollo de un individuo. Los valores, actitudes y percepciones de la vida están determinados en gran parte por las relaciones con los padres, los métodos de educación que estos utilicen y la posición que cada uno ocupa en el sistema familiar.

Fomentar la autonomía es un proceso continuo. Los niños deben experimentar la realidad y aprender de ella, asumiendo las consecuencias de sus decisiones y acciones. Su hijo estará mejor preparado para vivir como un adulto responsable si usted le permite ser independiente. Evite hacer cosas que él puede hacer por sí solo; esto le ayudará a confiar más en sí mismo y a ser más competente. A medida que su hijo crece, afrontando más desafíos, tomando decisiones y asumiendo responsabilidades, usted actúa como una influencia positiva al confiar en él.

Enseñar a los niños habilidades para “dejar el hogar” es la tarea básica de la educación. Cuando los padres ayudan a sus hijos a ser independientes, les demuestran confianza y les brindan apoyo y aprobación. Los niños así criados desarrollan los siguientes valores y actitudes ante la vida:

  • Proactividad
  • Libertad para explorar
  • Creatividad
  • Responsabilidad
  • Respeto por sí mismos y por los demás
  • Autoestima y autoconfianza, lo que les permite ser menos sensibles a la crítica
  • Criterio propio

En el ámbito escolar, estos niños son sobresalientes por su capacidad de investigación. Son capaces de identificar sus habilidades en diversas actividades y ponerlas a prueba. Además, son amistosos, extrovertidos y más seguros en sus relaciones interpersonales con otros niños. Desarrollan una mayor capacidad para tomar decisiones, explorar alternativas y considerar soluciones.

Referencias bibliográficas

Baumrind, D. (1991). The influence of parenting style on adolescent competence and substance use. Journal of Early Adolescence, 11(1), 56-95. doi:10.1177/0272431691111004

Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2000). The «what» and «why» of goal pursuits: Human needs and the self-determination of behavior. Psychological Inquiry, 11(4), 227-268. doi:10.1207/S15327965PLI1104_01

Ginsburg, K. R., & Jablow, M. M. (2015). Building resilience in children and teens: Giving kids roots and wings. American Academy of Pediatrics.

Planeta de Libros. (s.f.). Autoconciencia por el movimiento. Recuperado de https://www.planetadelibros.com/libros_contenido_extra/29/28235_Autoconciencia_por_el_mov.pdf

Seligman, M. E. P. (1995). The optimistic child: A proven program to safeguard children against depression and build lifelong resilience. Houghton Mifflin Harcourt.

Vázquez Valverde, C., & Hervás Torres, G. (Coords.). (2009). La ciencia del bienestar: Fundamentos de una psicología positiva. Madrid: Alianza Editorial, S.A.

Autoconciencia: El Camino hacia una Vida Plena y Auténtica

La autoconciencia es el primer paso hacia una vida plena y en sintonía con nuestros valores. ¿Te has preguntado cómo conocerte mejor y actuar en coherencia con lo que realmente deseas? Esta habilidad, controlada por la corteza prefrontal del cerebro, no solo nos permite identificar nuestras emociones y comportamientos, sino también proyectar nuestra mejor versión al mundo. En este artículo, descubrirás técnicas para potenciar tu autoconciencia, aprender de tus experiencias y cultivar relaciones que impulsen tu crecimiento personal. ¡Sigue leyendo y comienza el camino hacia el dominio de ti mismo y la realización de tus sueños!

Ser consciente de sí mismo implica actuar en coherencia con nuestros principios y valores, lo que favorece nuestro bienestar y nos ayuda a alcanzar nuestros objetivos. La autoconciencia, controlada por la corteza prefrontal, nos permite conocernos, comprender nuestra posición en la sociedad y proyectar nuestro verdadero ser. Esta habilidad puede aprenderse y desarrollarse, aumentando así nuestras probabilidades de lograr nuestros sueños.

La autoconciencia es la capacidad del ser humano para conocerse a sí mismo, comprender su posición en la sociedad y proyectar su verdadero ser hacia los demás. Es una habilidad del cerebro controlada por la corteza prefrontal y, gracias a su plasticidad, puede ser aprendida y desarrollada. Cuanto más potenciamos esta capacidad, mayor es la probabilidad de lograr nuestros sueños.

Técnicas para Potenciar la Autoconciencia

  • Activar la mente para el cambio: Entrenarnos para utilizar nuestra capacidad de autocontrol, empatía, razón y compasión como instrumentos de cambio y transformación. El cerebro puede adaptarse y cambiar como consecuencia de la experiencia, el aprendizaje y la estimulación, por lo que es importante desarrollar una actitud abierta que nos permita escuchar puntos de vista diferentes y estar atentos a nuevos conocimientos e informaciones.
  • Actuar con conciencia: Conocernos a nosotros mismos, nuestros comportamientos, emociones y valores nos ayuda a tomar decisiones conscientes sobre cómo queremos comportarnos y la imagen que deseamos proyectar a los demás. Todo lo que hacemos o dejamos de hacer tiene consecuencias, por lo que debemos darnos la oportunidad de vivir nuevas experiencias de aprendizaje que nos permitan evolucionar y adaptarnos a lo largo de la vida.
  • Aprender de la experiencia: Comparar experiencias actuales con las del pasado y utilizar el conocimiento adquirido para resolver situaciones novedosas o guiar la toma de decisiones futuras.
  • Cultivar las relaciones: Somos seres sociales y tenemos una alta necesidad de pertenencia. Nos desarrollamos íntegramente a través de los demás y en relación con ellos. Por ello, la cooperación y la fidelidad al grupo son fundamentales para dar sentido a nuestra vida. Al relacionarnos con otros, podemos estimular áreas y desarrollarlas con mayor eficiencia (menor costo, mayor beneficio) que aquellos que tienen pocos vínculos sociales.

En conclusión, la autoconciencia es una habilidad poderosa que nos permite alinear nuestras acciones con nuestros valores, tomar decisiones conscientes y proyectar nuestro verdadero ser al mundo. Al desarrollar esta capacidad, no solo aumentamos nuestras posibilidades de alcanzar nuestras metas, sino que también mejoramos nuestras relaciones y nuestra adaptación a los desafíos de la vida. A través de la práctica constante, el aprendizaje y la apertura a nuevas experiencias, podemos fortalecer nuestra autoconciencia y vivir una vida más plena y auténtica. El camino hacia el autoconocimiento es continuo, pero los beneficios personales y sociales hacen que valga la pena recorrerlo.

Referencias Bibliográficas

Berthoz, S., & Armony, J. L. (2001). The neural basis of human emotions. Neuropsychologia, 39(7), 872-883. Recuperado de https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1293296500719189

Falquez, A. (2018). Feldenkrais y neuroplasticidad. Feldenkrais Barcelona. Recuperado de https://feldenkraisbarcelona.net/2018/05/03/feldenkrais-y-neuroplasticidad/

Montoya, J. (2007). Neuropsicología de la cognición social y la autoconciencia. ResearchGate. Recuperado de https://www.researchgate.net/publication/257269127_Neuropsicologia_de_la_cognicion_social_y_la_autoconciencia

Pérez, R., & Jiménez, P. (2012). Autoconciencia y adaptación social en el adulto mayor. Revista de la Facultad de Medicina, 60(1), 51-62. Recuperado de https://revistas.unal.edu.co/index.php/idval/article/view/36595/38517

Planeta de Libros. (s.f.). Autoconciencia por el movimiento. Recuperado de https://www.planetadelibros.com/libros_contenido_extra/29/28235_Autoconciencia_por_el_mov.pdf

Acoso Sexual o Cortejo: Cómo Identificar las Diferencias y Prevenir Comportamientos Inapropiados

¿Alguna vez te has preguntado si un comportamiento de interés hacia otra persona podría estar cruzando la línea hacia el acoso? Diferenciar entre un cortejo respetuoso y una conducta acosadora puede ser complejo, especialmente en un mundo donde las interacciones, tanto físicas como digitales, se dan constantemente. Este artículo te ayudará a identificar esos límites, entender los signos de alerta y a prevenir comportamientos inapropiados, utilizando los últimos avances en psicología social y neuropsicología. Descubre cómo garantizar que tus intenciones sean percibidas de manera positiva y cómo actuar si te sientes acosado. […]

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Desconexión humana

02 DE JUNIO DE 2026 Desconexión humana

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

La humanidad atraviesa un momento profundamente contradictorio. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil convivir, y esto se debe en parte a que vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, plataformas digitales y algoritmos diseñados para mantenernos permanentemente conectados; empero, emocionalmente cada vez más distantes, porque basta observar cualquier restaurante para entenderlo: mesas llenas de personas mirando teléfonos en lugar de mirarse entre ellas, parejas enteras desplazándose en silencio mientras alguna red social absorbe toda su atención y grupos completos incapaces de sostener una conversación sin interrupciones digitales constantes. Lo verdaderamente inquietante es que esta desconexión dejó de parecernos anormal, nos acostumbramos tanto al aislamiento cotidiano que comenzamos a buscar desesperadamente experiencias capaces de hacernos sentir vivos otra vez.

Por eso el crecimiento global de festivales inmersivos, experiencias sensoriales, turismo emocional y eventos multitudinarios resulta tan revelador, ya no se trata únicamente de asistir a un concierto o viajar por entretenimiento; muchas personas están intentando recuperar sensaciones que la vida diaria dejó de ofrecerles. El éxito de espacios como el Festival de los Sentidos no puede entenderse solamente desde la música o la gastronomía, el verdadero fenómeno ocurre en otro nivel: la necesidad humana de volver a experimentar cercanía, pertenencia y conexión real. Miles de personas viajan enormes distancias para compartir mesas comunitarias, cantar con desconocidos, abrazarse durante una canción o simplemente sentir que forman parte de algo colectivo ya que, en un mundo donde la rutina cotidiana se volvió silenciosa y distante, estos espacios funcionan casi como refugios emocionales temporales.

Resulta profundamente simbólico observar cómo muchas de las experiencias más buscadas actualmente giran alrededor de estímulos humanos básicos que antes formaban parte natural de la convivencia diaria. Comer lentamente, conversar durante horas, caminar sin prisa, escuchar música en vivo rodeado de personas, compartir historias con desconocidos o desconectarse del teléfono móvil dejaron de ser hábitos normales para convertirse en lujos emocionales; el turismo incluso ha comenzado a transformarse bajo esa lógica, lugares remotos, silenciosos y alejados del ruido digital adquieren valor no por ostentación sino porque permiten recuperar una sensación que la vida urbana moderna parece haber destruido: la presencia genuina. Cada vez existen más personas dispuestas a gastar cantidades exorbitantes de dinero con tal de pasar unos días lejos de las pantallas, lejos del estrés y lejos de la velocidad permanente de las ciudades.

Quizás, ahí aparece una de las señales más extrañas de nuestra época, la humanidad está intentando reconstruir artificialmente, mediante experiencias extraordinarias, algo que antes surgía naturalmente en la convivencia cotidiana, antes, las personas encontraban sentido colectivo en espacios simples: plazas públicas, sobremesas familiares, mercados, cafés, parques, vecindarios o reuniones improvisadas, no era necesario comprar una experiencia inmersiva para sentirse acompañado porque la convivencia todavía formaba parte orgánica de la vida diaria. Hoy, en cambio, parece que la conexión humana necesita ser organizada, vendida, producida y convertida en evento.

Hablar de festivales donde desconocidos cantan abrazados mientras edificios enteros viven sin que nadie conozca al vecino resume perfectamente la paradoja contemporánea. Personas capaces de llorar junto a miles de extraños durante un concierto regresan después a departamentos donde ni siquiera saben el nombre de quienes viven a unos metros de distancia; individuos que pagan viajes enteros para encontrar autenticidad son incapaces de levantar la mirada del teléfono mientras esperan el elevador. Resulta brutal observar cómo la humanidad busca desesperadamente pertenencia colectiva en espacios extraordinarios mientras destruye lentamente las formas más básicas de convivencia cotidiana.

Todos los días al llegar a mi trabajo ocurre una escena que parece pequeña, pero que retrata perfectamente el deterioro de nuestra civilidad. Desde la puerta de entrada hasta mi escritorio probablemente me cruzo con más de un veintenar de personas, por simple educación, por costumbre y porque sigo creyendo que reconocer la presencia del otro representa una forma mínima de respeto, digo “buen día” prácticamente a cada persona con la que me encuentro, lo verdaderamente sorprendente no es hacerlo, sino descubrir que si recibo respuesta de tres o cinco personas ya puede considerarse un excelente día y, el resto, simplemente continúa caminando, evita contacto visual, permanece inmerso en el teléfono o actúa como si el saludo jamás hubiera existido. Y no hablo de enemistad ni agresividad; hablo de indiferencia absoluta.

Ese detalle aparentemente insignificante dice muchísimo sobre la sociedad que estamos construyendo. El saludo representa probablemente la forma más elemental de reconocimiento humano. Cuando alguien responde un “buen día”, aunque sea durante un segundo, está validando la existencia del otro. Está diciendo silenciosamente: “sé que estás aquí”, por eso su desaparición resulta tan simbólica; poco a poco comenzamos a convivir físicamente sin relacionarnos emocionalmente. Compartimos oficinas, edificios, transporte, cafeterías y espacios públicos mientras vivimos encapsulados dentro de pequeños universos individuales que rara vez se cruzan realmente con los demás.

La pandemia aceleró enormemente este fenómeno. Durante tan solo un par de años, aprendimos a mantener distancia, evitar cercanía, desconfiar del contacto y refugiarnos en espacios personales, muchas de esas conductas eran necesarias en aquel momento; empero, el problema es que la emergencia terminó y gran parte del aislamiento emocional permaneció instalado como hábito social. Nos acostumbramos demasiado a convivir sin convivir. El miedo sanitario desapareció gradualmente, pero la distancia emocional se quedó instalada en la rutina diaria; dejamos de mirarnos, dejamos de conversar espontáneamente y dejamos incluso de reconocer la presencia de quienes tenemos enfrente.

De cierta manera, es por ello,  que los festivales, conciertos y experiencias colectivas comenzaron a adquirir una importancia emocional tan fuerte en todo el mundo, la gente no solamente compra boletos; compra momentos de pertenencia, compra la sensación de sentirse acompañada otra vez, y resulta impresionante observar imágenes de miles de personas abrazándose durante una canción, saltando al mismo ritmo o llorando juntas frente a un escenario mientras, fuera de esos espacios, la vida cotidiana se vuelve cada vez más silenciosa y distante. Hay algo profundamente humano detrás de esa necesidad de reunirse. No se trata únicamente de entretenimiento, se trata de una sociedad intentando recuperar emociones que ha ido perdiendo lentamente.

También es interesante observar cómo el lujo moderno ha comenzado a cambiar de significado. Durante décadas el éxito estaba asociado principalmente con posesiones materiales: autos, relojes, ropa o propiedades, hoy existe una tendencia distinta, muchísimas personas consideran más valioso desconectarse unos días en un lugar remoto, convivir alrededor de una fogata, compartir una cena larga o asistir a un festival donde puedan sentirse presentes; la experiencia empezó a desplazar a la posesión porque la vida diaria se volvió emocionalmente pobre; el problema es que muchas veces buscamos recuperar en eventos extraordinarios lo que seguimos destruyendo en nuestras conductas más cotidianas.

Basta entrar a cualquier elevador para notar el cambio cultural que hemos normalizado. Cuatro o cinco personas compartiendo apenas unos metros cuadrados mientras todas evitan mirarse, nadie habla, nadie sonríe, nadie saluda; cada individuo permanece refugiado en su pantalla como si reconocer al otro fuera una invasión incómoda. Hace años el silencio en un elevador podía representar simple timidez, hoy, parece convertirse en norma social. Lo verdaderamente preocupante es que ya ni siquiera nos incomoda.

Las redes sociales también contribuyeron a transformar profundamente la manera en que convivimos; paradójicamente, plataformas creadas para conectar personas terminaron incentivando dinámicas profundamente individualistas y, vivimos obsesionados con documentar experiencias en lugar de habitarlas plenamente, personas enteras atraviesan conciertos grabando videos que probablemente jamás volverán a ver; familias completas interrumpen conversaciones para responder mensajes irrelevantes; amigos se reúnen para observar teléfonos compartiendo silencios incómodos disfrazados de convivencia, poco a poco comenzamos a reemplazar presencia por exposición digital.

Lo más triste es que muchos de estos comportamientos ya ni siquiera son percibidos como falta de educación, saludar parece opcional, interrumpir conversaciones para mirar el teléfono se volvió aceptable, ignorar a quienes prestan servicios cotidianos comenzó a verse normal; meseros, recepcionistas, personal de limpieza, guardias de seguridad o trabajadores que vemos todos los días terminan convertidos casi en mobiliario humano invisible y, una sociedad comienza a deteriorarse justamente cuando deja de reconocer humanidad en las personas que la rodean.

Hay generaciones enteras creciendo en contextos donde la convivencia espontánea ocurre cada vez menos, antes las personas permanecían más tiempo en las calles, visitaban vecinos, convivían en parques o compartían sobremesas larguísimas, hoy, gran parte de la interacción ocurre filtrada por dispositivos electrónicos, incluso el entretenimiento se volvió profundamente individual, cada integrante de una casa consume contenido distinto, escucha música distinta y vive dentro de una burbuja algorítmica personalizada; compartimos techo, pero no necesariamente experiencias.

Por eso resulta tan poderoso observar festivales donde miles de desconocidos cantan abrazados. Durante unas horas desaparecen muchas barreras sociales que dominan la vida cotidiana, personas de diferentes edades, países y contextos conviven alrededor de una emoción común; se miran, se hablan, se reconocen y se permiten sentir colectivamente algo que fuera de ese espacio muchas veces resulta imposible. Hay una especie de liberación emocional temporal que explica por qué estos eventos generan recuerdos tan intensos.

La pregunta incómoda sigue ahí: ¿por qué necesitamos escapar tan lejos para recuperar algo que antes formaba parte natural de nuestra vida diaria? Esa es probablemente la verdadera discusión detrás del auge de las experiencias inmersivas contemporáneas, no estamos pagando únicamente por música, gastronomía o turismo, estamos pagando por volver a sentir cercanía humana.

“El ser humano está gastando miles de dólares para volver a sentir conexión… mientras ignora a las personas que tiene literalmente a un metro de distancia.”

Esa frase resume probablemente una de las contradicciones más dolorosas de nuestra época. Miles de desconocidos pueden abrazarse durante horas en medio de un festival mientras habitantes del mismo edificio pasan años enteros sin intercambiar una sola conversación, personas capaces de viajar a otro continente buscando autenticidad son incapaces de responder el saludo de alguien que ven diariamente, individuos que publican mensajes constantes sobre empatía ignoran por completo a quienes trabajan a su alrededor todos los días; la humanidad comenzó a convertir la conexión humana en una experiencia extraordinaria porque dejó de practicarla como parte natural de la vida cotidiana.

Y aquí aparece otro elemento fundamental: la educación desde casa. Porque muchas veces intentamos explicar este fenómeno únicamente desde la tecnología, las redes sociales o la pandemia, cuando también existe una pérdida gradual de hábitos básicos de cortesía y convivencia, porque el saludo no debería depender del estado de ánimo, de la jerarquía social ni de la conveniencia personal, saludar representa un acto mínimo de reconocimiento mutuo, es una manera simple de demostrar respeto, presencia y civilidad.

Resulta impresionante observar cómo algunas personas pueden pasar diariamente frente a las mismas caras durante años sin desarrollar siquiera la costumbre de reconocerlas, no se trata de construir amistades profundas con cada individuo que encontramos; se trata de entender que convivimos en comunidad y que esa convivencia necesita pequeños gestos para mantenerse humana. Un “buen día”, una sonrisa o una conversación breve pueden parecer insignificantes, pero son precisamente esos actos mínimos los que sostienen el tejido social cotidiano.

La pérdida de estos hábitos también tiene consecuencias emocionales enormes; una sociedad donde nadie saluda, nadie conversa y nadie mira a los ojos termina convirtiéndose en un entorno profundamente frío y, los seres humanos no estamos diseñados para vivir emocionalmente aislados, por eso, después aparecen fenómenos masivos de ansiedad, sensación de vacío y búsqueda desesperada de pertenencia, necesitamos sentirnos vistos, necesitamos sentir que formamos parte de algo, necesitamos reconocimiento humano.

Incluso muchas dinámicas laborales actuales reflejan esta transformación; oficinas enteras llenas de personas trabajando juntas mientras cada individuo permanece completamente aislado dentro de audífonos y pantallas, lugares donde el silencio dejó de representar concentración para convertirse en distancia emocional; antes los espacios de trabajo también funcionaban como lugares de convivencia cotidiana, hoy, muchas veces parecen estaciones temporales de productividad individual donde cada persona intenta terminar el día interactuando lo menos posible.

No se trata de romantizar el pasado ni de negar los beneficios tecnológicos. La tecnología facilitó comunicación, información y oportunidades enormes, el problema aparece cuando la hiperconectividad digital sustituye completamente la convivencia humana presencial porque ningún algoritmo puede reemplazar realmente la sensación de una conversación genuina, una carcajada compartida o el simple reconocimiento que produce un saludo sincero.

También resulta interesante observar cómo muchas personas comienzan a sentirse incómodas frente al silencio natural de una conversación presencial, necesitan revisar el teléfono constantemente, llenar pausas con estímulos digitales o escapar inmediatamente de cualquier momento de quietud, como si permanecer plenamente presentes frente a otro ser humano se hubiera convertido en algo difícil de sostener y, quizás, ahí se esconde uno de los mayores problemas contemporáneos: estamos perdiendo capacidad de presencia.

La velocidad actual tampoco ayuda, todo ocurre demasiado rápido porque consumimos información, conversaciones, entretenimiento y relaciones con una ansiedad permanente, queremos respuestas inmediatas, gratificación instantánea y estímulos constantes; bajo esa lógica, incluso la convivencia humana comienza a percibirse como una interrupción incómoda, escuchar verdaderamente a alguien requiere tiempo, conversar implica paciencia, convivir exige presencia emocional y muchas personas parecen haber olvidado cómo hacerlo.

Por eso los espacios donde todavía existe convivencia auténtica generan tanto impacto emocional; una sobremesa larga, un concierto en vivo, un viaje sin conexión permanente o una conversación profunda terminan sintiéndose casi revolucionarios dentro de una sociedad obsesionada con la velocidad y la distracción constante; lo paradójico, es que gran parte de esas experiencias podrían existir diariamente si recuperáramos pequeñas formas de civilidad que hemos ido abandonando poco a poco.

Tal vez el ejemplo del saludo resulta tan poderoso precisamente porque es extremadamente simple, no requiere dinero, tecnología ni condiciones especiales, solamente requiere disposición humana y, aun así, cada vez más personas parecen incapaces de sostener incluso ese gesto mínimo de convivencia. Cuando alguien ignora sistemáticamente a quienes lo rodean, no solamente evita una interacción; contribuye lentamente a construir espacios sociales más fríos, más impersonales y más aislados.

Hay algo profundamente inquietante en una humanidad que necesita festivales multitudinarios para recordar cómo se siente convivir, porque eso significa que la vida cotidiana dejó de ofrecer aquello que durante siglos sostuvo naturalmente nuestras relaciones humanas, tal vez por eso, tantas personas regresan emocionalmente transformadas después de ciertos viajes, conciertos o experiencias colectivas y durante unos días logran sentir cercanía, presencia y comunidad; el problema es que después vuelven a entornos donde nadie responde siquiera un “buen día”.

También resulta revelador observar cómo muchas campañas publicitarias actuales giran alrededor de conceptos como autenticidad, conexión, experiencias reales o bienestar emocional, y es que las marcas entendieron algo importantísimo: la sociedad contemporánea tiene hambre de humanidad, y cuando una necesidad emocional se vuelve tan grande, inevitablemente termina convirtiéndose en producto. Hoy se venden retiros de desconexión, experiencias inmersivas, turismo consciente y espacios diseñados específicamente para que las personas vuelvan a sentirse presentes. La pregunta incómoda es por qué dejamos que algo tan básico tuviera que convertirse en industria.

Es altamente probable que la verdadera crisis contemporánea no sea tecnológica sino profundamente humana, perdimos hábitos pequeños que parecían insignificantes y no entendimos que justamente esos actos cotidianos sostenían gran parte de nuestra convivencia social. Saludar, conversar, escuchar, compartir tiempo o mirar a los ojos parecen detalles mínimos hasta que desaparecen y, cuando desaparecen, comenzamos a sentir un vacío que intentamos llenar mediante experiencias extraordinarias.

Finalmente, quizá la pregunta más importante no sea por qué el mundo entero busca tan desesperadamente volver a sentir conexión humana, sino ¿en qué momento dejamos de practicar diariamente las formas más simples de civilidad que podían recordarnos que nunca estuvimos realmente solos?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 455 en Roma, Imperio Romano de Occidente (actual Italia), se presenta el segundo de los tres grandes saqueos de Roma por conducto de los vándalos (tribus germánicas orientales originarias del norte de Europa) comandadas por Genserico contra el entonces emperador romano Petronio Máximo, quien vio caer su imperio en tan solo 14 días no sin antes suplicar por la vida de los ciudadanos por lo cual, se abren las puertas de la ciudad y los romanos logran huir; en 1740 nacía en París, Francia, el activista político, aristócrata, cuentista, dramaturgo, ensayista, escritor, filósofo, novelista y prosista Donatien Alphonse François de Sade quien, fuera repudiado por sus obras ya que sin excepción alguna, sus líneas describían los escenarios más desagradables para aquella época por estar cargados de erotismo, ficción y sadomasoquismo, por lo que fue tildado de enfermo sexual. Entre sus obras encontramos “Les Crimes de l’amour” (Los crímenes del amor – 1800), “Justine ou les Malheurs de la vertu” (1787) y por supuesto su obra magna “Les Cent Vingt Journées de Sodome, ou l’École du libertinage” (Los 120 días de Sodoma o la escuela de libertinaje – 1785). Esta última obra fue publicada póstumamente en 1904; en 1899 nacía en Berlín, Alemania, la cineasta Charlotte Reiniger quien de una manera sumamente peculiar; es decir, a base de tijeras y papel, consiguiera aportar al mundo el primer largometraje de lo que posteriormente recibirá el nombre de cine de animación intitulado “Die Abenteuer des Prinzen Achmed” (Las aventuras del príncipe Achmed – 1926), el cual, tardó tres años en poderlo producir.

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Conflictos en el Trabajo: Cómo Gestionar Agresiones Físicas y Proteger a tu Empresa

En el entorno laboral, los desacuerdos entre colegas son inevitables, pero ¿qué sucede cuando una simple discusión escala hasta convertirse en una agresión física? Este tipo de incidentes no solo afecta la convivencia, sino que puede tener graves implicaciones legales para las empresas. En este artículo, abordaremos la importancia de gestionar adecuadamente estos eventos, desde el reporte obligatorio de accidentes laborales hasta las consecuencias legales que pueden enfrentar las organizaciones si omiten su responsabilidad. Además, exploraremos estrategias preventivas clave para promover un ambiente de trabajo seguro y saludable. ¡Sigue leyendo para conocer cómo proteger tanto a los empleados como a la empresa ante estos riesgos!

La Importancia del Reporte de Accidentes Laborales: Implicaciones Legales y Consecuencias para las Empresas

La legislación colombiana (Ley 1562 de 2012) define Accidente de Trabajo como un evento repentino que ocurre por causa o con ocasión del trabajo, y que ocasiona en el empleado una lesión orgánica, perturbación funcional o psiquiátrica, invalidez o la muerte. De esta definición se infiere que cuando dos colaboradores se enfrentan y uno resulta herido, se considera un Accidente de Trabajo, siempre y cuando el incidente haya sucedido durante el desempeño de sus tareas habituales o ejecutando alguna labor bajo órdenes directas del empleador, independientemente de si la pelea fue iniciada por la persona que sufrió la lesión.

Los responsables de la Gestión de Seguridad y Salud en el Trabajo de las empresas deben considerar que, actualmente, todos los accidentes laborales deben ser reportados a las Administradoras de Riesgos Laborales (ARL). No reportar ciertos incidentes puede acarrear complicaciones legales y financieras para las compañías, ya que además de exponerse a sanciones estipuladas por la ley, el suceso puede desencadenar procesos civiles y penales. El trabajador lesionado o su familia puede interponer una demanda por responsabilidad civil contra la empresa si considera que la omisión del reporte le causó un perjuicio moral o patrimonial.

En situaciones donde el evento provoque lesiones graves o la muerte del empleado, si se encuentra evidencia suficiente de que la situación se originó por una mala instrucción del supervisor, una gestión deficiente en prevención de riesgos y promoción de la convivencia laboral, o una estrategia de gestión del talento humano inadecuada, los responsables de la empresa podrían enfrentar sanciones que van desde multas y cierre del negocio hasta penas de cárcel.

Políticas de Cero Tolerancia ante Conductas Agresivas: Estrategias Preventivas y Disciplinarias en el Entorno Laboral

Ante conductas agresivas, las empresas deben adoptar una política de cero tolerancia y actuar conforme a la ley para evitar complicaciones. Esto implica implementar estrategias de prevención y promoción de la convivencia laboral, gestionar adecuadamente los accidentes laborales, reportarlos oportunamente, analizar las causas del incidente, establecer medidas para prevenir la repetición de dichas situaciones y aplicar los procesos disciplinarios que la normatividad laboral y la empresa tienen establecidos ante actos de violencia en el trabajo, los cuales pueden llevar al despido por justa causa de los empleados involucrados en el conflicto.

Referencias bibliográficas

Ámbito Jurídico. Responsabilidad por culpa del empleador en el accidente laboral . Recuperado de
https ://en.ámbito.com /aviso/labora-y–seguro-soc/respuesta-por–culpa-Delaware-mi-es–el -accidente -labor

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Corte Constitucional de Colombia. (2014). Sentencia C-509 de 2014. http :
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ELH / HR4Sight. (s.f.). Injuries On The Clock: Legal Recourse For Workplace Accident Victims. Recuperado de Employment Law Handbook

Employment Law Handbook. (s.f.). How to Prevent Accidents at Work? Recuperado de Employment Law Handbook

Estudio sobre violencia en el trabajo . Recuperado de http ://fondo.gov.co /documento/pub/mi/Estudio-vio-es–el- trabajo-200.pdf

HSE Network. (2020, 26 de octubre). How to report and investigate workplace accidents thoroughly and accurately. Recuperado de HSE Network

Greenberg & Ruby LLP. (s.f.). Workplace Accident Reporting: A Guide to Prevention & Safety. Recuperado de Greenberg & Ruby LLP

LLOREDA CAMACHO & CO. (2022, 26 de octubre). Actualización en Colombia: Accidentes Laborales y Responsabilidad del Empleador. Transatlantic Law International. Recuperado de Transatlantic Law

@aperturaintelectual.com
Una situación preocupante ciertamente. Yo considero que el haber llegado a ésta situación mucho tiene que ver el trabajo de los medios controlados por los "amos del mundo". Ese modelo del ser humano enajenado de su realidad es muy conveniente para el capitalismo, donde el papel del hombre se reduce a un mero consumidor. La prensa sensacionalista con sus verdades a medias o mentiras, va conformando un público que ya no conoce su realidad y mucho menos la del mundo. Para tener voz propia consecuente con el panorama actual hay que salir de esa pantalla que ponen delante de nuestros ojos, y pensar y repensar todo.
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La normalización del absurdo

26 DE MAYO DE 2026 La normalización del absurdo

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

El mundo atraviesa nuevamente una etapa de reconfiguración ideológica cuya magnitud todavía no termina de dimensionarse por completo, porque aunque gran parte de la conversación pública continúa reduciendo los acontecimientos internacionales a disputas locales, elecciones nacionales o confrontaciones partidistas aisladas, lo cierto es que detrás de muchos de los movimientos políticos actuales comienza a consolidarse un proceso mucho más profundo relacionado con la reorganización de bloques narrativos, intereses estratégicos y posicionamientos ideológicos que progresivamente vuelven a dividir al escenario internacional bajo una lógica de alineamientos cada vez menos disimulados, por ello, las tensiones contemporáneas ya no pueden interpretarse únicamente desde la óptica tradicional de la diplomacia o la cooperación económica, sino también desde la construcción de discursos globales que intentan definir qué modelo económico, político y social debe prevalecer en los próximos años, particularmente en un contexto donde las democracias occidentales enfrentan niveles crecientes de polarización interna mientras potencias como China y Rusia impulsan esquemas alternativos de influencia política, militar y tecnológica capaces de alterar el equilibrio internacional construido tras el fin de la Guerra Fría.

Bajo esta lógica, resulta cada vez más evidente que las izquierdas y derechas contemporáneas dejaron de limitarse a la competencia electoral doméstica para comenzar a operar también como comunidades ideológicas transnacionales que construyen alianzas, respaldos simbólicos, plataformas discursivas y mecanismos de legitimación mutua, derivado de esto, los encuentros internacionales, los foros políticos, las declaraciones conjuntas y las narrativas de resistencia o defensa democrática ya no funcionan únicamente como actos protocolarios, sino como mensajes cuidadosamente observados e interpretados por otros actores globales, particularmente cuando las tensiones internacionales atraviesan uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas; sin embargo, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de estas redes ideológicas, sino en el momento histórico en el que resurgen, porque coinciden con un escenario internacional marcado por guerras abiertas, amenazas de escalamiento militar, disputas energéticas, confrontaciones tecnológicas y presiones diplomáticas que convierten cualquier posicionamiento político en una variable susceptible de ser leída bajo claves geopolíticas mucho más amplias que las reconocidas públicamente.

La guerra entre Rusia y Ucrania constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación, no solo por el conflicto militar en sí mismo, sino porque terminó reactivando una lógica internacional que durante años pareció parcialmente contenida, particularmente la reconstrucción de bloques políticos y estratégicos enfrentados que vuelven a dividir al mundo bajo esquemas de influencia ideológica, militar y económica, por ello, el conflicto dejó de ser exclusivamente una disputa territorial para convertirse en una confrontación que involucra narrativas democráticas, intereses energéticos, expansión de alianzas militares y control geopolítico regional; empero, el verdadero impacto del conflicto quizá no radique únicamente en sus consecuencias materiales, sino en la manera en que logró normalizar nuevamente conceptos que hace apenas algunos años parecían lejanos para gran parte de la sociedad contemporánea, como amenazas nucleares, militarización fronteriza, espionaje internacional, propaganda política masiva y discursos permanentes de confrontación global.

Algo similar ocurre con la tensión creciente entre Estados Unidos e Irán, particularmente en Medio Oriente, donde cualquier movimiento militar, declaración diplomática o ataque indirecto posee la capacidad de alterar cadenas completas de estabilidad regional y económica a nivel global, especialmente cuando el control energético continúa desempeñando un papel determinante dentro del equilibrio internacional, por ello, la confrontación ya no puede entenderse únicamente como un desacuerdo bilateral, sino como parte de una disputa mucho más amplia relacionada con influencia regional, seguridad internacional y capacidad de proyección política sobre zonas estratégicas del planeta, mientras paralelamente China incrementa su presión sobre Taiwán bajo una lógica que combina demostración militar, competencia tecnológica y disputa económica global, introduciendo un escenario donde las principales potencias comienzan a exhibir cada vez menos disposición para ocultar sus intereses estratégicos reales detrás de discursos diplomáticos cuidadosamente moderados.

América Latina tampoco permanece al margen de esta reconfiguración internacional, particularmente porque distintos gobiernos de la región han comenzado a reforzar vínculos ideológicos, narrativos y políticos que inevitablemente son observados por Washington bajo criterios de seguridad, estabilidad regional e influencia estratégica, derivado de esto, las reuniones internacionales entre liderazgos de izquierda latinoamericana, los discursos sobre soberanía regional, las posturas frente a conflictos internacionales y los posicionamientos frente al modelo económico occidental adquieren una dimensión que trasciende lo meramente simbólico, especialmente en un contexto donde Estados Unidos enfrenta simultáneamente tensiones con Rusia, presión económica y tecnológica por parte de China y una creciente fragmentación política interna; por lo tanto, asumir que estos movimientos son completamente neutros o que carecen de implicaciones geopolíticas representa una lectura excesivamente ingenua de la realidad internacional contemporánea.

Lo verdaderamente inquietante de este escenario no es únicamente el nivel de confrontación política e ideológica que comienza a consolidarse a nivel global, sino la manera en que la sociedad parece haber desarrollado una capacidad extraordinaria para acostumbrarse a ello, porque mientras las tensiones internacionales aumentan, las contradicciones políticas se multiplican y los discursos públicos se radicalizan, la reacción colectiva parece cada vez más débil, más breve y más emocionalmente anestesiada, como si la sobreexposición permanente al conflicto hubiera terminado erosionando la capacidad social de sorprenderse frente a acontecimientos que en otros momentos históricos habrían provocado una conmoción mucho más profunda, derivado de esto, guerras, amenazas militares, manipulación narrativa, espionaje, polarización extrema, discursos de odio y contradicciones institucionales comienzan a consumirse socialmente con la misma velocidad con la que desaparecen dentro del ciclo informativo cotidiano.

Tal vez el síntoma más delicado de esta transformación no sea la polarización política en sí misma, sino la pérdida progresiva de la capacidad de indignación, porque la indignación funciona como uno de los últimos mecanismos morales capaces de recordarle a una sociedad que todavía existen límites éticos, contradicciones intolerables y conductas públicamente inaceptables; sin embargo, algo comenzó a romperse cuando la incongruencia dejó de generar rechazo para convertirse en parte normal del paisaje político y social, por ello, hoy los gobiernos pueden sostener discursos opuestos a sus propias acciones sin enfrentar necesariamente consecuencias reales de credibilidad, pueden condenar prácticas que simultáneamente replican, defender principios que aplican selectivamente o prometer transformaciones que jamás terminan materializándose, mientras la reacción pública rara vez supera algunos días de indignación momentánea antes de ser sustituida por la siguiente controversia.

El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando esa pérdida de indignación deja de dirigirse únicamente hacia el poder político y comienza a reflejarse también en el comportamiento cotidiano de la propia sociedad, porque el ciudadano contemporáneo igualmente empezó a normalizar prácticas que durante años criticó en la clase gobernante, derivado de esto, mentir estratégicamente, justificar la simulación, actuar bajo conveniencia, incumplir compromisos, manipular discursos o relativizar principios dejó de percibirse como una anomalía moral para comenzar a integrarse progresivamente dentro de las dinámicas normales de convivencia pública, lo cual introduce una contradicción especialmente peligrosa, ya que una sociedad difícilmente puede exigir congruencia institucional cuando ella misma ha comenzado a perderla en su comportamiento cotidiano.

Nos encontramos en una época donde la incongruencia de pensamiento se puede presentar en dos o, incluso, tres vías diferentes; es decir, la manera en que pensamos y posteriormente actuamos es muy diferente cuando se presenta exactamente el mismo caso y esta incongruencia mental tampoco nos indigna, es más, algo que me parece sumamente delicado es que el mundo hoy se indigna mucho más por la decisión que el VAR pueda tomar en un partido de fútbol que en las acciones que nuestros líderes, padres, compañeros de trabajo o cualquiera que sea de nuestro ámbito más próximo pueda generar y solo considero indispensable que pongamos en una balanza y nos planteemos esta pregunta ¿Pueden las dudas en el fútbol tener mayor relevancia en nuestra vida diaria que las acciones que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos?

En este contexto, quizá el riesgo más grande no sea únicamente la confrontación ideológica mundial que lentamente vuelve a dividir al planeta bajo nuevas narrativas políticas, económicas y estratégicas, sino el hecho de que la humanidad parece estar perdiendo la capacidad emocional y moral para reaccionar frente a ella, porque cuando la mentira deja de sorprender, la simulación deja de incomodar y la contradicción deja de indignar, los límites éticos comienzan a desplazarse silenciosamente hasta volver aceptables conductas que anteriormente habrían resultado inadmisibles, por ello, el verdadero deterioro quizá no se encuentre solamente en los gobiernos, en los conflictos internacionales o en los intereses geopolíticos que hoy reorganizan al mundo, sino en la normalización colectiva de la incongruencia como forma habitual de convivencia pública.

Finalmente, el problema de una sociedad que pierde la capacidad de indignarse no radica únicamente en su pasividad frente al poder, sino en algo mucho más profundo y peligroso: la gradual desaparición de los criterios internos que permiten distinguir entre lo correcto y lo conveniente, porque cuando la contradicción deja de generar conflicto moral, las sociedades comienzan a adaptarse emocionalmente a cualquier narrativa, a cualquier abuso y a cualquier simulación siempre que resulte compatible con sus afinidades ideológicas o intereses inmediatos, derivado de esto, quizá la pregunta más inquietante no sea hacia dónde se dirige la nueva confrontación política mundial, sino ¿en qué momento dejamos de reaccionar frente a ella como si ya nada tuviera la capacidad de sorprendernos o indignarnos realmente?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1816 en Montevideo, Uruguay, la Biblioteca Nacional abre sus puertas por primera ocasión y se convierte en la primera biblioteca pública del país, motivo por el cual, en Uruguay, se celebra en esta fecha, el “Día Nacional del Libro”; en 1914 en París, Francia, el Teatro de la Ópera de París se convierte en el recinto para el estreno mundial de la ópera “Le Rossignol” (El ruiseñor), de la autoría del célebre compositor, director de orquesta, libretista y pianista ruso Ígor Fiódorovich Stravinski, en 1989 en Casablanca, Marruecos, culmina la 16º edición de la cumbre de la Liga Árabe, con un reconocimiento “implícito” del Estado de Israel y con una petición para asentar una conferencia internacional para la paz en Oriente Próximo.

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Desastres lingüísticos normalizados

19 DE MAYO DE 2026 Desastres lingüísticos normalizados

Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz

El lenguaje no es un accesorio de la inteligencia ni un simple canal por el cual transitan ideas previamente formadas; es, en realidad, el andamiaje mismo sobre el cual esas ideas se construyen y ordenan por lo que realmente adquieren sentido, y por ello, cada palabra que utilizamos arrastra consigo no sólo una definición, sino una historia, una intención y una forma particular de mirar el mundo que rara vez nos detenemos a examinar ya que, en la vida cotidiana hablamos como si nombrar fuera un acto automático, casi mecánico, desligado de cualquier responsabilidad intelectual, como si bastara con que un término sea comprendido superficialmente para que su uso quede justificado, cuando en realidad el lenguaje exige una relación mucho más consciente, más crítica, más exigente, una relación que hemos ido debilitando hasta el punto de normalizar expresiones cuyo origen desconocemos, cuyo significado apenas intuimos y cuyas implicaciones jamás cuestionamos, y es precisamente en esa normalización donde comienza a configurarse un fenómeno más profundo que un simple descuido: una renuncia sistemática a pensar lo que decimos.

Nombrar no es inocente porque no sólo describe la realidad, también la organiza, la delimita y la jerarquiza, y en ese proceso cada término se convierte en una herramienta que puede aclarar o distorsionar dependiendo del nivel de comprensión con el que se utilice; sin embargo, en la práctica social, el lenguaje tiende a funcionar bajo una lógica de repetición más que de reflexión, lo que provoca que muchas palabras se mantengan vigentes no por su precisión o su pertinencia, sino por la costumbre de usarlas, por la comodidad de no cuestionarlas, por la inercia colectiva que transforma convenciones históricas en supuestas verdades naturales, y esa transformación es particularmente peligrosa porque desactiva la capacidad crítica, convierte el discurso en un terreno aparentemente estable y elimina la necesidad de revisar aquello que damos por hecho.

Uno de los casos más evidentes de esta dinámica es el uso extendido del término “Latinoamérica”, una palabra que se ha integrado de tal manera en el discurso cotidiano que rara vez se percibe como una construcción, como una categoría histórica que responde a intereses específicos y no como una descripción objetiva de la realidad; se utiliza para agrupar a una serie de países que comparten ciertas raíces lingüísticas derivadas del latín, pero en su uso común se convierte en una etiqueta que pretende sintetizar realidades profundamente distintas, que borra matices, que simplifica procesos complejos y que termina por instalar una idea homogénea de lo que en realidad es diverso, contradictorio y cambiante; lo más relevante no es si el término es correcto o incorrecto, sino la forma en que su uso acrítico lo convierte en una herramienta de reducción, en un atajo discursivo que sustituye el análisis por la generalización.

Esa generalización no surge de manera espontánea, se ve reforzada por estructuras institucionales que, aunque operan bajo lógicas técnicas, terminan influyendo en el lenguaje cotidiano; organismos como la Organización de las Naciones Unidas o la CEPAL utilizan categorías como “América Latina y el Caribe” con fines analíticos, buscando agrupar países que presentan ciertas similitudes económicas o históricas para diseñar políticas o estrategias de desarrollo, y en ese contexto la categoría tiene sentido, cumple una función específica y permite trabajar con marcos comparativos relativamente útiles; el problema aparece cuando esa categoría sale del ámbito técnico y se instala en el discurso general sin el contexto que la justifica, porque entonces deja de ser una herramienta de análisis para convertirse en una etiqueta que simplifica, que homogeneiza y que, en muchos casos, termina asociándose con una narrativa dominante que no siempre corresponde a la realidad.

En ese tránsito del lenguaje técnico al lenguaje cotidiano se produce una distorsión que rara vez se reconoce, una especie de desgaste semántico en el que la precisión inicial se pierde y es sustituida por una interpretación más vaga, más cargada de supuestos y menos consciente de sus propios límites; empero, esa pérdida de precisión no genera resistencia, no provoca una revisión crítica del término, sino que se integra con naturalidad en el uso común, como si el simple hecho de ser repetido por instituciones o medios de comunicación fuera suficiente para garantizar su validez, y en ese proceso se consolida una percepción del mundo basada en categorías que no hemos elegido conscientemente, pero que utilizamos como si nos pertenecieran.

Algo similar ocurre con expresiones como “Oriente Medio” u “Oriente Próximo”, términos que revelan con claridad cómo el lenguaje puede estar profundamente condicionado por la perspectiva desde la cual se construye; hablar de “oriente” implica necesariamente la existencia de un punto de referencia que define esa orientación, y ese punto, históricamente, ha sido Europa, lo que convierte a estas denominaciones en construcciones que no describen una realidad geográfica objetiva, sino una forma particular de organizar el mundo desde una mirada específica, una mirada que responde a procesos históricos vinculados con la expansión imperial, con la diplomacia del siglo XIX y con eventos como el declive del Imperio Otomano o la reconfiguración global posterior a la Primera Guerra Mundial.

Utilizar estos términos sin reconocer su origen presupone adoptar, de manera implícita, la lógica que los generó, reproducir una forma de ver el mundo que coloca a ciertos espacios como centro y a otros como periferia, aunque esa jerarquía no sea evidente en el uso cotidiano; el lenguaje, en este sentido, no sólo refleja la realidad, también la construye, la ordena y la interpreta, y cuando dejamos de cuestionarlo, dejamos de cuestionar también las estructuras de pensamiento que lo sostienen, lo que convierte la repetición en un mecanismo de conservación de ideas que, en muchos casos, ya no responden a las condiciones actuales.

La división entre “Europa del Este” y “Europa Occidental” ofrece otro ejemplo de cómo las categorías lingüísticas pueden sobrevivir más allá del contexto que les dio origen, funcionando como si describieran una realidad permanente cuando en realidad responden a un momento histórico específico; durante la Guerra Fría, esta división tenía un sentido claro, delimitaba bloques económicos, ideológicos y políticos que estructuraban el orden mundial, pero una vez transformado ese escenario, la persistencia de la terminología no necesariamente refleja la misma realidad, sino la inercia de un lenguaje que se resiste a desaparecer, que se mantiene vigente por costumbre más que por precisión.

Esa resistencia del lenguaje a actualizarse no es un defecto en sí mismo, es parte de su naturaleza, pero se vuelve problemática cuando va acompañada de una falta de conciencia sobre su origen y su alcance, porque entonces las palabras dejan de ser herramientas flexibles para convertirse en estructuras rígidas que limitan la forma en que interpretamos el mundo, que nos llevan a encajar la realidad en categorías preexistentes en lugar de cuestionar si esas categorías siguen siendo pertinentes, y en ese proceso se produce una especie de congelamiento conceptual en el que el lenguaje ya no acompaña la evolución de la realidad, sino que la retrasa, la simplifica y la distorsiona.

El problema no se limita a categorías geopolíticas o construcciones regionales, también se infiltra en el lenguaje cotidiano que creemos dominar, en palabras que usamos todos los días sin sospechar siquiera la carga histórica que contienen, términos que parecen simples pero que en realidad son cápsulas de tiempo que revelan cómo pensaban, organizaban y vivían otras civilizaciones; basta observar cómo “salario” proviene del latín (salarium), vinculado a la sal con la que se pagaba a soldados romanos, lo que transforma un concepto moderno de remuneración en un vestigio de subsistencia básica, o cómo “trabajo” deriva de (tripalium), un instrumento de tortura, insinuando que la actividad laboral estuvo asociada desde su origen con el sufrimiento, mientras que “familia” no nace del afecto sino del control, del latín (familia) que designaba al conjunto de esclavos bajo la autoridad de un pater familias, y no a un núcleo emocional como hoy lo concebimos; por otro lado, “escuela” proviene del griego (scholé), que significaba ocio, tiempo libre dedicado al pensamiento, una idea que contrasta brutalmente con su percepción actual como obligación, en tanto que “negocio” surge de (negotium), la negación del ocio, es decir, la renuncia consciente al tiempo libre para ocuparse en actividades productivas, y finalmente “sincero”, derivado de (sincerus), entendido como pureza o ausencia de mezcla, asociado incluso con la idea de algo sin artificios ni correcciones, lo que evidencia que incluso las nociones de autenticidad que hoy damos por sentadas tienen un origen profundamente material y concreto; todas estas palabras conviven en nuestro discurso diario como si fueran evidentes, como si siempre hubieran significado lo mismo, cuando en realidad son recordatorios silenciosos de que el lenguaje no sólo cambia, sino que arrastra consigo formas de entender el mundo que seguimos repitiendo sin darnos cuenta.

La normalización de estas expresiones no es un fenómeno aislado ni exclusivo de ciertos términos geopolíticos, es una manifestación de una relación más amplia con el lenguaje en la que predomina la repetición sobre la reflexión, la familiaridad sobre la comprensión, la inercia sobre el análisis, y esa relación tiene implicaciones que van más allá de la comunicación, porque el lenguaje no sólo transmite ideas, también configura la manera en que las construimos, las organizamos y las interpretamos, lo que significa que un uso superficial del lenguaje conduce inevitablemente a un pensamiento superficial.

En ese sentido, la renuncia intelectual no se manifiesta en errores evidentes, en equivocaciones gramaticales o en fallas de pronunciación, sino en algo mucho más sutil y, por lo mismo, más difícil de detectar: la falta de cuestionamiento, la ausencia de curiosidad por entender lo que se dice, la aceptación automática de términos cuya historia desconocemos y, por ende ignoramos su carga semántica, una aceptación que se convierte en hábito y que, con el tiempo, termina por consolidar un discurso en el que las palabras se utilizan más por costumbre que por convicción.

Esa costumbre no es inocente porque contribuye a la construcción de una percepción del mundo basada en simplificaciones, en etiquetas que reducen la complejidad de los fenómenos y que, al hacerlo, limitan nuestra capacidad de análisis; cuando hablamos de “Latinoamérica”, de “Oriente Medio” o de “Europa del Este” sin cuestionar lo que implican esos términos, no sólo estamos utilizando palabras, estamos adoptando marcos de interpretación que condicionan la forma en que entendemos esas realidades, que influyen en nuestras opiniones, en nuestras valoraciones y en nuestras decisiones, y todo ello ocurre de manera casi imperceptible, precisamente porque el lenguaje se presenta como algo dado, como algo que no requiere explicación.

La solución a este problema no pasa por eliminar términos ni por sustituirlos de manera arbitraria por otros que pretendan ser más precisos, porque el lenguaje no funciona bajo criterios de pureza, sino de uso y de consenso; empero, sí pasa por recuperar una relación consciente con las palabras, por entender que cada término que utilizamos tiene un origen, una intención y un alcance que no desaparecen por el simple hecho de que los ignoremos, y que al usarlos participamos en la reproducción de ese significado, lo reforzamos, lo validamos y lo mantenemos vigente.

Recuperar esa conciencia implica asumir una responsabilidad que no siempre resulta cómoda, porque exige detenerse, cuestionar, investigar, dudar, es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que la inercia del lenguaje nos invita a hacer, y en un contexto donde la velocidad de la comunicación es cada vez mayor y la profundidad del análisis cada vez menor, esa exigencia se percibe como un esfuerzo adicional, como una carga innecesaria, cuando en realidad es una condición indispensable para mantener una relación crítica con el mundo.

No se trata de convertir cada conversación en un ejercicio académico ni de exigir una precisión absoluta en cada palabra, sino de desarrollar una sensibilidad lingüística que nos permita reconocer cuándo estamos utilizando términos que simplifican en exceso, que arrastran significados que no comprendemos o que responden a contextos que ya no son vigentes, una sensibilidad que no busca paralizar el discurso, sino enriquecerlo, hacerlo más consciente, más honesto y más preciso.

Finalmente, el desastre lingüístico no consiste en la existencia de palabras imperfectas ni en la presencia de categorías discutibles, sino en la naturalización de su uso sin comprensión, en la aceptación de un lenguaje que ya no interrogamos, que ya no analizamos y que utilizamos como si fuera transparente cuando en realidad está cargado de historia, de intención y de poder, y en esa naturalización se esconde una renuncia silenciosa pero profunda, porque si el lenguaje es la herramienta con la que pensamos, entonces dejar de cuestionarlo equivale a dejar de pensar plenamente, ¿cuántas de las palabras que utilizas todos los días entiendes realmente más allá de su uso inmediato?

DATO CULTURAL.

Un día como hoy en 1643 en las nuevas tierras americanas de la Corona Británica, se funda la Confederación de Nueva Inglaterra conformada por las recién creadas colonias de Connecticut, Massachusetts, New Haven y Providence, que a la postre, serán integradas a las denominadas 13 colonias fundacionales de los Estados Unidos de Norteamérica. Con esta Confederación, el Imperio Británico se convierte en la cuarta gran potencia mundial al contar con territorios en el continente americano; en 1822 en la CDMX, México, el Congreso Constituyente declara al militar y político mexicano Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu como monarca del Imperio Mexicano. Esta proclamación se suscitó ante una feroz presión militar acompañada de la voz de gran número de civiles; en 1960 en Washington D.C., Estados Unidos en la sede de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), perteneciente al Banco Mundial, la República de Islandia es aceptada como Estado Miembro.

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