Hay palabras que uno dice de carrerilla cuando es joven, como si no pesaran, y luego está "contigo".
Esa es de las que se te quedan atascadas en la garganta cuando empiezas a entender de qué va esto de vivir.
No es solo una preposición, es un lugar.
Se aprende a base de golpes, de ausencias y de silencios, porque el matiz cambia por completo según quién sople la palabra.
No suena igual ese "contigo" cuando tienes a la persona delante, que cuando la buscas en el hueco del sofá y solo queda el eco.
Es la diferencia entre tenerlo todo o sentir que te falta el aire.
Es curioso cómo cinco letras pueden pasar de ser un refugio a ser un recordatorio de lo que ya no está.
Al final, madurar es eso: entender que un "contigo" no se le regala a cualquiera, porque cuando es de verdad, te cambia los esquemas.
Es el paso definitivo del "yo" al "nosotros", o el vacío más absoluto cuando toca conjugarlo en pasado.
Solo un "contigo", y de repente el mundo tiene otro sentido.
O ninguno.
╰───────────✧──────────────╮







A veces me paro a pensar y me doy cuenta de que no pido tanto, o quizás lo pido todo. 
