Es que al final del día, lo de "normalizar" nuestras movidas no sirve de nada.
Todos tenemos esos ángulos muertos, esas manías o ese lado oscuro que preferimos tapar con una capa de barniz para encajar mejor, pero es precisamente ahí, en lo que intentamos esconder, donde está lo único que realmente nos hace interesantes.
Si te pasas la vida puliendo tus aristas para no pinchar a nadie, al final te quedas sin forma.
Y es curioso, porque cuando por fin te cansas de disimular y sueltas tus rarezas —esos silencios incómodos o esas reacciones que solo tú entiendes—, siempre aparece alguien que, en lugar de salir corriendo, te mira como si acabara de encontrar una pieza que le encajaba en su propio puzzle.
No es que te vuelvas menos "rara", es que encuentras a alguien cuya forma de romper las cosas es compatible con la tuya.
Y ahí es donde dejas de sentirte un bicho raro para sentirte, simplemente, en casa.
Así que sí, mejor dejar las migas de luna por ahí; quien quiera perderse en tu camino, que se pierda, y el que sepa leer el mapa, que se quede.
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Mira, a veces me da por pensar que nos hemos vuelto unos cínicos. 



Tengo esa mezcla encantadora entre ternura y catástrofe que a veces confunde hasta a quien me conoce bien. 