/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El primer síntoma no fue el miedo, fue el olor.
Un aroma a cable quemado y ozono que empezó a filtrarse por las grietas de mi paciencia a las tres de la mañana.
No era un incendio fuera; el humo, denso y gris, brotaba directamente de mis sienes.
Al principio intenté ignorarlo, pero el ruido blanco se convirtió en un grito unánime: cientos de voces, todas con mi propio timbre, repasando cada error que cometí desde los cinco años.
Me levanté de la cama de un salto, con el corazón martilleando las costillas como si quisiera huir de un edificio en llamas.
En el pasillo, las sombras no se proyectaban hacia la pared, se proyectaban hacia mí.
Sentí una mano gélida cerrándose alrededor de mi garganta, pero al mirarme al espejo solo estaban mis propias manos, apretando con una fuerza que no sabía que tenía.
Todo se volvió frenético.
Tiré cosas, rompí fotos, buscando el interruptor de aquel estruendo mental.
Los recuerdos enterrados empezaron a aparecer en el rabillo del ojo, moviéndose de forma errática, riéndose de mi intento de control.
Corrí hacia la puerta principal; necesitaba aire, necesitaba frío.
Pero la llave no giraba.
El metal se sentía blando, como si mi confusión estuviera derritiendo la realidad.
El desenlace llegó cuando el ruido cesó de golpe.
El silencio fue peor que el grito.
Me quedé quieta, jadeando en la oscuridad, hasta que el humo se asentó.
Miré mis manos y ya no parecían mías: estaban cubiertas de colores pegajosos, como si hubiera destripado un arcoíris.
Entonces lo entendí.
No cerré la puerta para que nadie entrara.
La cerré para que lo que acababa de nacer dentro de mí no pudiera salir.
Ahora soy yo la que espera en la orilla, viendo cómo mi propio cuerpo se aleja, tripulado por extraños que llevan mi cara.
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