Los diez minerales esenciales que el cuerpo necesita
Los diez minerales esenciales que el cuerpo necesita
Militando el «Crecimiento Infinito» Ricardo Delgado con Alejandro Bercovich
Que Alejandro Bercovich no puede salir del crecimiento infinito ya lo sabemos, que los economistas que él invitan profesan la misma religión también, lo que me llama la atención es que Ricardo Delgado habla de toda una reconversión económica sin analizar que está todo basado en recursos finitos! En algún momento el petróleo, el gas, los minerales se van a terminar, nos va a quedar un terrible pasivo ambiental! Todo parece un camino firme hacía un su1cidio colectivo, no lo puedo entender!
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Trump sin un “as en la manga” en el encuentro con China
Por; Lic. Alejandro Marcó del Pont
Trump, Xi y la diplomacia del daño mutuo (El Tábano Economista)
Donald Trump llegará a su encuentro con Xi Jinping en Beijing con una certeza incómoda, todavía puede hacer daño, pero ya no puede dictar las reglas del juego. Su repertorio es conocido, ruidoso y políticamente poco eficaz ante su electorado: aranceles, amenazas, controles tecnológicos, presión sobre bancos, sanciones secundarias, restricciones financieras, advertencias sobre chips, software y semiconductores. Es una caja de herramientas poderosa, pero no es un as en la manga. Casi todas esas herramientas tienen un defecto estructural, dañan también a quien las usa. En la relación entre Estados Unidos y China, la coerción económica dejó de ser una calle de una sola mano. Se convirtió en una avenida de doble circulación, cargada de obstáculos, desvíos y costos colaterales.
La reunión prevista para el 14 y 15 de mayo no llega en un vacío diplomático. Lo hace después de años de guerra comercial, de controles tecnológicos, de sanciones cruzadas y de una competencia cada vez menos disimulada por el control de los insumos estratégicos del siglo XXI. Reuters Breakingviews describió el próximo encuentro como una cumbre con más riesgos que promesas, donde el déficit comercial, Irán, los semiconductores y las tierras raras aparecen como parte de un mismo tablero. El dato central no es que Trump quiera mostrarse fuerte. Eso ya se sabe. El dato relevante es que, esta vez, la fortaleza estadounidense parece menos unilateral que antes. Washington descubrió que no puede vivir cómodamente sin ciertos insumos chinos; Beijing, a su vez, sabe que sigue necesitando tecnología estadounidense, pero también entiende que la dependencia es recíproca y que esa reciprocidad puede convertirse en arma.
Durante años, la sanción estadounidense funcionó como una forma de jurisdicción imperial informal. No hacía falta ocupar territorios ni desplegar tropas. Bastaba con controlar el acceso al dólar, al sistema financiero, a los bancos corresponsales, a las aseguradoras, a las navieras, a los mercados de capitales y a las tecnologías críticas. Una empresa podía estar en Europa, Asia o América Latina, pero si tocaba el sistema estadounidense, quedaba bajo la sombra de Washington. Esa fue una de las grandes ventajas estratégicas de Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría: convertir su centralidad financiera en poder político global. El problema para Trump es que China ya no se limita a quejarse de esa extraterritorialidad. Está construyendo instrumentos para volverla más costosa.
El caso de las refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní lo muestra con claridad. En abril, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a Hengli Petrochemical (Dalian) Chemical Co., una refinería independiente china, a la que acusó de haber comprado miles de millones de dólares en petróleo iraní. Para Washington, el objetivo era evidente: cortar ingresos a Teherán, presionar a quienes sostienen su comercio petrolero y advertir a terceros que el petróleo iraní no es una mercancía neutral sino una exposición jurídica y financiera. La medida formaba parte de una ofensiva más amplia contra la llamada flota fantasma iraní y contra las redes que permiten a Irán seguir exportando crudo pese a las sanciones.
Pero la respuesta china no fue una represalia clásica. No se limitó a sancionar a una empresa estadounidense equivalente, ni a imponer un arancel espejo, ni a emitir una condena diplomática rutinaria. El Ministerio de Comercio de China anunció una orden para bloquear el cumplimiento de las sanciones estadounidenses contra cinco refinerías: Hengli Petrochemical, Shandong Jincheng Petrochemical Group, Hebei Xinhai Chemical Group, Shouguang Luqing Petrochemical y Shandong Shengxing Chemical. Según Reuters, Beijing sostuvo que las sanciones estadounidenses violaban el derecho internacional y las normas básicas de las relaciones internacionales, y ordenó que esas medidas no fueran reconocidas, implementadas ni cumplidas dentro del marco jurídico chino.
Ese movimiento marca un cambio cualitativo. China no está respondiendo solo con daño económico; está respondiendo con arquitectura jurídica. Está diciendo a bancos, traders, aseguradoras, navieras y socios comerciales: si obedecen automáticamente a Washington, pueden quedar expuestos en China. La sanción estadounidense funciona mejor cuando el resto del mundo la acata preventivamente, incluso sin estar obligado directamente. China intenta quebrar esa obediencia anticipada. No necesita destruir el poder financiero estadounidense. Le alcanza con hacerlo más ambiguo, más caro y más riesgoso.
La base de esta estrategia no apareció de un día para el otro. En 2021, China aprobó las “Reglas para contrarrestar la aplicación extraterritorial injustificada de legislación extranjera y otras medidas”. Esa normativa permite al Ministerio de Comercio emitir órdenes de prohibición cuando una ley extranjera, aplicada extraterritorialmente, restringe de manera injustificada las actividades comerciales normales de ciudadanos o empresas chinas. Más importante aún, si una persona o empresa cumple con una medida extranjera incluida dentro de una orden de prohibición y con eso perjudica a una empresa china, esta puede iniciar acciones ante un tribunal chino y reclamar compensación.
En términos menos jurídicos y más políticos: China está creando una pinza. Si una empresa extranjera cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede exponerse a demandas o sanciones en China. Si no cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede quedar bajo el castigo financiero de Washington. La empresa deja de ser simplemente un actor económico y se convierte en rehén de dos soberanías enfrentadas. Esa es la novedad. La disputa ya no ocurre solo entre Estados. Se traslada al contrato privado, al pago pendiente, al seguro marítimo, al crédito bancario, al proveedor de componentes, al distribuidor europeo, al importador asiático, al socio latinoamericano.
Imaginemos un caso hipotético. Una empresa china, TechWorld, fabrica componentes electrónicos de alta precisión. Una distribuidora europea, EuroDist, firma con ella un contrato por diez millones de euros. TechWorld produce y entrega. Antes del pago final, Estados Unidos incluye a TechWorld en una lista de sanciones por supuestas ventas a un tercer país sancionado, como podría ser Irán. EuroDist, temiendo perder acceso al sistema financiero estadounidense, decide no pagar. Desde su punto de vista, está actuando con prudencia. Desde el punto de vista chino, está acatando una medida extranjera considerada ilegítima y extraterritorial.
Si el Ministerio de Comercio chino emite una orden de bloqueo sobre esa sanción, TechWorld podría demandar a EuroDist ante tribunales chinos. Podría reclamar el pago adeudado, intereses, daños derivados de la interrupción comercial y eventualmente solicitar medidas sobre activos de EuroDist en China. EuroDist quedaría atrapada. Si paga, teme a Beijing. Si no paga, teme a Washington. La sanción deja de ser una línea recta entre Estados Unidos y la empresa sancionada; se transforma en una red de riesgos extendida sobre toda la cadena comercial.
Ahí está el corazón de la nueva estrategia china. Beijing entendió que la extraterritorialidad estadounidense opera porque terceros actores privados sobreactúan el cumplimiento. Los bancos cancelan cuentas, los proveedores suspenden operaciones, las aseguradoras se retiran, las navieras modifican rutas, los compradores se cubren, los abogados recomiendan prudencia extrema. China ahora busca introducir un costo contrario: cumplir demasiado con Washington también pueda ser jurídicamente peligroso. Es una forma de lawfare económico, pero no en el sentido superficial del término. Es la juridificación de la rivalidad geopolítica.
Trump, frente a eso, conserva herramientas importantes, pero todas tienen límites. La primera son los aranceles. Puede volver a amenazar con tarifas elevadas sobre productos chinos y presentarlas como prueba de dureza. El problema es que China ya aprendió a convivir con la presión arancelaria, a redirigir flujos comerciales y a absorber parte del daño. El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés) señala que, después de la escalada de 2025, Estados Unidos y China redujeron parcialmente sus tarifas hacia fines de noviembre; aun así, el comercio bilateral cayó con fuerza y China alcanzó un superávit comercial muy elevado pese a los aranceles.
La segunda carta son los controles tecnológicos. Estados Unidos sigue controlando nodos decisivos: chips avanzados, software de diseño, equipos de fabricación, propiedad intelectual, sistemas operativos, herramientas de inteligencia artificial y maquinaria crítica para semiconductores. Esta es una ventaja real. Pero también aquí aparece una debilidad. Washington ha usado cada vez más los controles de exportación como fichas de negociación, no solo como instrumentos estrictos de seguridad nacional. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) advierte que esa expansión erosiona la credibilidad del sistema, incentiva a China a acelerar su sustitución tecnológica y empuja a ambos países hacia una carrera de controles cada vez más amplia.
Cuando Washington dice que una tecnología no puede venderse por razones de seguridad nacional, pero luego negocia excepciones a cambio de compromisos comerciales, compras agrícolas o concesiones coyunturales, el mensaje se debilita. China interpreta que no se trata de una línea roja estratégica, sino de una moneda de cambio. Y cuando una herramienta de seguridad se convierte en moneda de cambio, pierde autoridad. También pierde capacidad para ordenar coaliciones, porque los aliados empiezan a preguntarse si están defendiendo una arquitectura común o acompañando una táctica transaccional de corto plazo.
La tercera carta es la más poderosa y la más peligrosa: el sistema financiero. Trump podría aumentar la presión sobre bancos chinos vinculados a pagos de petróleo iraní. Esa amenaza sí tiene densidad estratégica. Sancionar bancos, restringir acceso al dólar o castigar entidades que procesan pagos sensibles puede generar un impacto mucho mayor que sancionar refinerías independientes. El problema es que esa carta se parece menos a un as y más a una granada. Puede obligar a China a moverse, pero también puede llevar la disputa a un nivel sistémico. Si Washington toca bancos chinos relevantes, Beijing puede responder con restricciones regulatorias contra empresas estadounidenses, controles de exportación, investigaciones administrativas, presión sobre activos o nuevas medidas sobre cadenas de suministro.
La cuarta carta sería la coordinación con aliados. En términos estratégicos, esta es probablemente la más racional. Si Estados Unidos quiere reducir la dependencia de China en minerales críticos, semiconductores, baterías, insumos farmacéuticos y manufactura avanzada, no puede hacerlo solo. Necesita a Japón, Corea del Sur, la Unión Europea, Australia, Canadá, India, México y otras economías integradas en cadenas globales. Francia, por ejemplo, convocó a países del G7 para discutir cómo reducir la dependencia de China en materiales críticos, en un contexto donde las tierras raras y los imanes permanentes se volvieron una vulnerabilidad industrial y militar.
El problema es que la política exterior de Trump suele operar contra la lógica de esa coordinación. Su estilo es bilateral, personalista, transaccional y muchas veces hostil incluso con aliados. Para enfrentar a China de manera eficaz, Estados Unidos necesitaría paciencia institucional, previsibilidad, acuerdos de largo plazo y una narrativa compartida con sus socios. Trump, en cambio, privilegia el gesto inmediato: el arancel, la amenaza, la foto, el anuncio, la supuesta victoria. Esa teatralidad puede funcionar en campaña, pero no resuelve la dependencia estructural.
Y ahí aparece la mejor carta china: los cuellos de botella materiales. Estados Unidos controla nodos tecnológicos; China controla nodos físicos. Las tierras raras y los imanes permanentes son el ejemplo más evidente. El CFR sostiene que China domina la mayor parte del procesamiento global de tierras raras pesadas y de la fabricación de imanes permanentes, dejando a Estados Unidos en una dependencia casi total para ciertos elementos necesarios en tecnologías avanzadas. No se trata de un recurso exótico de laboratorio. Se trata de insumos para defensa, autos eléctricos, turbinas, electrónica avanzada, semiconductores, robótica y sistemas aeroespaciales.
La cuestión iraní agrega otra capa. China es un comprador central del petróleo iraní y ve el conflicto con Teherán no solo como un problema diplomático, sino como un asunto de seguridad energética. Reuters informó que el canciller iraní se reunió con Wang Yi en Beijing una semana antes del viaje de Trump, y que el estrecho de Ormuz y las negociaciones con Irán estarán en la agenda del encuentro Trump-Xi. Esto reduce aún más el margen estadounidense. Trump puede pedir a China que presione a Irán, pero China sabe que su relación con Teherán también le da una carta frente a Washington. Irán deja de ser solo un expediente de Medio Oriente y se convierte en una pieza dentro de la negociación sino-estadounidense.
Trump puede vender la cumbre como una pulseada de voluntades. Puede presentarse como el negociador duro que obliga a Xi a sentarse a la mesa. Puede prometer que los aranceles, las sanciones y la amenaza financiera devolverán a Estados Unidos una superioridad perdida. Pero la realidad es más desabrida. La negociación no se juega entre un acreedor y un deudor, ni entre un centro imperial y una periferia disciplinada. Se juega entre dos potencias interdependientes que conocen las vulnerabilidades de la otra y están dispuestas a explotarlas.
La alternativa más racional para Trump no sería buscar una victoria, sino negociar por capas: estabilizar el frente iraní, preservar flujos mínimos de tierras raras, limitar los controles tecnológicos a criterios de seguridad nacional verdaderamente defendibles, reducir el uso performativo de aranceles y reconstruir una coordinación seria con aliados. Pero eso exige disciplina estratégica. Exige aceptar que no todo anuncio ruidoso es una victoria. Exige entender que una economía interdependiente no se gobierna solo con amenazas. Y exige algo que Trump rara vez practica: distinguir entre presión y estrategia.
China, en cambio, parece estar jugando una partida más institucional. No responde únicamente con castigos puntuales, sino con marcos legales que condicionan el comportamiento de empresas, gobiernos y cadenas de suministro. No se limita a contestar golpe por golpe. Rediseña el terreno donde se produce el golpe. Ahí reside la diferencia fundamental. Washington usa la sanción como látigo. Beijing está construyendo un sistema para que obedecer ese látigo también tenga costo.
Por eso, si Trump llega a Beijing creyendo que todavía puede intimidar a China con el repertorio habitual, corre el riesgo de confundir ruido con poder. Su problema no es la falta absoluta de cartas. Su problema es que todas sus cartas tienen reverso. Cada arancel puede encarecer su propia economía. Cada control tecnológico puede acelerar la autonomía china. Cada sanción puede activar una orden de bloqueo. Cada amenaza financiera puede abrir un frente sistémico. Cada gesto unilateral puede empujar a los aliados a la cautela. China ya no espera pasivamente el próximo golpe. Lo anticipa, lo encuadra jurídicamente y lo convierte en un costo para terceros.
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Trump estableció el 30 de abril como fecha límite para el gobierno de Zambia. Deben aceptar el nuevo acuerdo de financiación de la salud de Trump para tener acceso a medicamentos críticos para el SIDA, y así dar a los EE. UU. un acceso ampliado a sus recursos minerales como el cobre, el litio y el cobalto, o dejar que sus ciudadanos mueran debido a la falta de medicamentos vitales para el SIDA.
Zambia es 98% cristiana. Los cristianos morirán como resultado de la extorsión de Trump. ¿Notas cómo MAGA está completamente en silencio? Bárbaro.
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Brasil: “Lo más seguro es que quién sabe”
Por; Alejandro Marcó del Pont
Con esta frase no se ganan batallas, pero se esquivan compromisos con absoluta elegancia (El Tábano Economista)
El gobierno de Lula adoptó una línea de condena a los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, calificó la justificación del programa nuclear iraní como “mentira”, la comparó con las armas de destrucción masiva de Irak. La tradición de no intervención y autonomía estratégica frente a Occidente es venerable, pero hoy se parece más una consigna que una estrategia. La ambigüedad no es accidental, es un principio deliberado, el “no alineamiento activo” o la equidistancia entre grandes potencias. El problema es que la equidistancia, cuando se practica desde la debilidad, no es equilibrio, es irrelevancia.
Pero no nos quedemos en Irán, porque el verdadero terremoto ocurrió más cerca, en el Atlántico Sur, y tiene fecha, 26 de marzo de 2026. Ese día, los cancilleres Mauro Vieira e Yvette Cooper firmaron la Asociación Estratégica Brasil-Reino Unido 2026-2030, una semana antes de la conmemoración de la toma de Malvinas. El timing no es un error de agenda, es una declaración de principios. Mientras Argentina se preparaba para recordar la humillación de 1982, Brasil abrazaba militarmente a la potencia ocupante.
El acuerdo se estructura en cinco pilares, pero el único que importa para esta historia es el de Seguridad y Defensa. Porque lo que viene no es un tratado de libre comercio de bolsillo. Hablamos de ejercicios militares conjuntos, desarrollo de doctrina de defensa compartida, cooperación en ciberseguridad, espacio y tecnología militar avanzada. Y, como cereza del pastel, el apoyo explícito de Londres al sueño brasileño de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. El Reino Unido, que desde 1982 le niega a Argentina cualquier componente para aviación o sistemas de defensa, ahora le abre las puertas de su tecnología a Brasil. Y no es cualquier tecnología: estamos hablando del programa de submarinos de propulsión nuclear (SN-BR), ese viejo anhelo de la marina brasileña que convertirá a Brasilia en la única potencia con capacidad atómica sumergible en la región. ¿El equilibrio de poder en el Atlántico Sur? Hecho trizas.
Para los militares, una asociación con el Reino Unido no es vista como un ataque a Argentina, sino como un movimiento estratégico. Sirve como un útil contrapeso tanto a la influencia de Estados Unidos en la región como a la de China, el mayor socio comercial de Brasil. Lula no opera en el vacío. Enfrenta una fuerte presión política interna que influye en sus decisiones internacionales.
La política exterior brasileña es un campo de batalla entre la izquierda de Lula, que prioriza al Sur Global, y una derecha atlantista que aboga por alinearse con Occidente. Este disenso debilita la capacidad de Brasil para presentar un frente unificado. La propia debilidad del Mercosur empuja a Brasil a buscar acuerdos por separado. El bloque sufre por la falta de voluntad de sus miembros para ceder soberanía, un bajo nivel de institucionalidad y profundas diferencias ideológicas entre sus líderes. La propuesta de Brasil de recortar drásticamente el fondo de convergencia del Mercosur y la decisión de Lula de no asistir a la firma del acuerdo con la UE son solo algunos síntomas de la falta de cohesión.
Tradicionalmente, Brasil y el Mercosur actuaban como escudo diplomático de Argentina frente al Reino Unido. Esa solidaridad, que nunca fue perfecta, pero al menos existía, se ha roto. Al fortalecer lazos militares con la potencia que ocupa las Malvinas, Brasil deja de ser un mediador neutral para convertirse en un socio estratégico del ocupante. Londres aplica la vieja receta del “divide y reinarás” con una maestría digna de mejor causa, aísla el reclamo argentino como una disputa bilateral menor, mientras integra militarmente al gigante sudamericano. Los patrullajes y ejercicios conjuntos que contempla el acuerdo podrían legitimar, en la práctica, la presencia británica en aguas que Argentina considera propias. El cerco no es solo militar, es político, y se completa con los acercamientos de Uruguay y Chile al Reino Unido. Argentina, sola, mirando cómo se desmorona el único apoyo regional que le quedaba.
Pero no cometamos el error de atribuirle esto a una traición de Lula. El presidente brasileño no es Bolsonaro; no va a regalar la soberanía por un selfie con Trump. Su movimiento es más complejo y, en cierto modo, más peligroso, es el resultado de una ecuación geopolítica impulsada por tres factores. Primero, la aspiración histórica de las élites militares brasileñas, ese verdadero “partido militar” con agenda propia que lleva años impulsando el Programa de Desarrollo de Submarinos (PROSUB), iniciado por el propio Lula en 2008. Para los militares, asociarse con el Reino Unido no es un ataque a Argentina, es un movimiento estratégico para contrapesar a Estados Unidos y, sobre todo, a China. Segundo, la necesidad de equilibrar el poder de las dos grandes potencias que se disputan el continente. Tercero, y aquí entramos en el terreno de lo patético, el colapso de las relaciones personales con el presidente argentino.
Porque si Lula ha tirado por la borda décadas de solidaridad regional, Javier Milei ha hecho todo lo posible para que esa decisión sea fácil. El sociópata de Milei no entiende de geopolítica, entiende de espectáculo. Su hostilidad hacia Lula es visceral, y la ha convertido en política de Estado. El episodio en que Brasil dejó de representar los intereses argentinos en Venezuela, después de que Milei publicara una foto de Lula abrazado a Maduro, es solo la punta del iceberg. Cuando dos presidentes se detestan al punto de boicotear cumbres enteras para no verse las caras, el Mercosur se convierte en una farsa. Y el Reino Unido, que no es tonto, ha sabido aprovechar esta grieta como un ladrón que encuentra una ventana abierta.
La paradoja es exquisita. Lula, el gran defensor del Sur Global, prioriza su proyecto de potencia mundial por encima de su propio patio trasero. Milei, el anarcocapitalista que dice odiar el Estado, abraza a Estados Unidos como si fuera un satélite más de la Casa Blanca. Uno busca un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU; el otro quiere ser el sheriff de Occidente en el Cono Sur. Y en el medio, Sudamérica se desangra como bloque. Los espacios de integración que Brasil ayudó a crear, UNASUR, CELAC, están muertos. El propio Lula ha reconocido que la CELAC está “prácticamente dejando de existir”. El “consenso de Brasilia”, que alguna vez unificó a la región, se ha roto en mil pedazos, y cada país navega por su cuenta, unos mirando a Pekín, otros a Washington, unos pocos a Bruselas. El resultado es un continente que ha perdido la brújula, un mosaico de alianzas bilaterales donde la voz de Brasilia ya no resuena con la fuerza de antaño.
Brasil, es hoy, un líder sin seguidores. Su poderío económico y demográfico es incuestionable, pero no ha sabido traducirlo en influencia real. La intervención de Estados Unidos en Venezuela fue el mayor golpe a sus aspiraciones: Brasil, por cercanía y por peso, debería haber sido el principal actor, pero su reacción se redujo a una condena tibia que lo dejó como un simple espectador. Los analistas ya señalan a Brasil, junto a Cuba, como uno de los grandes perdedores de la reorganización geopolítica orquestada por la Casa Blanca. Y mientras Lula se enreda en su propia retórica de autonomía estratégica —que en la práctica es un distanciamiento de Washington, pero también una tibieza imperdonable con los vecinos—, Milei acelera en dirección contraria, firmando acuerdos bilaterales con Estados Unidos que violan las normas del Mercosur y que debilitan aún más el poder de negociación colectivo.
Lo que está en juego no es un simple desacuerdo comercial. Es la disolución del eje geopolítico que por décadas le otorgó a Sudamérica capacidad de negociación frente a las grandes potencias. El poder sudamericano como proyecto colectivo se está fragmentando en dos visiones antagónicas e irreconciliables: la de Lula, que subordina la región a sus ambiciones globales, y la de Milei, que la subordina a su alineamiento incondicional con Occidente. Ambas, curiosamente, coinciden en un punto: ninguna pone a Sudamérica en el centro. Una la usa como trampolín, la otra la vende como moneda de cambio.
Y mientras tanto, el Reino Unido patrulla el Atlántico Sur, China compra tierras raras, Estados Unidos impone aranceles y la Unión Europea firma acuerdos por separado. Sudamérica, aquella que alguna vez soñó con ser un polo autónomo en un mundo multipolar, se ha convertido en un campo de batalla donde otros deciden y nosotros pagamos los costos. La pregunta no es si el poder sudamericano se está diluyendo —ya lo está haciendo—, sino qué nuevo orden emergerá de sus cenizas. ¿Una Sudamérica reconfigurada bajo liderazgo brasileño? Imposible, porque Brasil ya no tiene seguidores. ¿Un espacio de influencia compartida entre potencias externas? Eso ya está ocurriendo. ¿O simplemente un vacío de poder donde cada país navegue por su cuenta en un mundo de gigantes? Esa es la opción más probable, y también la más triste.
Lo peor de todo es que no había necesidad. Brasil y Argentina, juntos, suman el 60% del PIB sudamericano, controlan los principales recursos estratégicos del continente y comparten una frontera de miles de kilómetros. Si lograran articular una política común, nadie, ni Estados Unidos ni China ni el Reino Unido, podría ignorarlos. Pero prefieren el espectáculo de la discordia. Lula, atrapado entre sus militares y su retórica de izquierda, no se atreve a dar el paso de una verdadera integración. Milei, convencido de que su destino está en Washington, quema los puentes con su principal socio comercial. Y en medio, los pueblos sudamericanos miran cómo se desmorona la única herramienta que tenían para no ser siempre los que pierden.
Al final, el título de este texto resume con cruel precisión la tragedia de estos años: “Lo más seguro es que quién sabe”. Lula no sabe si quiere ser líder regional o potencia global. Milei no sabe si quiere gobernar Argentina o ser el gerente de Estados Unidos en el Cono Sur. Y Sudamérica, entretanto, se queda sin saber qué hacer con su destino. Mientras tanto, el mundo sigue girando.
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EEUU emite licencias para permitir transacciones de minerales críticos en Venezuela