C2: Solo existen de noche

La cafetería siempre parecía distinta después de las dos de la mañana. Durante las primeras horas de la noche el lugar estaba lleno de conversaciones cruzadas, risas cansadas, música suave saliendo desde el viejo tocadiscos cerca de la biblioteca y el sonido constante de tazas chocando sobre las mesas, pero conforme avanzaba la madrugada todo comenzaba a transformarse lentamente.
Las voces bajaban de volumen, algunas personas se quedaban dormidas sobre los sillones, otras escribían en silencio junto a las ventanas empañadas y quienes permanecían despiertos empezaban a hablar de las cosas que normalmente solo podían existir en la oscuridad: miedo, amor, rechazo, identidad, culpa, soledad. Nico siempre decía que las personas dejaban caer la máscara cuando la ciudad dormía, y aunque lo repetía medio en broma mientras limpiaba mesas o preparaba café, en el fondo sabía que era verdad.

Aquella noche la lluvia continuaba golpeando los cristales del último piso mientras Nico acomodaba tazas detrás de la barra intentando ignorar el dolor persistente en la espalda que llevaba semanas acompañándolo. Había trabajado demasiadas horas los últimos días y apenas dormía entre turnos, llamadas pendientes y problemas que seguía aplazando mentalmente porque no sabía cómo enfrentarlos sin desmoronarse un poco.
Desde donde estaba podía observar a varias personas repartidas por el lugar: una pareja discutiendo bajito junto a la ventana, alguien leyendo acostado sobre el sillón grande del rincón y Elías, sentado cerca de la biblioteca hojeando distraídamente un libro que probablemente ni siquiera estaba leyendo realmente.

Desde que había llegado unas horas antes apenas había hablado demasiado con los demás, aunque Nico reconocía perfectamente esa etapa inicial. La mayoría de las personas que aparecían por primera vez en la cafetería pasaban por algo parecido: al principio observaban todo con cautela, como si esperaran descubrir en cualquier momento que el lugar escondía alguna intención extraña, alguna condición secreta o algún juicio disfrazado de amabilidad. A muchos les tomaba tiempo aceptar que realmente podían existir ahí sin tener que justificar quiénes eran.

—¿Vas a seguir limpiando la misma taza durante veinte minutos? —preguntó una voz desde el otro lado de la barra.

Nico levantó la vista y encontró a Sam recargado frente al mostrador sosteniendo una bolsa de pan recién horneado bajo el brazo. Su cabello húmedo caía desordenado sobre la frente y tenía las mangas del abrigo dobladas hasta los codos, dejando ver los pequeños tatuajes que cubrían parte de sus brazos.

—Estoy trabajando —respondió Nico sin demasiado entusiasmo.

—Claro. Y yo soy una figura de autoridad emocional estable.

Nico soltó una pequeña risa cansada mientras dejaba finalmente la taza en su lugar.

Sam llevaba casi dos años apareciendo y desapareciendo de la cafetería como si el lugar funcionara más como puerto temporal que como hogar definitivo. Nunca daba demasiadas explicaciones sobre su vida fuera del edificio y nadie insistía demasiado en preguntarle. Algunas noches llegaba sonriente y hablador; otras desaparecía durante semanas enteras. Pero incluso en sus peores momentos siempre terminaba regresando con bolsas de pan para todos o flores robadas de algún sitio elegante de la ciudad.

—¿Otra vez no dormiste? —preguntó Sam observándolo con más atención.

—Dormí un poco.

—Nico.

—Bueno… no realmente.

Sam dejó la bolsa sobre la barra y suspiró.

—Te ves agotado.

—Estoy bien.

—Llevas diciendo eso desde hace meses.

Nico evitó responder mientras comenzaba a acomodar los panes sobre una charola metálica. Había aprendido hacía mucho tiempo a sobrevivir minimizando su propio cansancio. Resultaba más sencillo enfocarse en los problemas ajenos que detenerse a pensar en los propios. Escuchar a alguien llorar por una ruptura, ayudar a una persona trans que acababa de ser expulsada de casa o acompañar a alguien durante una crisis emocional parecía mucho más manejable que enfrentar el vacío extraño que llevaba creciendo dentro de él desde hacía años.

Sam lo observó en silencio unos segundos antes de hablar nuevamente.

—¿Volviste a verlo?

La pregunta llegó suave, casi casual, pero Nico sintió inmediatamente cómo el cuerpo se le tensaba.

—No.

—¿Te escribió?

Nico tardó demasiado en responder.

—Sí.

Sam cerró los ojos lentamente, como alguien que ya conoce perfectamente el final de cierta historia incluso antes de escucharla completa.

—¿Y ahora qué quiere?

Nico soltó una risa amarga.

—Lo mismo de siempre.

No necesitaba explicar demasiado. Sam conocía esa situación casi desde el principio.

Daniel aparecía en la vida de Nico exactamente igual que las tormentas: sin aviso, alterándolo todo y dejando caos emocional suficiente para durar semanas enteras. Se habían conocido años atrás durante una exposición artística organizada en otro centro cultural de la ciudad y desde entonces entraron en una relación intermitente, intensa y profundamente desgastante. Daniel era encantador cuando quería serlo. Inteligente, divertido, atento en los momentos correctos. El tipo de persona capaz de hacerte sentir especial con solo mirarte unos segundos más de lo normal. Pero también era alguien aterrorizado por la idea de vivir abiertamente como hombre bisexual.

Nunca lo decía directamente, aunque tampoco hacía falta.

Nico aprendió rápidamente las reglas invisibles de aquella relación: no tomarse de la mano en ciertos lugares, no subir fotografías juntos, no aparecer en reuniones familiares, no mencionar sentimientos demasiado profundos cuando había otras personas cerca. Daniel insistía en que necesitaba tiempo, que las cosas eran complicadas, que su trabajo, su familia y su entorno todavía no estaban preparados. Y Nico, enamorado y paciente hasta el agotamiento, pasó años intentando entender algo que lentamente comenzaba a destruirlo.

Porque el problema nunca fue esperar.

El problema era sentir que debía esconderse para merecer amor.

—Te está consumiendo —dijo Sam en voz baja.

—No quiero hablar de eso ahora.

—Precisamente porque nunca quieres hablar es que sigues atrapado ahí.

Nico guardó silencio.

A unos metros, Elías observaba discretamente desde su mesa mientras fingía leer. Nico alcanzó a notarlo y cambió inmediatamente el gesto de su rostro, recuperando esa calma amable que usaba casi automáticamente frente a los demás.

Era extraño cómo funcionaba aquello. Todos en la cafetería llegaban buscando un lugar seguro, pero incluso dentro del refugio seguían existiendo miedos imposibles de soltar completamente. Nico podía escuchar durante horas las historias más dolorosas de otras personas, acompañarlas, aconsejarlas y recordarles que merecían relaciones sanas, honestas y libres de vergüenza… mientras él mismo seguía atrapado en algo que lo hacía sentirse invisible.

La contradicción lo perseguía constantemente.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo de pronto mientras limpiaba la barra lentamente—. Que ni siquiera creo que Daniel sea una mala persona.

Sam apoyó los brazos sobre el mostrador.

—Eso no cambia el daño.

Nico levantó la mirada.

—Él realmente me quiere.

—Sí. Pero hay personas que aman sinceramente y aun así terminan lastimando porque nunca aprendieron a aceptar quiénes son.

Aquella frase quedó suspendida entre ambos varios segundos.

En otra mesa alguien comenzó a reír fuerte por algo que acababa de escuchar y el sonido alivió momentáneamente la tensión del ambiente. Nico observó alrededor. A veces olvidaba lo extraño y hermoso que era aquel lugar. Personas completamente distintas encontrándose en el momento exacto donde más necesitaban dejar de sentirse solas. Había noches en que la cafetería parecía sostener emocionalmente a todos los que entraban, incluso a quienes juraban no necesitar ayuda.

Elías seguía sentado junto a la biblioteca mirando distraídamente las notas pegadas sobre la pared principal. Nico recordó perfectamente la primera vez que él mismo llegó ahí muchos años atrás. También estaba perdido. También creía que debía cargar solo con todo. También pensaba que pedir ayuda era una forma de fracaso.

Ahora era él quien preparaba bebidas calientes para desconocidos rotos por dentro.

La vida tenía una manera extraña de girar sobre sí misma.

—Oye —dijo Sam después de un rato—. ¿Alguna vez has pensado en qué pasaría si dejaras de esperar?

Nico soltó una pequeña risa cansada.

—¿Esperar qué?

—A que alguien decida amarte públicamente.

Aquella frase golpeó más fuerte de lo esperado.

Porque en el fondo sabía la respuesta.

Había pasado tanto tiempo adaptándose a los límites emocionales de Daniel que olvidó preguntarse cuáles eran sus propias necesidades. Se acostumbró a migajas disfrazadas de paciencia. A silencios disfrazados de prudencia. A esconder partes enteras de su vida para no incomodar a alguien más.

Y aun así seguía justificándolo.

Porque entender el dolor ajeno muchas veces hace más difícil reconocer el propio.

Nico observó nuevamente a las personas alrededor. Algunos dormían tranquilos sobre los sillones mientras otros seguían conversando bajo las luces cálidas de la cafetería. Había algo profundamente humano en ese espacio improvisado, algo que iba más allá de simplemente compartir café o refugio. Allí todos estaban aprendiendo lentamente a existir sin pedir disculpas por ello.

Y quizá ese era precisamente el problema.

Que Nico había ayudado a demasiadas personas a sanar mientras ignoraba que él también merecía hacerlo.

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Un contrato conmigo mismo (2026)

Cuando sentí que todo estaba en peligro, que mi vida pendía de un hilo por un problema de salud serio —tan serio como pueden ser los problemas de salud hoy en día; una cuestión de ego, como dicen algunos filósofos—, firmé el contrato. En las oficinas de Riviera, con paredes color ceniza y una luz desmayada, pálida, casi como mi piel, leí las cláusulas, garabateé mi firma y transferí el pago del servicio. Era todo mi dinero: ahorros acumulados durante años y lo poco que había quedado de la herencia de mis padres. Ellos no habían podido acceder a un reemplazo, pero yo podía.

Luego de firmar me guiaron por un pasillo largo a una habitación blanca, tan iluminada que no había ni una sombra. Empotrado en la pared del fondo estaba el escáner espiral. El hueco era tan parecido al de un caracol que pensé que adentro iba a escuchar el ruido del mar. Me desnudé y me acomodé, en posición fetal, dentro del escáner. Recubierto por la resina pegajosa del interior, me sentí una babosa. En menos de media hora tomaron el molde de mi cuerpo y transfirieron los recuerdos de mi cerebro a una caja neuronal.

Según los médicos, me quedaban cinco meses de vida. Riviera implantaría en el mundo a mi reemplazo en ciento ochenta y dos días. Al despertarlo le explicarían que ya no estaba enfermo. La genética sería impoluta, una copia estándar de la mejor del momento. Todo iría bien. No era algo nuevo. 

Familias enteras programaban su renacimiento en esa panacea de Riviera, promocionada por el Estado, en un planeta que ya casi no tenía niños. Coordinaban una fecha futura, un nuevo origen, y cuando el día llegaba la historia empezaba de nuevo. 

Todos regresaban a vivir en la misma casa o en una parecida. Los tíos perdidos golpeaban la puerta, los abuelos, los padres, que incluso habían encargado el reemplazo de sus niños por si les ocurría algo. Y esos niños, al crecer, no encargaban nuevas copias. Elegían regresar usando la copia infantil ya existente: el Estado, en su afán de recuperar la niñez, subvencionaba toda la juventud de quienes volvían con menos de ocho años.

Yo no tenía de qué preocuparme. No tuve en cuenta un solo imprevisto. Una mañana al despertar me miré en el espejo del baño y no vi reflejada la palidez habitual. En una semana, ya había recuperado toda mi fuerza. Los resultados de los nuevos estudios dejaron en claro que ya no tenía nada. Me había curado totalmente. Si iba a sobrevivir, no quería ser reemplazado. Y no estaba dispuesto a cometer una locura como habrían hecho otros: iba a seguir vivo.

Lo primero que hice fue llamar a Riviera para dejar sin efecto el procedimiento. Me contestaron que era imposible, que leyera el contrato. Al releer mi copia descubrí una cláusula que había pasado por alto en el momento de la firma. Decía que a las setenta y dos horas el reemplazo desarrollaba actividad sináptica. En ese momento, se convertía en una entidad con derechos. El proceso no podía detenerse. Y estaba prohibido mantener al reemplazo en las instalaciones de Riviera luego de la fecha pactada de implantación.

En los días que siguieron a mi curación, recuperé un entusiasmo creativo que pensé que había perdido para siempre. Un sueño me inspiró la idea de una novela de mi género favorito: frisson ficción. Partía de una premisa: que la realidad es una alucinación coherente creada por nuestros sentidos. Si existieran seres con órganos sensoriales distintos, su mundo —sus casas, sus ciudades, sus puentes— sería para nosotros invisible, pura arquitectura fantasma. Mi historia seguía a un astronauta que llegaba a un planeta aparentemente vacío, sin saber que estaba caminando entre los edificios de una civilización transparente.

Escribí los primeros capítulos y me produjeron las descargas orgásmicas cerebrales propias del género. Trabajaba de madrugada y sentía que mi mente se encendía. Era como si un pastor sináptico guiara mis neuronas a un vergel donde un sol tibio siempre estaba en lo alto.

De pronto, estaba seguro de que podría mantener mi explosión creativa por muchos años. Me sostendría en la vejez. Moriría satisfecho. No necesitaría a nadie. Sin embargo, no la había olvidado. Me refiero a mi exnovia.

Con ella había conocido un sosiego amoroso que ni sabía que existía. La búsqueda incesante del sentido de la vida ya no tenía sentido: lo había encontrado en la paz que me daba verla sentada en el suelo, con la cabeza inclinada y el pelo negro largo cayéndole sobre la cara, absorta en su trabajo. 

Pasábamos los días trabajando juntos. Ella diseñaba juguetes vivos y yo escribía las tramas de cada personaje. La empresa no pagaba mucho, pero hacíamos lo que nos gustaba. Aunque cada vez nacían menos niños, todos los meses llegaban muchos reemplazos. Al principio, no parábamos de trabajar. Nuestro trabajo dependía de que esos chicos jugaran.

No previmos que los niños que volvían dejarían de jugar. De repente se pasaban la tarde mirando por las ventanas de su habitación al jardín de la casa. O hablaban, las cabezas inclinadas, con un amigo imaginario que parecía estar bajo tierra.

Finalmente, la empresa de juguetes vivos cerró. Cuando ese trabajo se vino abajo, ella cayó en una tristeza que se convirtió en depresión y luego en anhedonia. Un día logró despegarse de la cama y pidió un taxi. Antes de subir posó sus labios en los míos. Fue un beso húmedo que me succionó el alma y dinamitó el último muro que nos distanciaba. Entendí que hasta ese momento no éramos dos. Luego, no la vi más.

Los primeros días, ni la busqué. Llegué a pensar que era yo el que le había propuesto tomarnos un tiempo. Al mes, la esperaba todos los días. Y cuando me di cuenta de que no volvería, la vida se vació de sentido. Dejé de crear historias. De leer. Hasta que enfermé. A partir de ahí ya no era un hombre triste. Era un hombre que se estaba muriendo. Y ese hombre que se estaba muriendo necesitaba que otro siguiera esperando.

Pero ahora que el ímpetu creativo me había salvado de la nostalgia, quería vivir más que nunca. Y me dio pena mi reemplazo. Cuando despertara y supiera que ya no estaba enfermo, seguiría esperando a una mujer que no iba a volver. Tenía que evitar que esa versión nueva fuera implantada en el mundo. 

Todos los días, antes de sentarme a escribir, iba a Riviera. Subía al ascensor, caminaba por pasillos idénticos, golpeaba una puerta tras otra, en vano. Cuando aparecía alguien, me derivaban a otro empleado. Y ese empleado, que ya se había enterado por los otros de mi insistencia, solía recordarme que no había rescisión posible. Lo peor de todo, tenía lógica: ¿qué iban a hacer con ese cuerpo almacenado? ¿Quemarlo?

Cuando llegó la fecha en la que yo ya no debía estar en el mundo y sí mi doble, no fue difícil encontrarlo. Una tarde, con las nubes teñidas de naranja pálido, me dirigí a la casa donde había averiguado que vivía. No estaba lejos, caminé sin apuro, como si me supiera el camino de memoria.

La casa era elegante, pero simple; de una planta, casi igual a la mía, pero más chica. Me sorprendió la ausencia de gatos en el jardín delantero. Había un perro detrás de la reja del garaje. Me ladró y luego, como si me reconociera, festejó dando saltitos, clavando las patas delanteras en el suelo.

¿Un perro? A mí no me gustaban. Uno me había mordido cuando era chico. ¿Dónde estaban los gatos que mi reemplazo debía tener? ¿Todavía no habría tenido tiempo para adoptarlos? Vi a una rata cruzar el sendero principal. 

Recordé la leyenda del horóscopo chino: durante la carrera hacia el palacio del Emperador de Jade, la rata empujó al gato al agua. El gato quedó fuera de los doce animales del horóscopo. Por eso los gatos odian a las ratas y no les gusta el agua. 

Sabía que en ese horóscopo yo era serpiente. En cambio, mi sucedáneo debía ser mono, por el número de año de su activación. Eso me tranquilizó un poco, aunque no creía en la astrología. Si le gustaban los perros, tal vez no fuera tan parecido a mí y la habría olvidado.

Me acerqué a la puerta y estuve a punto de dar tres golpes fuertes, que se convirtieron en tres pasos hacia atrás, y luego en otros más, hasta que tropecé con las raíces sobresalientes de un ficus enorme.

Tuve miedo de enfrentar al hombre triste que había sido. Y me olvidé de que había ido a contarle mi revelación para salvarlo y que hasta había pensado que podríamos escribir juntos, como si fuéramos hermanos gemelos.

Encorvado bajo las ramas del ficus, asediado por mosquitos, vi a mi reemplazo en el living de la casa, sentado en un sofá, mirando en la pantalla una película recién estrenada que yo no podía reconocer. Sonreía de costado, algo le había parecido inverosímil en la película; seguro, yo hacía lo mismo. En ese momento, mis labios también se estiraron. No podía controlarlos.

Entonces giró la cabeza y me miró. Fue un instante. Después volvió a mirar la pantalla como si nada. Debía estar al tanto de que yo no había muerto. No le parecía importante. Para él, tal vez yo era un animal que se acercaba a su hogar buscando calor.

No tenía sentido esconderme de mí mismo. Me senté al pie del árbol y apoyé la espalda en el tronco. Me quedé dormido. Soñé que estaba ovillado dentro del escáner espiral otra vez. Intentaba deshacerme de la resina pegajosa que envolvía mi cuerpo. Pero no había manera de despegarme y escapar. Entonces la frenada de un auto que estacionó bruscamente me despertó.

A la luz de los faroles de la calle vi a una mujer de baja estatura y pelo largo negro correr por el sendero principal hasta la puerta. Al llegar se detuvo, suspiró hondo, se arregló el pelo y tocó el timbre. Él abrió la puerta y ella se alzó en punta de pies y lo abrazó. 

Parecía más joven que cuando me dejó. La mujer que yo había conocido ya no existía en este mundo. Había firmado con Riviera sin que yo lo supiera. Su reemplazo vino a buscarme. Pero no a mí, a él.

Entendí que él ya no me necesitaba. Que su destino no sería la soledad creativa. Y que acababa de experimentar una alegría que, dadas las circunstancias, yo nunca conocería. De repente, el perro me ladró, como si ya no me reconociera.

Me alejé a paso lento. No hacía falta escapar. Nadie iba a perseguirme. Caminé sin rumbo fijo y me crucé con una iglesia, de esas nuevas. La puerta estaba abierta. Entré, y con el corazón desbocado, me senté en un banco. 

Miré a Cristo en lo alto. El androide, en la cruz metálica, despegó la cabeza de la pared. Me ofreció su mirada, llena de pena y consuelo. Me acosté en ese banco duro y crucé los brazos sobre mi pecho, como si no quisiera entregarme del todo a la realidad.

A través de la cúpula transparente vi un cohete cruzar el cielo. Y después otro. Me llevé los dedos a las mejillas. Estaban húmedas. Lloraba. No supe si de alegría o de dolor.

Adrián Fares, 2026

Traducción al inglés disponible en Substack:
https://adrianfares.substack.com/p/the-contract-with-myself

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