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RE: https://tkz.one/@ecosdelpasado/116444659670453953
...WHAT..!?! 😱 😲🫨 ...Me lo estás diciendo en serio, A∂α Lσνєℓαcє ☺️ 👋 ?!? ...Me ha encantado lo de "y seguía" como método... 😂 Y cómo que los plátanos eran lo que más costaba?! 🍌 🍌 Increíble!!! 😲😲😲
#historiareal #curiosidades #michellotito #monsieurmangetout #historiasreales #cuerpohumano #insolito #sigloxx #ecosdelpasado #dieta #nutrición #cocina
𝑪𝒖𝒓𝒊𝒐𝒔𝒊𝒅𝒂𝒅𝒆𝒔
Se comió un avión.
Y no es una metáfora.
Michel Lotito nació en Francia en 1950 y desde joven empezó a hacer algo que no encajaba en ningún sitio: comía cosas que no eran comida.
No fue un truco puntual ni una excentricidad de feria.
Fue constante.
Metal, vidrio, goma… lo que para cualquiera sería peligroso, para él se convirtió en rutina.
Con el tiempo dejó de ser una rareza local y se convirtió en espectáculo.
Bicicletas, carritos de supermercado, televisores, lámparas, incluso un ataúd.
Pero lo que terminó de fijar su nombre fue el avión: un Cessna 150 que fue consumiendo poco a poco entre 1978 y 1980.
No de golpe, claro.
Lo cortaba en piezas pequeñas, lo trituraba lo justo y lo ingería durante meses.
De ahí el apodo: “Monsieur Mangetout”.
El hombre que se come todo.
Lo más extraño no era solo lo que hacía, sino cómo podía hacerlo.
Según los médicos que lo estudiaron, tenía un revestimiento estomacal más grueso de lo normal, lo que le protegía parcialmente de cortes y perforaciones.
También producía jugos gástricos especialmente potentes.
Aun así, no era invulnerable.
Comer metal no es seguro en ningún caso.
Simplemente, su cuerpo resistía más de lo que parecía posible.
Tenía su propio “método”.
Cortaba los objetos en fragmentos manejables, los acompañaba con agua y aceite mineral para facilitar el paso, y seguía.
Decía que lo más difícil no era el metal, sino cosas blandas como el plátano o el huevo duro.
Eso sí que le resultaba incómodo.
Ahí es donde su historia deja de ser solo extraña y pasa a ser directamente absurda.
También hay anécdotas que ayudan a entender el personaje.
Una vez, al romperse un vaso por accidente, en lugar de tirarlo… se lo comió.
Otra, durante una actuación, alguien del público dudó de que fuera real.
Lotito le pidió un objeto personal y empezó a comérselo delante de todos, sin dramatismo, como si fuera lo más normal del mundo.
No era un científico ni un artista en el sentido clásico.
Tampoco pretendía dar lecciones.
Simplemente encontró una forma de vivir (y ganarse la vida) haciendo algo que nadie más podía hacer sin consecuencias graves.
Su fama no venía de crear algo nuevo, sino de empujar un límite físico hasta donde casi nadie se atrevería a mirar.
Murió en 2007 por causas naturales.
No por lo que comía.
Y eso es lo que termina de descolocar.
Porque toda su vida parece construida sobre una contradicción: hacer algo claramente peligroso… y salir adelante.
No dejó una obra, ni un invento, ni un legado fácil de explicar.
Pero dejó una historia que incomoda un poco, porque obliga a admitir que el cuerpo humano, a veces, no sigue las reglas que creemos entender.
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SIGUE ⬇️
Quienes lo conocieron de cerca lo describen como alguien exigente, poco flexible, con una idea muy rígida de la coherencia personal.
No separaba fácilmente lo íntimo de lo político: la revolución no era solo un proyecto externo, sino también una forma de vida que debía atravesarlo todo, incluida la familia.
Eso generó tensiones constantes con su entorno más cercano, especialmente en los años en que su compromiso revolucionario lo llevó a ausentarse durante largos periodos.
No hay en su biografía personal una vida doméstica estable en el sentido tradicional.
Hay más bien una sucesión de rupturas, viajes, campañas militares y reencuentros breves.
Y eso también ayuda a entender por qué su figura terminó siendo más símbolo que vida cotidiana: incluso en lo privado, el Che parecía estar siempre en tránsito.
Lo que incomoda de toda esta historia no es solo su vida, ni solo su muerte.
Es la tensión entre ambas cosas.
Entre el hombre que toma decisiones políticas concretas, algunas profundamente controvertidas, y el símbolo global que acabó representando algo mucho más amplio, incluso para quienes no comparten su pensamiento.
Porque el mito simplifica, pero la historia no.
Y cuando se elimina una parte para hacer más cómoda la otra, lo que queda no es claridad: es una versión incompleta de algo que fue deliberadamente complejo.
Al final, lo difícil no es decidir si fue héroe o villano.
Lo difícil es aceptar que ninguna de esas etiquetas alcanza.
Que hubo un hombre, una época violenta, una revolución real con consecuencias reales, y una muerte que terminó convirtiéndose en imagen permanente.
Y que todo eso, junto, no encaja bien en ninguna narrativa fácil.
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Arte “Joan Miró- El Segador”
Los golpes de Estado que puede intentar Trump
𝑯𝒂𝒍𝒂𝒃𝒋𝒂, 𝒆𝒍 𝒅𝒊́𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍 𝒂𝒊𝒓𝒆 𝒔𝒆 𝒗𝒐𝒍𝒗𝒊𝒐́ 𝒎𝒐𝒓𝒕𝒂𝒍
El 16 de marzo de 1988, sobre Halabja no cayó lluvia.
Cayó gas.
En esa ciudad kurda del norte de Irak, aviones del régimen de Saddam Hussein lanzaron agentes químicos contra una población civil atrapada en plena guerra entre Irak e Irán.
En pocas horas, las calles quedaron cubiertas de cuerpos.
Murieron alrededor de 5.000 personas y miles más quedaron heridas, muchas con secuelas que durarían toda la vida.
Lo más devastador de Halabja no fue solo la cifra.
Fue la intimidad del horror.
Familias enteras cayeron donde estaban.
En puertas, patios y callejones.
Madres abrazaron a sus hijos sin poder protegerlos de un enemigo que no se veía.
Muchos murieron en segundos, otros en minutos interminables.
Los supervivientes recordaron un olor extraño, dulce, parecido al de una manzana, justo antes de que el aire se volviera mortal.
Ese olor suele asociarse al gas mostaza y a agentes nerviosos como el sarín o el tabún, que estaban entre las armas químicas usadas aquel día.
Los testimonios de los que lograron sobrevivir son difíciles de olvidar.
Algunos contaron que primero llegaron los bombardeos convencionales, y después la nube.
Otros recuerdan cómo la gente empezó a caer en silencio, sin entender qué estaba pasando.
Muchos intentaron huir hacia las colinas cercanas, pero el gas se extendía con el viento.
Por eso Halabja sigue doliendo tanto.
Porque no fue una tragedia accidental ni una consecuencia ciega del combate.
Fue un ataque químico deliberado contra civiles kurdos, cometido en el contexto de la campaña de Anfal, una operación militar del régimen iraquí destinada a aplastar cualquier resistencia kurda en el norte del país.
Entre 1987 y 1988 esa campaña arrasó pueblos enteros, desplazó a cientos de miles de personas y dejó decenas de miles de muertos.
Para muchísimos kurdos, Halabja no es solo una masacre.
Es una herida abierta en la memoria de su pueblo.
Las imágenes que salieron de la ciudad dieron la vuelta al mundo: calles llenas de cuerpos, familias enteras muertas donde habían intentado refugiarse, niños todavía en brazos de sus padres.
Una de las fotografías más conocidas muestra a un padre caído en la calle con su bebé aún abrazado contra el pecho.
Y también fue una prueba de algo vergonzoso.
El mundo vio las imágenes.
Vio a los muertos.
Vio a los niños.
Y, aun así, la respuesta internacional no estuvo a la altura del crimen.
Durante años el contexto de la Guerra Fría, la guerra entre Irak e Irán y los intereses geopolíticos hicieron que muchos gobiernos miraran hacia otro lado o reaccionaran con una tibieza difícil de justificar.
Halabja quedó como símbolo no solo de la barbarie, sino también del fracaso moral de quienes sabían lo que había pasado y no actuaron con la contundencia que exigía una atrocidad así.
Con el tiempo, la ciudad fue reconstruida.
Hoy Halabja tiene memoriales, cementerios y museos que recuerdan lo ocurrido.
Cada año, el 16 de marzo, miles de kurdos se reúnen para conmemorar a las víctimas.
No es solo un acto de duelo: es también una forma de decir que lo sucedido no será olvidado.
Recordar Halabja no es solo mirar al pasado.
Es negarse a aceptar que una ciudad pueda ser asfixiada y luego empujada al silencio.
Halabja sigue viva en la memoria, en el duelo y en la verdad.
Y mientras su nombre siga pronunciándose, aquella nube de muerte no habrá conseguido borrarlo todo.
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Arte “Las dos Fridas- Frida Kahlo”
Aquí tienes la ficha técnica de la obra:
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