Lo más peligroso no es que te mientan, es que te creas la milonga a propósito.
Y no es porque seas tonta y no lo veas, es porque te encaja.
Te ahorra el esfuerzo de comerte la cabeza y te da una forma cómoda en la que quedarte quietecita.
El problema es que, casi sin enterarte, terminas vistiéndote con ideas de otros, soltando frases que ni sientes y mirando la vida con ojos prestados.
Es una forma de perderse, pero de las silenciosas, de las que no duelen al principio.
Cuando te lo dan todo masticado —qué pensar, qué sentir o cómo se supone que tienes que vivir— dejas de construirte tú y empiezas a obedecer en piloto automático.
Por eso, hay algo que no hay que soltar nunca: las ganas de cuestionarlo todo.
Lo que te cuentan, lo que lees, lo que repites por inercia y, sobre todo, lo que ya crees que es una verdad absoluta.
No se trata de vivir rayada en una duda constante, sino de no ser un mueble.
Porque si no te preguntas nada, acabas siendo eso: una pieza pequeña, ordenada y útil en un puzzle que tú no has elegido.
La vida no va de encajar porque toca, va de enterarte de dónde estás metida y decidir si de verdad te quieres quedar ahí o mandarlo todo a paseo.
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Hay cosas que se ven a leguas, pero eliges no decir nada. 🤐


Es increíble la cantidad de gente que tiene un "doctorado" en hablar cuando no hay nadie delante para defenderse. 


El amor no es perfecto, y menos mal.
Mira, es que la vida es una apisonadora y no tiene ninguna intención de frenar porque a ti te duela algo. 
Mira, he aprendido que no puedo detener las tormentas de nadie, por mucho que me duela. 
La mayoría no huye de la verdad porque duela, sino porque te deja sin excusas.