Todo empezó porque el tiempo, en su infinita manía de complicarse, decidió que dos personas no podían dejar de encontrarse.
No es una de esas historias donde alguien inventa una máquina y viaja al futuro; es más crudo.
Imagina a un hombre que aparece en lugares y épocas distintas sin haberlo pedido.
Un día está entre los mercados de una Roma polvorienta y, al siguiente, se encuentra en el humo de un café parisino del siglo XIX.
No es un turista del tiempo, es alguien que vive saltando de un escenario a otro, como si el destino lo lanzara a ciegas para ver si esta vez, por fin, se queda quieto.
Y ahí estaba ella.
La vio por primera vez en una plaza antigua, entre puestos de especias.
No hicieron falta presentaciones, ni excusas, ni esa ceremonia aburrida de conocerse.
Se miraron y, de repente, todo el ruido de la plaza dejó de importar.
La reconoció.
Y ella lo vio a él y supo, con esa certeza que te golpea en el pecho sin avisar, que ese tipo era el que la buscaba.
Pasaron los años, las décadas y los siglos.
Él aparecía, la encontraba, se reconocían y se amaban con la desesperación de quien sabe que el reloj le está pisando los talones.
Porque ese es el conflicto: no son prisioneros de una época, son prisioneros de una imposibilidad.
Ella no esperaba sentada; ella vivía su vida, sus propios líos, sus sombras, pero siempre con la antena puesta esperando el siguiente encuentro.
El viajero se obsesionó con la idea de que ella era la única constante en un mundo que no paraba de cambiarle los muebles.
Ella, que era tan fuego como el que busca romper techos bajos, le enseñó que el tiempo no era un enemigo, sino el mapa que les tocaba recorrer.
Así que la historia no va de magia, va de algo mucho más terrenal: va de personas que son imposibles de olvidar porque, cuando se encuentran, se sobreviven.
Se convirtieron en ese hilo invisible que, entre siglos de caos, mantenía la cordura.
Entendieron que no habían venido al mundo para caber en manos pequeñas que se queman con una vela, sino para arder juntos, sin importar si el escenario era un palacio antiguo o un andén de metro.
Al final, es solo eso: dos almas que se eligen a través del tiempo, dejando claro que hay gente que no se pierde, se encuentra.
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