Trump sin un “as en la manga” en el encuentro con China
Por; Lic. Alejandro Marcó del Pont
Trump, Xi y la diplomacia del daño mutuo (El Tábano Economista)
Donald Trump llegará a su encuentro con Xi Jinping en Beijing con una certeza incómoda, todavía puede hacer daño, pero ya no puede dictar las reglas del juego. Su repertorio es conocido, ruidoso y políticamente poco eficaz ante su electorado: aranceles, amenazas, controles tecnológicos, presión sobre bancos, sanciones secundarias, restricciones financieras, advertencias sobre chips, software y semiconductores. Es una caja de herramientas poderosa, pero no es un as en la manga. Casi todas esas herramientas tienen un defecto estructural, dañan también a quien las usa. En la relación entre Estados Unidos y China, la coerción económica dejó de ser una calle de una sola mano. Se convirtió en una avenida de doble circulación, cargada de obstáculos, desvíos y costos colaterales.
La reunión prevista para el 14 y 15 de mayo no llega en un vacío diplomático. Lo hace después de años de guerra comercial, de controles tecnológicos, de sanciones cruzadas y de una competencia cada vez menos disimulada por el control de los insumos estratégicos del siglo XXI. Reuters Breakingviews describió el próximo encuentro como una cumbre con más riesgos que promesas, donde el déficit comercial, Irán, los semiconductores y las tierras raras aparecen como parte de un mismo tablero. El dato central no es que Trump quiera mostrarse fuerte. Eso ya se sabe. El dato relevante es que, esta vez, la fortaleza estadounidense parece menos unilateral que antes. Washington descubrió que no puede vivir cómodamente sin ciertos insumos chinos; Beijing, a su vez, sabe que sigue necesitando tecnología estadounidense, pero también entiende que la dependencia es recíproca y que esa reciprocidad puede convertirse en arma.
Durante años, la sanción estadounidense funcionó como una forma de jurisdicción imperial informal. No hacía falta ocupar territorios ni desplegar tropas. Bastaba con controlar el acceso al dólar, al sistema financiero, a los bancos corresponsales, a las aseguradoras, a las navieras, a los mercados de capitales y a las tecnologías críticas. Una empresa podía estar en Europa, Asia o América Latina, pero si tocaba el sistema estadounidense, quedaba bajo la sombra de Washington. Esa fue una de las grandes ventajas estratégicas de Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría: convertir su centralidad financiera en poder político global. El problema para Trump es que China ya no se limita a quejarse de esa extraterritorialidad. Está construyendo instrumentos para volverla más costosa.
El caso de las refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní lo muestra con claridad. En abril, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a Hengli Petrochemical (Dalian) Chemical Co., una refinería independiente china, a la que acusó de haber comprado miles de millones de dólares en petróleo iraní. Para Washington, el objetivo era evidente: cortar ingresos a Teherán, presionar a quienes sostienen su comercio petrolero y advertir a terceros que el petróleo iraní no es una mercancía neutral sino una exposición jurídica y financiera. La medida formaba parte de una ofensiva más amplia contra la llamada flota fantasma iraní y contra las redes que permiten a Irán seguir exportando crudo pese a las sanciones.
Pero la respuesta china no fue una represalia clásica. No se limitó a sancionar a una empresa estadounidense equivalente, ni a imponer un arancel espejo, ni a emitir una condena diplomática rutinaria. El Ministerio de Comercio de China anunció una orden para bloquear el cumplimiento de las sanciones estadounidenses contra cinco refinerías: Hengli Petrochemical, Shandong Jincheng Petrochemical Group, Hebei Xinhai Chemical Group, Shouguang Luqing Petrochemical y Shandong Shengxing Chemical. Según Reuters, Beijing sostuvo que las sanciones estadounidenses violaban el derecho internacional y las normas básicas de las relaciones internacionales, y ordenó que esas medidas no fueran reconocidas, implementadas ni cumplidas dentro del marco jurídico chino.
Ese movimiento marca un cambio cualitativo. China no está respondiendo solo con daño económico; está respondiendo con arquitectura jurídica. Está diciendo a bancos, traders, aseguradoras, navieras y socios comerciales: si obedecen automáticamente a Washington, pueden quedar expuestos en China. La sanción estadounidense funciona mejor cuando el resto del mundo la acata preventivamente, incluso sin estar obligado directamente. China intenta quebrar esa obediencia anticipada. No necesita destruir el poder financiero estadounidense. Le alcanza con hacerlo más ambiguo, más caro y más riesgoso.
La base de esta estrategia no apareció de un día para el otro. En 2021, China aprobó las “Reglas para contrarrestar la aplicación extraterritorial injustificada de legislación extranjera y otras medidas”. Esa normativa permite al Ministerio de Comercio emitir órdenes de prohibición cuando una ley extranjera, aplicada extraterritorialmente, restringe de manera injustificada las actividades comerciales normales de ciudadanos o empresas chinas. Más importante aún, si una persona o empresa cumple con una medida extranjera incluida dentro de una orden de prohibición y con eso perjudica a una empresa china, esta puede iniciar acciones ante un tribunal chino y reclamar compensación.
En términos menos jurídicos y más políticos: China está creando una pinza. Si una empresa extranjera cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede exponerse a demandas o sanciones en China. Si no cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede quedar bajo el castigo financiero de Washington. La empresa deja de ser simplemente un actor económico y se convierte en rehén de dos soberanías enfrentadas. Esa es la novedad. La disputa ya no ocurre solo entre Estados. Se traslada al contrato privado, al pago pendiente, al seguro marítimo, al crédito bancario, al proveedor de componentes, al distribuidor europeo, al importador asiático, al socio latinoamericano.
Imaginemos un caso hipotético. Una empresa china, TechWorld, fabrica componentes electrónicos de alta precisión. Una distribuidora europea, EuroDist, firma con ella un contrato por diez millones de euros. TechWorld produce y entrega. Antes del pago final, Estados Unidos incluye a TechWorld en una lista de sanciones por supuestas ventas a un tercer país sancionado, como podría ser Irán. EuroDist, temiendo perder acceso al sistema financiero estadounidense, decide no pagar. Desde su punto de vista, está actuando con prudencia. Desde el punto de vista chino, está acatando una medida extranjera considerada ilegítima y extraterritorial.
Si el Ministerio de Comercio chino emite una orden de bloqueo sobre esa sanción, TechWorld podría demandar a EuroDist ante tribunales chinos. Podría reclamar el pago adeudado, intereses, daños derivados de la interrupción comercial y eventualmente solicitar medidas sobre activos de EuroDist en China. EuroDist quedaría atrapada. Si paga, teme a Beijing. Si no paga, teme a Washington. La sanción deja de ser una línea recta entre Estados Unidos y la empresa sancionada; se transforma en una red de riesgos extendida sobre toda la cadena comercial.
Ahí está el corazón de la nueva estrategia china. Beijing entendió que la extraterritorialidad estadounidense opera porque terceros actores privados sobreactúan el cumplimiento. Los bancos cancelan cuentas, los proveedores suspenden operaciones, las aseguradoras se retiran, las navieras modifican rutas, los compradores se cubren, los abogados recomiendan prudencia extrema. China ahora busca introducir un costo contrario: cumplir demasiado con Washington también pueda ser jurídicamente peligroso. Es una forma de lawfare económico, pero no en el sentido superficial del término. Es la juridificación de la rivalidad geopolítica.
Trump, frente a eso, conserva herramientas importantes, pero todas tienen límites. La primera son los aranceles. Puede volver a amenazar con tarifas elevadas sobre productos chinos y presentarlas como prueba de dureza. El problema es que China ya aprendió a convivir con la presión arancelaria, a redirigir flujos comerciales y a absorber parte del daño. El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés) señala que, después de la escalada de 2025, Estados Unidos y China redujeron parcialmente sus tarifas hacia fines de noviembre; aun así, el comercio bilateral cayó con fuerza y China alcanzó un superávit comercial muy elevado pese a los aranceles.
La segunda carta son los controles tecnológicos. Estados Unidos sigue controlando nodos decisivos: chips avanzados, software de diseño, equipos de fabricación, propiedad intelectual, sistemas operativos, herramientas de inteligencia artificial y maquinaria crítica para semiconductores. Esta es una ventaja real. Pero también aquí aparece una debilidad. Washington ha usado cada vez más los controles de exportación como fichas de negociación, no solo como instrumentos estrictos de seguridad nacional. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) advierte que esa expansión erosiona la credibilidad del sistema, incentiva a China a acelerar su sustitución tecnológica y empuja a ambos países hacia una carrera de controles cada vez más amplia.
Cuando Washington dice que una tecnología no puede venderse por razones de seguridad nacional, pero luego negocia excepciones a cambio de compromisos comerciales, compras agrícolas o concesiones coyunturales, el mensaje se debilita. China interpreta que no se trata de una línea roja estratégica, sino de una moneda de cambio. Y cuando una herramienta de seguridad se convierte en moneda de cambio, pierde autoridad. También pierde capacidad para ordenar coaliciones, porque los aliados empiezan a preguntarse si están defendiendo una arquitectura común o acompañando una táctica transaccional de corto plazo.
La tercera carta es la más poderosa y la más peligrosa: el sistema financiero. Trump podría aumentar la presión sobre bancos chinos vinculados a pagos de petróleo iraní. Esa amenaza sí tiene densidad estratégica. Sancionar bancos, restringir acceso al dólar o castigar entidades que procesan pagos sensibles puede generar un impacto mucho mayor que sancionar refinerías independientes. El problema es que esa carta se parece menos a un as y más a una granada. Puede obligar a China a moverse, pero también puede llevar la disputa a un nivel sistémico. Si Washington toca bancos chinos relevantes, Beijing puede responder con restricciones regulatorias contra empresas estadounidenses, controles de exportación, investigaciones administrativas, presión sobre activos o nuevas medidas sobre cadenas de suministro.
La cuarta carta sería la coordinación con aliados. En términos estratégicos, esta es probablemente la más racional. Si Estados Unidos quiere reducir la dependencia de China en minerales críticos, semiconductores, baterías, insumos farmacéuticos y manufactura avanzada, no puede hacerlo solo. Necesita a Japón, Corea del Sur, la Unión Europea, Australia, Canadá, India, México y otras economías integradas en cadenas globales. Francia, por ejemplo, convocó a países del G7 para discutir cómo reducir la dependencia de China en materiales críticos, en un contexto donde las tierras raras y los imanes permanentes se volvieron una vulnerabilidad industrial y militar.
El problema es que la política exterior de Trump suele operar contra la lógica de esa coordinación. Su estilo es bilateral, personalista, transaccional y muchas veces hostil incluso con aliados. Para enfrentar a China de manera eficaz, Estados Unidos necesitaría paciencia institucional, previsibilidad, acuerdos de largo plazo y una narrativa compartida con sus socios. Trump, en cambio, privilegia el gesto inmediato: el arancel, la amenaza, la foto, el anuncio, la supuesta victoria. Esa teatralidad puede funcionar en campaña, pero no resuelve la dependencia estructural.
Y ahí aparece la mejor carta china: los cuellos de botella materiales. Estados Unidos controla nodos tecnológicos; China controla nodos físicos. Las tierras raras y los imanes permanentes son el ejemplo más evidente. El CFR sostiene que China domina la mayor parte del procesamiento global de tierras raras pesadas y de la fabricación de imanes permanentes, dejando a Estados Unidos en una dependencia casi total para ciertos elementos necesarios en tecnologías avanzadas. No se trata de un recurso exótico de laboratorio. Se trata de insumos para defensa, autos eléctricos, turbinas, electrónica avanzada, semiconductores, robótica y sistemas aeroespaciales.
La cuestión iraní agrega otra capa. China es un comprador central del petróleo iraní y ve el conflicto con Teherán no solo como un problema diplomático, sino como un asunto de seguridad energética. Reuters informó que el canciller iraní se reunió con Wang Yi en Beijing una semana antes del viaje de Trump, y que el estrecho de Ormuz y las negociaciones con Irán estarán en la agenda del encuentro Trump-Xi. Esto reduce aún más el margen estadounidense. Trump puede pedir a China que presione a Irán, pero China sabe que su relación con Teherán también le da una carta frente a Washington. Irán deja de ser solo un expediente de Medio Oriente y se convierte en una pieza dentro de la negociación sino-estadounidense.
Trump puede vender la cumbre como una pulseada de voluntades. Puede presentarse como el negociador duro que obliga a Xi a sentarse a la mesa. Puede prometer que los aranceles, las sanciones y la amenaza financiera devolverán a Estados Unidos una superioridad perdida. Pero la realidad es más desabrida. La negociación no se juega entre un acreedor y un deudor, ni entre un centro imperial y una periferia disciplinada. Se juega entre dos potencias interdependientes que conocen las vulnerabilidades de la otra y están dispuestas a explotarlas.
La alternativa más racional para Trump no sería buscar una victoria, sino negociar por capas: estabilizar el frente iraní, preservar flujos mínimos de tierras raras, limitar los controles tecnológicos a criterios de seguridad nacional verdaderamente defendibles, reducir el uso performativo de aranceles y reconstruir una coordinación seria con aliados. Pero eso exige disciplina estratégica. Exige aceptar que no todo anuncio ruidoso es una victoria. Exige entender que una economía interdependiente no se gobierna solo con amenazas. Y exige algo que Trump rara vez practica: distinguir entre presión y estrategia.
China, en cambio, parece estar jugando una partida más institucional. No responde únicamente con castigos puntuales, sino con marcos legales que condicionan el comportamiento de empresas, gobiernos y cadenas de suministro. No se limita a contestar golpe por golpe. Rediseña el terreno donde se produce el golpe. Ahí reside la diferencia fundamental. Washington usa la sanción como látigo. Beijing está construyendo un sistema para que obedecer ese látigo también tenga costo.
Por eso, si Trump llega a Beijing creyendo que todavía puede intimidar a China con el repertorio habitual, corre el riesgo de confundir ruido con poder. Su problema no es la falta absoluta de cartas. Su problema es que todas sus cartas tienen reverso. Cada arancel puede encarecer su propia economía. Cada control tecnológico puede acelerar la autonomía china. Cada sanción puede activar una orden de bloqueo. Cada amenaza financiera puede abrir un frente sistémico. Cada gesto unilateral puede empujar a los aliados a la cautela. China ya no espera pasivamente el próximo golpe. Lo anticipa, lo encuadra jurídicamente y lo convierte en un costo para terceros.
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