/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El ascensor del edificio antiguo siempre llegaba tarde.
Hoy, al entrar, sentí su aire húmedo y el crujido metálico de los cables.
Pulsé el botón del décimo piso y la cabina empezó a subir… despacio, demasiado despacio.
Cada número parpadeaba en el panel, demasiado vivo, como si contara algo más que pisos.
En el espejo, mi reflejo se movía un instante después que yo.
Me giré, pero el espacio tras de mí estaba vacío.
El ascensor se detuvo en el tercero.
La puerta se abrió y cerró sola.
Nadie entró, nadie salió, y aun así sentí que algo respiraba conmigo.
Subí de nuevo.
Los pisos que no existían comenzaron a aparecer: 11… 12… 13…
La cabina parecía alargarse, cada metro que recorría llenaba el aire de un frío espeso.
Presioné todos los botones.
Nada respondía.
Cada número que pasaba me parecía un pedazo de realidad que se desprendía de mí.
Cuando por fin llegué al décimo, la puerta se abrió.
Solo un corredor iluminado por una luz mortecina, sin rastro de vida.
Di un paso… y el ascensor se cerró.
Nadie volvió a entrar allí por voluntad propia.
Desde entonces, los que suben desaparecen.
La cabina no lleva cuerpos, sino ecos de quienes no deberían estar.
Cada piso es un bucle que los mantiene atrapados, sombras que se mueven y voces que susurran entre el crujido del metal.
Algunos juran que la puerta se abre sola y los invita, como si esperara a la próxima víctima.
Y mientras el ascensor sigue subiendo, nadie sabe dónde terminan… ni si alguna vez bajarán.
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