Hay una mentira colectiva muy peligrosa que nos han vendido: esa de que el tiempo lo cura todo y que las cosas "se superan" como quien pasa la página de un libro.
Pero la cruda realidad es que hay golpes que no se superan nunca.
No se olvidan, no desaparecen y no se vuelven invisibles por mucho que pasen los años.
Lo que pasa de verdad es que aprendes a reorganizar el trastero que llevas dentro.
Ese dolor, esa pérdida o esa decepción simplemente cambian de sitio.
Al principio lo ocupan todo, no te dejan ni respirar, pero con el tiempo los vas moviendo a un rincón donde ya no estorban el paso cada mañana.
Siguen ahí, forman parte de tu inventario, pero ya no tienen el mando a distancia de tu vida.
Caminar con ese peso no te hace más débil, te hace más real.
Aprendes a darle su espacio, a respetarlo, pero sin dejar que te ponga la zancadilla cada vez que intentas avanzar.
Y lo más curioso es que, cuando dejas de pelearte por intentar "borrarlo", ese mismo peso te enseña a vivir con una profundidad que antes no tenías.
Te hace más humana, más selectiva y, sobre todo, mucho más consciente de lo que de verdad vale la pena.
No eres la misma que antes del golpe, pero quizás la versión de ahora tiene mucha más verdad que la anterior.
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No siempre es el tiempo el que cura.



