đïžLo mĂĄs heavy de todo no es que pierdas un sitio, sino darte cuenta de que, en realidad, nunca estuviste ahĂ de verdad.
Que vivĂas de alquiler en una vida que ni habĂas diseñado tĂș.
Me pasĂ© años en una casa llena de "deberĂas" y de techos tan bajos que no me dejaban ni estirar los brazos.
Todo estaba puesto para que los demĂĄs estuvieran cĂłmodos, mientras yo me quedaba en una esquina, casi sin respirar, para no molestar.
Me acostumbré tanto a encogerme y a pagar el alquiler con mis silencios que se me olvidó cómo era hablar alto.
Y lo peor es que te haces a ello.
Te crees que ese vacĂo es libertad y que el ruido de fondo es compañĂa.
Hasta que un dĂa, de golpe, lo ves: no estĂĄs viviendo, solo estĂĄs ocupando un hueco que no te pertenece.
No me fui pegando portazos ni montando el drama del siglo.
Fue algo mucho mĂĄs lento y, la verdad, bastante mĂĄs duro.
Fue ir recogiendo mis trozos por las esquinas, mirar las grietas y, en vez de cabrearme, darles las gracias por enseñarme lo que ya no quiero ni ver de lejos.
Ahora estoy en un sitio nuevo.
SĂ, estĂĄ mĂĄs vacĂo, pero por fin es mĂo.
Tengo un sofĂĄ que no pega con nada,
una mesa donde el caos campa a sus anchas y abro las ventanas cuando me da la gana, sin pedir permiso ni dar explicaciones a nadie.
Sin esa culpa que te carcome.
Al final, dejar de ser quien otros querĂan que fueras es la Ășnica forma de volver a casa.
No es que antes fueras libre, es que te habĂas hecho un mĂĄster en sobrevivir.
Irme no ha sido abandonar nada, ha sido elegirme a mà por una puñetera vez.
âââââââââ
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