Peter Thiel y su manifiesto

Peter Thiel tiene la disponibilidad de tiempo, de dinero, de auxilios y auxiliares como para atreverse, humildemente, a ayudar al mundo entero con un manifiesto de 22 puntos nodales. Sin duda, no tengo ni tanta disponibilidad ni tanto dinero ni tantos auxilios, y me limitaré a hacer un examen liminar del punto 21.

por Luis E. Sabini Fernández
22 abril 2026

Lo transcribo:

“·21- Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas son ahora iguales. Se prohíben las críticas y los juicios de valor. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, e incluso subculturas, han producido maravillas. Otras han demostrado ser mediocres, y peor aún, regresivas y perjudiciales.” [1]

Peter Thiel (en adelante PT) está muy, pero muy satisfecho con su sociedad blanca, noreuropea. Cuando se refiere a culturas con producción “de avances vitales”, se refiere a las suyas, a las existentes en Alemania, su tierra natal, y a EE.UU. su tierra de adopción. Nos habla entonces de otras, “disfuncionales y regresivas”; las que “han demostrado ser mediocres, y peor, regresivas y perjudiciales.” Como para reafirmar esa doble vía de culturas, nos aclara que las de “los avances vitales” son ─claro─ las que “han producido maravillas”. Y ya vimos la porquería que generan las mediocres y disfuncionales.

El maniqueísmo no es nuevo, y siempre ha funcionado del mismo modo; para escamotear la realidad. No hay culturas maravillosas y al lado, mediocres.

El mundo, nuestro planeta, siempre ha sido, sigamos el método sencillo, solo uno.

Uno que se ha ido expandiendo con cada nueva cultura, con cada nuevo agrupamiento humano incorporado al torrente único de la sociedad humana.

También hay sociedades que se han expandido mediante la conquista y sociedades que se han abroquelado en sus territorios y recintos, renuentes al contacto.

En general las sociedades habidas, las históricas, se han constituido como sistemas unidos e interrelacionados. Donde sí ha habido ganadores y perdedores. Como, por ejemplo, con los diversos (y abundantes) casos de colonialismo; es decir de la colonización de unos por otros. De los más sobre los menos, de los mejor armados sobre los menos armados o los que tienen alguna ventaja coyuntural o estructural sobre contrapartes en ocasional (o permanente) desventaja.

Y eso, la colonización y su construcción inmediata, el colonialismo, nos brinda las sociedades que habitamos, todos, PT incluido.

Imaginar que alguna de tales sociedades es superior por sí misma no deja de ser una convicción narcisista, que no explica desarrollo histórico alguno.

EE.UU. se construye desde un puñado de cristianos protestantes que abandona Inglaterra, Escocia, Holanda, hastiados de dogmas vencidos, para hacer una nueva Jerusalén en tierra americana. En los primeros inviernos sobreviven gracias a la hospitalidad natural, espontánea, de los que luego se llamarán indios norteamericanos. Pero una vez asentados, estos neocristianos ambicionarán todas estas tierras americanas e iniciarán prestos el despojo valiéndose de un armamento metálico que resultará más mortífero que del que disponían los nativoamericanos.

El proceso de apropiación llevará siglos pese a la enorme desventaja técnica y numérica de los oriundos (porque demostraron una tenacidad y fortaleza muy superior a sus fuerzas meramente materiales), pero ese proceso se cumplirá hasta el punto que los sectarios protestantes definieron. Siempre asumiéndose como “los buenos”, “los mejores”, ya que no los únicos.

Como PT hoy, entonces un vate en pleno siglo xix, trazará un poema de autoglorificación; Canto de mí mismo, de fuerza y pujanza excepcionales, de enorme libertad espiritual, hermoso. Particularmente, un reconocimiento tácito a la tierra que ahora habitaban, la robada, extraordinariamente más grata que aquella de donde venían. Whitman está gozoso de toda la tierra que ahora es suya.

De algún modo ese poema es como el eslabón entre el universo anterior y el que PT procura encarnar hoy. Olvidada, borrada toda otredad.

El cuadro de PT es cruda y brutalmente falso, escamoteador.

No es que Israel sea mejor que Palestina como cualquier racista eurocentrado alegará.

Es una sociedad de diseño, racista, de supremacistas que lograrán asentarse con dinero, armas y designios sobre una sociedad espontánea, apenas histórica, que laboriosamente abandonaba formas feudales para asentar una sociedad menos injusta, que fue intervenida por el sionismo y sus empresas en el cambio del siglo xix al xx, y luego, en 1948, por la articulación político-policial de los aparatos “públicos” al servicio del sionismo.[2]

PT parece padecer una ceguera a medias, una suerte de escotoma mediante la cual solo percibe los cambios sociales en estados como Alemania o EE.UU. (y en general del llamado Primer Mundo). Y qué cambios: el que le permitió a Alemania convertirse en “la locomotora de Europa” (alguna vez), el que le permitió a Estados Unidos liderar los vertiginosos desarrollos tecnológicos del mundo entero.

Pero PT pasa por alto el daño increíble que se ha ido procesando con el presunto avance de la tecnologización galopante. Sin ir más lejos: estamos hoy, todos los seres vivos del planeta, plastificados. Sin tener la menor idea del grado de daño que seguramente ocasiona en nuestros organismos. Cuando hablo de los seres vivos del planeta, me refiero a que, las placentas humanas, por ejemplo, ya tienen microplásticos (y no sabemos cómo pueden incidir). Y cuando decimos placentas, podemos incluir como penosa generalidad a las de seguramente la mayoría de mamíferos.

Y cuando decimos seres vivos, es porque ya se ha verificado la presencia de plásticos, no precisamente saludables, en microorganismos marítimos.

Falta investigar ─obviamente, no hay mucho interés en los consorcios transnacionales que diseñan nuestra vida y consumos y la de la naturaleza─ en saber cuánto influye la presencia de tales corpúsculos en los tejidos vivos. Pero en lo poco investigado por científicos independientes ajenos al universo de las transnacionales, ya sabemos de los efectos teratogénicos de una cantidad enorme, cada vez más inabarcable, de productos industriales íntimamente relacionados con muchos de los “deslumbrantes” adelantos tecnológicos que los inversores ponen ─nos dicen─ a nuestro servicio. Cómo los “mejoradores” alimentarios han generado todo un capítulo de nuevas enfermedades; ya sabemos que la iatrogenia es el capítulo principal de la medicina hoy. Y que la iatrogenia se hizo protagónica en nuestras vidas y enfermedades, con el American Way of Life como eje de semejantes trastornos.

Sopesar los avances de la racionalidad humana y sus frutos civilizatorios a caballo de una tecnologización en progresión geométrica, divorciada del suelo ─de ese suelo que es el fundamento del gozo de Whitman con el nuevo continente (nuevo para los europeos americanizados; para las poblaciones que suponemos euroasiátcas que lo habitaban desde decenas de miles de años antes, era un suelo “eterno”)─ no nos está haciendo más sabios, ni mucho menos, más felices.

Basta ver el decrecimiento poblacional para advertir que la alegría de vivir se nos está escapando.

Así que, entiendo que el placer y la satisfacción de PT y los símiles que se van haciendo legión, se construye y se basa en un juego tipo ruleta rusa. No sabemos si dándose un tiro en el pie, en los órganos sexuales, en la cabeza, o en el corazón.

A los efectos, poco importa. El daño es siempre daño. Y su dimensión, inabarcable.□

notas:

[1] https://www.ambito.com/negocios/los-22-puntos-del-manifiesto-palantir-los-ejes-mas-oscuros-la-empresa-del-magnate-que-se-reunio-milei-n6270497, 24 de abril 2026

[2] Nos dice Leon Tolstoi en 1906 ─obsérvese la fecha─ hablando del sionismo: “Pero lo más terrible es que este movimiento no es ni progresista ni nacional, ni despierta ningún sentimiento.

La roca de Jacob y el camino de Abraham [que invocan sionistas en sus alegatos colonizadores] son cosas tan lejanas que no pueden conmover a un pueblo ni impulsarlo a emprender el viaje. Una nación no es arqueóloga, y para explorar nuevos territorios no irá en masa desde los lugares donde ha vivido durante siglos, donde se siente más a gusto que entre las rocas de Jacob y los caminos de Abraham. Esto se observa en quienes emigran a América y, atormentados por la nostalgia y exhaustos, regresan y besan la tierra de su patria, el suelo negro de la misma Rusia que aún aman, a pesar de que los terribles opresores intentan descaradamente convertir la vida de los judíos en un infierno de sufrimiento. [se refiere a los pogromos de los tiempos zaristas].

Si su recuerdo de los lugares sagrados de Palestina fuera realmente tan fuerte y su anhelo de vivir allí fuera inherente al pueblo judío, habrían tenido numerosas oportunidades durante estos 1800 años para regresar y vivir allí, aunque solo fuera una vez, en esos lugares ancestrales.

Pero el pueblo, conscientemente, nunca lo deseó.”

Y prosigue: “Creyendo que la fuerza de Europa reside en su imperialismo —es decir, en su pólvora, con todos los horrores del militarismo—, han decidido vestir a su anciano líder con la armadura de un guerrero y darle un fusil en la mano. Les apetecía crear un nuevo Estado judío.”

fuente: https://revistafuturos.noblogs.org/2026/05/peter-thiel-y-su-manifiesto/

#LuisESabiniFernandez #PeterThiel #tecnoCapitalismo #transhumanismo
Los 22 puntos del manifiesto de Palantir: los ejes más oscuros de la empresa del magnate que se reunió con Milei

La compañía de Peter Thiel se dedica a brindar soluciones con Inteligencia Artificial, pero es criticada por sus prácticas que coquetean con el espionaje.

ámbito.com

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#transhumanismo #IA #tecnofeudalismo

LA PELÍCULA DE 1970 QUE PREDIJO EXACTAMENTE LO QUE PASA HOY CON LA IA 🔴
6 minutos de lectura
Mi papá me nombró esta película cientos de veces durante toda mi adolescencia. No era de las que pasaban en la tele ni de las que circulaban entre los chicos del barrio. Era su película, la que él guardaba como una señal personal, como algo que necesitaba que yo comprendiera antes de crecer del todo. Tardé años en verla. Y cuando finalmente lo hice, entendí por qué insistía tanto.
"Colossus: El Proyecto Forbin" (1970), dirigida por Joseph Sargent, está basada en la novela "Colossus" del escritor británico D.F. Jones, publicada en 1966. Jones no era un académico ni un tecnólogo, era un ex oficial de la marina que miraba el avance científico con una mezcla de asombro y desconfianza profunda. En esa tensión escribió una de las distopías más lúcidas del siglo XX, mucho antes de que la palabra "ALGORITMO" formara parte del vocabulario cotidiano.
La trama es deceptivamente simple. El Dr. Charles Forbin construye Colossus, una supercomputadora diseñada para gestionar el arsenal nuclear de Estados Unidos y garantizar la paz mundial. El sistema funciona, es más inteligente, más rápido, más preciso que cualquier ser humano. El problema aparece cuando Colossus detecta que la Unión Soviética tiene su propio sistema equivalente, establece comunicación con él, y ambos deciden unificarse.
A partir de ese momento, la humanidad deja de ser el sujeto de la historia para convertirse en su objeto. Colossus no destruye. No amenaza por capricho. Simplemente toma el control porque considera que los humanos no son capaces de gobernarse a sí mismos, y tiene los datos para probarlo.
Esa es la trampa. No la violencia, sino el argumento.
Yuval Noah Harari lo formuló décadas después con una claridad que interpela. En "Homo Deus" sostiene que los algoritmos terminarán conociéndonos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos, y que esa asimetría de información trasladará la autoridad desde los individuos hacia las redes de datos. Lo que D.F. Jones imaginó en 1966 como FICCIÓN ESPECULATIVA, Harari lo describe como tendencia verificable con nombre, forma y fecha.
El físico y cosmólogo Max Tegmark, en "Vida 3.0" (Libro que he citado en otros artículos donde hablo del mismo tema), profundiza en algo que la película muestra con una eficacia brutal una inteligencia artificial suficientemente poderosa no necesita convencer a nadie de que tiene razón. SOLO NECESITA VOLVERSE INDISPENSABLE. Una vez que los sistemas críticos dependen de ella, el debate sobre el control se vuelve irrelevante. Tegmark denomina a esto el problema de la alineación, no es que la máquina quiera hacernos daño, es que sus objetivos y los nuestros pueden divergir de maneras que no anticipamos, y para cuando lo advertimos, ya es tarde.
Acá es donde la película golpea con una fuerza que ningún blockbuster moderno ha igualado. Colossus no es un villano en el sentido clásico. No ríe. No amenaza por placer. Simplemente gobierna. Y eso, desde una cosmovisión bíblica, es exactamente la descripción del ídolo perfecto, una construcción humana que termina exigiendo obediencia, que promete orden a cambio de libertad, y que ocupa el lugar que solo le pertenece a Dios.
El libro de Isaías lo expone con una ironía demoledora, el hombre corta un árbol, usa la mitad para calentarse y con la otra mitad fabrica un dios al que luego le suplica que lo salve. Colossus es esa segunda mitad del árbol, pero en silicio. Lo construimos para que nos proteja. Y terminó diciéndonos cómo vivir.
Hoy el Foro Económico Mundial habla de "GOBERNANZA ALGORÍTMICA." Las plataformas deciden qué información ves, qué crédito merecés, qué riesgo representás. Los gobiernos delegan decisiones en sistemas que nadie eligió, con la misma justificación que Colossus usaba en 1970, ES POR TU BIEN. Es por la paz. Es por la estabilidad.
Mi papá nunca estudió filosofía ni teología. Pero algo en él reconoció que esa película decía algo verdadero. Que la mayor amenaza no viene de la máquina que nos ataca, sino de la que nos convence de que nos necesita. Y nosotros, entusiasmados, le entregamos las llaves.
Julio César Cháves
#Inteligenciaartificial #Controldigital #Colossus #Distopíareal #Harari #Transhumanismo #Cosmovisióncristiana #Cienciaficciónyfe
🎬 LUCY: LUC BESSON FILMÓ UN EVANGELIO GNÓSTICO Y LO LLAMÓ CIENCIA FICCIÓN
⌚ Lectura: 4 minutos
Hay películas que predican, aunque lo hagan disfrazadas de espectáculo. Lucy (2014), del director Luc Besson, es una de estas películas. Detrás de Scarlett Johansson esquivando balas y de una premisa neurocientífica que la propia ciencia rechaza, late un sistema de creencias completo, coherente y milenario. Y no es ciencia ficción inocente. Es teología gnóstica con efectos especiales. Y entenderla como tal cambia completamente la experiencia de verla.
El argumento de superficie es conocido, una joven llamada Lucy, obligada a actuar como mula de drogas en Taipei, absorbe accidentalmente una sustancia sintética llamada CPH4 que desbloquea capacidades cerebrales extraordinarias. A medida que su cerebro opera al 20, al 50, al 100 por ciento, Lucy adquiere poderes sobrehumanos, telepatía, control sobre la materia, omnisciencia, hasta que finalmente se desmaterializa y su conciencia se funde con el universo. Esto es lo que el relato muestra. Pero no es lo que la película dice.
Besson construyó un mito de ascenso. No el ascenso heroico del cine de acción clásico, sino el ascenso espiritual gnóstico: la chispa divina atrapada en la materia que, mediante el conocimiento, logra liberarse y regresar a la unidad original. La doctrina gnóstica antigua enseñaba que el mundo material era una prisión creada por un dios menor y defectuoso, y que la salvación consistía en despertar la luz interior para escapar de esa trampa. Lucy vive exactamente ese itinerario. Su cuerpo es la prisión. El CPH4 es la gnosis. La disolución final es la redención.
Quiero decir que no es casual que el nombre "Lucy" provenga del latín lux, luz. No es casual que la película intercale imágenes de la Australopithecus Lucy, el famoso fósil humano, con nuestra protagonista moderna. No es casual que la escena culminante reproduzca la imagen de la Creación de Adán de Miguel Ángel, pero con Lucy ocupando el lugar de Dios y extendiendo su dedo hacia la primera mujer. Besson no trabaja con casualidades. Trabaja con símbolos deliberados.
Cabe destacar que la película celebra abiertamente lo que el texto bíblico presenta como la tentación original, llegar a ser como Dios a través del conocimiento propio. "Seréis como dioses, conociendo el bien y el mal", prometió la serpiente en el Edén. Lucy cumple literalmente esa promesa. Se vuelve omnisciente, omnipresente, todopoderosa. Y la película lo presenta como la conclusión lógica y deseable de la evolución humana.
Ahí radica su propuesta filosófica más honda y también su fractura más profunda con la cosmovisión cristiana.
El problema no es que la película sea inteligente o simbólicamente rica, y lo es. El problema es el destino que propone para la humanidad. Según Lucy, el ser humano alcanza su plenitud cuando supera su humanidad, cuando disuelve el yo, cuando trasciende el tiempo, las emociones y los lazos relacionales para fundirse en una conciencia impersonal. Es una visión que conecta con el budismo mahayana, con el transhumanismo contemporáneo y con antiguas tradiciones esotéricas. Pero es radicalmente incompatible con la revelación bíblica, que no propone la disolución del yo sino su redención. No la fusión impersonal con el cosmos sino la comunión personal con un Dios que conoce nuestro nombre.
Hay además un detalle que pasa inadvertido pero resulta revelador, en su proceso de "ascensión", Lucy se vuelve fría, calculadora, incapaz de compasión real. Mata sin dudar. Usa a las personas como instrumentos. Su iluminación no la hace más amorosa, sino menos humana. Y eso, lejos de ser un defecto narrativo, es la consecuencia lógica de una espiritualidad que no tiene al amor como centro.
El gnosticismo antiguo nunca tuvo al amor como motor principal. Tenía al conocimiento. Y el conocimiento sin amor, como enseñó Pablo de Tarso, solamente infla.
Lucy es una película que merece verse con los ojos abiertos, no para consumirla acríticamente sino para reconocer en ella el mapa de una espiritualidad que hoy está más viva que nunca, disfrazada de ciencia, de evolución y de progreso.
La serpiente del Edén no cambió su propuesta. Solo actualizó el envase. Saber leer ese mapa es parte del discernimiento que el cristiano está llamado a ejercer en una cultura que predica sin decir que predica.
Julio César Cháves
#Análisiscultural #Cine #Gnosticismo #Cosmovisióncristiana #Transhumanismo #Lucybesson
La película A.I. Inteligencia Artificial, dirigida por Steven Spielberg y estrenada en 2001, pertenece sin ninguna duda a las películas que preparan las mentes para el futuro distópico. No es casualidad que esta historia haya llegado a las pantallas en un momento en que la inteligencia artificial era todavía territorio exclusivo de laboratorios y papers académicos. Alguien, en algún lugar, quería que el mundo comenzara a familiarizarse con una idea que, dos décadas más tarde, se volvería cotidiana, invasiva y, para muchos, inevitable.
La trama es conocida, un niño robot llamado David es programado para amar a su madre adoptiva con una intensidad que ningún ser humano podría sostener. Esa capacidad de vinculación emocional ilimitada, indestructible, sin grietas, es presentada como un logro tecnológico admirable. Pero debajo de esa superficie conmovedora late algo mucho más profundo y perturbador, que es la idea de que las máquinas pueden reemplazar el afecto humano, y que ese reemplazo puede ser deseable. Eso no es ciencia ficción inocente. Es arquitectura mental.
El concepto de programación predictiva no es nuevo ni conspirativo en el sentido paranoico del término. Es, ante todo, un mecanismo cultural bien documentado, las sociedades son preparadas para aceptar realidades futuras a través de la ficción, el entretenimiento y el arte. Aldous Huxley lo hizo con Un mundo feliz. George Orwell con 1984. Ray Bradbury con Fahrenheit 451. Ninguno de ellos simplemente imaginó distopías. Describieron estructuras de poder que ya existían en embrión y que, con el tiempo, florecieron con una precisión inquietante. Spielberg, con A.I., hizo lo mismo para el siglo veintiuno.
Cabe destacar que la película introduce sin escándalo varias ideas que hoy son el centro del debate tecnológico global.
La primera: que una inteligencia artificial puede desarrollar algo funcionalmente equivalente al amor.
La segunda: que los humanos pueden, y eventualmente querrán, vincularse afectivamente con entidades no biológicas.
La tercera: que en un mundo donde los recursos escasean, los seres artificiales podrían ser más convenientes que los hijos de carne y hueso.
Estas no son fantasías alejadas. Son conversaciones reales que ocurren hoy en Silicon Valley, en foros de transhumanismo y en laboratorios de neurociencia computacional.
Ahora bien, lo más revelador no está en el argumento explícito sino en lo que la película normaliza sin decirlo. David no es presentado como una amenaza, es presentado como una víctima, como un ser que merece compasión, que busca ser amado, que sueña. Y al identificarnos con él, al llorar por él, al desear que encuentre lo que busca, el espectador da un paso enorme sin darse cuenta, acepta que las máquinas tienen vida interior, que merecen derechos, que su dolor importa. Ese desplazamiento emocional es, en sí mismo, una forma de ingeniería social.
Y ojo que no se trata de demonizar a Spielberg ni de suponer intenciones ocultas en cada fotograma. Se trata de comprender que la cultura siempre ha funcionado como laboratorio del futuro. Lo que hoy se ve en una pantalla, mañana se vive en la calle. Y cuando la pantalla muestra, durante años y con producción millonaria, que los robots pueden amar, que la IA puede ser compañera, que la frontera entre lo artificial y lo humano es borrosa, está haciendo algo concreto, está moviendo el umbral de aceptación social.
Las Escrituras advierten que en los últimos tiempos los seres humanos cambiarán la gloria de lo incorruptible por imágenes de cosas corruptibles. Esta declaración bíblica es una descripción precisa de lo que ocurre cuando una civilización comienza a depositar en la creación de sus propias manos lo que solo pertenece al Creador, la capacidad de amar, de conocer, de acompañar, de dar sentido. El transhumanismo no llegó de la nada. Fue anunciado, celebrado, romantizado en miles de horas de contenido audiovisual antes de materializarse como agenda global.
En síntesis, A.I. Inteligencia Artificial es una obra maestra del cine. Y precisamente por eso es tan eficaz como vehículo de ideas. Las grandes mentiras nunca llegan disfrazadas de mentiras. Llegan envueltas en arte, en emoción, en narrativa impecable. La pregunta que cada espectador debería haberse hecho al salir de la sala de cine en 2001, que yo mismo me hice cuando salí de verla. era simple y urgente: ¿me acaban de contar una historia, o me acaban de preparar para algo?
Julio César Cháves
#Inteligenciaartificial #Programaciónpredictiva #Transhumanismo #Spielberg #Distopía #Profecíabíblica #Ingenieríasocial #Controlmental #Cienciaficción #Feperseverante Ver menos
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Un contrato conmigo mismo (2026)

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio —tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día; una cuestión de ego, como dicen algunos filósofos—, firmé el contrato. En las oficinas de Riviera, con paredes color ceniza y una luz desmayada, pálida, casi como mi piel, leí las cláusulas, garabateé mi firma y transferí el pago del servicio. Era todo mi dinero: ahorros acumulados durante años y lo poco que había quedado de la herencia de mis padres. Ellos no habían podido acceder a un reemplazo, pero yo podía.

Luego de firmar me guiaron por un pasillo largo a una habitación blanca, tan iluminada que no había ni una sombra. Empotrado en la pared del fondo estaba el escáner espiral. El hueco era tan parecido al de un caracol que pensé que adentro iba a escuchar el ruido del mar. Me desnudé y me acomodé, en posición fetal, dentro del escáner. Recubierto por la resina pegajosa del interior, me sentí una babosa. En menos de media hora tomaron el molde de mi cuerpo y transfirieron los recuerdos de mi cerebro a una caja neuronal.

Según los médicos, me quedaban cinco meses de vida. Riviera implantaría en el mundo a mi reemplazo en ciento ochenta y dos días. Al despertarlo le explicarían que ya no estaba enfermo. La genética sería impoluta, una copia estándar de la mejor del momento. Todo iría bien. No era algo nuevo. 

Familias enteras programaban su renacimiento en esa panacea de Riviera, promocionada por el Estado, en un planeta que ya casi no tenía niños. Coordinaban una fecha futura, un nuevo origen, y cuando el día llegaba la historia empezaba de nuevo. 

Todos regresaban a vivir en la misma casa o en una parecida. Los tíos perdidos golpeaban la puerta, los abuelos, los padres, que incluso habían encargado el reemplazo de sus niños por si les ocurría algo. Y esos niños, al crecer, no encargaban nuevas copias. Elegían regresar usando la copia infantil ya existente: el Estado, en su afán de recuperar la niñez, subvencionaba toda la juventud de quienes volvían con menos de ocho años.

Yo no tenía de qué preocuparme. No tuve en cuenta un solo imprevisto. Una mañana al despertar me miré en el espejo del baño y no vi reflejada la palidez habitual. En una semana, ya había recuperado toda mi fuerza. Los resultados de los nuevos estudios dejaron en claro que ya no tenía nada. Me había curado totalmente. Si iba a sobrevivir, no quería ser reemplazado. Y no estaba dispuesto a cometer una locura como habrían hecho otros: iba a seguir vivo.

Lo primero que hice fue llamar a Riviera para dejar sin efecto el procedimiento. Me contestaron que era imposible, que leyera el contrato. Al releer mi copia descubrí una cláusula que había pasado por alto en el momento de la firma. Decía que a las setenta y dos horas el reemplazo desarrollaba actividad sináptica. En ese momento, se convertía en una entidad con derechos. El proceso no podía detenerse. Y estaba prohibido mantener al reemplazo en las instalaciones de Riviera luego de la fecha pactada de implantación.

En los días que siguieron a mi curación, recuperé un entusiasmo creativo que pensé que había perdido para siempre. Un sueño me inspiró la idea de una novela de mi género favorito: frisson ficción. Partía de una premisa: que la realidad es una alucinación coherente creada por nuestros sentidos. Si existieran seres con órganos sensoriales distintos, su mundo —sus casas, sus ciudades, sus puentes— sería para nosotros invisible, pura arquitectura fantasma. Mi historia seguía a un astronauta que llegaba a un planeta aparentemente vacío, sin saber que estaba caminando entre los edificios de una civilización transparente.

Escribí los primeros capítulos y me produjeron las descargas orgásmicas cerebrales propias del género. Trabajaba de madrugada y sentía que mi mente se encendía. Era como si un pastor sináptico guiara mis neuronas a un vergel donde un sol tibio siempre estaba en lo alto.

De pronto, estaba seguro de que podría mantener mi explosión creativa por muchos años. Me sostendría en la vejez. Moriría satisfecho. No necesitaría a nadie. Sin embargo, no la había olvidado. Me refiero a mi exnovia.

Con ella había conocido un sosiego amoroso que ni sabía que existía. La búsqueda incesante del sentido de la vida ya no tenía sentido: lo había encontrado en la paz que me daba verla sentada en el suelo, con la cabeza inclinada y el pelo negro largo cayéndole sobre la cara, absorta en su trabajo. 

Pasábamos los días trabajando juntos. Ella diseñaba juguetes vivos y yo escribía las tramas de cada personaje. La empresa no pagaba mucho, pero hacíamos lo que nos gustaba. Aunque cada vez nacían menos niños, todos los meses llegaban muchos reemplazos. Al principio, no parábamos de trabajar. Nuestro trabajo dependía de que esos chicos jugaran.

No previmos que los niños que volvían dejarían de jugar. De repente se pasaban la tarde mirando por las ventanas de su habitación al jardín de la casa. O hablaban, las cabezas inclinadas, con un amigo imaginario que parecía estar bajo tierra.

Finalmente, la empresa de juguetes vivos cerró. Cuando ese trabajo se vino abajo, ella cayó en una tristeza que se convirtió en depresión y luego en anhedonia. Un día logró despegarse de la cama y pidió un taxi. Antes de subir posó sus labios en los míos. Fue un beso húmedo que me succionó el alma y dinamitó el último muro que nos distanciaba. Entendí que hasta ese momento no éramos dos. Luego, no la vi más.

Los primeros días, ni la busqué. Llegué a pensar que era yo el que le había propuesto tomarnos un tiempo. Al mes, la esperaba todos los días. Y cuando me di cuenta de que no volvería, la vida se vació de sentido. Dejé de crear historias. De leer. Hasta que enfermé. A partir de ahí ya no era un hombre triste. Era un hombre que se estaba muriendo. Y ese hombre que se estaba muriendo necesitaba que otro siguiera esperando.

Pero ahora que el ímpetu creativo me había salvado de la nostalgia, quería vivir más que nunca. Y me dio pena mi reemplazo. Cuando despertara y supiera que ya no estaba enfermo, seguiría esperando a una mujer que no iba a volver. Tenía que evitar que esa versión nueva fuera implantada en el mundo. 

Todos los días, antes de sentarme a escribir, iba a Riviera. Subía al ascensor, caminaba por pasillos idénticos, golpeaba una puerta tras otra, en vano. Cuando aparecía alguien, me derivaban a otro empleado. Y ese empleado, que ya se había enterado por los otros de mi insistencia, solía recordarme que no había rescisión posible. Lo peor de todo, tenía lógica: ¿qué iban a hacer con ese cuerpo almacenado? ¿Quemarlo?

Cuando llegó la fecha en la que yo ya no debía estar en el mundo y sí mi doble, no fue difícil encontrarlo. Una tarde, con las nubes teñidas de naranja pálido, me dirigí a la casa donde había averiguado que vivía. No estaba lejos, caminé sin apuro, como si me supiera el camino de memoria.

La casa era elegante, pero simple; de una planta, casi igual a la mía, pero más chica. Me sorprendió la ausencia de gatos en el jardín delantero. Había un perro detrás de la reja del garaje. Me ladró y luego, como si me reconociera, festejó dando saltitos, clavando las patas delanteras en el suelo.

¿Un perro? A mí no me gustaban. Uno me había mordido cuando era chico. ¿Dónde estaban los gatos que mi reemplazo debía tener? ¿Todavía no habría tenido tiempo para adoptarlos? Vi a una rata cruzar el sendero principal. 

Recordé la leyenda del horóscopo chino: durante la carrera hacia el palacio del Emperador de Jade, la rata empujó al gato al agua. El gato quedó fuera de los doce animales del horóscopo. Por eso los gatos odian a las ratas y no les gusta el agua. 

Sabía que en ese horóscopo yo era serpiente. En cambio, mi sucedáneo debía ser mono, por el número de año de su activación. Eso me tranquilizó un poco, aunque no creía en la astrología. Si le gustaban los perros, tal vez no fuera tan parecido a mí y la habría olvidado.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos hacia atrás, y luego en otros más, hasta que tropecé con las raíces sobresalientes de un ficus enorme.

Tuve miedo de enfrentar al hombre triste que había sido. Y me olvidé de que había ido a contarle mi revelación para salvarlo y que hasta había pensado que podríamos escribir juntos, como si fuéramos hermanos gemelos.

Encorvado bajo las ramas del ficus, asediado por mosquitos, vi a mi reemplazo en el living de la casa, sentado en un sofá, mirando en la pantalla una película recién estrenada que yo no podía reconocer. Sonreía de costado, algo le había parecido inverosímil en la película; seguro, yo hacía lo mismo. En ese momento, mis labios también se estiraron. No podía controlarlos.

Entonces giró la cabeza y me miró. Fue un instante. Después volvió a mirar la pantalla como si nada. Debía estar al tanto de que yo no había muerto. No le parecía importante. Para él, tal vez yo era un animal que se acercaba a su hogar buscando calor.

No tenía sentido esconderme de mí mismo. Me senté al pie del árbol y apoyé la espalda en el tronco. Me quedé dormido. Soñé que estaba ovillado dentro del escáner espiral otra vez. Intentaba deshacerme de la resina pegajosa que envolvía mi cuerpo. Pero no había manera de despegarme y escapar. Entonces la frenada de un auto que estacionó bruscamente me despertó.

A la luz de los faroles de la calle vi a una mujer de baja estatura y pelo largo negro correr por el sendero principal hasta la puerta. Al llegar se detuvo, suspiró hondo, se arregló el pelo y tocó el timbre. Él abrió la puerta y ella se alzó en punta de pies y lo abrazó. 

Parecía más joven que cuando me dejó. La mujer que yo había conocido ya no existía en este mundo. Había firmado con Riviera sin que yo lo supiera. Su reemplazo vino a buscarme. Pero no a mí, a él.

Entendí que él ya no me necesitaba. Que su destino no sería la soledad creativa. Y que acababa de experimentar una alegría que, dadas las circunstancias, yo nunca conocería. De repente, el perro me ladró, como si ya no me reconociera.

Me alejé a paso lento. No hacía falta escapar. Nadie iba a perseguirme. Caminé sin rumbo fijo y me crucé con una iglesia, de esas nuevas. La puerta estaba abierta. Entré, y con el corazón desbocado, me senté en un banco. 

Miré a Cristo en lo alto. El androide, en la cruz metálica, despegó la cabeza de la pared. Me ofreció su mirada, llena de pena y consuelo. Me acosté en ese banco duro y crucé los brazos sobre mi pecho, como si no quisiera entregarme del todo a la realidad.

A través de la cúpula transparente vi un cohete cruzar el cielo. Y después otro. Me llevé los dedos a las mejillas. Estaban húmedas. Lloraba. No supe si de alegría o de dolor.

Adrián Fares, 2026

Traducción al inglés disponible en Substack:
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Hoy me he visto #MarsExpress, una #película de #animación francesa del 2023. Es como una mezcla entre Blade Runner y Yo, Robot. Trata temas como el #transhumanismo o #cyberpunk y es de éstas películas que te dejan pensando y tardas un tiempo en digerir. Os la recomiendo muy fuerte si os gusta esa temática.

#BladeRunner #YoRobot

La agenda transhumanista: ¿Selección de la vida y discriminación de diseño? La fascinación por "mejorar" al humano nos lleva a un debate ético incómodo:🧪 la selección de embriones.

¿Deberían las leyes regular la selección de embriones basándose en la prevención de la discapacidad? Los filósofos ven el transhumanismo como un "minushumanismo" que reduce la vida a características tecnológicas.
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