😘 Habían pasado tantos años que aquel beso ya no era una posibilidad, sino algo casi inventado.
Como esas cosas que dices “algún día” y el “algún día” se te convierte en rutina.
Al principio fue fácil esquivarlo.
Una tarde que pudo ser, una risa que se quedó a medias, una mirada que duró un segundo de más.
Y ya está.
Con eso bastó para abrir una puerta… y no cruzarla.
Después vinieron los días normales, los de siempre.
Los de hablar de todo menos de eso.
Se volvieron expertos en eso, en rodear el tema como quien evita pisar una baldosa floja.
Y aun así, estaba ahí.
Siempre.
El beso, con el tiempo, dejó de ser un gesto.
Se volvió otra cosa.
Una idea que pesaba.
Algo que existía aunque no se nombrara.
Como una deuda silenciosa entre dos personas que se conocen demasiado.
Y lo peor era lo cotidiano.
Porque no es en los grandes momentos donde duele, sino en los pequeños: el café, la puerta que se abre, una canción cualquiera, una risa que llega tarde.
Ahí se colaba todo lo que no pasó.
Una noche coincidieron.
Sin drama, sin señales, sin esa película que uno espera.
Solo dos personas que ya no podían seguir fingiendo que no sabían.
Se miraron.
Y ya no hizo falta discutir nada con la cabeza.
Porque el cuerpo siempre va un paso por delante cuando el corazón ya está cansado de esperar.
No fue rápido.
Ni torpe.
Ni perfecto como en las historias bonitas.
Fue lento, casi respetuoso, como si ambos entendieran que aquello no se podía estropear con prisas.
Y cuando ocurrió, no explotó nada.
No hubo milagro.
Solo encajó.
Como encajan las cosas que llevaban demasiado tiempo buscándose sin saberlo.
Después vino el silencio.
De esos que no incomodan.
De los que lo dicen todo sin abrir la boca.
No era felicidad desbordada.
Era algo más raro.
La certeza de que algunas cosas, cuando por fin llegan, dejan de ser eternas… y por eso mismo, valen más.
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