🧨Las Fallas no son cuatro días.
Eso es lo que ve el turista cuando aterriza en Valencia, se hace la foto delante de una falla y se va pensando que todo es pólvora y alegría concentrada en un fin de semana.
Pero los que hemos convivido con ellas sabemos que empiezan mucho antes.
Desde febrero ya hay calles cortadas, desvíos improvisados, pasacalles musicales a horas creativas y petardos que parecen tener un contrato indefinido.
La pólvora no descansa.
Y tú, a veces, tampoco.
Yo lo he vivido.
Y si no eres especialmente fiestero, ni amante del caos organizado, ni fan del “a ver quién hace más ruido”, puede llegar a saturar muchísimo.
No es postureo quejarse; es que convivir con eso cada día desgasta.
El romanticismo dura lo que tarda en estallar el tercer petardo bajo tu ventana.
Ahora vivo en un pueblo donde no hay Fallas como tal.
Y lo agradezco.
Aunque eso no impide que los petardos encuentren la manera de aparecer.
Parece que la pólvora viaja mejor que nosotros 😅
Y no, no estoy en contra de las fiestas.
Las Fallas son cultura, arte efímero, tradición, identidad.
Son parte de Valencia, igual que el sol o la horchata.
Pero también es verdad que, a veces, se sienten más pensadas para quien viene de fuera que para quien vive aquí todo el año.
Más escaparate que casa.
Se puede amar una tradición y al mismo tiempo reconocer que no siempre es cómoda.
No todo es blanco o negro.
A veces simplemente es: me gusta… pero desde cierta distancia.
Y eso también es legítimo.
/Por quejarse de algo/
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