🟥A veces nos venden la idea de que, cuando la vida se tuerce, el tiempo debería darnos una tregua.
Una especie de respeto institucional por nuestro drama personal.
Pero la realidad es mucho más cínica y, a la vez, extrañamente liberadora: la vida sigue, y lo hace sin pedir permiso.
No es falta de empatía del universo, es simplemente inercia.
El panadero abre a las siete, el vecino sigue discutiendo por el fútbol y el algoritmo de Instagram te sigue intentando vender sartenes aunque tú sientas que el mundo se acaba.
Aceptar que somos una nota al pie en el ritmo frenético de los demás escuece un poco el ego, pero es lo que nos salva.
Si el mundo se parase con nosotros, nos quedaríamos estancados en el fango.
Que todo siga girando es la invitación más honesta para que, tarde o temprano, nosotros también volvamos a dar pedales.
No por superación personal de manual, sino por puro aburrimiento de estar quietos mientras el resto se mueve.
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