El arte de no gastar saliva: por qué curar necios es una mala inversión
Hay un deporte moderno que nos está costando la salud mental, el tiempo y la dignidad, y lo practicamos casi a diario sin darnos cuenta: intentar abrirle los ojos a un ciego por elección. Nos encanta meternos en camisas de once varas y desgastarnos la vida tratando de convencer a alguien de que el agua moja, de que el mundo no gira a su alrededor o de que sus prejuicios salidos de la era de piedra ya no aplican hoy. Pasamos horas redactando biblias en chats de internet o discutiendo a gritos en una mesa, pensando que si usamos los argumentos correctos, la otra persona mágicamente va a sonreír, nos va a dar la mano y va a decir: "Vaya, tenías razón, he sido un idiota". Alérta de spoiler: eso nunca va a pasar. Antes de lanzarte al ruedo de cualquier debate, hazte un favor gigante y mide el terreno para ver si vale la pena el desgaste. Hay gente que básicamente prefiere ver el mundo a través de un tubo de cartón y no tiene la menor intención de quitárselo de la cara.
El problema es que confundimos la ignorancia con la terquedad. La ignorancia se quita leyendo, viajando o simplemente escuchando; pero la necedad es una decisión ejecutiva. Hay personas que no buscan la verdad, solo buscan que les aplaudan sus propias pantallas de humo. Su identidad entera está pegada con resistol a sus dogmas, a sus ideologías políticas, a sus fanatismos deportivos o a lo que sea que les hayan programado en la cabeza desde chiquitos. Si les quitas esa verdad absoluta, los dejas encuerados y con frío en medio de la realidad, y por eso se defienden como gatos boca arriba. No es que no tengan la capacidad cerebral de entender que su ombligo no es el centro del universo; es que aceptar que están equivocados requiere un nivel de madurez y de ovarios que simplemente no tienen en inventario. Prefieren quedarse cómodos adentro de su caja de zapatos mental antes que admitir que el jardín de afuera es enorme.
Así que la próxima vez que sientas ese impulso eléctrico en los dedos de contestarle a un necio, respira hondo y hazte la pregunta del millón: ¿esta persona tiene la capacidad mínima de concebir que su realidad no es la única versión disponible en el mercado? Si la respuesta es no, da media vuelta, guarda el teléfono y vete a comer un taco o algo. No es cobardía, es economía básica de energía. Tu paz mental vale demasiado como para andar regalándosela a gente que se nutre del conflicto y de tener la última palabra. Deja que sigan mirando por su tubito, que sigan creyendo que su ideología es la mera neta cuando la realidad es muy distinta, deja que se choquen contra las paredes de la vida ellos solos y que disfruten de su miopía voluntaria. Ten en cuenta que el tiempo es el único recurso que no regresa, y gastarlo en intentar educar a un adulto que ya decidió ser un necio o un pendejo es la forma más tonta de desperdiciar tu propio cerebro.
— S.P. Filósofa Urbana
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