🎬 LUCY: LUC BESSON FILMÓ UN EVANGELIO GNÓSTICO Y LO LLAMÓ CIENCIA FICCIÓN
⌚ Lectura: 4 minutos
Hay películas que predican, aunque lo hagan disfrazadas de espectáculo. Lucy (2014), del director Luc Besson, es una de estas películas. Detrás de Scarlett Johansson esquivando balas y de una premisa neurocientífica que la propia ciencia rechaza, late un sistema de creencias completo, coherente y milenario. Y no es ciencia ficción inocente. Es teología gnóstica con efectos especiales. Y entenderla como tal cambia completamente la experiencia de verla.
El argumento de superficie es conocido, una joven llamada Lucy, obligada a actuar como mula de drogas en Taipei, absorbe accidentalmente una sustancia sintética llamada CPH4 que desbloquea capacidades cerebrales extraordinarias. A medida que su cerebro opera al 20, al 50, al 100 por ciento, Lucy adquiere poderes sobrehumanos, telepatía, control sobre la materia, omnisciencia, hasta que finalmente se desmaterializa y su conciencia se funde con el universo. Esto es lo que el relato muestra. Pero no es lo que la película dice.
Besson construyó un mito de ascenso. No el ascenso heroico del cine de acción clásico, sino el ascenso espiritual gnóstico: la chispa divina atrapada en la materia que, mediante el conocimiento, logra liberarse y regresar a la unidad original. La doctrina gnóstica antigua enseñaba que el mundo material era una prisión creada por un dios menor y defectuoso, y que la salvación consistía en despertar la luz interior para escapar de esa trampa. Lucy vive exactamente ese itinerario. Su cuerpo es la prisión. El CPH4 es la gnosis. La disolución final es la redención.
Quiero decir que no es casual que el nombre "Lucy" provenga del latín lux, luz. No es casual que la película intercale imágenes de la Australopithecus Lucy, el famoso fósil humano, con nuestra protagonista moderna. No es casual que la escena culminante reproduzca la imagen de la Creación de Adán de Miguel Ángel, pero con Lucy ocupando el lugar de Dios y extendiendo su dedo hacia la primera mujer. Besson no trabaja con casualidades. Trabaja con símbolos deliberados.
Cabe destacar que la película celebra abiertamente lo que el texto bíblico presenta como la tentación original, llegar a ser como Dios a través del conocimiento propio. "Seréis como dioses, conociendo el bien y el mal", prometió la serpiente en el Edén. Lucy cumple literalmente esa promesa. Se vuelve omnisciente, omnipresente, todopoderosa. Y la película lo presenta como la conclusión lógica y deseable de la evolución humana.
Ahí radica su propuesta filosófica más honda y también su fractura más profunda con la cosmovisión cristiana.
El problema no es que la película sea inteligente o simbólicamente rica, y lo es. El problema es el destino que propone para la humanidad. Según Lucy, el ser humano alcanza su plenitud cuando supera su humanidad, cuando disuelve el yo, cuando trasciende el tiempo, las emociones y los lazos relacionales para fundirse en una conciencia impersonal. Es una visión que conecta con el budismo mahayana, con el transhumanismo contemporáneo y con antiguas tradiciones esotéricas. Pero es radicalmente incompatible con la revelación bíblica, que no propone la disolución del yo sino su redención. No la fusión impersonal con el cosmos sino la comunión personal con un Dios que conoce nuestro nombre.
Hay además un detalle que pasa inadvertido pero resulta revelador, en su proceso de "ascensión", Lucy se vuelve fría, calculadora, incapaz de compasión real. Mata sin dudar. Usa a las personas como instrumentos. Su iluminación no la hace más amorosa, sino menos humana. Y eso, lejos de ser un defecto narrativo, es la consecuencia lógica de una espiritualidad que no tiene al amor como centro.
El gnosticismo antiguo nunca tuvo al amor como motor principal. Tenía al conocimiento. Y el conocimiento sin amor, como enseñó Pablo de Tarso, solamente infla.
Lucy es una película que merece verse con los ojos abiertos, no para consumirla acríticamente sino para reconocer en ella el mapa de una espiritualidad que hoy está más viva que nunca, disfrazada de ciencia, de evolución y de progreso.
La serpiente del Edén no cambió su propuesta. Solo actualizó el envase. Saber leer ese mapa es parte del discernimiento que el cristiano está llamado a ejercer en una cultura que predica sin decir que predica.
Julio César Cháves
#Análisiscultural #Cine #Gnosticismo #Cosmovisióncristiana #Transhumanismo #Lucybesson
⌚ Lectura: 4 minutos
Hay películas que predican, aunque lo hagan disfrazadas de espectáculo. Lucy (2014), del director Luc Besson, es una de estas películas. Detrás de Scarlett Johansson esquivando balas y de una premisa neurocientífica que la propia ciencia rechaza, late un sistema de creencias completo, coherente y milenario. Y no es ciencia ficción inocente. Es teología gnóstica con efectos especiales. Y entenderla como tal cambia completamente la experiencia de verla.
El argumento de superficie es conocido, una joven llamada Lucy, obligada a actuar como mula de drogas en Taipei, absorbe accidentalmente una sustancia sintética llamada CPH4 que desbloquea capacidades cerebrales extraordinarias. A medida que su cerebro opera al 20, al 50, al 100 por ciento, Lucy adquiere poderes sobrehumanos, telepatía, control sobre la materia, omnisciencia, hasta que finalmente se desmaterializa y su conciencia se funde con el universo. Esto es lo que el relato muestra. Pero no es lo que la película dice.
Besson construyó un mito de ascenso. No el ascenso heroico del cine de acción clásico, sino el ascenso espiritual gnóstico: la chispa divina atrapada en la materia que, mediante el conocimiento, logra liberarse y regresar a la unidad original. La doctrina gnóstica antigua enseñaba que el mundo material era una prisión creada por un dios menor y defectuoso, y que la salvación consistía en despertar la luz interior para escapar de esa trampa. Lucy vive exactamente ese itinerario. Su cuerpo es la prisión. El CPH4 es la gnosis. La disolución final es la redención.
Quiero decir que no es casual que el nombre "Lucy" provenga del latín lux, luz. No es casual que la película intercale imágenes de la Australopithecus Lucy, el famoso fósil humano, con nuestra protagonista moderna. No es casual que la escena culminante reproduzca la imagen de la Creación de Adán de Miguel Ángel, pero con Lucy ocupando el lugar de Dios y extendiendo su dedo hacia la primera mujer. Besson no trabaja con casualidades. Trabaja con símbolos deliberados.
Cabe destacar que la película celebra abiertamente lo que el texto bíblico presenta como la tentación original, llegar a ser como Dios a través del conocimiento propio. "Seréis como dioses, conociendo el bien y el mal", prometió la serpiente en el Edén. Lucy cumple literalmente esa promesa. Se vuelve omnisciente, omnipresente, todopoderosa. Y la película lo presenta como la conclusión lógica y deseable de la evolución humana.
Ahí radica su propuesta filosófica más honda y también su fractura más profunda con la cosmovisión cristiana.
El problema no es que la película sea inteligente o simbólicamente rica, y lo es. El problema es el destino que propone para la humanidad. Según Lucy, el ser humano alcanza su plenitud cuando supera su humanidad, cuando disuelve el yo, cuando trasciende el tiempo, las emociones y los lazos relacionales para fundirse en una conciencia impersonal. Es una visión que conecta con el budismo mahayana, con el transhumanismo contemporáneo y con antiguas tradiciones esotéricas. Pero es radicalmente incompatible con la revelación bíblica, que no propone la disolución del yo sino su redención. No la fusión impersonal con el cosmos sino la comunión personal con un Dios que conoce nuestro nombre.
Hay además un detalle que pasa inadvertido pero resulta revelador, en su proceso de "ascensión", Lucy se vuelve fría, calculadora, incapaz de compasión real. Mata sin dudar. Usa a las personas como instrumentos. Su iluminación no la hace más amorosa, sino menos humana. Y eso, lejos de ser un defecto narrativo, es la consecuencia lógica de una espiritualidad que no tiene al amor como centro.
El gnosticismo antiguo nunca tuvo al amor como motor principal. Tenía al conocimiento. Y el conocimiento sin amor, como enseñó Pablo de Tarso, solamente infla.
Lucy es una película que merece verse con los ojos abiertos, no para consumirla acríticamente sino para reconocer en ella el mapa de una espiritualidad que hoy está más viva que nunca, disfrazada de ciencia, de evolución y de progreso.
La serpiente del Edén no cambió su propuesta. Solo actualizó el envase. Saber leer ese mapa es parte del discernimiento que el cristiano está llamado a ejercer en una cultura que predica sin decir que predica.
Julio César Cháves
#Análisiscultural #Cine #Gnosticismo #Cosmovisióncristiana #Transhumanismo #Lucybesson
