El botón azul

Pulsé sin pensarlo. Nadie me dijo que podía elegir.

El descanso del Onironauta

La búsqueda — La Muerte – Tercera parte

Esta entrada, es la tercera parte de una trilogía. Si no leíste la primera (El encuentro) y la segunda (La Parca) te recomiendo que las leas. Podés acceder a ellas a través de la etiqueta La Muerte.

Es tarde. No sé que tanto, pero más de la 1 de la mañana seguro. No puedo dormir. Como tantas otras veces, no puedo dormir. A la noche, cuando estoy sola, cuando solo mi propia mente me habla y me escucha, es cuando mis miedos y preocupaciones afloran. Es cuando comienzo a hacerme preguntas, para las que no tengo respuestas. Empiezo a dar vueltas en la cama. Muchas veces intento ver una película, leer un libro, empezar una serie que me interese, escuchar música relajante, o algo que me tranquilice, como alguno de mis discos favoritos. The Dark Side of the Moon de Pink Floyd, El mal querer de Rosalía (sí, así de complicada soy) o algún otro que me distraiga, que me haga pensar en otras cosas. Entre todo eso y meditar o practicar reiki, casi siempre me termino durmiendo.

Esta vez, nada funciona. Y no es que haya intentado todo eso. No tengo ganas de intentar nada siquiera. Es como si, de un momento a otro, las ganas de hacer algo, se me hubiesen apagado por completo. Me siento una extraña en mi propio cuerpo, en mi cama, en mi casa, en el mundo. Siento como si no tuviese que estar aquí. ¿Y si yo no estaba tan equivocada? ¿Y si en realidad, antes no era mi hora, pero ahora sí? ¿Y si ella viene finalmente a buscarme?

Intento relajarme. Estoy boca arriba y con la cara destapada. Pongo mis brazos al costado del cuerpo, y trato de cerrar los ojos, y de a poco, no pensar en nada. Me imagino a mí. Imagino que me voy haciendo pequeña. Cada vez mi tamaño disminuye más y más. Si alguien quisiera verme, no podría. Soy ya tan pequeña, que ni yo misma puedo distinguir cuan diminuto es mi propio cuerpo. Soy como un punto en una pared. Como un granito de tierra. Como un pedacito minúsculo de piel que se despide del cuerpo. Como un microbio. Puedo moverme. puedo salir, puedo volar. Me dirijo hacia el pequeño espacio que queda entre las 2 ventanas corredizas de mi habitación. Salgo por ahí, paso por entre uno de los agujeros de la reja, y comienzo a volar. Empiezo a recuperar mi tamaño, hasta que vuelvo a ser como siempre. Continúo volando. La mayoría de las ventanas de los edificios y casas cercanos se encuentran cerradas, y con las luces apagadas. Solo alguna que otra persona no podrá dormir todavía. Desciendo a la calle. Las que hasta hace un poco más de un mes, se encontraban repletas de vida, hoy parecen postales tristes de una casa abandonada, cuyos propietarios siguen manteniéndola limpia, por si algún día la vida regresa a como era antes. Aquellas, en las que pasaban muchos autos por día, ahora solo tienen un colectivo esporádicamente, y un auto cada tanto. Incluso en las avenidas que antes estaban tan concurridas, hay momentos en los que no pasa nadie. Algunos sí viajan, claro. Los que tienen que ir o volver de trabajar. Pero incluso para ellos, cuyas rutinas laborales prácticamente no cambiaron, observar esta ciudad tan distinta les genera una sensación que no pueden explicar. Floto a centímetros del asfalto. Continúo recorriendo la ciudad. Cada vez me alejo más. No sé donde voy, no sé qué estoy buscando, no sé por qué estoy haciendo esto. ¿Y si alguien me ve? ¿Puede decirse que estoy violando la cuarentena?

Una ambulancia pasa cerca mío a toda velocidad. Un patrullero pasa a los pocos minutos. Un chico en una moto de una empresa de delivery pasa después. Un camión se para en una estación de servicio a cargar combustible. Muchas cosas continúan pasando como antes, pero a un ritmo más lento. Es como sí, además de ponerle pausa a ciertas cosas, a otras, las hubiésemos puesto a una velocidad menor. Voy hacia los lugares más transitados usualmente. Los subtes, los mercados, las plazas. El alumbrado público permanece expectante hasta que tenga a alguien a quien iluminar. Tal vez estoy desvariando. Tal vez me volví loca. Tal vez estoy soñando. Tal vez estoy despierta. Tal vez, todas esas cosas al mismo tiempo. ¿Qué buscamos cuando salimos? ¿Qué buscamos cuando tratamos de escapar de la realidad? ¿O, por el contrario, qué buscamos cuando no estamos conformes con ella, cuando queremos cambiarla, modificarla, adaptarla a lo que queremos? ¿Qué hacemos con eso que teníamos tan por seguro, pero que ahora no nos deja dormir?

Sigo avanzando. Me encuentro en la plaza de mayo. Sí, en uno de los lugares más icónicos de todo el país. Miles de luchas, miles de reclamos, miles de voces aparecen impregnados como una marca distintiva en este humilde y pequeño espacio. Más de 200 años de historia, que hoy se encuentran acallados, pero jamás enmudecidos. Gritos de júbilo, de bronca, de desesperación, de ira, enojo, alegría, tristeza, llanto. Todas las emociones que podemos tener, se sentían como propias, pero a la vez reflejadas en multitudes, que estaban acá por lo mismo que vos, que yo, que todos. ¿Te imaginás? ¿Cientos de miles de personas marchando para exigir barbijos, alcohol en gel, comida, agua, luz, un celular o una compu para estudiar? Pero no, no se puede, eso no se puede, no se debe, está mal. La libertad, se convirtió en un síntoma de una enfermedad que no todos tenemos, pero que cualquiera puede tener. Y eso, es lo que la hace diferente, especial, hasta podría decir que, temible y terrorífica. Tanto así, que hasta salir de nuestras casas con todas las precauciones que podemos tomar, nos da miedo. ¿De qué manera podemos proteger a los demás, si se nos hace tan difícil protegernos a nosotros mismos?

Decido volver. No encontré respuestas, solo más preguntas. ¿Qué busco? ?Dónde? ¿Por qué? Siempre extrañamos lo que no podemos tener. Lo que antes nos parecía tan cercano y familiar, hoy es un lujo que nadie puede darse. Es un arma, un puñal por la espalda. Y no es que no quieras confiar en nadie, solo que no podés hacerlo. Porque, ni siquiera podés confiar en vos. Ni siquiera podés tener la certeza de que estás haciendo lo correcto, de que no tenés, y no podés contagiar la enfermedad. ¿Entonces, como podrías hacer lo mismo con los demás?

Voy por las calles mirando, escuchando, tratando de sentir. Me paro en las esquinas un rato, esperando que algo pase, que alguien llegue, que alguien pase. Miro a través de las ventanas cerradas tratando de encontrar aquello que ando buscando. ¿Pero, qué es? ¿Quién es? ¿Dónde está el Príncipe Salvador que rescata a las princesas en peligro en los cuentos de hadas? ¿Dónde están aquellas que no necesitan ayuda, y a las que solo les bastan sus propios poderes, habilidades y fortalezas para salvarse? ¿Dónde están los héroes y las heroínas que rescatan a la humanidad de las fuerzas malignas? No, lo sé, no estoy tan loca como para no saber que todo eso no existe. No soy tan infantil como para no entender que los cuentos de hadas, son solo eso, cuentos. Es solo que tal vez, tener una visión más superficial de todo, sería más fácil. Tal vez, creer que va a llegar el milagro, la solución de algún lado, sería mucho mejor que enfrentarse a la realidad. Porque sí, hay héroes. Son los médicos, enfermeros, personal de limpieza, cocineros, que salen todos los días para ir a los hospitales. Es el pibe del delivery que te trae la compra a tu casa para que no tengas que salir. Son los que se quedaron sin ingresos, y tienen que salir de todos modos a darles de comer a sus familias. Sí, son héroes. Pero también son humanos. Como vos, como yo. Y no tenemos que olvidarnos de eso. Y recordar que, a pesar de que son héroes, también tienen que cuidarse para no contagiarse, también tienen miedo de enfermarse, de infectar a sus seres queridos, y de morir, al igual que nosotros.

Ya está amaneciendo. Las veredas se encuentran repletas de las hojas secas que, en el otoño se caen, para dar lugar a otras que florecerán en primavera. Tal vez, somos como las hojas de estos árboles. Caímos, pero pronto volveremos a florecer. Mientras tanto, sigamos buscando eso que nos mantiene vivos, para que ella, no tenga que venir a buscarnos. El día sigue su curso. La gente comienza a despertarse, a salir. Los tapabocas como distintivos de una especie que, por primera vez, en su totalidad, tiene al menos una noción de lo que es estar enjaulados, y usar un bozal. Tal vez, esto sirva, no para encontrar algo afuera, si no, para encontrar algo más en nosotros mismos. Tal vez, y solo tal vez, esto sirva para que, al menos algunos, nos demos cuenta del daño que le hacemos al planeta, a las otras especies, a la propia humanidad. Espero que sea así. Porque si no, el pensamiento de que todo va a volver a ser exactamente como era antes, no es muy alentador.

Regreso a mi cama. Poco a poco vuelvo a recuperar mi cuerpo, y la sensación de todo lo que me rodea. Antes de ser totalmente consciente de mi misma nuevamente, escribo lo siguiente:

Hasta luego, señora muerte. Perdón por tanto divague, supongo que, parafraseándome a mí misma con lo de los árboles, me fui por las ramas. Pero bueno, que le voy a hacer, a veces soy así. Le dejo muchos saludos, y de verdad espero no volver a verla en mucho tiempo.

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El 8 de marzo de 1941 muere con 64 años,
🖋️ Sherwood Anderson
Escritor estadounidense, nacido en Camden, Ohio.
Un maestro innovador del #RelatoCorto
Su técnica ha influido en la #narrativa breve posterior.
📚️ Winesburg, Ohio, posiblemente sea su libro más reconocido, pero toda su obra es muy recomendable.
#LiteraturaEstadounidense #EscritoresRecomendados
Varias sugerencias de lectura en diferentes editoriales 👇

/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

La compraron en oferta un viernes cualquiera.
“Nos va a ahorrar tiempo”, dijeron.
Y era verdad.

La dejaron programada para las tres de la madrugada, porque a esa hora nadie molesta y ella trabaja mejor.
Al principio hacía gracia oír ese zumbido suave recorriendo el pasillo mientras todos dormían.
Una presencia útil.
Doméstica.
Inofensiva.

Hasta que empezó a quedarse quieta frente a las puertas.

No chocaba.
No giraba.
Se quedaba ahí.
Como esperando.

La primera vez fue frente al cuarto del niño.
Pensaron que sería un fallo del sensor.
La reiniciaron.
Todo normal.

La segunda vez fue delante del dormitorio principal.
Tres y doce de la madrugada.
Quietud absoluta.
El piloto azul encendido.
El cepillo inmóvil.

El padre se levantó, medio dormido, para empujarla con el pie.
Y entonces el aparato retrocedió solo.
Despacio.
Como si no quisiera que lo tocaran.

A la mañana siguiente, en la app aparecía un nuevo mapa de la casa.
Más detallado.
Con zonas marcadas en rojo.
No eran paredes.
Eran camas.

Intentaron desactivar la programación nocturna, pero cada noche, a la misma hora, el zumbido volvía.
Nadie lo activaba.

Una madrugada el niño gritó.
La encontraron bajo su cama.
No había espacio suficiente para que entrara ahí.

La desenchufaron.
La guardaron en el trastero.
A la noche siguiente, a las tres y doce, el pasillo volvió a vibrar.

El enchufe del trastero estaba vacío.
La puerta, cerrada.

Y el zumbido…
venía desde dentro de las paredes.

Buenas noches, criaturas valientes.
Mirad bien el suelo antes de apagar la luz.

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#terrorcotidiano #noapagueslaluz #miedo #hogar #tecnologia #relatocorto #criaturasvalientes

Una feria que se apaga.
Una carpa que resiste.
Tres cartas sobre la mesa.

Algunas decisiones parecen elecciones.
Otras ya estaban esperando.

#RelatoCorto #Tarot #Ficción #Narrativa #Destino #Misterio

http://eldescansodelonironauta.com/2026/02/15/la-tirada-del-destino/?utm_source=mastodon&utm_medium=jetpack_social

La tirada del destino.

Una feria que se apaga. Una carpa que resiste. Tres cartas sobre la mesa. Algunas decisiones parecen elecciones. Otras ya estaban esperando. #RelatoCorto #Tarot #Ficción #Narrativa #Destino #Mister…

El descanso del Onironauta
Yo, nosotros y el Sublime

Un ramo de peonias. Una reserva en el Sublime. Y la certeza de que nada estropea más una reconciliación que encontrarte a ti mismo ocupando tu lugar. Una historia sobre identidad, celos y esa fina …

El descanso del Onironauta

—Tenías un virus bioinformático adherido al alma.

La tecnología también se equivoca.
Y a veces… te expulsa.

#RelatoCorto #SciFiHumana #DeOniros #NarrativaBreve

http://eldescansodelonironauta.com/2026/02/12/persistencia/?utm_source=mastodon&utm_medium=jetpack_social

Persistencia

La luz tomó forma. Luego, casi un cuerpo. Sobrevivió el alma. #Ficción #Alma #DeOniros #LiteraturaContemporánea

El descanso del Onironauta

/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

En 1983 compraron un espejo antiguo en una tienda polvorienta del extrarradio.
La vendedora fue amable, casi demasiado.
Solo dijo una cosa antes de envolverlo:

—No lo miren después de medianoche.

El espejo quedó colgado en el pasillo. Marco oscuro, cristal ligeramente ondulado. Nada especial.

Hasta que lo fue.

Los reflejos no encajaban.
El padre tenía más arrugas de las que debía.
La madre, el cabello gris que aún no existía.
La hija… ojeras profundas en un rostro que todavía era infantil.

Pensaron que era sugestión.
Lo cubrieron con una sábana.

Esa noche todos soñaron lo mismo.

Se veían ancianos.
Encerrados en la casa.
Mirando hacia el pasillo.

A las 00:17, la hija se levantó.
No sabía por qué.
Algo la llamaba.

Quitó la sábana.

El pasillo estaba en silencio.
Pero el espejo no reflejaba la casa.

Reflejaba otra versión.

Allí estaban los cuatro.
Décadas más viejos.
Inmóviles.
Mirándola fijamente.

El reflejo de su padre levantó la mano.
Señaló hacia ella.
Sus labios se movieron.

No era una amenaza.
Era una advertencia.

La niña intentó gritar.
No pudo.
Intentó correr.
No pudo.

Desde dentro, las otras versiones empezaron a golpear el cristal.
Desesperadas.
Como si quisieran salir.
O impedir que algo entrara.

El espejo vibró.
Las grietas se extendieron como venas.

Y entonces lo entendió.

No mostraba el futuro.
Mostraba a quienes se quedaron mirando demasiado tiempo.
Se quedaban atrapados dentro.
Sustituidos por algo que aprendía a imitar sus gestos, su voz, su manera de respirar.
Por eso advertían.
No querían salir.
Querían que ella no entrara.

A la mañana siguiente, la casa estaba vacía.
El espejo, intacto.

Y en el reflejo del pasillo, una familia nueva, más joven, colgaba un cuadro en la pared.

El espejo esperaba.

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#terror #relatocorto #horrorpsicologico #miedo #nunca_mires #historiasnocturnas

/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/

Mira, te lo digo en serio: desde que esa mujer se instaló en el número 13, las noches en el barrio han dejado de ser normales.
No es solo que haga viento, es que el aire parece que tiene intención.
Empieza justo a las tres de la madrugada, un vendaval que surge de la nada, golpeando los cristales como si quisiera entrar a saludarte, aunque no haya ni una nube en el cielo.

Y ahí es cuando aparece ella.
La he visto por la rendija de la persiana: camina descalza sobre el asfalto helado, como si no sintiera el frío, envuelta en esa capa oscura con la capucha echada.
Se pasea con una calma que te hiela la sangre mientras a su alrededor los árboles se doblan hasta casi partirse.
Es como si el viento fuera su perro faldero, abriéndole paso entre las sombras.

No sé qué busca ni por qué solo sale cuando el resto del mundo se esconde, pero te aseguro una cosa: esa chica no ha venido a hacer amigos.
La próxima vez que oigas un silbido extraño en tu ventana a deshoras, ni se te ocurra mirar.
Creedme, hay silencios que es mejor no romper.

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