🍗A veces me pregunto qué proceso mental lleva a algunas personas —sobre todo ciertos hombres ya pasados los cuarenta— a sentir la necesidad constante de enseñar el cuerpo cada vez que terminan su rutina de gimnasio.
En un adolescente resulta casi comprensible.
Están construyéndose, buscando identidad, midiendo su valor en un mundo que todavía les queda grande.
Es biología, inseguridad y aprendizaje.
Pero cuando esa necesidad persiste con los años, me pregunto si detrás hay algo más que simple orgullo físico.
Quizá no sea solo postureo ni ganas de lucirse.
Tal vez también exista ese vértigo silencioso que trae el paso del tiempo, el miedo a perder visibilidad o atractivo en una sociedad que adora la juventud como si fuera un mérito moral.
El espejo del gimnasio, entonces, deja de ser solo un espejo y se convierte en escenario.
Y el músculo, además de músculo, en una forma de decir: “todavía estoy aquí”.
No hay nada malo en cuidarse ni en sentirse bien con el propio cuerpo.
Al contrario.
Lo que me llama la atención es cuando la satisfacción parece depender demasiado de la reacción ajena, de los focos diminutos y fugaces de una pantalla.
Quizá la verdadera seguridad sea otra cosa.
Más callada.
Menos pendiente del aplauso.
Porque llega un momento en que uno entiende que la paz mental de no tener que demostrar nada vale bastante más que cualquier selfie frente al espejo.
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Mira, lo de ir contando seguidores como si fueran cromos es la forma más rápida de cargarse la magia de cualquier red social.