/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
A Sara siempre le había gustado mirarse en el espejo.
No por vanidad, sino por esa extraña sensación de compañía que le daba su propio reflejo.
Vivía sola en un apartamento pequeño, donde el silencio a veces pesaba demasiado, y su imagen en el cristal era un recordatorio constante de que no estaba totalmente aislada.
Se sonreía a sí misma antes de salir, se arreglaba el pelo, y a veces, hasta le guiñaba un ojo a su otra "yo" con complicidad.
Pero una noche de tormenta, todo cambió.
El viento aullaba afuera y los truenos hacían temblar las ventanas.
Sara estaba en el baño, lavándose la cara antes de dormir.
Se echó agua fría en el rostro, frotándose los ojos para quitarse el cansancio del día.
Al levantar la vista, instintivamente, buscó su reflejo en el espejo sobre el lavabo.
Allí estaba ella.
El mismo pelo castaño alborotado por el sueño, las mismas ojeras, la misma camiseta de pijama vieja.
Pero había algo que no encajaba.
La Sara del espejo no estaba sonriendo.
Sara parpadeó, pensando que era producto del cansancio o de la luz tenue del baño.
Forzó una sonrisa, esperando ver la misma expresión reflejada en el cristal.
Pero el rostro en el espejo permaneció inexpresivo, con los labios sellados en una línea recta y los ojos fijos en ella, con una intensidad fría y desconocida.
SIGUE ↘️
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