❇️ La ansiedad social no es ser "tímido" ni que te falte un hervor para hablar en público; es algo mucho más físico y agotador.
Es como tener un locutor interno que no se calla ni debajo del agua, retransmitiendo en directo cada uno de tus movimientos como si fueran un error garrafal.
Entras en una habitación y, de repente, sientes que todos tienen el guion de la película menos tú.
Te pasas el rato analizando si has saludado demasiado fuerte, si tu risa ha sonado rara o si esa persona ha arqueado una ceja porque has dicho una tontería.
Es una hipervigilancia que te deja frito. Llegas a casa y, en vez de descansar, tu cerebro decide que es el momento perfecto para hacer una maratón de "tus peores momentos del día", analizando frases que la otra persona probablemente ya ha olvidado, pero que para ti son pruebas de un juicio final que solo ocurre en tu cabeza.
Lo jodido es que te mueres por conectar, por estar ahí, por ser parte del grupo, pero hay una barrera invisible que te dice que no eres suficiente o que, en cualquier momento, vas a meter la pata y todos se van a dar cuenta de que eres un fraude.
Te sientes observado incluso cuando estás solo, porque el juez más severo lo llevas puesto.
Aprender a vivir con esto no va de "echarle ganas" o de "lanzarse al ruedo" sin más.
Va de entender que esa voz no es la verdad, que es solo un mecanismo de defensa que se ha pasado de rosca.
Se trata de aceptar que puedes estar nervioso y que no pasa nada, que la gente está demasiado ocupada con sus propias movidas como para diseccionar las tuyas.
Es un proceso lento de bajar el volumen a ese ruido externo y empezar a confiar en que, incluso con el corazón a mil y las manos sudadas, tu presencia tiene el mismo valor que la de cualquiera.
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Hay gente que nace con un radar especial para el drama ajeno. 
Si de niña no te sentiste protegida, lo más probable es que hoy vayas por la vida en modo supervivencia sin siquiera darte cuenta. 


