#fantasíaparadummies se disculpa por la bomba de humo.
Capítulo 865: Recolectando.
Por esta casa se ha vuelto a una especie de cálida rutina, así que se espera retomar el ritmo habitual.
Dicho esto, hoy vamos a la huerta.
Pero en #Distorsiones.
Los tomates están encarnados y jugosos. Los pimientos penden en la frontera entre el rojo y el verde, los calabacines hace semanas que se han convertido en gigantes y las calabazas les siguen a la zaga.
Una huerta bien surtida y cuidada es una visión que despierta un placer atávico nacido de la recolección de aquello que es bueno para el cuerpo, conjugado con un sentimiento agrícola de logro por haber guiado a la naturaleza a producir tales frutos.
A mí entender, hay tres formas de distorsionar una huerta: pago por producir, pago por recolectar y fruto envenenado.
1. Pago por producir.
El misterio de muchas tramas del folk horror o terror rural nace de los rituales de fertilidad de la tierra desde un prisma virado.
Los sacrificios humanos, especialmente de excursionistas y madrileños, están a la orden del día.
En estas narrativas, la tierra provee porque se la respeta y cuida. A veces es algo más complejo que simplemente regar con sangre el árbol más viejo del lugar. Otras el sacrificio va más allá como tener que vivir bajo estrictos códigos o hacer ofrendas cotidianas, como echar las babas del vaso de sidra tras dar tomar un culín.
No necesitas tener una narrativa de terror para meter este elemento. En #fantasía, las entidades con poder sobre el terreno están muy presentes. Puede que pagues a los fae para que exterminen las plagas ofreciéndoles una fiesta en su honor. Se podría honrar con ofrendas animales al bosque cercano para permitir llevarte su humus sagrado sin que se levanten para aplastar a la población.
2. Pago por recolectar.
Algo que se aprende rápido cuando se está una temporada en lo rural es que todas las tierras tienen dueño.
Es verdad que podemos ambientar nuestras historias en mundos muy diversos que no contemplen la misma posesión del terrazgo, pero en nuestro mundo sí.
Sin embargo eso nos hace preguntarnos, ¿qué es poseer la tierra? Puede que en el registro ponga que ese suelo es tuyo; aunque, claro, puede que ni tú lo sepas.
Lo de las herencias y las tierras perdidas es una movida.
Más movida si hay un pago que hacer cuando se toma algo de esa tierra.
Imaginemonos dos situaciones.
A. Vives en Zamora. Tu familia hace generaciones que vino a la ciudad y no has sido tú muy de campo nunca. Por cosas de la vida, se muere bastante gente en línea ascendente y heredas las cosas que tienen en propiedad. Le encargas a alguien que gestione los testamentos, no estás para eso.
Un día de septiembre, notas el cabello quebradizo. Siempre habías tenido una gran mata, pero ahora, cada día se te cae más y más. Te despiertas en mitad de la noche, sientes como si te lo arrancasen.
Al segundo año, te va pasando por el resto del cuerpo.
Y al siguiente por las pestañas.
En agosto del cuarto año, te subes por las paredes. ¿Qué vendrá después?
Llevas años investigando, nada. Pruebas, medicamentos y cambios de dieta. Debido a esto último, viajas a lo rural para alimentarte mejor todavía. Aprovechas para ver el pueblo que vio nacer a tu linaje. Comes bien, cosas de kilómetro cero. Seguro que este año...
Una paisana está metiendo agua en un huerto. Te para con un:
—¿Y tú de quien eres?
Le das palique. La señora, por las molestias, se acerca a una reja que sostiene tomates —te explicó hace un rato que es para que no toquen el suelo y se pudran— y te señala uno bien rojo. Lo arrancas y se te cae una oreja.
La tierra a veces es nuestra aunque no lo sepamos.
B. La otra opción es una caso más sencillo. Usas la tierra, pero no es tuya realmente. Tienes un pacto con alguien.
El tema de los pactos con el Diablo y otras entidades es muy recurrente. Aunque claro, poca gente piensa en aplicarlo en el mundo moderno a algo que ahora mismo tiene tan poco valor económico.
Sin embargo, pensemos cómo alguien del siglo XIV. Imaginémonos una aldea aquejada por la peste donde falta comida y manos. Un lugar donde una familia puede que tenga tan poco suelo que a duras penas sobrevivan un año bueno. Ahora entra el diablo que te ofrece una de las tierras más fértiles de la zona, con paso de agua y de buen tamaño a cambio del alma de tu linaje.
Puedes aceptar y que eso haya supuesto que un descendiente actual, un hipster que adora la cerveza artesana e irse a festivales con peña que conoce por un grupo de Telegram, tenga que pagar con su alma por algo que le vale menos en el supermercado que una caja de IPAs.
3. Fruto envenenado.
La última narrativa asociada es la distorsión definitiva: lo que te alimenta te está haciendo daño.