Y es que, seamos sinceros, lo de "racional" se nos ha quedado grande.
Si de verdad usáramos el coco como decía el tito Aristóteles, no estaríamos envenenando el agua que bebemos ni cargándonos bosques enteros por cuatro billetes que no se pueden comer.
Somos la única especie que entiende perfectamente que está destruyendo su casa y, aun así, decide seguir mirando hacia otro lado mientras la cuenta atrás avanza.
Más que animales racionales, parecemos parásitos con tecnología punta.
Usamos el lenguaje para dar discursos preciosos sobre sostenibilidad en galas de etiqueta, pero luego nos importa un bledo que se extingan especies a un ritmo de locos si eso significa que podemos tener el último modelo de móvil cada año.
Hemos perdido el norte y la conexión con lo que nos mantiene vivos.
Igual es que Aristóteles pecó de optimista.
Se le olvidó advertir que la inteligencia, si no va de la mano de un poco de empatía y de sentido común, es una herramienta peligrosísima.
Al paso que vamos, seremos los seres más listos de la historia en provocar su propia extinción por puro egoísmo.
A ver si despertamos, que razonar no sirve de nada si al final no nos queda ni un río limpio donde lavarnos la cara.
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