A veces nos confundimos y pensamos que querer a alguien es tirarse de cabeza al fango con ellos cada vez que tienen un drama.
Pero piénsalo: si los dos os hundís, ¿quién tira de la cuerda?
Al final, cargar con las tormentas ajenas no te hace mejor persona, solo te hace una persona más cansada y quemada.
Hay un momento en el que toca plantar los pies y decir:
"Mira, te quiero a morir, pero tus movidas son tuyas".
Y no es por egoísmo, es por pura salud mental.
Tú ya tienes bastante con gestionar tu propia mochila como para meterle piedras de otros.
No se trata de dar la espalda, sino de poner una distancia sana.
Puedes ser el faro que les guía desde la orilla, pero no el barco que se va a pique con ellos solo por solidaridad.
El amor de verdad no debería ser un lastre que te impida caminar.
Si tu paz depende de que el otro esté bien, le has dado el mando a distancia de tu vida.
Caminar juntos significa que cada uno se hace responsable de sus propios nubarrones.
Al final, estar en tu centro es la mejor forma de ayudar: si tú estás equilibrado, eres un refugio real; si te pierdes en el torbellino del otro, solo sois dos personas dando vueltas sin salida.
Pon límites, respira y recuerda que cuidar tu equilibrio es el acto de amor más grande que puedes hacer, por ti y por ellos.
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