🔳Es curioso cómo una línea tan fina separa dos formas de mirar al resto, pero qué distinto te dejan el cuerpo una y otra.
La envidia es ruidosa y bastante cobarde.
Se dedica a opinar desde la barrera, a buscarle el fallo al que destaca para no sentirse tan pequeño.
Es ese "claro, es que así cualquiera" o el "seguro que ha tenido ayuda".
Al final, el que envidia no quiere lo que tú tienes, lo que quiere es que tú no lo tengas, porque tu brillo le recuerda su propia sombra.
Es un desgaste de energía absurdo que solo sirve para amargarte la cena.
En cambio, la admiración tiene humildad y, sobre todo, curiosidad.
El que admira no pierde el tiempo juzgando, sino que pregunta.
Se acerca y te dice:
"¿Cómo lo has hecho?",
"¿Qué puedo aprender de ti?".
Es una mirada limpia que reconoce el mérito ajeno sin sentir que eso le quita valor a uno mismo.
Admirar es de gente inteligente, porque es la única forma de crecer robando un poquito del talento de los demás, pero con permiso.
Al final, si te pillas a ti mismo opinando de más sobre los logros de otro, para un segundo.
Cambia el juicio por la pregunta.
Se vive mucho más tranquilo reconociendo la valía ajena que intentando pisotearla para que no nos deslumbre.
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Mira, a veces nos volvemos locos buscando la "iluminación" como si fuera un trofeo que está al final de una carrera, cuando en realidad esto de evolucionar no es ir a ningún sitio, sino más bien acordarse de dónde venimos.


