đ Si entras en casa de alguien que te abre la puerta de par en par y lo primero que haces es pasarle el algodĂłn mental a la lĂĄmpara, al televisor o a la mesa... mejor no vuelvas.
Y no es porque esa casa necesite un plumero, es porque el que tiene que hacerse una limpieza a fondo eres tĂș, pero por dentro.
Es alucinante que alguien te ofrezca su refugio, su comida, sus risas y su tiempo, y tĂș estĂ©s ahĂ perdiendo el minuto en ver si hay motas de polvo en un estante o si un plato se quedĂł sin fregar.
Eso no es ser un invitado, eso es ser un inspector de sanidad con muy poca clase.
Alguien te estĂĄ abriendo su espacio mĂĄs Ăntimo, te estĂĄ dando lo que tiene (que puede ser mucho o poco, pero es suyo), y tĂș te quedas en la superficie, en el juicio barato de quien se cree superior por tener los cristales mĂĄs limpios.
La amistad de verdad no va de pasar la ITV a los muebles ajenos; va de que dos personas conecten sin filtros, con las pelusas y los fallos incluidos.
Si vas a ir a una casa a buscar la mancha en la encimera en lugar de disfrutar de la compañĂa, hazte un favor y quĂ©date en la tuya, que ahĂ nadie te va a molestar con su "desorden".
La gente de verdad busca corazones que sumen y que sepan estar, no jueces que solo saben restar y mirar por encima del hombro.
Al final, lo que ves en la casa de los demĂĄs dice mucho mĂĄs de cĂłmo tienes tĂș el alma que de cĂłmo tienen ellos el salĂłn.
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Qué razón tiene eso de que amigos, lo que se dice amigos, hay cuatro y el de la guitarra. 





